Había sido aupada por el tilín que le hizo a sus compatriotas la determinación y cercanía que mostró tras el peor atentado de la historia de Nueva Zelanda y en abril del 20 hice alusión a ella por cómo se había aplanado por aquellos confines la temida curva después además de haber donado junto con su gabinete el 20 por ciento del salario a la cruzada contra la maldición. Meses más tarde, en otoño, con los estadios albergando a cincuenta mil espectadores instaurado el territorio en la envidiada normalidad, Jacinda Ardern sacó mayoría absoluta y, en lugar de jactarse, lamentó que se hubiese «perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro». Sé que están pensando que les recuerda a algo y no saben a qué. Al menos en eso creo que estaremos de acuerdo.
Pero si desde entonces esta primera ministra me tenía arrebatado he comprendido que no era nada comparado con la decisión de dejar el cargo a pesar de haber pasado «los cinco años más gratificantes de mi vida» pero al encontrarse con el depósito vacío y sin la «suficiente energía para hacerle justicia al puesto». Es verdad que los negacionistas de la sensatez en cualquier campo han venido haciéndole la vida imposible a ella y a los suyos y, sin embargo, ¿a cuántos cargos públicos próximos hemos visto aferrarse al sillón dentro de una trayectoria repleta de desaguisados y cuando gracias a descubrirse algún que otro desmán todo quisque sabía que estaban muertos menos ellos?
Y dentro del capítulo de los servidores honestos, que es el mayoritario, se siguen dando casos de quienes no comprenden ni aceptan que, tras una dilatada carrera al frente de tal institución, los mismos que los propusieron estimen que ha llegado el momento del relevo. Y se revuelven a veces de forma estrafalaria, convencidos de que nadie podrá ejercer la representación a la altura alcanzada. No obstante hay esperanzas. Podemos concluir que otro comportamiento es posible al ver lo sucedido en Nueva Zelanda. Pero no sé. Efectivamente, quizá algo lejano sí que parece.
Autor: fesquivel74
Ese mundo paralelo
Sale Nadal. Son allí las tres de la tarde del lunes en que arranca el torneo y el coliseo de Melbourne está a reventar. La grada vibra con la aparición del vigente poseedor del título por quien nadie daba un duro en la final contra el ruso Medvédev, cuyo fuerte está lejos de ser la empatía, durante la que no hubo cristo que resistiera sin estar al borde aunque los capítulos postreros de Rafa en el año que se evaporó quedaron con renglones torcidos. La familia se ha acercado al completo hasta las Antípodas. En la previa de ver el partido inaugural para los contendientes he regresado andando y no muy lejos me he topado con un padre dándole lecciones a quien supongo que es su hija. No es la primera vez que me detengo por la de voces y presión que le mete a la chiquilla conminándola a que devuelva la bola tal como le indica y, sin embargo, es para verlo golpear a él. El McEnroe que llevo dentro está a punto de gritarle: ¿Lo ves, hombre? No solo los número 1 son de otro planeta.
Ha empezado el choque en el que el objetivo nítido del manacorí es recomponerse para dar de sí todo lo que pueda como siempre ha hecho, ahora ya en el tramo final de la carrera que a saber cuánto durará con ese nunca darse por vencido que lo ha caracterizado manteniéndolo en la cumbre ni se sabe. Tiempo atrás Rod Laver no era un estadio central como es este en el que se disputa el primer Gran Slam del calendario sino un zurdo de diamante que liquidaba contrarios en cualquier superficie mientras que los nuestros solo pitaban si acababan rebozados en tierra. Con la era moderna eso pasó a mayor gloria y ahí está el más grande de la hornada en el afán de continuar alimentando la leyenda. Para ello ha de superar a un rival cuyo apellido es el mismo del protagonista de «Mad Men» que no cedía un centímetro en su pelea por conservar la cima alcanzada. A Draper, pero Jack no Don, aún le queda para asomarse a ella si es que alguna vez lo logra pese a dar guerra medio cojo y con un cortocircuito en la tráquea.
