Vamos a ver. El advenimiento de los Reyes Magos está sacado del
Evangelio de Mateo sin que ninguno de los restantes componentes
bíblicos se marque la más mínima alusión al respecto. Pese a la
devoción que mantengo conviene remarcarlo ahora que todo está en
solfa. La realidad es que en la reseña que da origen a la tradición
aún vigente gracias a Dios no se especifica el nombre de los monarcas
que se acercaron a honrar el nacimiento de Jesús ni consta que se
tratase de reyes ni tampoco que fueran tres. Algunos dibujos muestran
cuatro en realidad y ciertas confesiones se decantan por el mismo
números que apóstoles hubo. En fin, lo único que le hacía falta a las
cabalgatas de este año donde, en algunas, Melchor, Gaspar y Baltasar
se concentran en la misma carroza, de pie, sin caramelos que valgan e
incluso con mascarillas. Ni que decir tiene que cuando lleguen al
pesebre el niño percibirá claramente que su vida, una fiesta desde
luego, no va a resultar.
Ni la suya ni, en comunión con ella, la nuestra. Los creyentes en
las vacunas no saben ya a estas alturas qué pensar. El que se siga
haciendo recuento exhaustivo de contagios cuando la variante ómicron
ha traído bastante menos mortalidad que la gripe de hace un par de
años alimenta la tesis de que fabricantes de Pzifer y compañía están
jugando la partida a su antojo. Los mensajes que circulan sobre el
secretismo de las instituciones alrededor de los contratos firmados se
han hecho virales volviendo loco al más pintado. Y las contradicciones
entre las medidas tomadas en los diferentes territorios para hacer
frente al bicho, no digamos. A nada de las elecciones en Francia, los
actos propios de un acontecimiento así quedaron en principio fuera de
las restricciones vigentes por lo que una serie de artistas anunciaron
que transformarán sus conciertos en mítines. No sería de extrañar que
aprovecharan la confusión para pedirle a los reyes guitarras y baterías a granel pese a las fugaces visitas de los magos. Pero Macron, si le llaman majestad, se las consigue.