Hay quien recordadará el caso de Katharine Gun. Restaba un mes para que tuviese lugar la cumbre de las Azores y tanto la administración estadounidense como la británica perreaban por hacerse con el plácet internacional para poner los misiles mirando a Irak. A sus 28 años hacía relativamente poco que había accedido a la sede de Comunicaciones del Gobierno en Londres sin saber bien a qué dedicaba sus esfuerzos el departamento en el que traducía del chino mandarín al
inglés los textos que le llegaban de la superioridad. Aunque Kathy no
era una activista al uso se le hacía bola cada vez que veía a Tony Blair dando por sentado todo aquello de lo que los inspectores sobre el terreno no tenían constancia. Esa mañana la sección al completo
recibió un correo proveniente de la Cía en el que se daba cuenta de una operación secreta para poner micrófonos en las oficinas de Naciones Unidas de los seis «países oscilantes» destinada a presionarlos con tal de decantar la resolución hacia los propósitos de George Bush y su cohorte a la manera más o menos en que Trump hizo con Zelenski persiguiendo que lo ayudara en su campaña. Mientras un conocido nuestro colocaba tan orgulloso los pies sobre la mesa en las
Montañas Rocosas junto al gran jefe blanco, aquello sin embargo fue
demasiado para uno de esos seres que no soporta imaginar lo que se les
iba a venir encima a cientos de miles de criaturas iraquíes y que hoy
andará devorada por dentro con las estampas ucranianas. El estatus de
Katharine Gun saltó por los aires al filtrar una copia a «The Observer» y confesarlo. Le hicieron la vida imposible, a su marido turco estuvieron a punto de subirlo a un avión deportándolo y así un año hasta celebrarse el juicio por violar la Ley de Secretos Oficiales. Al llegar el día y, ante la incredulidad y estupefacción del juez, el Gobierno retiró todos los cargos tras la maquinaria puesta en marcha temeroso de que salieran documentos sobre la ilegalidad de la guerra que lo incriminaran. En casa, esto Putin se lo ahorra.
Autor: fesquivel74
Envueltos en sombras
El 31 de diciembre de 1999 compartieron espacio televisivo Yeltsin y
Putin. Boris para decir que «en el último día del XX renuncio a mi
cargo» y el sucesor con tal de prometer en tono grave antes de desear
feliz año nuevo que «el Estado protegerá de manera confiable los
elementos básicos de una forma civilizada: la libertad de expresión,
de conciencia, de prensa y los derechos de propiedad». Lo juro.
Acudo al súper con la cabeza en quienes aguardan a que cese el
bombardeo para adentrarse en busca de provisiones entre estanterías
tan enclenques como el ánimo. Pesco pan al que le meten pasas porque
qué difícil es dar con uno como Dios manda. Aunque sorteo recodos
contra reloj reparo en que me observan. Sí, miran, noto escorzos, se
distancian y caigo en que se me ha olvidado enfundarme la mascarilla.
Sintiéndome sospechoso titubeo sobre lo que hacer. Desde luego, miga,
tiene. Me disculpo ante la empleada que casi me anima, maldigo en
silencio las sombras en que seguimos envueltos y, por supuesto, salgo
escopetado.
«En la guerra de Oleg», recreada en la región de Donest donde
gobierno ucraniano y separatistas rusos anduvieron a descarga limpia,
los críos imparten lecciones magistrales en la escuela rural sobre el
tipo de minas que pueden explotar camino a casa. Trienios acumulan en la materia. Me sobresalto con una llamada inesperada. Menos mal que he sido capaz de subir a la pantalla de inicio la imagen de mi madre que sosiega lo suyo. Ahora que no podré hablar jamás con ella, viene bien tenerla a mano. Cuesta reconocerse en quiénes éramos un par de años atrás. Para el sapiens Noah Harari, el mandamás ruso no contempla Ucrania como un país real pese a contar con más de diez siglos de historia siendo Kiev una gran metrópolis cuando Moscú era nada y menos. Según el analista, Vladimir ganará batallas pero ha perdido la guerra ante la respuesta del pueblo invadido y el odio inoculado que alimentará la resistencia por generaciones. Pues, sí. Mejor no podemos estar.
