¡Qué verde era mi valle!

Todos los ojos están puestos en Junts, pero de dónde emana el invento. Muy fácil. En principio fue Convergència i Unió quien agarró todo el ramaje en la amplitud del horizonte con una fuerza desmedida hasta el punto de que, con el devenir del riego por goteo implantado por Jordi, Marta lo amplió en la sección de jardinería desde donde aderezó el verde del valle cambiando el paisaje minero del melodrama de John Ford por un terreno abonado a las amables bolsilladas.
Aquel Edén se resquebrajó en buena parte al producirse la ruptura con Unió dentro del dúo sacapuntas y, aunque en año electoral aguantó la respiración bajo el paraguas de Junts pel Sí, la temporada siguiente Convergencia decidió suspender hasta cierto punto su actividad productiva sin resistirse a impulsar el pedecat con quien a renglón seguido concurrió a otras autonómicas, esta vez con la denominación de Junts per Catalunya. Tranquilos, yo les voy indicando, ya que nos encontramos en diciembre de 2017. Y atención porque estamos llegando al núcleo de la cuestión. Bueno, esta es la versión optimista dada la generosa gama de movimientos de la performance. Y es que el verano siguiente saltó a la luz pública la Crida Nacional per la República inspirada entre otros por un tal Puigdemont, que no sé, igual les suena. Ambos espacios nacionalistas mantuvieron el statu quo hasta que la cosa se enquistó y el vecino de Waterloo dio el golpe de mano sacándose de la manga un «think tank» -tanque de pensamiento- vinculado a Junts cuando esta para el pedecat era una marca de su propiedad. En 2020, o sea ayer, Carles tuvo su Suresnes donde se hizo con la sartén y con el mango.
Ignoro quién puede atisbar en Junts una dificultad para el curso. Ya ven, los antecedentes de la criatura no pueden ser más lineales. Desde donde viene hasta donde va. Fieles a quienes les inspiraron, siguen las huellas ahondando más si cabe en lo plantado por aquellos precursores. De ahí que anhelen meternos en un jardín.

El más fresco del barrio

Que el pepé no anda bien es natural pero ¿hasta el extremo de que Rafael Hernando adquiera protagonismo? ¿De verdad lo contemplan como una estrategia certera para amueblarse la cabeza en la línea adecuada? Hombre, más frescos desde luego van a resultar.
Acaba de soltarse un tuit en el que al referirse a las «ministras sanchistas» por los «vídeos donde se autosatisfacen del resultado electoral» se dirige a ellas con un «a ver bonitas». Y como eso para él es poco, se soltó un segundo: «veo que hay una colección de ofendiditas llamándome machista porque les he aclarado que 137 escaños son más que 121». Igual no era por eso, Rafael. El caso es que el gachó se ha venido arriba una vez que Feijóo lo recuperara para el Congreso después de que Casado hubiese mandado al Senado a quien fuera portavoz del grupo parlamentario en época de Mariano. Currículum tiene de sobra. Y, como muestra, un botón. En verano de 2005, tras la sesión en la que se rechazó la propuesta de la formación para que compareciera el Gobierno en la cámara, trató de agredir al entonces portavoz Rubalcaba y el intento necesitó de Carme Chacón, Acebes y Zaplana para impedirlo porque, cuando se pone, no es fácil frenarlo.
De hecho se hizo su propia campaña y el 18 de julio, naturalmente, en «El mundo», claro está, sentenció a cinco días de las urnas: «Nos encontramos a las puertas de una mayoría a la madrileña. Hay muchas posibilidades de gobernar en solitario» en la víspera de un debate con los principales contendientes del que se escaqueó su señorito. Semejante altanería, colegiada en este caso, es algo que al españolito de a pie le repatea en lo más hondo.
El personaje ha escogido el momento más oportuno para meterse de ese modo con parte del frente femenino reinante, precisamente cuando otro bloque de mujeres está a dos pasos de ganar nada menos que el Mundial de fútbol y, conociéndolo, temí que felicitándolas dejara la marca. Pero se contuvo. Bien hecho, bonito.

