De un modo llamémosle fortuito, y mientras investigaba los teatros de la metrópolis, una profesora ha descubierto por fin la ubicación exacta de la casa londinense de William Shakespeare. El problema de la vivienda, que no hay forma de destriparlo.
Un actor de nuestro tiempo, Pedro Casablanc, intentaba hacer lo propio con su trayectoria y reconocía que un poco hartito de hacer papeles de malvado sí que anda. Por las huellas se pensaba que, en los últimos años de vida, el dramaturgo más famoso de Gran Bretaña se había retirado a su ciudad natal de Stratford-upon-Avon tras el incendio registrado en el Globe. Pero el recientísimo hallazgo descarta el presunto enclaustramiento y sitúa al autor pendiente de los avatares del teatro al tenerlo a cinco minutos del domicilio. Dentro de su peregrinar, Casablanc subrayaba que el quehacer desplegado en la serie «Querer» de Alauda Ruiz de Azúa le había resultado especialmente intenso al reconocer rasgos de esa mentalidad en personas reales lo que, a su entender, significó «una especie de autoterapia o auto venganza de lo vivido». Trasplantada una vivencia oscura de esa carga a un escenario en el que se ha de representar meses y más meses, siempre me he preguntado sobre el desgaste que significa para seres sensibles. Contemplarlos solo como espectador ya desgasta.
Enrique Arce, el Arturito de «La casa de papel», uno de los sujetos más odiados de la archiconocida creación, también debe estar por un estilo. E insisto: es comprensible. Los dos últimos montajes a los que he asistido tienen poso, coinciden en que le dan un repaso a la vida y a sus fatiguitas, pero en ambos se ríe uno lo que no hay en los escritos y no por casualidad. Habían sido escogidos con precisión milimétrica puesto que el ocio no fue concebido para sufrir. Arce se encuentra en esa tesitura agobiante. Le han ofrecido encarnar a Carlos Mazón en una película enfocada hacia la gestión de la dana. Se va a hacer, ha asegurado. Impulsado el proyecto por Jaume Roures, no buscaría convertirse en un documental, sino en un largo de ficción que reflexione sobre la capacitación de las personas en cargos públicos. De entrada el actor no ha aceptado el reto: «Por ahora me veo incapaz. Soy valenciano, está demasiado reciente y me trae mucho dolor. Con Mazón no hay distancia emocional. Eso sí, es una película necesaria». Estaríamos ante un estreno marcado por la reflexión de Hamlet frente a la encrucijada de soportar la angustia. Y en este caso el propósito no ofrece dudas: que cada palo aguante su vela.