Bienvenida al abordaje
En estos instantes en los que me enfrento al encendido del ordenador,
los barones alcanzan el hotel, y no la sede madrileña en venta, en el que diseñar el abordaje de la situación. La inmobiliaria, por tanto no; la otra. Y aunque sigue sin aparecer está a punto de hacerlo el elegido, el mismo del que se enfatizan mayorías absolutas, el que en el terruño Vox no se come un colín, sus sesenta años con un crío de cinco que no deja de preguntar «papá cuándo viene» y la casa frente al mar en la que habita antes de que se pronuncie sobre si se muda a disfrutar de la selva madrileña que aguarda. Debe estar deseando el hombre.
Casado ha conseguido despedirse en abierto zafándose a última hora del plan urdido por los enterradores. En cambio, Telecinco repuso
en la víspera el «Mi casa es la tuya» en el que Ayuso invita al galán y abre la puerta a Miguel Ángel Rodríguez a que eche un rato en una de
sus escasísimas apariciones dado que sus labores en la trastienda
desde que se emitió el encuentro veraniego han debido ser un no parar.
Todo parece medido, los tiempos concuerdan. El programa coincide con
la llamada a capítulo de la dirección a la niña desinhibida y la espera del dúo de pazguatos dándosela de malotes. El que respondió fue
Bertín en Navidades: «Es una chavala con una personalidad increíble y
bien asesorada por Miguel Ángel. Me asombra y me cabrea muchísimo que le estén haciendo la cama dentro de su propio partido». Había que
estar mucho más avisado para saber que la emisión del «Grândola, vila
morena» era la llamada revolucionaria que para captar que en este caso algo se aproximaba. Pues ni por esas.
A fin de completar la radiografía, un espacio de radio contactó en Cieza con el creador del famoso concurso y preguntó si existe un museo que albergue el ejemplar con el que se impuso en su día Teodoro. No, pero donde tiene intención de anclarse el campeón es en el escaño pese a que han empezado a empujarlo a base de bien. No se descarta que lo primero que diga Feijóo sea a otro perro con ese hueso.
En el nombre de la destreza
Camino de los 63 tacos se resistió en julio de 2015 al nuevo reto
profesional que acababan de proponerle, pero dejar pasar barcos
cargados de formidables desafíos no forma parte de su adeene. Así que
aceptó abordarlo. Y, aunque se invistió de Autoridad portuaria sobre
finales de septiembre, el agosto aquel se lo pasó buceando sin parar
hasta escrutar el último extracto del libro de navegación que
convendría aplicar por lo que a la toma de posesión se presentó con la
hoja de ruta ya enjaretada. Este es el personaje que han conocido a
base bien los diferentes despachos en los que ha llevado el timón.
Ojo, pero Juan Antonio Gisbert no solo se ha puesto al frente de
trasatlánticos sino que también ha impartido clases y ha escrito
artículos completando durante varias temporadas una serie en la que
tomó el pulso a las recetas económicas administradas y avisó de lo que
podía venírsenos encima destacando la seriedad y el rigor que
espolvoreó en una tarea a la que se aplicó con la misma determinación que si fuese la que debía darle sentido a su existencia. De ahí que
resultara tan doloroso para él asistir desde la barrera a la forma en que sus continuadores maniobraron al frente de la Cam hasta abocarla al siniestro total, cuando bajo sus directrices alcanzó las mayores cotas de rendimiento, provocándole el «cajericidio» un rictus de desazón que, cada vez que retornan esas páginas, lo remueven por dentro.
No se puede olvidar que donde ha puesto el acento a lo largo de su extensa trayectoria ejecutiva ha sido en armar equipos de fiar,
convertidos en exponentes marca de la casa. De esos en los que disentir con sustancia se considera prueba de lealtad. Es la ventaja de tener la cabeza sobre los hombros y aplicar al cometido en ruta meticulosidad y esmero gracias al empleo de decisiones sólidamente contrastadas. Los investigadores tienen a mano probar la «gisbertina» como antídoto para combatir cualquier asomo de extravío e incoherencia. No hay más que examinar Alicante para apreciar lo bien que vendría.