Amplitud de miras

Recuerdo una comedia dramática titulada «¿Bailamos?» en la que un hombre hace el ida y vuelta en un tren de cercanías dentro del trayecto habitual entre su casa y el cogollo de la gran ciudad. En el arranque del metraje la escena se repite una y otra vez y el ritmo se insinúa cada vez más lento. No hay más que ver su cara para extraer que la vida se ha vuelto reiterativa. Apenas si coincide con la mujer y los hijos por lo que el buen rollo mantenido va dilapidándose y la tarea que despliega encerrado en el despacho tampoco es que le haga ver la vida de color rosa porque diariamente lo suyo son los testamentos. En fin, que lo que tiene es un «tocao».
Cambiando de canal tropiezo la otra noche con la peli y al que me pareció distinguir sentado junto a la ventanilla fue a Feijóo. Desde que ocurrió lo que ocurrió apenas se ha hecho carne ni ha habitado entre nosotros. En la retina quedó su paso cansino en la comitiva que ofrendó al apóstol Santiago apenas dos días después de haberse quedado mirando hacia La Meca. Se le vio ido como a su álter ego en el «remake» norteamericano en donde el viajero impenitente sobre las mismas vías empezó a aceptar que se encontraba perdido, que nada de lo que hacía le llenaba, que el machaque en el gimnasio tampoco es que le subiese el tono cuando al regresar una tarde elevó la vista, tropezó con el cartel de una escuela que ofrecía clases de baile y el perfil de una mujer tras el cristal con la mirada igualmente perdida. A veces al cambiar el ángulo más que exprimido se da con una salida inesperada.
Casi sin creer lo que hacía decidió bajar por fin en una estación intermedia, dio con el portal y se dispuso a familiarizarse con los pasos del vals y con los de la salsa. Para ello se fogueó con profes y con otros tantos alumnos, sin importar el género. Con la mente abierta fue reencontrándose volviendo a ser el que fue tras constatar que acercarse a mundos que creía muy distantes puede ser la solución para zafarse de un buen atasco. También es cierto que en este caso se trata de Richard Gere.

En el fragor de la batalla

De aquella generación muchos fantaseamos con ser reporteros de guerra pero, claro, había que atreverse. En el caso de Ramón Lobo cuando, tras cerca de un par de décadas dando tumbos por un oficio casi siempre en los huesos, el superior de turno le ofreció irse a una contienda de las de aúpa respondió: «Llevaba quince años esperando que me hicieran esta propuesta». Y se chupó las que no hay en los escritos, desde la de los Balcanes hasta Sierra Leona pasando por Irak y Chechenia. No es que en casa falten conflictos, pero resulta bastante más difícil alcanzar con ellos aureola de leyenda.
Después de llevar desde otoño luchando a brazo partido, a finales de junio quebró el aliento de los oyentes al contar desde dentro de la trinchera que el tratamiento contra los dos cánceres que lo asediaban había fallado. Lo hizo sin dárselas de nada, con la esperanza incierta de reanudar el contacto cuando el verano se disipara aún siendo conocedor indisimulado de que el reloj de arena no estaba por la labor de frenar su ritmo cansino e inexorable. Aprovechó la ocasión para sacarse algún puñal de la espalda como el del funeral de Mauricio Vicent en el que un colega masculló su cacareada inquina a los jefes, cuestión que él desmintió citando a los que siempre quiso, aunque sin dejar de nombrar a uno que en absoluto. Tonterías a estas alturas, ninguna.
En su caso, concesiones las indispensables y puede que ni esas. El recorrido consistía en ir en busca de la verdad, de la persecución de nuevos datos, sin ponerse completamente del lado de nadie, salvo de la profesión y de la vida. De vivirla y de disfrutarla. Camino de alcanzar los 65 confesó tener gran parte de ella hecha y restarle solo subir nota. No ha tenido mucho tiempo, pero cómo la ha subido. Celebró la euforia de alcanzar la gloria con el «Waiting on sunny day» del «Boss»: «Está lloviendo, pero no hay una sola nube en el cielo/debe haber sido una lágrima de tus ojos/todo irá bien…/Estoy esperando a un día soleado». Fue resplandeciente.

