Apología de la dignidad

A Francesca Albanese, jurista italiana, relatora especial de la Onu para los territorios palestinos ocupados, se le ocurrió presentar el verano pasado un informe en el que acusaba a grandes empresas de ser cómplices de la ofensiva de Israel en Gaza bajo el expeditivo titular «De la economía de la ocupación a la economía de genocidio». Aunque por la publicación meses antes de otro ya tuvo amenazas, con este ardió Troya.

     Lo primero fue retirarle el visado prohibiéndole entrar en Estados Unidos y, de paso, alejándola de la Onu. Efectivamente no hay por qué andarse con chiquitas y, de acceder al apartamento que la familia tiene por aquellos lares, ni de coña. Tras el preaviso fue incluida en la Office of Foreign Assets Control, la lista del Departamento del Tesoro estadounidense contra el blanqueo de capitales y el terrorismo por lo que se encuentra apartada de todo el sistema bancario internacional sin posibilidad de abrir cuenta en entidad alguna en toda la faz de la tierra. Ha de tirar solo con efectivo, no puede recibir transferencias ni donaciones ni su sueldo ni comprar un billete de avión por internet ni tener intercambio económico o en especie porque al que lo haga se le puede caer el pelo. «Mi marido, que trabaja en el Banco Mundial, o mi hija no pueden en teoría invitarme a un café porque igual les supone una multa de mil millones de dólares o imponerles 20 años de cárcel», le confiaba meses atrás a Íñigo Dominguez. Afortunadamente al prestigioso colega no lo han encontrado todavía con la cabeza espachurrada en el ordenador.

     Francesca contactó con el director general de Banca Ética para abrir una cuenta y, pese a reconocer la arbitrariedad a la que está viéndose sometida, admitió que se arriesgaba a no poder seguir realizando operaciones debido a que se enfrenta a sanciones millonarias y a quedar fuera de los circuitos internacionales de pago. Estados Unidos viola de este modo las normas de la Onu garantes de la inmunidad de sus funcionarios, lo cual a la Administración ya me contarán lo que le perturba. Marco Rubio, encargado de poner puentes sobre los charcos en los que se mete el jefe -es decir, que en teoría tiene curro garantizado- se ha acercado a limar asperezas con el Papa y con Meloni, aunque no con Albanese que vive en Túnez ya que la presidenta italiana no la tiene en sus oraciones. España, en cambio, acaba de pedir a Bruselas que las restricciones a las que se haya sometida no tengan efecto en la UE. Existe legislación, pero a Europa le da jindama. El cante eurovisivo que engendra monstruos. Eso sí la hija de la relatora ha presentado a sus 13 años una demanda contra el Gobierno federal con la pretensión de llevar a su presidente ante la justicia, mientras que esta mujer perseguida por tierra, mar y aire se ha plantado por primera vez en el Reina Sofía ante el «Guernica» para extasiarse, sentir el escalofrío al que la destrucción conduce y rearmarse de valor ante el empeño en el que anda metida. Que menudo cuadro.

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