Zorrilla para un descosido

Para corroborar que España se halla en «un tremendo lío», Ana Rosa expuso respecto de lo acontecido: «Yo iba andando, bueno venía de un sitio, me dirigía a otro y yo intento, siempre que puedo, ir andando y, en los alrededores de la plaza Castilla, entre los juzgados, me llamó la atención que las conversaciones de todo el mundo, muchísimos latinoamericanos, inmigrantes estaban hablando en torno a qué va a pasar, si habrá gobierno y cuándo… ¡Gente que salía del metro!». Menos mal que la popular comunicadora suele desplazarse a pie. Si llega a ir en Falcon…
Resultó complicado seguir las aseveraciones de la mayoría absoluta de habituales y más después de oír a Inda exclamar indignado lo «cómico» que le pareció «ver a los señores de Génova pegando botes en el balcón. ¡Pero estamos todos locos!». La verdad es que no tuvo que ser fácil haber masticado de sobra un discurso y tener que cambiarlo a traición. Hasta los programadores de la denostada teuveé propiciaron la resurrección del «Grand Prix» para que saltara a la pantalla en cuanto hubiese escrutinio, bien es verdad que sin la famosa vaquilla debido a la ley sobre el bienestar animal, lo que si duda constituía una muestra de buena voluntad para que los nuevos rectores que debían tomar el mando tuvieran a huevo reponer los símbolos más sagrados del tradicional horizonte patrio. Lo enervante es que unos desagradecidos les pusieron los cuernos en las urnas antes de que sonase el clarín.
Ana Rosa deja las mañanas tras 19 temporadas liderándolas y lo hace siendo rebasada en audiencia el día post electoral por Silvia Intxaurrondo a la que, dentro del escarnio, Margallo reconoció haber errado respecto al arte de la entrevista como la realizada al aspirante Feijóo con una cita de Zorrilla: «Un punto de contrición da a un alma la salvación». González Pons, al no haber escrito aún tanto como el exministro, permanece sin bajarse del burro a cuento del colosal «rtve va a perder las elecciones». Al menos su partido no cuestionó el resultado. No se puede pedir más.

¡Ostras, Pedrín!

El sábado fuimos a la sesión de última hora a ver «Te estoy amando locamente». Dijimos vamos antes de que nos pongan la venda, no vaya a ser que este tipo de historias sean condenadas al infierno. Es lo que sobrevolaba el ambiente.
Se trata de una recreación de las primeras escaramuzas de seres indefensos para protegerse en el 77 por sarasas de los estragos que la Ley de Peligrosidad Social, vigente aún, podía perpetrar en sus vidas. No es ningún panfleto; es un retrato costumbrista del agobio que oprime por todos lados a quienes intentan ser ellos mismos sin más. Desde el chismorreo del vecindario que oprime a los progenitores hasta las mentes del orden que no tienen piedad incluídas las de comunión diaria pasando por las células marxistas en cuya estrategia la única dialéctica que cabe es la suya, en absoluto la de Merimée.
No por conocido el retrato es menos emotivo. Un menor de edad, al que su madre sastra empuja a que estudie derecho mientras colma con factura incomparable los trajes del baranda de un bufete, está loco por cantar. Lo lleva en la sangre. El cuarto lo preside un póster considerable de Mari Trini. Mientras Reme se hace la tonta y confía en que saque la selectividad y se le pasen los efluvios, Miguel se orienta, busca a los suyos, los encuentra, rompe la pana sobre el escenario de un tugurio y toca el cielo antes de que una porra le agrie la cara en una redada y lo empapele entre tinieblas. El atropello abre ojos y el cruce de miradas con su hijo durante el juicio hace retumbar los corazones del patio de butacas.
Desde entonces unos han evolucionado y otros permanecen porque sí vigías de Occidente. Es esta una peli pequeñita que ha recaudado una miseria y que, sin embargo, esa víspera se puso las botas entre Barbies y demás superproducciones, con mucha gente joven asistiendo prendada. Al hondo silencio salpicado de sonrisas le siguió cuando ya era domingo un remate repleto de aplausos en dirección sonora. Contra la intolerancia, queridos.

