El día 1 se descorrió la cortina de la temporada oficial de baño con socorristas y a la playa del Postiguet acudió de la mano de Cocemfe, la organización no gubernamental que vela por los derechos de personas con discapacidad, un grupo de criaturas no con pretensión de bañarse sino para protestar porque su turno, el de la condiciones que precisan si quieren acceder hasta el mar propiamente dicho, no comienza con suerte hasta principios de julio. Sentados algunos en sillas de ruedas veían dirigirse al resto de la humanidad hasta la orilla, mientras en sus camisetas podía leerse: «Nos dejan en modo espera».
¿Para qué se reservan estacionamientos en la zona más próxima? ¿Para dejarlos aparcados? Como la gran mayoría no nos enfrentamos a estas barreras, carecemos de conciencia. Una buena parte de las películas que vemos se olvidan y, sin embargo, hay una muy reciente que dudo que a alguien se le difumine lo esencial con el paso de los días. Se trata de Sorda. El hallazgo concebido por Eva Libertad tiene la virtud de meter al espectador en un mundo que le es ajeno y que, en la crianza de su hija, la protagonista resuelve que no está hecho para ella. Y eso que la pareja se parte el lomo para que los desencuentros que conlleva la situación se superen a base de sensibilidad y esfuerzo. Aquí, fuera de la pantalla, entre los que tienen la responsabilidad de poner los medios en tiempo y forma para que a quienes más les cuesta no se queden atrás, nadie se parte el lomo. Y si existe hay que buscarlo con lupa. Porque lo justo no es ya que la temporada de baño arranque a la vez, lo deseable sería que desde tiempo ha se hubiese trabajado en ampliar poco a poco el calendario de aquellos que mayores dificultades de accesibilidad encuentran y a los que, por lógica, mejor les viene contar con personal cualificado de apoyo para poder plantarse en la orilla sin agobio, fuera de temporada alta y del hormiguero que esta comporta. Pero eso ya es pedir peras al olmo.
Lo resaltaba Erika Jerez, una de las damnificadas durante su estación de penitencia, en medio de la que está cayendo que ha logrado que el verano se adelante encima un mes: «El mar supone recuperarme a mí misma, psicológicamente un mundo. Físicamente me ayuda a estirar musculatura y recuperar la sensación de verticalidad de la que no disfruto en el resto de mi vida…La playa nos ayuda a sentirnos parte de la comunidad al cien por cien; nuestra discapacidad desaparece por un momento». Es ni más ni menos que el valor social del servicio que se presta. Claro, alcalde, como Les Naus. No sé si así va a entenderlo.