Por lo que más quieran: ¡Salvad a la cría!
Del despecho a la pachorra
Cuando me enteré del asunto a las pocas horas de ponerse en danza, la canción contaba con treinta millones de reproducciones. En el instante en que tecleo esta referencia me he perdido y debe andar sobre el doble, el triple o vaya usted a saber. La velocidad a la que se consumen los productos para ser deglutidos por las redes es de vértigo y las reacciones supongo que infinitas. Yo he echado el freno en dos de las que me han llegado. La primera de Ibai Llanos, al que pese a tratarse de un recién nacido no hace falta presentar, amiguete del tipo que cambia un Rolex por un Casio y que en su tuit de inicio se pregunta al respecto: «¿Creéis que lo de Shakira va por Piqué?». Y la segunda más institucional de un menda autoproclamado Hannibal Lecter que suelta: «Menos mal que la reina Sofía no es cantante».
El caso es que, nada más quedar resuelta la custodia, la estrella colombiana ha dicho aquí estoy yo. El debate gira en torno a si el sesgo que contiene el estruendo formado es lo mejor para los críos de ambos y en si eso se le hace a la otra en danza. Entre la diligencia con que la intérpetre ha solventado su nudo y la forma en que Yolanda Díaz está resolviendo el espacio al que se comprometió debe haber un término medio. Ya sé que lo que se dirime es de naturaleza bien distinta pero no me negarán que el tiempo apremia. Sin ir más lejos en el pesoe están de los nervios conscientes de que la unión a su costado hace la fuerza. Es posible incluso que barrunten que un solista o alguna pareja de Unidas Podemos -no se me ocurre cual- esté componiendo un rap dedicado a las ronchas que levantan en la vice verse inserta en lo que para ella ahora es la esquina del tablero, con estrofas referidas a la simpática centralidad de Sumar y a la ingratitud que supone dejar en el olvido a Pablo dedicándole arrumacos a Pedro. Tranquis, que los dividendos están asegurados. Para Shakira, almas de cántaro.
La afición es que tiembla
No pasó desapercibida la presencia en el estadio olímpico de La Nucía de Carlos Mazón con la bufanda del Valencia clausurando en cierto modo su etapa representativa en la Dipu alicantina dando paso así a la caza del voto. Dado que es culé hasta la médula al día siguiente no tuvo que resaltarlo con prenda alguna sabedor de que se sentaría al lado de Laporta. Visto el cariz que va tomando la competición me volví loco para ver a Ximo Puig la tarde en que su equipo visitaba La Cerámica pero o no fue o se resguardó entrenado como está con las acometidas que le propina su propio «mister» desde la acción del Gobierno central. A veces no hay quien entienda este juego.
¡Qué temporadita nos espera! Hay que estar preparados para los resultados que se produzcan en primavera/otoño con los calentones en el post y en otros campos embarrados tipo Atocha. El expresidente del Constitucional se ha ido repartiendo coces pendientes de cómo se reordena un tribunal en el que ahora mismo Mateu Lahoz pasaría desapercibido. Quien se deja querer con fuerza en este mercado invernal es Macarena Olona que acaba de ponderar la figura de Yolanda Díaz al contrario que Unidas Podemos y que ella con la «troupe» de Pablo, Pablito, Pablete que no es más que el modo habitual de calentar de la multi izquierda ante cualquier cita con con las urnas. Por el extremo contrario la que fuera punta de lanza de Abascal en las andaluzas ha señalado que el asalto de Brasil es golpismo y que sin democracia no hay libertad tras reaparecer deplorando la violencia machista. Ignoro qué ha tomado esta mujer, pero desde luego la magdalena de Proust no ha sido.
En el espíritu del vendaval argentino levantado en Qatar anida la escena de aquella película inconmensurable en la que se proclama que «el tipo puede cambiar de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión». A ver si dentro del ciclón que se viene encima no nos la desgracian también.
