Maldita sea, ¿y el epílogo?

Justo dos años atrás andábamos por Tenerife echando una semanita, como se lo cuento a ustedes. Finales de enero veraniego, chapuzones en el Atlántico, salutaciones diarias al padre Teide, inmersión de tomo y
lomo entre la anatomía platanera, media jornada para deambular por La Laguna colonial y remate nocturno en Santa Cruz con sesión de música étnica salpicada por gotitas de jazz. Y cuando la estancia no podía resultar más acogedora nos percute al regreso que habíamos compartido ferry con el alemán al que detectaron el primer contagio y que dio con sus huesos en La Gomera más tiempo del previsto.
La travesía viró a la vuelta de la esquina para todo quisque de
forma abrupta. Una negra nube cubrió la primavera arrancando de cuajo cualquier atisbo de sonrisa. El salto a otra isla previsto en el
calendario quedó anclado, aunque se haya quedado en «ná» y menos al
lado de la de naúfragos de todas las edades que sufren el ajetreo de esta distorsión en medio del agitado braceo por mantenerse a flote. Y, a unas alturas en la que pensábamos que estaríamos sacudiéndonos por fin el mal sueño, aquí seguimos al ralentí, sin acabar de digerir los monstruos más lo que reste, apaciguando las rémoras como se puede, remisos a recuperar hábitos en este horizonte escarpado, perdiéndonos una buena cantidad de encuentros que no salen a devolver con lo que
cuesta cuidar el cinturón de afectos, la vida que dan y el tesoro que
representan, helándonos de frío por compartir un soplo de aliento, sin
hacer planes a medio plazo para que el revés no sea mayor a posteriori, hartos de guardar la distancia con los de tu misma sangre, de sacar cabeza por el chisme para que el del otro lado de la pantalla no sufra ni padezca, de tardes interminables con repetición de la jugada en que renuncias a acercarte al estreno que has aguardado no vaya a ser que, después de sortear riesgos por un tubo, venga a visitarte el malo de la película.
Y eso que hoy me cogen en el día bueno. Uno de tantos en que no
puedes evitar que, aún sin mascarilla, las gafas se empañen.

A raquetazo limpio

Veo el partido de Nadal y acabo agotado. Sigo las disquisiciones entre
miembros del Gobierno sobre la partida entre Rusia y el conjunto
aliado y tiene su aquel. Moncloa debería estar contenta de los darditos de la facción minoritaria a la predisposición de la Otán a mover sus peones porque así el pesoe puede saldar la cuenta que tiene pendiente con no pocos de sus votantes que se tragaron en su día la cosecha completa de quina Santa Catalina. Bebo los vientos con la tralla que anda metiéndole Casado a Santiago Abascal para que desvele si está con Ucrania o con su amiguito Putin, todo esto con el mapa de Castilla y León al fondo –tiene bemoles– donde no hay forma de descolgar a Vox y el candidato Mañueco ha admitido que necesitarlos sería una buena jodienda. En fin que tanto el despligue de Sánchez pegado al teléfono como la ofensiva del granjero último modelo y coleguilla de Ayuso para propiciarse algo de impulso el hombre no suman sino obstáculos en el camino. Eso sí, se muestran más enteros que la Familia Real. Bueno, quizá tanto no.
Como recordarán, al emérito se le vio más lozano de lo previsto el día que departió con el tenista en Abu Dabi, cita a la que el que llegó recuperándose de haber tenido el escafoides hecho trizas fue Rafa. En el choque de Melbourne que abría paso a las semis lo que lo tuvo en la cuerda floja fueron dolores estomacales que, tras haber barrido en los dos primeros sets al oponente, le otorgaron chance a este para alcanzar el desempate. El mallorquín, que se las sabe todas, ahorró energía, se centró en sacar como Dios y dejó al rival, hijo de ruso, estrellando la raqueta tras gritar «¡Sois unos corruptos!» por considerar que se benefició al ganador en los tiempos entre saques. Aunque él lo sufra de higos a brevas, la verdad es que hay que armarse de paciencia mientras bota que te bota, coloca la toalla, estira el pernil y se toca la cabeza. Pero qué vamos a hacerle. Viendo cómo marean la perdiz quienes tan pocas alegrías consuman, entrenados, nos pilla.

