Hace justo un mes murió la catalana Angelina Torres que, a sus 112 años y medio, se había convertido en la más longeva del país. Queriendo hacer patria, La Vanguardia pasó la antorcha a la olotina Carmen Noguera con 111 acreditados. Pero a los diez días el abecé replicó que la plusmarquista se encontraba en Zambroncinos del Páramo, cerca de La Bañeza, puesto que Teresa Fernández sopló en julio pasado 112 velas. Y tras ellas aparece el extremeño Jesús Redondo con 110 a cuestas. El bronce tiene su mérito porque es de los pocos de su género que consigue meter cabeza en el podio.
En la familia estamos al tanto de esta secuencia porque el día de Todos los Santos la señora Esther se enfundó el maillot blanco que comparte con los participantes más prometedores de la distancia al entrar en los 107. Hasta hace seis años vivió sola pero una caída propició que los cuatro hijos se turnen y, como dos de ellos viven lejos desde hace la tira, eso también le ha dado vida. Sí, porque el encuentro multitudinario se inició al cumplir los ochenta donde ya empezó a despedirse antes de dar paso a unas palabras con las que agradecer a hijos, nietos, bisnietos y adheridos el hecho de estar siempre ahí, la primera de las veintisiete alocuciones de despedida que vinieron a continuación a cada cual más certera, sentida y entrañable.
Y todo ello gracias a cómo tiene la cabeza, estado que la conduce a no dejar de ejercer el mando ostentado secularmente, de tal modo que pase revista al llegar la cita de aniversario: «Pero, ¿solo eso habéis puesto de chacina? ¿Y dónde están las aceitunas? No, hombre, no, esos platos no. Coged los que están ahí abajo». Es que no es normal. Y cuando saca a relucir la memoria cualquiera se compara. Así que no es de extrañar que andemos al tanto del ranking de pervivencia. De hecho el cetro mundial está hoy en manos de la británica Ether Caterham tras alcanzar los 116 y, francamente, nosotros no descartamos nada. Otra cosa será que lo veamos.