Firmeza en el desconsuelo
Ocurrió en Mislata durante el arranque del pasado año. El castillo hinchable de la feria salió disparado y con él un racimo angelical de criaturas. El impacto se llevó para los restos los latidos de Cayetana de ocho años y de Vera con tan solo cuatro. Los padres de esta última han saltado para ver si de una vez por todas es posible que se tomen las medidas adecuadas. Las que están estipuladas en el espacio avanzado al que pertenecemos y no se dejan estas atracciones al arbitrio de quienes hacen volar la codicia a una velocidad por encima de la de los cacharros. En este caso el de la sujeción de un invento cuya consistencia no puede ser sino el primer mandamiento para su apertura.
Todo conduce a indicar que no lo fue. Los sufridores que han quedado huérfanos la describen como un manantial de chapuzas con «cuerdas y cintas desgastadas sujetas a un árbol, un banco y una farola». Y que el artefacto de marras estaba plantado en el peor sitio posible, el más abierto y desnudo ante las ráfagas de viento amenazadoras previstas con la antelación correspondiente. Produce estupor, se abren las carnes. La instrucción ya detectó desde el primer momento síntomas de sospechosa dejadez. Pero ese primer momento se eterniza y el cúmulo de preguntas sin respuestas aumenta el dolor. Ni determinados casos donde el impacto producido representa una tortura diaria corren mejor suerte que el repertorio de sumarios que recorre su rumbo al ralentí. Suma y sigue un curso judicial tras otro, a bordo de una epidemia mortal de necesidad contra la que no hay manera a lo que se ve de obtener vacuna efectiva.
Quienes claman para que nada de esto se repita también han echado en falta que el ayuntamiento indagara con decisión en la dirección que debía. Señalan que no han recibido ni un mínimo de calorcito. De ser así tiene bemoles. No hay más que imaginarse lo que habrán sentido en estos días las familias afectadas cuando a lo que ha dejado paso los regalos a las niñas es a un ardiente vacío. Las muñecas eran ellas.
Sensaciones inesperadas
Unos pilotos avezados han hecho por primera vez que se sepa el recorrido entre Calp e Ibiza en globo, alzándose hasta 2.500 metros y cogiendo los 30/40 kilómetros de velocidad para tomar tierra a las cuatro horas y media sin contratiempo alguno. Llevaban años rumiándolo pero por hache o por be no se habían puesto a ello y, aunque pensaban encarar el reto desde Dènia, al comprobar el viento a las diferentes alturas decidieron peregrinar unos cuantos territorios al sur para correr el menor riesgo posible. Me impactó la aventura. Mi único acercamiento entre comillas a uno de estos artefactos ocurrió cuando tuve el lujo de encarnar a Baltasar y al día siguiente la organización citó a los tres magos de Oriente a subir por el aire para realizar otra entrega de presentes en determinados centros. Un buen número de criaturas se quedó sin la presencia del rey negro y en el aterrizaje Gaspar se fracturó la pierna. Lo sentí en el alma pero qué le va hacer uno si Dios no le ha llamado por ese camino.
Me dirijo hacia el aeropuerto sin globo alguno. Todo lo contrario. He comprobado el estado del vuelo y he visto que acaba de despegar. Pese a que queda hora y media para que aterrice no puedo contenerme. Voy como a aquellas primeras citas pero con cincuenta tacos más envuelto en una emoción incontenible, estremeciéndome sin esperarlo por dentro, lo juro, en un estado de excitación que pocas situaciones provocan a estas alturas ni siquiera Cuca Gamarra cuando dice allá voy que también tiene lo suyo.
Dejo el coche estacionado en buen estado y alcanzo la sala de llegadas. Cuerpeo y me hago hueco. Quiero divisarlos. Salen pasajeros y más pasajeros. Cientos. Se entremezclan. A los únicos que sitúas con precisión es a los que vienen de Palma. Ya saben. Se reparten abrazos y se sueltan lágrimas en todas las posiciones. Veo un carrito doble ¡Ahí vienen! Chasqueo los dedos. Es la señal. Miran, se revuelven y sonríen. Qué más quiero si están para comérselos. ¿Me los como? Freno ya que me da.
