El presidente Sánchez va atropellado. El animal político que ha demostrado ser para conseguir auparse en el sillín con todos los obstáculos posibles a su alrededor barrunta lo peor y se revuelve contra el destino. El mantra del sanchismo prescrito por la derecha mediática ha causado furor, se ha metido en vena de buena parte del cuerpo social y el hombre que aprendió a vivir al filo de la navaja no sabe cómo quitárselo de encima. Es difícil de creer, pero el reloj de arena es inexorable.
La última pirueta fue la convocatoria por sorpresa de elecciones nada más disolverse como un azucarillo la cuota más granada de poder periférico que aún resistía. A partir de ahí trazó un plan para salvarse de la quema proponiéndose estar presente por tierra, mar y aire en las salitas de estar. No calculó bien la dosis. Lo exuberante cansa. Copó la franja de entretenimiento a fin de que los reacios entendieran de una puta vez que no es tan malo como lo pintan. Sacó sonrisas a destiempo mostrándose algo más que amigable con las figuritas de los platós donde lo han breado, que era el objetivo de la gira. Plan desenfocado. La inmensa mayoría de moderados desgajados en su día de la órbita pepera por mor del olor que aquello despedía y que le dio vuelo al tal Rivera ha renunciado incluso a los argumentos necesarios para cambiar de color y reproduce como si fuera suyo el traje que le han hecho al malvado sin entrar a considerar siquiera las políticas que han salvado como mínimo el culo a tela de paisanos.
Pero en lugar de aferrarse a eso y de repetirlo hasta la saciedad, volvió a poner el acento en todo un cara a cara en que él no es perfecto, pero sí limpio. El penitente está de psicólogo. Al final del choque bronco, Feijóo se fue como un torero y el insumergible González Pons se fundió en un interminable abrazo con el mandamás de la empresa anfitriona en tanto que el rival salió escopetado hacia la sede a contar su película a las huestes poco antes de partir a la reunión de la Otan. Mientras, ya saben. Aquí dentro, la guerra continuará.