La madre falleció en el parto y la costumbre en la recóndita aldea de Fiaso, un lugar de Ghana en el quinto pino, consistía en que el recién nacido fuera ahogado. Su padre lo rescató en tiempo de descuento. El sitio se encontraba lo suficientemente alejado de todo como para que los críos no pudieran ni ir ni recibir pildorazos escolares por lo que, conforme crecían, cuidaban animales, si querían comer pescado se lanzaban al río, armaban sus propios juguetes y se introducían en la jungla a buscar plantas para curar enfermedades de los habitantes del área, en su caso alentado por el progenitor convertido en chamán del contorno. Al terminar la faena, cómo no jugaban al fútbol. Durante una de las sesiones un avión surcó las alturas, Ousman se quedó ojiplático, corrió desesperadamente, alcanzó el reducto donde el páter preparaba un brebaje, preguntó qué era eso que volaba, la respuesta que halló es que se trataba de un tipo de magia que hacían los blancos pero a él, que ya le daba vueltas a la mollera, no le cuadraba. De modo que le atravesó una idea que no le abandonaría. Y su historia durísima y hermosa la tienen al alcance desde hace nada en la gran pantalla de las salas comerciales. El nombre se veía venir: Viaje al país de los blancos.
Uno de los elementos diferenciales de este caso con respecto a las desbandadas habituales es que la peripecia vital no está propiciada por guerras bestias o por la persistencia del hambre canina. En su entorno no le sobraba y tampoco le faltaba. Podía haber sido feliz arropado por los suyos, entre los que destacaba su gran amigo algo mayor que bien que lo cuidaba. Pero Ousman quería mejorar como cualquiera de los blancos del primer mundo que se muestran inconformistas y dan el salto a un destino que le ofrece mayores posibilidades. La diferencia entre unos y otros para poder darlo es sideral. El calvario que pasa durante cinco años atravesando ocho países africanos entre mafias meciendo la cuna se lo ahorro a ustedes. No quiero darles el día.
Benjamin Kakraba, el joven e inexperto actor ghanés que interpreta al verdadero protagonista de la historia, está inmenso. Al llegar a Barcelona sin haber bajado nunca al metro muestra su asombro por todo lo que a nosotros nos pasa desapercibido lo que dota al personaje de un enorme realismo porque late en él lo que Ousman Umar habría sentido al tiempo que sobrehumanamente mantiene la esperanza en el futuro. Fui a verla porque Emma Vilarasau garantizaba la presencia de la ternura frente al temor y al desprecio que la estancia de estas criaturas despierta en parte de los parroquianos. La actriz encarna a Montse Roura que junto a Armando se convirtieron en familia adoptiva y le abrieron las puertas del cielo a quien hoy lidera un proyecto educativo en Ghana a través de una oenegé porque eso, que sepan lo que les aguarda si deciden meterse en esa historia o explorar otros caminos a través de la formación que ahora tienen a mano, es lo que puede contribuir a cambiar la realidad de su país. El de los negros.