El desvarío

Después de bastante tiempo sin catar El intermedio pillo a Wyoming en acción dando paso a Santiago Abascal en un reciente mitin en Cádiz: «El mierda del presidente del Gobierno y la rata del ministro del Interior…» y hubo de hacer un receso en sus lindas palabras porque, espoleada, la chavalería situada al dorso prorrumpió con el sonoro «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!» ante la expresión de satisfacción íntima reflejada en el rostro del inductor evitando sumarse a corear el cántico. ¡Qué control, qué caudillaje!

     Casi simultáneamente Melania se deshacía en epítetos con el popular conductor de «Late Night», Jimmy Kimmel. Dado que el inquilino de la Casa Blanca iba a estrenarse en la cena de corresponsales tras repudiarla a lo largo de sus mandatos y que con su presencia los habituales cómicos habían sido borrados del mapa para hacer de maestros de ceremonia, el ínclito detalló un par de días antes el monólogo acuñado en caso de haber recurrido a sus servicios. Ni que decir tiene que en él salían a relucir no pocas referencias a los tachones en las páginas del archivo de Epstein; a lo que hay que sumar una coña sobre si se encontraba algún médico en la sala, «¿y tenemos algún Jesucristo?», torpedo dirigido al Señor sanando a un enfermo creado por IA para mayor gloria del míster y donde no pasaba por alto el documental de la primera dama que, en una web especializada, las puntuaciones favorables eran tan raquíticas que no sería de extrañar que hubiesen llegado desde la sede de Vox. Bueno, pues, la protagonista llamó a Kimmel cobarde (?), portador de odio y violencia. Con posterioridad Trump ha responsabilizado a demócratas, medios y al humorista de lo sucedido en el hotel la noche de autos y ha pedido a Disney y Abc que lo despidan. Qué menos.

     Fuera de su ámbito directo de poder al temperamental mandatario le está costando más cargarse a los que no le hacen gracia. Si por él fuera, el Boss de toda la vida estaría una buena temporada dando recitales en Guantánamo exclusivamente. Pero EE.UU. es mucho EE.UU. y las instituciones resisten. Eso sí, no pocos de los que empezaron a su lado han ido cayendo como un castillo de naipes. Y en el entorno de Abascal, siempre intentando que aquel lo tenga en sus oraciones, no digamos. A Ortega Smith, con lo grande que es, tardó 13 minutos en decapitarlo. En cambio, el diputado de la Asamblea Regional murciana que soltó aquello de que «tenemos el deber de combatir, incluso con violencia, la aberración moral del aborto y la eutanasia» anda en el buen camino. Lo único es que, al aclararlo, aseguró no referirse «a ningún tipo de violencia material, sino a una resistencia firme en el terreno de las ideas». Y, claro, el jefe algo inquieto le ha espetado: «¿Ideas? ¿Pero qué ideas, Antonio?».

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