Ten un plan para esto
Un menda se acerca a Carlos Mazón y desliza: «No me digas que esto en lo que estás metido no es emocionante. ¿Que tampoco te importaría que lo fuera menos?». Incluso Bonig ha saltado para sugerir ¡Hola, chic@s, qué bien se está sola! Baltasar Montaño, que dedicó todas sus energías al periodismo económico, se hizo la promesa de dejar de currar así a la mitad del viaje y, en la frontera de los cuarenta y cinco, metió los bártulos en la mochila, aprendió a tirar con mucho menos, optó por conocer mundo antes de que la jubilación viniera a verlo y acaba de publicar a los cincuenta un volumen titulado «Sin billete de vuelta» en el que viene a sustentar que «El mejor plan de vida es no tener plan de vida». ¿Lo ves, Carlos? No hay por qué apurarse. Te espera mucho recorrido por delante, otra cosa es dónde.
Sé fuerte, que diría aquel. El trance que te ha tocado a ti y otros pocos es de los que dictamina de qué material anda hecho cada cual. A Ximo Puig le dio por dejarse caer del lado susanista vete a saber por qué y no creo que Feijóo –si finalmente se sube sin bajarse– sea un liquidador de más largo alcance que el avieso Sánchez. Y, sin embargo, ahí tienes al inquilino del Palau: aguardó a que escampase, se centró en lo suyo, dejó que el mapa se recompusiera y apostó por la naturalidad y el sentido común atrayéndose a quien no lo veía con buenos ojos para convertirse en referencia de la baronía periférica hasta el extremo de concitar la atención de la mismísima Ayuso. Con eso te lo digo todo. Lo que pasa es que a ella y a quien la propulsa lo que les renta es hacer saltar por los aires a los suyos, pese a que Teodoro tampoco vaya a quejarse. Por muy malvado que fuera, ahora es toda una leyenda.
Si se administra en condiciones, una ventaja es estar fuera de
Madrid. Fíjense cómo han achicharrado a Almeida que, respecto al
follón, se ha mostrado en el pleno abierto a todo y ya hay quien sugiere que pronto acudirá a «First Dates». En medio de la que hay formada una buena fórmula para tener un plan al alcance es.
De Chanel número 5
Cuidado: «Si hoy se celebrase el Festival de Eurovisión ganaría
España». Es la conclusión de uno de los sondeos que circulan por ahí
realizado en este caso por la apepé My Eurovision Scoreboard entre los
eurofans que nos rodean. Todos no puede hacerlos el cis.
Ahora bien, el próximo que recoja el eco provocado por las
recientes actuaciones, morbo va a tener. A Tezanos, que ya está de
vuelta y con la retranca que se gasta, debe hacérsele la boca agua
fantaseando con la cocina. Ni la escena entre Jack Nicholson y Jessica
Lange en «El cartero siempre llama dos veces» le pondrá tanto. Estoy
seguro de que, si por aquél fuera, daría unos resultados en los que el
pepé arrasa. Sin horquillas, para qué. Con el ciclón que se ha
levantado sobra. ¿Se imaginan la cara de los solistas que llevan la
voz cantante? Qué harían, ¿protestar? Son capaces.
El caso es que La 1 no hace más que airear el viento a favor que
desde su perspectiva se cierne sobre Chanel en un momento en el que
Sánchez puede quedar perfectamente en segundo plano después de
comprobarse una vez más que su suerte, joder, sí que es alargada. Así
que ha sonado la hora de la canción que nos representará el 14-M y no
de Rigoberta Bandini ni de Tanxugueiras porque, aunque no hay que
descartar que entre en liza un congreso extraordinario tras el festival, cualquier gallego que se precie sabe que Feijóo se refugiará en la «terra» tocando la pandereta antes de que se lo trague Madrid por mucho esa hermanita de la caridad que aún la regenta pregone que
es España dentro de España.
