Fernando Vallespín, catedrático, politólogo el hombre, fue el encargado de cerrar un ciclo en torno a la figura de Hannah Arendt con motivo del cincuenta aniversario del fallecimiento, que no de su desaparición. Joder con el 1975, conmemoración viene, conmemoración va.
El caso es que hay gente que asiste de pie noventa minutos. Las tres citas fijadas para indagar en el universo de la teórica política alemana de origen judío han estado a reventar. Hay esperanzas. Reencontrarse con la autora se ha convertido en un ejercicio de resistencia dado el momentazo mires para donde mires. El presentador del acto pide disculpas al no haber podido trasladar la cita al salón más espacioso debido a que anda con un montaje teatral. Nada más arrancar la disertación se cuelan voces de procedencia indeterminada puede que de los ensayos de la obra en danza. Poco a poco van haciéndose más nítidas y lo que penetra en el auditorio son eslóganes de una mani. Parecía una performance para reforzar las teorías de Arendt cuando señala que el fundamento del totalitarismo es que no puede discutirse sus presupuestos al existir un diseño preestablecido para la sociedad donde los ciudadanos se sienten superfluos. Nadie del público puso mala cara por la distorsión reinante. Bendita sea pensando en tramos terroríficos de la historia.
Los que protestaban en la calle eran docentes denunciando que «en las aulas ya no se puede trabajar». Para la pensadora de referencia las democracias modernas han de tener cuidado con la burocracia y la alienación de las masas. Ojo, diría ella, que como se fortalece es con la participación ciudadana activa en la toma de decisiones, no solo votando y se vacuna con respuestas adecuadas a demandas sólidas y bien cohesionadas. También los médicos se echaron a la calle esa jornada. Y me encontré a uno que no solo se siente quemado y minusvalorado, sino que el input que recibe es que no se apure. Se ha pegado diez años estudiando Medicina y ahora resulta que el tiempo lo cura todo.