Además de hacer planes con amigos supongamos que quieres tener suscripciones a un par o tres de cabeceras que te sitúen en la acción, Liga, Champions, Wimbledon en estas fechas más una sugerente ración de pelis y de series. En algunas de las guaridas que ofertan las competiciones en liza el baile de tarifas al que someten al interesado pone de los nervios. No pocos se rebotan, contactan, ordenan que les den de baja y entonces surge la fórmula que haga falta con tal de retenerlos. También está la opción de dejarse atropellar por la boda de la niña de Isabel, que son horas y horas de repetición de la jugada después de que a «Sálvame» le pusieran la proa. Mi hermana señala que la causante ha sido Rociíto. Aunque me tranquiliza el tono, estoy preocupado.
Ella lo está por mí porque dice que al paso que vamos necesitaremos un préstamo. En lo de Rociíto no sé, pero en esto otro lleva razón. La alerta vuelve a saltar cuando se anuncia que han salido las dos últimas temporadas y definitivas de «La maravillosa señora Maisel». El problema es que no las tenemos y las primeras las vimos gracias a que no recuerdo quién nos dio entrada hará cinco, seis años. Salvo excepciones no somos de seguir un regimiento de capítulos, pero a este de familias judías afrontando un carrusel de imprevistos que choca frontalmente con las enseñanzas del patriarca Abraham resulta imposible resistirse. Son muchos los elementos. Diálogos chispeantes entre protas, da igual que sean principales o secundarios. Aquí la transversalidad sí que prima. Un canto sin declaración de principios a la fuerza de la mujer para agarrar lo que persigue aunque su sueño surja de un imprevisto. Y todo bajo una atmósfera de clubs neoyorquinos de los cincuenta/sesenta en los que suena Ella Fitzgerald, Nina Simone y Billie Holiday. Nos la hemos bebido tras buscar, al igual que la señora Maisel a la hora clave de salir a flote, la artimaña consistente en agarrarse al mes de prueba gratis y haber dicho ya «bye, bye». Para qué hace falta ser rico.