Las orejas del lobo

El impacto de la mañana llega desde Utrera donde a una chavala de 22 años ha venido a verle la parca de un golpetazo en la cabeza ejecutado casi con toda certeza por su marido puesto que el dispositivo de búsqueda de la Guardia Civil precisó de varias horas hasta dar con él en lo que constituye el crimen postrero de la terrorífica serie. Bueno, puede que en estos instantes ya no sea el último.
Horas más tarde una moción presentada en el pleno de Molina de Segura venía a señalar que «la violencia de género es estructural y necesita medidas especializadas para ser erradicada». Era la respuesta a la decisión de los nuevos jerarcas del municipio de suprimir el área de Igualdad lo que había provocado el consiguiente toque a rebato que tomó temperatura al coger la palabra la representante de Vox, Merielén Piñero, concejala de Familia, de la suya naturalmente. Entre las discrepantes, Maruja Vera quien, a sus setenta y tantos, fue señalada por José Ángel Alfonso, el alcalde del pepé, para identificarla a lo que la poli respondió cogiéndola para llevársela por la fuerza. Cuando en la constitución de los ayuntamientos y de otras instituciones y cuando en las alianzas de cara al 23J empezó a verse las orejas al lobo, ¿creían que las madres y las abuelas iban a quedarse tan campantes atisbando lo que a sus hijas y a sus nietas se les podía venir encima?
Durante una pila de años el gran reconocimiento a la formación heredera de Fraga fue el de la contribución al acoger en su seno a las almas conservadoras evitando que la plebe de extrema derecha campase a sus anchas. Si entonces se elogiaba, ahora que encima se deja arrastrar por ella, no esperará que se le haga la ola. La primera autoridad de Molina, que se vio arrastrada, continuó la sesión dirigiéndose a los agentes para indicarles que no había pedido que levantaran a esa mujer y lo cerró con que va «a seguir trabajando de manera activa y con todas las acciones que sean necesarias por la igualdad». Sí, claro, hijo mío. Por supuesto, faltaría más.

Zorrilla para un descosido

Para corroborar que España se halla en «un tremendo lío», Ana Rosa expuso respecto de lo acontecido: «Yo iba andando, bueno venía de un sitio, me dirigía a otro y yo intento, siempre que puedo, ir andando y, en los alrededores de la plaza Castilla, entre los juzgados, me llamó la atención que las conversaciones de todo el mundo, muchísimos latinoamericanos, inmigrantes estaban hablando en torno a qué va a pasar, si habrá gobierno y cuándo… ¡Gente que salía del metro!». Menos mal que la popular comunicadora suele desplazarse a pie. Si llega a ir en Falcon…
Resultó complicado seguir las aseveraciones de la mayoría absoluta de habituales y más después de oír a Inda exclamar indignado lo «cómico» que le pareció «ver a los señores de Génova pegando botes en el balcón. ¡Pero estamos todos locos!». La verdad es que no tuvo que ser fácil haber masticado de sobra un discurso y tener que cambiarlo a traición. Hasta los programadores de la denostada teuveé propiciaron la resurrección del «Grand Prix» para que saltara a la pantalla en cuanto hubiese escrutinio, bien es verdad que sin la famosa vaquilla debido a la ley sobre el bienestar animal, lo que si duda constituía una muestra de buena voluntad para que los nuevos rectores que debían tomar el mando tuvieran a huevo reponer los símbolos más sagrados del tradicional horizonte patrio. Lo enervante es que unos desagradecidos les pusieron los cuernos en las urnas antes de que sonase el clarín.
Ana Rosa deja las mañanas tras 19 temporadas liderándolas y lo hace siendo rebasada en audiencia el día post electoral por Silvia Intxaurrondo a la que, dentro del escarnio, Margallo reconoció haber errado respecto al arte de la entrevista como la realizada al aspirante Feijóo con una cita de Zorrilla: «Un punto de contrición da a un alma la salvación». González Pons, al no haber escrito aún tanto como el exministro, permanece sin bajarse del burro a cuento del colosal «rtve va a perder las elecciones». Al menos su partido no cuestionó el resultado. No se puede pedir más.

