Falta un mes para que arranque el Mundial y leo en el New York Post que la Fifa ha puesto ya a la venta entradas para la final al precio de 33.000 dólares la unidad. Quienes estén pensando en acudir que no se demoren. Porque subirán.
Un asiento para un partido cualquiera por el que hace cuatro años se pagaba en Qatar 1.600 dólares ahora está en 13.000. Menos mal que siempre acude Trump a animar el cotarro y en esta ocasión lo ha hecho para advertir que él no soltaría ni mil por acudir en Los Ángeles al debut de su selección. El responsable gubernamental del evento, Giuliani junior, salió al quite señalando que la organizadora es una entidad privada donde «no creemos en el control de precios. Además en este país está permitida la reventa por lo que si se ponen a una cantidad baja ni se sabe lo que terminarían costando», a lo que Infantino, mandamás del orbe balompédico, ha apostillado: «Estamos en la zona de entretenimiento más desarrollada del mundo, de modo que hemos de aplicar las reglas del mercado». Canadá ejercerá un control férreo del precio original y en lo que a México se refiere no quiero entrar no vaya a ser que me liquiden antes que a Ayuso.
En este momento concreto no me zambullo en Estados Unidos ni aunque lo ofertase el Imserso ni tampoco me cuento entre los aficionados a los que le tiente acudir a una de estas citas. Los acercamientos a la selección solo han sido dos. Uno en un España-Rusia con Iribar y Yashin de guardametas que lógicamente acabó 0-0 y otro el del debut de Maradona en el Mundial del 82 en el que Diego no estuvo muy inspirado. En cambio me he hecho cientos de kilómetros de más para desviarme hasta El Salto del Caballo a ver a mi equipo cuando las propias autoridades sanitarias recomendaban no hacerlo. Es curioso que ni el famoso gol de Marcelino ante el enemigo endemoniado del régimen despertó el fervor ansiado. Sí es cierto que el tanto de Fernando Torres que selló el cambio de estilo instaurado por El sabio de Hortaleza unido a la explosión Iniesta cambió la dinámica y hasta en demarcaciones que pitan el himno a la menor ocasión brotaron críos cantando «¡Yo soy español, español, español», sin dejar de lado que los colores que heredamos al nacer son los que nos tienen arrebatados de por vida la vida al tiempo que se nos eriza la piel con escuchar el nombre del eterno rival. Franco se hizo el longuis, pero desde tiempo inmemorial estaba claro el predominio de una amplia mayoría social por la polarización.
Así que en cuanto hubo posibilidad de practicarla la teníamos muy entrenada. Y no hemos defraudado. Encadenamos torneos provistos de todo un ambientazo, falta de consenso y confrontación guapa. Y, por si faltaba algo, se barrunta el posible retorno de Mourinho a la competición doméstica. Qué alegría por Dios.