Los cocinillas

Dado que al instante de hacerse con la vara de mando dejó de cogerle
el móvil, buena parte del cogollo pensó que Camps había venido a este
mundo para romper con los preparados y fórmulas de quien lo catapultó al puesto que, según las catas que continúan realizándose, todo apunta a que se lo guisó y se lo comió que da gusto. Pero resultó que el sucesor no era más que el continuador de una estirpe que ha
suministrado a la doctrina a la que pertenecen verdaderos años de
gloria. Eso sí, da la impresión de que, aunque Paco, Paco, que mi Paco
se quedó a años luz de su antecesor, trajes se hizo para dar y tomar
puesto que aún salen del armario.
Como saben el último lleva la firma de Bárbara Rey, entre cuyo
compuesto aparece ese espacio que hacía exclamar al televidente «¡Pero si esta mujer no ha cocinado en su vida!» y que ha llevado a que se registre una petición en el Senado para explicar los pagos que recibió
la susodicha con cargo a los fondos reservados. No se habría puesto un
delantal en su vida pero hay que ver el jugo que le sacaba al caldo
del «pescao». El programa, que tuvo una audiencia mínima, debió no
obstante despertar conciencias y a partir de entonces los restauradores del lugar fueron acaparando estrellas Michelin. La sola visión del enfoque que proporcionaba la conductora del invento tuvo que provocar en los fogones un efecto dominó: o espabilamos o esto no hay quien lo supere.
El último en rajar ha sido el cocinero al que se recurrió que fue un estudiante de una escuela de hostelería, hoy desaparecida. El caso es que quien preparaba los platos antes de encenderse las cámaras ha
afirmado que en Canal 9 todo se lo dieron en negro y no le hicieron
contrato ni declararon el sueldo. No sé si por algún complejo Camps
quería con estos favores superar a su íntimo enemigo al menos en lo
que a proximidad a la corte se refiere, aunque ya se ha distinguido y a base de bien al haber expresado no hace tanto su deseo de regresar a la política activa. La verdad es que, con solo escucharlo, emociona.

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