¡Ostras, Pedrín!

El sábado fuimos a la sesión de última hora a ver «Te estoy amando locamente». Dijimos vamos antes de que nos pongan la venda, no vaya a ser que este tipo de historias sean condenadas al infierno. Es lo que sobrevolaba el ambiente.
Se trata de una recreación de las primeras escaramuzas de seres indefensos para protegerse en el 77 por sarasas de los estragos que la Ley de Peligrosidad Social, vigente aún, podía perpetrar en sus vidas. No es ningún panfleto; es un retrato costumbrista del agobio que oprime por todos lados a quienes intentan ser ellos mismos sin más. Desde el chismorreo del vecindario que oprime a los progenitores hasta las mentes del orden que no tienen piedad incluídas las de comunión diaria pasando por las células marxistas en cuya estrategia la única dialéctica que cabe es la suya, en absoluto la de Merimée.
No por conocido el retrato es menos emotivo. Un menor de edad, al que su madre sastra empuja a que estudie derecho mientras colma con factura incomparable los trajes del baranda de un bufete, está loco por cantar. Lo lleva en la sangre. El cuarto lo preside un póster considerable de Mari Trini. Mientras Reme se hace la tonta y confía en que saque la selectividad y se le pasen los efluvios, Miguel se orienta, busca a los suyos, los encuentra, rompe la pana sobre el escenario de un tugurio y toca el cielo antes de que una porra le agrie la cara en una redada y lo empapele entre tinieblas. El atropello abre ojos y el cruce de miradas con su hijo durante el juicio hace retumbar los corazones del patio de butacas.
Desde entonces unos han evolucionado y otros permanecen porque sí vigías de Occidente. Es esta una peli pequeñita que ha recaudado una miseria y que, sin embargo, esa víspera se puso las botas entre Barbies y demás superproducciones, con mucha gente joven asistiendo prendada. Al hondo silencio salpicado de sonrisas le siguió cuando ya era domingo un remate repleto de aplausos en dirección sonora. Contra la intolerancia, queridos.

Regreso al destino

La buena estrella quiso que tuviera al lado a Pepe Expósito desde Ingreso hasta sexto de Bachiller. Era la responsabilidad hecha crío. Consciente de mi gran tendencia a cazar moscas, me pegué como una lapa. A la salida del cole merendábamos en su casa y antes de meternos en faena cogía la guitarra. Al canalla se le daba bien todo. Estando en tercero, los melenudos de Liverpool sacaron el «Abbey Road» con el adolescente rasgando «Here comes the sun» que, al estar compuesta por Harrison, apenas si se le dio bola. Hoy es de las canciones del grupo con más descargas y mi favorita desde entonces. Uno se embriagaba entre aquellas paredes por el olor a champú de huevo y a laca que emanaba de la pelu que regentaba su madre allí mismo. Él adoraba a esa atractiva mujer y al caérseme también la baba cortaba en seco entonando «venga, hagamos comentarios de texto». No iba a poner en el picú «Mrs. Robinson».
Una serie de profes nos metieron igualmente «speed» en vena. Eran tiempos de efervescencia y ellos, militantes clandestinos. La suerte estaba echada y había superado un trecho tan vital de la mano de alguien por obra y gracia de la primera letra del apellido. Luego cada uno fue a por sus sueños y ambos acabamos poniendo distancia con la tierra de origen. Camino de ella con el primogénito de un mes hicimos a medio camino parada y fonda en casa de Pepe y de Ana. Fue una manera de compartir un acontecimiento de la dimensión que adquiere, en palabras de George, el Sol cuando la primavera explota.
Mi norte y mi guía en aquellos cursos se convirtió en un reputado oncólogo, estuvo al frente de un gran hospital público y llevó la planificación y gestión del plan integral de su especialidad en el mayor de los territorios de una España al fin más que presentable. En «Las ciudades invisibles» Italo Calvino dice que a veces están tan encima que no las vemos y previene acerca de que «al llegar a cada nuevo destino el pasajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía». Pero lo tenemos.

