Nuestro tesoro

asta bien cumplidos los sesenta nunca había necesitado ir a un hospital, pero desde un par de años antes de la pandemia me he sacado un abono. Recalé de inicio en una especialidad enclavada en la cuarta planta y en la actualidad lo que más visito es el sótano tras haber pasado por el resto si sumamos las intervenciones a las que ha habido que someterse. En fin, qué quieren que les diga, una fiesta.

     Al igual que multitud de pacientes constituyo un buen termómetro a la hora de cogerle la temperatura a cómo se las maravilla el conglomerado sanitario para llevar a cabo una actividad que a todos nos interesa por la que cuenta que nos trae que la desarrollen en las mejores condiciones posibles. Algo empecé a sospechar sobre las verdades del barquero, veinte, veinticinco años atrás, la mañana en que fui a visitar al hospital más antiguo de la ciudad a un amigo oftalmólogo, referencia en esa rama que además se rompía de lo buena gente que era dentro de su comportamiento sosegado. Cuando vi las condiciones en que trabajaba el jefe del departamento se me cayeron los palos del sombrajo. El despacho, un cuchitril, con el inconveniente de que se trataba de alguien alto y robusto acorde a la estatura. Si al menos hubiese sido una persona menuda… Algo que la dirección del centro se plantearía a la hora de escoger a la persona indicada en vista del espacio disponible. Es una situación que cuesta de asimilar: qué porcentaje de recuperación tengo si a quien atiende me lo encuentro en peores condiciones que yo.

     Previo al máster este que he hecho en las últimas temporaditas, donde sí he recalado con cierta periodicidad ha sido por el centro de salud. Y ahí otro enigma es saber dónde va a encontrarse en esta ocasión el médico de familia. Cada vez está en un ala y, según épocas, no da tiempo a conocerlo porque una oferta vete a saber de dónde lo ha conducido a coger el petate. Y pese a la movida sólo los he tenido buenos. La que tengo desde hace nada acaba de echarme una reprimenda por no haber reaccionado como debía ante un imprevisto e inmediatamente me ha catapultado hacia dos plantas del hospital. En medio del vaivén me saltó un viernes/noche el número interminable que se gastan y contesté preguntándome qué podría ser a esas horas. Era quien me había tomado la tensión para advertirme que el enfermero asignado para el día previsto no podría verme porque tenía visitas domiciliarias. Es verdad que antes los viernes/noche de uno eran otra cosa, pero no pienso quejarme.

     Esta semana la consulta hospitalaria programada ha coincidido con la huelga de los galenos y, en los dos últimos análisis de sangre, con la de los laboratorios. Solo puedo decir que, con solo visitar un hospital, a los veinte años caía redondo y que, hoy en día al igual que para multitud de afiliados, toda la seguridad estriba en que no me suelten. Que me desmayo. 

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