Feliz año de contratiempos
Alguien cercano tenía previsto pasar el fin de año en Londres con hijos y nietos incluidos en el paquete. Es precioso viajar, pero en fechas como estas reconozcamos que hay que echarle moral. Sin ir más lejos British Airways arrancó las fiestas pidiendo disculpas a sus clientes después de que los vuelos en Estados Unidos y en otros países quedaran interrumpidos horas y horas por problemas técnicos que dejaron colgado el sistema de planificación de vuelos. Esto te pilla en cualquier terminal del mundo rodeado de prole y te hace una gracia que para qué. Y más si no has podido embarcar las zambombas.
No pude contenerme y mandé en las horas previas un recadito de los nuestros al susodicho: «Ignoro cómo, pero me ha llegado un mensaje de Boris Johnson en el que dice que para Nochevieja se le han trastocado los planes y que, si queréis, os anima la velada». Otra cosa no, pero en eso es de fiar. Así que, lanzado y aunque él cuenta con una cartera de locales muy superior a la que yo pueda imaginar, le recomendé por si les encajaba Bombay Brasserie, un indio de estilo colonial con un piano a bordo en Kensington y un precio más que razonable que en su día nos dejó un muy buen sabor de boca. Lo que no tardó en llegar fue su respuesta a lo del invitado sorpresa: «Me he animado solo, he pillado el bicho». Hasta ayer no dio negativo por lo que no me he atrevido a preguntarle dónde caerían las uvas no fuera a ser que me trasladara que, ante el estado que él presentaba, ya le había mandado mi dirección al expremier.
También anda cerca un tipo al que la cuestión de las tarifas es superior a sus fuerzas. Gastar le duele lo que no hay en los escritos cuando además siempre ha estado loco por pillar habitación en establecimientos lujosos que devora. Métete en ellos por la web, le hemos dicho, y tras relamerte reserva en la pensión de al lado. No solo ahorras sino que ganas dinero.
El susurro del hechizo
Tengo grabada la imagen aquí desde la víspera de Navidad en que se puso en circulación. Es la de Kely Cristina Nascimento reclinada sobre el cuerpo de su padre en la cama del hospital con este fijando la mirada en ella, el tubo del suero que sortea la oreja por debajo hasta conducirlo a la boca y la mano que aprieta con toda la fuerza que le queda el brazo de la hija en unas horas agónicas. Quien está ahí mostrando su perfil a millones de ojos clavados en espera del pitido final no es otro que Edson Arantes, o sea Pelé, hijo de un futbolista roto nada más debutar, que ganó tres mundiales, el primero en Suecia con 17 añitos en el que marcó seis goles gracias a la ayuda de una pila de toallas hirvientes aplicadas sobre la rodilla maltrecha, y de donde salió entre lágrimas a hombros de su portero Gilmar tras haberle hecho un globo al guardameta contrario y mandarla a la red antes de que cayera. De seguir entre nosotros, Gustavsson aún estaría buscando al crío.
O Rei debutó en su equipo de Sao Paulo el año en que nací y se despidió de él en el que empecé a currar precisamente en la sección de Deportes y lo hice conservando en la retina el juego de tiralíneas de la selección carioca al que no había por dónde meterle mano. No lo digo yo, lo confesó el defensa italiano encargado de marcar al «10» cuando martilleó de cabeza en la final el centro de Rivelino: «Saltamos juntos, pero al volver a tierra él seguía en el aire». Es parte de la dureza de este oficio: que lo que le toca luego a uno es cubrir diariamente a los de andar por casa que son el noventa y tanto por ciento restante.
Vinicius de Moraes me llamó a filas. Junto a su sonido arrebatador y en torno una chimenea en la montaña cuando en esta tierra aún nevaba de lo lindo era fácil hacer ojitos hasta para los más torpes, ayudados por los suaves movimientos de aquellos bailarines en el estadio azteca que permanecían vivos en el subconsciente de tanto proclive. Los mismos que, contemplándolo sobre el lecho, celebran que así tumbado logre el mejor remate.