Regreso al destino

La buena estrella quiso que tuviera al lado a Pepe Expósito desde Ingreso hasta sexto de Bachiller. Era la responsabilidad hecha crío. Consciente de mi gran tendencia a cazar moscas, me pegué como una lapa. A la salida del cole merendábamos en su casa y antes de meternos en faena cogía la guitarra. Al canalla se le daba bien todo. Estando en tercero, los melenudos de Liverpool sacaron el «Abbey Road» con el adolescente rasgando «Here comes the sun» que, al estar compuesta por Harrison, apenas si se le dio bola. Hoy es de las canciones del grupo con más descargas y mi favorita desde entonces. Uno se embriagaba entre aquellas paredes por el olor a champú de huevo y a laca que emanaba de la pelu que regentaba su madre allí mismo. Él adoraba a esa atractiva mujer y al caérseme también la baba cortaba en seco entonando «venga, hagamos comentarios de texto». No iba a poner en el picú «Mrs. Robinson».
Una serie de profes nos metieron igualmente «speed» en vena. Eran tiempos de efervescencia y ellos, militantes clandestinos. La suerte estaba echada y había superado un trecho tan vital de la mano de alguien por obra y gracia de la primera letra del apellido. Luego cada uno fue a por sus sueños y ambos acabamos poniendo distancia con la tierra de origen. Camino de ella con el primogénito de un mes hicimos a medio camino parada y fonda en casa de Pepe y de Ana. Fue una manera de compartir un acontecimiento de la dimensión que adquiere, en palabras de George, el Sol cuando la primavera explota.
Mi norte y mi guía en aquellos cursos se convirtió en un reputado oncólogo, estuvo al frente de un gran hospital público y llevó la planificación y gestión del plan integral de su especialidad en el mayor de los territorios de una España al fin más que presentable. En «Las ciudades invisibles» Italo Calvino dice que a veces están tan encima que no las vemos y previene acerca de que «al llegar a cada nuevo destino el pasajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía». Pero lo tenemos.

Soniquete conocido

Pese a rechazar el cara a cara propuesto por La 1, el candidato del pepé a coger las riendas del país mostró su altura de miras y concedió una entrevista a la tele pública en la que entre otras aseveraciones aseguró que la formación que preside «nunca ha dejado de revalorizar las pensiones». Entonces fue cuando la periodista que tenía enfrente objetó: «No es correcto. No lo hizo ni en 2012 ni en 2013 ni en 2016». ¿¡Será posible!? ¡Habrase visto! Horas más tarde, durante el colofón de la entrega de unos premios a basca de este oficio en abecé, el Rey reivindicó el «periodismo valiente, con capacidad para atraer, vigilar, denunciar y describir» y advirtió que «los frenéticos avances tecnológicos no deben poner en peligro los principios básicos de rigor, veracidad e interés público puesto que sin un periodismo independiente no hay opiniones libres». Pero, por Dios, ¡dónde vamos a llegar!
La réplica de la entrevistadora era fetén hasta el extremo de que Feijóo hubo de aclarar su aserto y lo hizo de aquella manera. La verdadera respuesta la dejó en manos de González Pons para quien «el gran error de Pedro Sánchez es mirarse al espejo cada mañana y gustarse tanto». O sea que le suena, lo distingue a la perfección. Esteban no pierde ripio. Durante su estancia en el Consell de Paco Camps, y dentro de la habitual gira de contactos, hizo gala de acreditada torsión mental, producto de una especie de superioridad moral e intelectual, por la que se preguntaba en voz alta «pero, ¿qué hago yo en este partido?». Es lógico que no lo supiera ya que de la cartera de Cultura pasó a la de Relaciones Institucionales y Comunicación y de ahí a la de Territorio cerrando el periplo con la portavocía en las Corts.
Como escritor, autor de la no sé si autobiográfica «El escaño de Satanás», el espadachín blandió un tuit para salvaguardar al jefe: «Creo que rtve va a perder las elecciones. Y espero que al día siguiente dimitan los dirigentes de ese partido… Mejor no ir. Yo ni la veo ni voy». Quiso entrar de este modo en el 18 de julio. Eso le honra.