Soniquete conocido

Pese a rechazar el cara a cara propuesto por La 1, el candidato del pepé a coger las riendas del país mostró su altura de miras y concedió una entrevista a la tele pública en la que entre otras aseveraciones aseguró que la formación que preside «nunca ha dejado de revalorizar las pensiones». Entonces fue cuando la periodista que tenía enfrente objetó: «No es correcto. No lo hizo ni en 2012 ni en 2013 ni en 2016». ¿¡Será posible!? ¡Habrase visto! Horas más tarde, durante el colofón de la entrega de unos premios a basca de este oficio en abecé, el Rey reivindicó el «periodismo valiente, con capacidad para atraer, vigilar, denunciar y describir» y advirtió que «los frenéticos avances tecnológicos no deben poner en peligro los principios básicos de rigor, veracidad e interés público puesto que sin un periodismo independiente no hay opiniones libres». Pero, por Dios, ¡dónde vamos a llegar!
La réplica de la entrevistadora era fetén hasta el extremo de que Feijóo hubo de aclarar su aserto y lo hizo de aquella manera. La verdadera respuesta la dejó en manos de González Pons para quien «el gran error de Pedro Sánchez es mirarse al espejo cada mañana y gustarse tanto». O sea que le suena, lo distingue a la perfección. Esteban no pierde ripio. Durante su estancia en el Consell de Paco Camps, y dentro de la habitual gira de contactos, hizo gala de acreditada torsión mental, producto de una especie de superioridad moral e intelectual, por la que se preguntaba en voz alta «pero, ¿qué hago yo en este partido?». Es lógico que no lo supiera ya que de la cartera de Cultura pasó a la de Relaciones Institucionales y Comunicación y de ahí a la de Territorio cerrando el periplo con la portavocía en las Corts.
Como escritor, autor de la no sé si autobiográfica «El escaño de Satanás», el espadachín blandió un tuit para salvaguardar al jefe: «Creo que rtve va a perder las elecciones. Y espero que al día siguiente dimitan los dirigentes de ese partido… Mejor no ir. Yo ni la veo ni voy». Quiso entrar de este modo en el 18 de julio. Eso le honra.

Mapa de conquistas

Wimbledon es otra cosa. El certamen de tenis más antiguo conserva el toque de distinción con el que plantó sus reales allá por 1877. Y mantiene ese empaque pese a la cantidad de partidos que han de aplazarse por la lluvia. De celebrarse en noviembre todavía estaría cerrándose alguno de la primera edición.
Gane o pierda el encuentro que sea, Alcaraz es un descarado y su irrupción se ha producido cuando el fenómeno Nadal está diciendo adiós. No es casualidad. Con la modernidad democrática haciendo estragos, este viejo país se ha convertido en una primera potencia mundial en no pocos recintos: desde el de la raqueta hasta el del var pasando por el de la canasta, más balonmano, ciclismo…y hasta bádminton. Y en asaltos de chicos y de chicas para quienes, «in illo tempore», la gran meta asignada no era otra que la de contribuir con entrega al reposo del guerrero.
Son huellas indelebles que anidan en el subconsciente de buena parte del personal, heredadas de sus ancestros y dispuestas a ser restauradas en cuanto la ocasión lo propicie. Quién quiere progreso. Lo importante no son las conquistas, sino de qué conquistas estamos hablando. ¿Cómo va a ser lo mismo ganar una competición con el tiki taka que alzar el trofeo al son del cabezazo racial de Marcelino que dejó a la Unión Soviética para el arrastre? La diferencia reside en el mando. Mientras Del Bosque levantaba sospechas, el seleccionador Villalonga del 64 era ni más ni menos que teniente coronel. Luis de la Fuente, el actual, es buen tipo y casi de comunión diaria por lo que solo debe preocuparse de que rule el «cuatro/cuatro/dos».
Santana se impuso por sorpresa en la hierba londinense con el escudo del Madrid cosido en su polo. Era el sino de los tiempos. Conchita Martínez lo logró tres décadas después. Normal. Si superan contrariedades, contamos con contrastadas aspirantes que han de estar preparadas por si llegaran ciertas prédicas desde altas instancias. Sin ir más lejos, «no me gusta que en los torneos te pongas la minifalda».