En un rincón del alma
Acaba de anochecer. Voy al volante dispuesto a hacer la compra y en la radio introducen el homenaje de la farmacéutica Cinfa a pacientes a través de fotos de ellos a las que una serie de invitados iluminan con sus textos lo que aquellas les inspiran. Carlos Hipólito reconoce que se decantó por una que al verla lo taladró. Se trata de la imagen de un crío de cuatro/cinco años que va con mascarilla por el campo, se ayuda de un bastoncito y no tiene pelo, a la que el actor pone la siguiente letra: «Había mucho camino por andar. Sus padres iban detrás. Les había pedido que le dejaran ir delante porque quería ser su guía, marcarles el ritmo, irles enseñando cada una de las cosas maravillosas que iría descubriendo en aquella aventura…». El autor se estremece cuando, por sorpresa, el padre de la criatura atestigua desde otro rincón del mapa que este arranque coincide con lo que ocurrió en la realidad. Con los ojos humedecidos aparco y me tomo una prórroga hasta conseguir recordar lo que había venido a llevarme. Lógicamente se me olvidó lo principal.
Al preguntarle a un colega por su padre respondió que estaba muy emotivo. Lo he recordado porque seguro que cuando ahora le preguntan a los míos no tienen muchas vueltas que darle. Durante el almuerzo del día que falleció me dio por poner las melodías de Pablo Milanés que me retrotraen a los inicios del camino andado y tuvieron que levantarse a consolarme de la «plorera» que me entró. Estas fechas en ese sentido qué voy a contarles. Hay un anuncio de Suchard en el que un renacuajo sorprende a la familia con lo que a la abuela le pirraba y que al resto se le había olvidado, que me puede. Y hace poco se estrenó en Broadway un musical sobre el compositor de «Sweet Caroline» que, tras revelar que padece Parkinson, fue al estreno, la interpretó con el público en pie y conmigo congestionado. Y eso que nunca he seguido a Neil Diamond.
No parece de este país
A la hora en que los once jinetes del apocalipsis están dándole vueltas a lo suyo después de que la dupla con el mandato caducado ni siquiera haya tenido a bien abstenerse, me refugio en los brazos de Manuel Alcaraz, profesor de derecho constitucional transformada hoy esa materia en la cosa tomatosa, creyente jondo que cuando ve flaquear el espíritu sereno con el que se conduce echa mano de sus sólidas convicciones, se agarra firmemente a ellas, trasciende y va más allá. Para eso es capillita. Cada vez más, claro.
Se halla en plena gira de presentación de su último libro «El oficio de Casandra», un compendio de artículos molones en los que desgrana las inquietudes por la calidad y el futuro de la democracia junto a otras derivadas. Y lo que hace este tipo gentil proveniente de la Ilustración es recomendar lo único que no es suyo: el prólogo. Así que no es plan de llevarle la contraria y dejaré de buen grado que sea Joan Romero, quien define al que fuera colega tiempo atrás en los avatares de la cosa pública de «moderado de izquierdas que rechaza la antipolítica como forma de encaminarse por la vida», el que resalte parte de la sustancia que la obra insufla al devenir de lo que hay entre manos, que no es poco: «El autor sabe bien que la democracia es conflicto, pero también pacto. Y se dan momentos en los que el acuerdo es el mensaje y la tarea de los partidos y de los gobiernos, en tiempos de fatiga institucional, de fragilidad política y de desconcierto, es conciliar… Por eso expresa su dolor cuando constata la judicialización de la política, que no es sino la constatación de un fracaso y de alguna forma un fracaso colectivo». Hasta en lo del prólogo coincido con Alcaraz. Me preocupa.
El anhelo sostenido a lo largo de sus escritos es el de un llamamiento firme a la prudencia. La prueba es que, como habrán observado por el aroma de lo que antecede, durante la presentación no se hizo referencia a la pirueta que estaba produciéndose en el tribunal ni a cómo se ha llegado a este extremo. Si se llega a hacer…