Una colega seductora, a la que sigo con deleite en esos apuntes que suelta sobre aspectos de lo más mundanos y que te refrescan, ha celebrado a su manera el medio siglo que cumple el diario en el que pasa revista a lo que provoca alteraciones en su ventrículo cincelando una afirmación según la cual el sitio en el que se encuentra es ni más ni menos que «el periódico donde todo periodista quisiera trabajar y, quien lo niega, miente». He dicho que me gusta, no que fuera infalible.
Buena parte del período señalado ha constituido posiblemente la época dorada del oficio en estos andurriales patrios porque existía verdadera necesidad vital de llamar al pan, pan y, al vino, vino, de escarbar en la red de malformaciones tejidas por poderosos y sátrapas para alimentar sus ambiciones con el españolito de a pie deseando acercarse al quiosco con tal de ver salir por fin todo eso a la luz. Ya antes de que el regidor del Pardo pasase a mejor vida -y la inmensa mayoría no digamos-, distintas publicaciones desde Cuadernos para el diálogo, Triunfo o Cambio 16 hasta La codorniz y Hermano Lobo esparcieron la semilla junto a alguna que otra cabecera incluso vespertina dando paso a que corrieran ríos de tinta fresca. Había ansia por un tiempo nuevo, aunque tentándose todo quisque la ropa para que no aullase el lobo. Ahí hubo quienes anduvieron prestos y pusieron en marcha un artilugio impreso que conectó enseguida con las aspiraciones del guion convirtiéndose en el acompañante bien visible de todo progre de salón y algo más tarde en «la biblia» como resultado de las maldades propias de los ingeniosos bebedores de noticias a altas horas de la madrugada.
La transformación social trajo consigo los mejores años jamás vividos en la Redacción.y no pocos rotativos locales dispararon la fortaleza de la que disponían gracias al arraigo. El bomboncito en el que se habían convertido multiplicó la dosis de independencia hasta consagrarse sacando a la superficie un filón de cosas tomatosas. Que Madrid siempre es Madrid, sin duda. Que la tentación vive arriba, por supuesto. Pero para eso está la cabecita y los buenos maestros que rodean a uno. Lo fundamental es poder ejercer tu función sin cortapisas y encontrarse a gusto en ese sitio. No lo oculta en su alegato mi gacetillera de compañía: «Luego vino el éxito, los años de poder y rosas. El narcotizante sueño en los laureles. Los roces, Las crisis. Las debacles. Las heridas que aún sangran en cuanto las tocas». Y tras el maremoto de 2008 que todos sufrimos, el registrado en la selva periodística de la capital también dejó pequeño al padecido dolorosamente en la periferia.
Lo siento, amiga, pero jamás quise trabajar en un periódico que no fuera en el que lo hice por mucho que como lector lo haya escrutado desde el primer día. Sé que me vas a entender y mucho más si te digo que nunca he creído en la prioridad nacional.