Cada uno que se responda

Llama uno de esos seres que lo mantienen a uno en vilo y rocía sobre mí el siguiente dilema: «Ahora que en nuestro entorno está acelerándose el envejecimiento hasta el extremo de que lo pueblan 134 mayores de 65 años por cada 100 con menos de 16, si vienen los pajoleros de Neurociencias y aseguran que han dado con el método para revertir la estadística intercambiando a aquellos mocitos que les apetezca hacerse con la pensión de alguien que ha cotizado más de cuarenta años por un abuelete al que le seduzca volver a ser menor de edad y hacer otra vez el recorrido completo, ¿tú te apuntarías?».
Pero, bueno, ¿¡cómo puedes dudarlo!?, le suelto a bocajarro
sorprendiéndole con una reacción instantánea. Y me pongo a recitar. El
placer de mirarme al espejo y disfrutar de ese acné que continúa en
crecimiento exponencial, una gozada mayor aún que hacer cola durante varios cursos en el patio hasta alcanzar el turno de saltar el bendito plinto. Solo por revivir esos episodios… y aguardar con ansiedad, en caso de seguir con la crisma puesta, la hora de la merienda para merodear los alrededores del portal en que el que vive Maribel comprobando una tarde más que ha preferido a Ignacio, decantación esta que desde el punto de vista socrático no tiene ni pies ni cabeza. Pero yo soy mejor con el balón en los pies, te decías en un arrebato de furia española.
Apoyado en un bagaje de tal tenor, se echa encima en cuanto te
descuidas el trance de saber si serás capaz de montártelo por ti mismo
como ya hicieron tus padres. Una vez iniciado el camino, surge un plan
más seductor, te la pegas y te quedas colgado cuando has crecido bajo
la máxima de «busca la seguridad» asfixiando el ambiente. Antes de
darte cuenta te plantas con un par de criaturas, luego familia
numerosa y un oficio sin red en el que sobrevives a pecho descubierto
creyéndote un día Tom Wolfe y padeciendo a la mañana siguiente el
síndrome del impostor. Pues eso, ¡cómo no me voy a apuntar!

Hasta el perro se distancia

Después de toda su vida defendiendo lo contrario, «The Times» ha
admitido que gracias a las medidas de protección adoptadas en Atenas
ahora se dan las circunstancias para que los frisos del Partenón
retornen a la Acrópolis. El Museo Británico se opone lógicamente y
Boris Johnson ni les cuento; a lo bestia, claro. Pues bien, no hace
tanto salió a la luz la carta que siendo alcalde de Londres envió a un
mandamás heleno en puertas de recibir una delegación británica la
llama olímpica donde confiesa que esos mármoles jamás debieron salir
de Grecia. Como para sorprenderse.
Nadie da un penique por el «premier», los analistas apuntan a que
los «tories» se disponen a torpedearlo con el indisimulo habitual
cuando alguien les sobra ya que la última encuesta avisa de que el
ínclito anda por debajo de Theresa May dos minutos antes de dimitir,
pero él no está por la labor de entregar la cuchara y se ha puesto en
marcha para dejar patente el tipo de récordman superviviente al que
desafían. La penúltima imagen que se ha trasladado de su figura a la
opinión pública ha sido una por St James Park sacando a pasear a Dilyn
con una pinta que ni Paquirrín en sus días de gloria por lo que no
puede saberse si el perro corre de ese modo por gusto o para no tener
que verlo.
Así que el equipo médico habitual ha diseñado una campaña para
salvarle el culo llamada «Operación Carne Roja». El ministro Garzón se lo ha puesto en bandeja a los asesores aunque, dado el ritmo de visitas a granjas que lleva, Casado aspira a la autoría. La caña que se prepara engloba poner de patitas en la calle al secretario privado del correo invitando al centenar de andobas a traerse la botella al «party»; asfixiar el gaznate de la más que tendenciosa «bibicí», una bellaca; anunciar el fin de las restricciones por la covid lo antes posible, este mismo mes, que la cosa acucia y, de remate, enviar al Canal de la Mancha buques de la Royal Navy a reforzar el control de la inmigración ilegal. ¿Sin más? No vayamos a flaquear, Boris.