A la ganadora del Benidorm Fest le toca gira por Europa donde es
súper conocido Casado por quejarse del reparto de los fondos mientras
escrutaba papeles del espiado Díaz Ayuso en su desprendida
«colaboración» durante los peores tragos de la pandemia. Solo queda
esperar a ver por dónde siguen los viajes. Todo resulta una incógnita,
salvo quizá el futuro de Teodoro. La cosecha de olivas está temblando.
Perdonen que no me levante
Me siento y lo primero que me entra por los ojos es el anuncio de que
Rusia retira algunas de sus tropas desplegadas en las proximidades de
Ucrania. ¡Uf! Como para levantarse. Ni me muevo por si acaso.
Aunque cualquiera es el guapo que canta victoria, las múltiples
gestiones cruzadas y los encuentros mantenidos en el propio Kremlin
pueden haber hecho virar lo que desde el Pentágono se veía inminente.
La intervención española en la crisis está contribuyendo a mantener a
cada uno en su sitio como se pudo apreciar en las imágenes de la
reunión entre Putin y Macron, sentados a unos cuatro metros y donde
nuestra mano aportó gran firmeza y estabilidad. La espectacular mesa
en la que se vieron las caras procede de Alcàsser. Extrañamente,
Sánchez aún no se ha colgado ninguna medalla.
Puesto que el Pisuerga pasa por Valladolid, debe haberle pillado
disperso y con razón. Su candidato, que iba remontando según todos los indicios, ha perdido siete escaños por lo que cabe preguntarse desde
dónde venía. Abascal –que a este paso será el primero en rendir
pleitesía a la representante del mueble valenciano en la otra punta de
Europa– disparó a todo lo que se mueve en la celebración subrayando
que ellos están en la calle. Y lo están. En las instituciones montan
chous pero los fines de semana los utilizan para desplegar carpas en
tela de sitios, dar la vara y acercarse a los caladeros sin ambages
mientras que a competidores de todos los colores no se les ve el pelo.
Aprovechan cualquier excusa, eso sí, para despedazarse orgánicamente
asímismo que da gusto.
El entorno de la diva del chotis y Cayetana dejaron hueco en la
agenda para meterle el dedo en el ojo al jefecito de no alcanzarse el
objetivo y allá que fueron. De cara a la investidura castellano leonesa, el pepé tiene la posibilidad de cogerse a tres de grupos rivales y darles un master en la escuela Casero para enseñarles cómo hay que votar. Y reconozcamos que, con la estrategia impulsada, el futuro de Casado garantizado está de sobra. En Vox, claro.
Démonos un vuelta
Viajemos y tomemos como referencia episodios sonoros registrados en
las últimas horas para avistar lo que nos rodea. Taparse los ojos es
una opción.
Acerquémonos a Estados Unidos. Es inevitable. En un canal
trumpero, la congresista Taylor acusó como sabrán a la presidenta de
la Cámara de Representantes, Pelosi, de regentar una «policía gestapo»
por espiar a miembros del Congreso y en su lugar dijo «policía
gazpacho». Lo extraño sería que situase algo en su contexto adecuado,
de ahí que se les vea venir incluso cuando no asaltan el Capitolio. El
diario «Público» hizo esta referencia: «La inofensiva sopa de tomate
convertida en organización paramilitar». ¡Ojo! Que si lo tomo me pongo
a parir porque el pepino me descuadra el organismo. El modo en que nos alimentamos puede dar paso a animales de compañía algo excitados.
Sigamos con los aliados. En Alemania se ha publicado lo que han
denominado «bochorno por el vínculo del excanciller Schröder al Nord
Stream». O sea, días antes de perder frente a Merkel el mandatario
recibió a Putin, rubricaron un plan para construir un gaseoducto a
través del Báltico, la sucesora lo rubricó, el socialdemócrata entró
en el consejo de la empresa, acusó hace nada a Ucrania de practicar,
claro, «ruido de sables» y la presidenta del «land» a cuya costa ha de
llegar el Nord Stream 2 es de la formación del compañero consejero. Un
desembarco pelín más sibilino que el de Normandía, desde luego.
