Las andanzas

Ha llegado a los cines «La última ronda en Venecia», pieza de un timonel semidesconocido que se ha llevado la tira de reconocimientos en los últimos David de Donatello, la fiesta transalpina del séptimo arte. Cuando tras media hora larga de proyección, con las filas a rebosar, aquello no había Dios que entendiera hacia dónde se dirigía me dije: tú verás. Pero no, los espectadores aguantaron el tirón sin que uno solo levantase el vuelo con esas ganas que se mascaban de enfilar la puerta y se imbuyeron camino del desenlace cuando los desnortados vividores y el acompañante que se agenciaron dejan en torno al torrente de excentricidades un entramado de relaciones que salen al paso poniendo en evidencia la diferencia entre los de arriba y los de abajo, incluidos los manejos de las corruptelas. La gente que, a día de hoy, no se espanta por nada.

      La mujer esa con mucho poder en Madrid, y no digamos ya en Chamberí, salió como siempre a decir que la persiguen cuando se descubrió que los paganos del territorio que tiene asignado se habían dejado una pasta en un pedazo de ático para acoger una serie de visitas y demás en tanto se realizan unas obras en la sede con mando en plaza, sita en la Real Casa de Correos. Todo rayano en el subterfugio y tan complicado de entender que ya van a poner en venta el invento al igual que hizo el maromo de la señora con el dúplex que habitan en los alrededores poco después de hacerse con la transacción oculta que ha sido reventada. La apoteosis del suceso coincidió con la declaración de fe de los correligionarios en el Ayuntamiento de Alicante que se dieron prisa al advertir que el Consistorio renuncia al derecho de compra sobre los pisos de Les Naus no vayan a pensar, digo yo, que estaba pensado hacer intercambios habitacionales con el desdichado ático y paraderos varios. En fin, se producen secuencias por diferentes localizaciones en las que más que un partido parece una inmobiliaria.

      Costó seguir la peripecia cinematográfica en curso al estar sumido en el duelo por el adiós de Manolo Solo. Con títulos más pegadizos y taquilleros a sus espaldas escojo para envolverme por orden de aparición «Cerrar los ojos», de Erice. En ella se eleva junto a Dean Martin en «Río Bravo» a los acordes de My rifle, my pony and me: «Voy a colgar mi sombrero en la extremidad de un árbol…Alrededor de la curva ella estará esperando/ Por mi rifle, mi pony y yo». Y a continuación la acogedora «Una quinta portuguesa» en la que este andaluz propenso a la melancolía se dota de una identidad ajena para recomponer su extravío aún a sabiendas de haber sido rockero antes que fraile. Con la de estampas que nos crujen a diestro y siniestro es un respiro contar con tipos que a base de una buena dosis de sencillez transmiten franqueza aunque sea desde la ficción. Nos deja la recompensa completa. 

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