Los armados de las hermandades que guardan la imagen de marca
independentista hicieron estación de penitencia en los jardines del
palacio de la Moncloa antes de sentarse con el consejo de gobierno de
las cofradías hoy titulares del Dolor, Pasión y Resurrección del Reino
de España. Sin llegar a coincidir, las tres horas se consumieron casi
por completo en confrontar los orígenes del conflicto, centrados en
los coletazos de este siglo, que ya es avanzar algo. No pensarían que
desde el minuto uno se iban a buscar soluciones al merdé.
La consigna que fluye en el ambiente es marear la perdiz, estirar
el chicle hasta que no sepa a nada y sacarse de la chistera una pompa
que quede resultona, salvo para quienes tienen al hermano mayor en
Waterloo que apuestan por el incendio. La prueba es que el tramo de
participantes en la ronda que lidera el pastor Junqueras desde la
sombra pidió el var tras la indignación por el voto en contra de sus
vecinos al objetivo de déficit, que salió en el Congreso por los pelos
cuando en torno a la performance, que diría el otro, los cálculos
señalaban un desahogo pelín amplio. Pero en este trance solo hay
espacio para las fatiguitas. Así que, a continuación, el timonel de la
peripecia en marcha echó mano de trece ministros, se los llevó a uno
de esos enclaves del mapa que hay que poner en duda si existen y, con
el reto demográfico entre ceja y ceja, echaron la jornada en las
dependencias lógicamente de una bodega.
Tras la apertura de la diabólica mesa de diálogo, uno de los
informativos de relumbrón de la Ser arrancó con que la cuestión estaba
encauzada, que ya es moral, mientras contertulios de la Cope
coincidían en que Sánchez había conseguido liar a los separatistas y
ofrecieron la desternillante imitación de Joaquín Reyes a Torra en la
que éste asegura ser «pata negra del independentismo» soltándose a
cantar tras lo que, arrastrado por el frenesí, concluye: «Mira que
odio a España, pero es que Melody es oro molío». Si ahí se lo toman a
broma, igual es que ni se rompe España.