Mapa de conquistas

Wimbledon es otra cosa. El certamen de tenis más antiguo conserva el toque de distinción con el que plantó sus reales allá por 1877. Y mantiene ese empaque pese a la cantidad de partidos que han de aplazarse por la lluvia. De celebrarse en noviembre todavía estaría cerrándose alguno de la primera edición.
Gane o pierda el encuentro que sea, Alcaraz es un descarado y su irrupción se ha producido cuando el fenómeno Nadal está diciendo adiós. No es casualidad. Con la modernidad democrática haciendo estragos, este viejo país se ha convertido en una primera potencia mundial en no pocos recintos: desde el de la raqueta hasta el del var pasando por el de la canasta, más balonmano, ciclismo…y hasta bádminton. Y en asaltos de chicos y de chicas para quienes, «in illo tempore», la gran meta asignada no era otra que la de contribuir con entrega al reposo del guerrero.
Son huellas indelebles que anidan en el subconsciente de buena parte del personal, heredadas de sus ancestros y dispuestas a ser restauradas en cuanto la ocasión lo propicie. Quién quiere progreso. Lo importante no son las conquistas, sino de qué conquistas estamos hablando. ¿Cómo va a ser lo mismo ganar una competición con el tiki taka que alzar el trofeo al son del cabezazo racial de Marcelino que dejó a la Unión Soviética para el arrastre? La diferencia reside en el mando. Mientras Del Bosque levantaba sospechas, el seleccionador Villalonga del 64 era ni más ni menos que teniente coronel. Luis de la Fuente, el actual, es buen tipo y casi de comunión diaria por lo que solo debe preocuparse de que rule el «cuatro/cuatro/dos».
Santana se impuso por sorpresa en la hierba londinense con el escudo del Madrid cosido en su polo. Era el sino de los tiempos. Conchita Martínez lo logró tres décadas después. Normal. Si superan contrariedades, contamos con contrastadas aspirantes que han de estar preparadas por si llegaran ciertas prédicas desde altas instancias. Sin ir más lejos, «no me gusta que en los torneos te pongas la minifalda».

El reloj no se detiene

El presidente Sánchez va atropellado. El animal político que ha demostrado ser para conseguir auparse en el sillín con todos los obstáculos posibles a su alrededor barrunta lo peor y se revuelve contra el destino. El mantra del sanchismo prescrito por la derecha mediática ha causado furor, se ha metido en vena de buena parte del cuerpo social y el hombre que aprendió a vivir al filo de la navaja no sabe cómo quitárselo de encima. Es difícil de creer, pero el reloj de arena es inexorable.
La última pirueta fue la convocatoria por sorpresa de elecciones nada más disolverse como un azucarillo la cuota más granada de poder periférico que aún resistía. A partir de ahí trazó un plan para salvarse de la quema proponiéndose estar presente por tierra, mar y aire en las salitas de estar. No calculó bien la dosis. Lo exuberante cansa. Copó la franja de entretenimiento a fin de que los reacios entendieran de una puta vez que no es tan malo como lo pintan. Sacó sonrisas a destiempo mostrándose algo más que amigable con las figuritas de los platós donde lo han breado, que era el objetivo de la gira. Plan desenfocado. La inmensa mayoría de moderados desgajados en su día de la órbita pepera por mor del olor que aquello despedía y que le dio vuelo al tal Rivera ha renunciado incluso a los argumentos necesarios para cambiar de color y reproduce como si fuera suyo el traje que le han hecho al malvado sin entrar a considerar siquiera las políticas que han salvado como mínimo el culo a tela de paisanos.
Pero en lugar de aferrarse a eso y de repetirlo hasta la saciedad, volvió a poner el acento en todo un cara a cara en que él no es perfecto, pero sí limpio. El penitente está de psicólogo. Al final del choque bronco, Feijóo se fue como un torero y el insumergible González Pons se fundió en un interminable abrazo con el mandamás de la empresa anfitriona en tanto que el rival salió escopetado hacia la sede a contar su película a las huestes poco antes de partir a la reunión de la Otan. Mientras, ya saben. Aquí dentro, la guerra continuará.