Y ahora qué hago yo

No habría vuelto hasta hace un periquete y, sin embargo, ya echo en
falta a Buenafuente. Aunque no poca plebe se mete en la cama a lomos
de un buen libro, yo prefería embocar con la sonrisa provocada por
vaya usted a saber qué secuencia de su variedad pizpireta de guiones.
Solía acabar la jornada en esa guarida y, si mi equipo acababa de
perder, se convertía en el analgésico más eficaz. Es que dar con algún
título de la interminable cartelera que atenúe tus males, así a
bocajarro, puede convertirse en una tarea titánica y ser peor el
remedio que la enfermedad.
Lo siento, pero no hay color. Alcanzar la medianoche escuchando a
Raúl Cimas recordar que ha sido el cumple de Clint Eastwood y que lo
ha felicitado porque, si no, él no llama pese a conocerse desde hace la intemerata ya que cuando estudió en Estados Unidos y tuvo que elegir entre Ética y western no se lo pensó y en el primer rodaje conoció a Clint, que no era nadie y lo mataban en la primera escena hasta que el de Albacete le dio unas indicaciones y ahí lo tenemos. No obstante la película continúa porque, no se sabe cómo, con quien va poco después en un vagón el íntimo de «Harry el sucio» es con Valdano. Al percatarse de que querían matarlos por cuentas pendientes terminaron sobre el tren y, mientras les disparaban, el comentarista argentino seguía hablando de que si el Madrid… a lo que, harto ya de estar harto, su compañero de fatigas le espetó: «Jorge, cuando se huye, se hace en silencio». Tras cuarto de hora imbatible, el dolor por la mandanga de los tuyos en el área ha pasado a mejor vida.
El modo en el que Andreu enfrenta un dislate de tal calibre, el humor inteligente al que le conmina la hija cada vez que «a lo mejó»
–imitación descacharrante de Ferran Adrià- se pasa de frenada y la
catapulta que su generosidad supuso hacia los Berto, Broncano… ha
generado que broten liceos de distracciones para mi generación, una
aún mayor, la suya y las que vienen detrás. Posiblemente también el
Barça lo haya hecho volcarse «molt».

En la macrogranja

Comparece telemáticamente Pablo Casado delante de una librería apiñada de volúmenes, por lo que concluyo que no está en casa, exhortando en plan capataz lo siguiente dentro de una camisa vaquera: «Estos urbanitas que piensan que las salchichas, bueno, pues las deben
imprimir en impresoras 3D, que no saben ya diferenciar el serrano y el
ibérico, a este Gobierno lo único que pido es que se asuman
responsabilidades». Para reforzar la tesis sale a continuación el tal
Pablo Montesinos, excomentarista político que de la noche a la mañana pasó a ser candidato y vicesecretario de comunicación, con un rasurado que le ha dejado la cara como un culito de bebé, el pelo en perfecta armonía rematado por un tupé ahuecado hacia la derecha y ataviado con un atuendo que le han dejado los Reyes en una boutique del barrio de Salamanca cuando sermonea a la cámara desde una explotación ganadera, esa paja a la vista –la de la granja, claro– y donde detalla la ofensiva que tienen preparada en los cuatro puntos cardinales contra Garzón. Estamos hablando por supuesto del ministro, no del jurista Baltasar que ya sufrió su proceso.
El actual deriva de unas declaraciones a «The Guardian» en las
que el titular de Consumo presuntamente sentenció que la carne que
exportamos es de mala de calidad y de animales maltratados, lo que
según sus defensores es un bulo impulsado por «el lobby de grandes
empresas que promueven macrogranjas contaminantes», mientras que los atacantes han filtrado que, en su reciente boda, el menú del encartado contuvo solomillo de ternera a la brasa. Al igual que Jesús le dijo al otro Pedro que no cantará el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces, Sánchez ha lamentado unas tres mil la polémica y, a los más gallitos del corral de comedias coaligado, los tiene contentos.
Menos mal que, mientras tanto, un paciente ha recibido el primer
trasplante de corazón de un cerdo y ahí va el hombre. A ver si da
resultado y por fin, del género humano, también se puede aprovechar
todo.

