Tengo delante a quien se convirtió en primer director del centro en el que sus docentes actuales han pasado una noche acampados al raso para hacer patente el derrumbe de medios al que se enfrentan en el día a día. Nuestra hija vivió la transición de un siglo a otro formando parte del alumnado, conserva la alineación del profesorado en un pedestal por el impulso formativo recibido, el núcleo de las amistades que le da la vida nació en aquellas aulas y nada de esto impidió que no pocos miércoles saliera con los colegas a la calle a darle a la Lou hasta en el cielo de la boca. Con posterioridad se celebrarían cálidamente los 25 años de la inauguración sin poder evitar el percal de ceños fruncidos entre responsables del instituto cargados de historias disparatadas en la mochila con pérdida a tutiplén de derechos tanto tiempo batallados.
Cuando quienes se sitúan consiguen estar a gusto con la tarea profesional que despliegan y rememoran el trance adolescente en el que se preguntaban si serían capaces de salir adelante por sí mismos suelen concluir que la clave para el camino recorrido se enmarca en esos años. Aún con la presencia de la enseñanza memorística, las herramientas salían al paso. Esos maestros de filosofía, historia, lengua, física y química, ojo, que dejaban ahí dilemas y que, antes o después de meter algunas canastas o pelear una pelota, propiciaban el despertar de las controversias, análisis y reflexiones que iban a ir moldeando a las criaturitas. Una puesta en común, un cruce de conclusiones propiciado desde el estrado que dota a esos seres en ebullición de un atributo que marca el despegue: seguridad.
Y sin embargo, pese a la conciencia colectiva de que en este extenso tramo pedagógico reside la madre del cordero, no hay forma de que legislatura tras legislatura se aplaquen las turbulencias. Lo decía una de las alumnas afectadas en medio del último capítulo de desasosiegos: «La seño nos sonríe durante la clase, pero se nota que no anda bien». Por mucho que sea de agradecer el esfuerzo por no trasladar decaimiento, no es fácil disimular ni tampoco arregla nada. La fórmula del presidente de la Generalitat es «quitar la política de las aulas y centrarse en que haya más rigor técnico y profesional». ¿Con mayor rigor se refiere a las ratios descontroladas? ¿A las condiciones de inseguridad, a los barracones? ¿A la escasez de dotaciones? ¿A las plantillas insuficientes..? ¿En qué parcelas se hacen las inversiones necesarias para que se pueda desarrollar una tarea de esta trascendencia en las condiciones adecuadas? ¡Ah! Y no se preocupe por la asepsia. Haga política. Eso sí, de la buena si no le importa.