La chispa de la vida

Además de hacer planes con amigos supongamos que quieres tener suscripciones a un par o tres de cabeceras que te sitúen en la acción, Liga, Champions, Wimbledon en estas fechas más una sugerente ración de pelis y de series. En algunas de las guaridas que ofertan las competiciones en liza el baile de tarifas al que someten al interesado pone de los nervios. No pocos se rebotan, contactan, ordenan que les den de baja y entonces surge la fórmula que haga falta con tal de retenerlos. También está la opción de dejarse atropellar por la boda de la niña de Isabel, que son horas y horas de repetición de la jugada después de que a «Sálvame» le pusieran la proa. Mi hermana señala que la causante ha sido Rociíto. Aunque me tranquiliza el tono, estoy preocupado.
Ella lo está por mí porque dice que al paso que vamos necesitaremos un préstamo. En lo de Rociíto no sé, pero en esto otro lleva razón. La alerta vuelve a saltar cuando se anuncia que han salido las dos últimas temporadas y definitivas de «La maravillosa señora Maisel». El problema es que no las tenemos y las primeras las vimos gracias a que no recuerdo quién nos dio entrada hará cinco, seis años. Salvo excepciones no somos de seguir un regimiento de capítulos, pero a este de familias judías afrontando un carrusel de imprevistos que choca frontalmente con las enseñanzas del patriarca Abraham resulta imposible resistirse. Son muchos los elementos. Diálogos chispeantes entre protas, da igual que sean principales o secundarios. Aquí la transversalidad sí que prima. Un canto sin declaración de principios a la fuerza de la mujer para agarrar lo que persigue aunque su sueño surja de un imprevisto. Y todo bajo una atmósfera de clubs neoyorquinos de los cincuenta/sesenta en los que suena Ella Fitzgerald, Nina Simone y Billie Holiday. Nos la hemos bebido tras buscar, al igual que la señora Maisel a la hora clave de salir a flote, la artimaña consistente en agarrarse al mes de prueba gratis y haber dicho ya «bye, bye». Para qué hace falta ser rico.

El gran esfuerzo

Pensando en el destinatario no creo que exista un género más completo que el de la entrevista. Lo digo como lector, como espectador, bueno y como currito del sufrido papel prensa. La mayoría de grandes reporteros de los diferentes medios que han poblado el universo buscan con ahínco ponerse enfrente de los personajes más buscados que resultan claves para situarse en la acción de cada época. He disfrutado estos encuentros de firmas de referencia como un poseso y lo que se extrae de no pocos de ellos me sirvió mucho más que la mayor parte de las asignaturas de la carrera por no decir de todas. ¿Por qué? Porque del resultado se desprende que esta es una profesión seria siempre que el entrevistador se haya empapado de los aspectos a tocar hasta el extremo de dominar la materia tanto o más que líderes y especialistas pasados por el radar. Es la única forma de que quien va en no pocas ocasiones a venderte la moto se quede en fuera de juego y se le mude la cara.
Dado el revuelo previo he visto las apariciones del dúo aspirante a gobernarnos en breve tanto en El hormiguero como con Ana Rosa y de ambas citas los invitados han estado muy lejos de quedar bien retratados cuando los dos tienen cuitas pendientes. Con apenas modificaciones han soltado el mismo guión que vienen repitiendo en la interminable ronda que despliegan gracias a que la hoja de ruta pergeñada por sus interrogadores no ha sido sino un manual de lugares comunes que los «afectados» se sacuden sin inmutarse. Sánchez, más cauto en estos casos concretos al encontrarse en territorio comanche. El gran esfuerzo al que hubo de enfrentarse el empecinado combatiente del sanchismo no fue la ley del «solo sí es sí» ni Bildu de los coj… ni la cosa tomatosa con independentistas ni dónde estará el Falcon. Con lo que tuvo un cuidado escrupuloso fue con no llamarla María Rosa. Porque Oriana no se le iba a escapar.