Los cocinillas

Dado que al instante de hacerse con la vara de mando dejó de cogerle
el móvil, buena parte del cogollo pensó que Camps había venido a este
mundo para romper con los preparados y fórmulas de quien lo catapultó al puesto que, según las catas que continúan realizándose, todo apunta a que se lo guisó y se lo comió que da gusto. Pero resultó que el sucesor no era más que el continuador de una estirpe que ha
suministrado a la doctrina a la que pertenecen verdaderos años de
gloria. Eso sí, da la impresión de que, aunque Paco, Paco, que mi Paco
se quedó a años luz de su antecesor, trajes se hizo para dar y tomar
puesto que aún salen del armario.
Como saben el último lleva la firma de Bárbara Rey, entre cuyo
compuesto aparece ese espacio que hacía exclamar al televidente «¡Pero si esta mujer no ha cocinado en su vida!» y que ha llevado a que se registre una petición en el Senado para explicar los pagos que recibió
la susodicha con cargo a los fondos reservados. No se habría puesto un
delantal en su vida pero hay que ver el jugo que le sacaba al caldo
del «pescao». El programa, que tuvo una audiencia mínima, debió no
obstante despertar conciencias y a partir de entonces los restauradores del lugar fueron acaparando estrellas Michelin. La sola visión del enfoque que proporcionaba la conductora del invento tuvo que provocar en los fogones un efecto dominó: o espabilamos o esto no hay quien lo supere.
El último en rajar ha sido el cocinero al que se recurrió que fue un estudiante de una escuela de hostelería, hoy desaparecida. El caso es que quien preparaba los platos antes de encenderse las cámaras ha
afirmado que en Canal 9 todo se lo dieron en negro y no le hicieron
contrato ni declararon el sueldo. No sé si por algún complejo Camps
quería con estos favores superar a su íntimo enemigo al menos en lo
que a proximidad a la corte se refiere, aunque ya se ha distinguido y a base de bien al haber expresado no hace tanto su deseo de regresar a la política activa. La verdad es que, con solo escucharlo, emociona.

De reyes y creyentes

Vamos a ver. El advenimiento de los Reyes Magos está sacado del
Evangelio de Mateo sin que ninguno de los restantes componentes
bíblicos se marque la más mínima alusión al respecto. Pese a la
devoción que mantengo conviene remarcarlo ahora que todo está en
solfa. La realidad es que en la reseña que da origen a la tradición
aún vigente gracias a Dios no se especifica el nombre de los monarcas
que se acercaron a honrar el nacimiento de Jesús ni consta que se
tratase de reyes ni tampoco que fueran tres. Algunos dibujos muestran
cuatro en realidad y ciertas confesiones se decantan por el mismo
números que apóstoles hubo. En fin, lo único que le hacía falta a las
cabalgatas de este año donde, en algunas, Melchor, Gaspar y Baltasar
se concentran en la misma carroza, de pie, sin caramelos que valgan e
incluso con mascarillas. Ni que decir tiene que cuando lleguen al
pesebre el niño percibirá claramente que su vida, una fiesta desde
luego, no va a resultar.
Ni la suya ni, en comunión con ella, la nuestra. Los creyentes en
las vacunas no saben ya a estas alturas qué pensar. El que se siga
haciendo recuento exhaustivo de contagios cuando la variante ómicron
ha traído bastante menos mortalidad que la gripe de hace un par de
años alimenta la tesis de que fabricantes de Pzifer y compañía están
jugando la partida a su antojo. Los mensajes que circulan sobre el
secretismo de las instituciones alrededor de los contratos firmados se
han hecho virales volviendo loco al más pintado. Y las contradicciones
entre las medidas tomadas en los diferentes territorios para hacer
frente al bicho, no digamos. A nada de las elecciones en Francia, los
actos propios de un acontecimiento así quedaron en principio fuera de
las restricciones vigentes por lo que una serie de artistas anunciaron
que transformarán sus conciertos en mítines. No sería de extrañar que
aprovecharan la confusión para pedirle a los reyes guitarras y baterías a granel pese a las fugaces visitas de los magos. Pero Macron, si le llaman majestad, se las consigue.