Y recalemos donde los intereses que urden próceres importan lo
que importan. Aquí, con lo que han reventado las redes es con un
«amor» de Casillas. Se trata de la influencer sevillana Rocío Osorno,
que tuvo dos hijos con Coco G. Robatto y del que se separó al año
siguiente de casarse. Él, hijo del presi de Pescanova, es senador de
Vox clavado a Abascal. El exguardameta, autor del beso que cautivó a
España, ha intentado detener la ofensiva con un twit a la portada de
«Lecturas» en el que dice sobre la relación «Ave María Purísima». No
hay quien lo dude. El gazpacho es nuestro.
Turulato perdido
No consigo quitarme la imagen de la cabeza. Pertenece a una de las
incontables puestas en escena de Casado desde que el alarido sobre las
macrogranjas embadurnó la cita electoral que viene. El coleguilla por
excelencia de Ayuso aprovechó para salir al paso de otro aspecto de la
actualidad: «Lo que pediremos es que la investigación se haga en todos
los casos de pedofilia y pederastia. Que nadie vuelva a poner la mano
en un niño. Vamos a dejarnos la piel para acabar con esta lacra infecta que aqueja a todos los países, pero me voy a comprometer muy mucho en que no afecte al nuestro. El pepé va a ir hasta el final, sea quien sea, lo haya cometido un cura o un político como ha pasado en la Comunidad Valenciana». Lo que me dejó turulato perdido fue contemplar que se refiriera a una cuestión de esta naturaleza, en la que
sobrecoge pensar sobre los momentos de terror pasados por las
criaturas y que al tratarse de la materia que se trata se supone que es preciso por lo tanto abordar con un tacto especial y que lo hiciera
rodeado de jamones por todos lados. Me pareció que los afectados por
tales abusos merecen una escenografía en consonancia con el dolor que
no logran sacar de su interior y no con una magna exposición del cerdo. Pero no sé, seguramente el que tiene el problema soy yo.
Él no tiene ninguno. En octubre del 18, ni tres meses después de
coger las riendas tras doblegar a Soraya, dediqué un recuerdo a
Raphael, aunque tranquilos que enseguida sale el otro. El de Linares
había hecho una parada con 12.000 espectadores en Madrid entre una
turné americana y otra europea cuando el relevo de Rajoy soltó que «la
hispanidad es el hito más importante de la humanidad, solo comparable a la romanización» por lo que rematé así: «A día de hoy es superventas y ha dejado atrás la fragancia destilada por la diabólica loción del pasado. Casado, no; ropopompón, ropopompón». Responda por favor a una pregunta: ¿Cuál de ambos cree que seguirá en condiciones de hacer giras dentro de tres años? Así es, efectivamente.
El viaje de invierno
Entro en la edad a la que mi padre se fue para los restos tres décadas
atrás y sobre la que siempre que he pensado me han venido unos sudores fríos que para qué. Por si fuera poco me levanté no hace mucho de madrugada y miccioné de un color rojo intenso. La buena noticia es que no me caí redondo ni vi pasar la vida en un minuto, lo cual les aseguro que no es un logro cualquiera. Eso sí, a la prueba a la que fui sometido acudí ataviado con antifaz para no ver el tubo que
habrían de meter por el aparato reproductor y con tapones con tal de
ahorrarme el sonido ambiente. Sería sorprendente que no sacaran fotos ni que aún anden descojonándose. Sobre esos mismos días tocó revisión en la planta de cardio y volví a hacer la espera contemplando el vídeo de primeros auxilios que pasan en bucle en el que un hombre cae una y otra vez al suelo. Al verlo siempre pienso: pues no estoy tan mal.
Camino del problemático aniversario me da por meterme en el
cuerpo «Viaje de invierno», ciclo de canciones sobre poemas de Wilhelm Müller compuesto por Schubert, considerado una obra maestra de «enorme belleza para enseñarnos la condición pesimista del ser humano», según especialistas en la materia. Uno que se enganchó fue Samuel Beckett quien confiesa en una carta haber pasado muchas sesiones sin hacer otra cosa que escucharlo «estremeciéndome con el lúgubre viaje». Se trata de 24 «lieder». La tercera pieza lleva por título «Lágrimas heladas»; la novena, «Fuego fatuo»; otra, «Soledad» y hacia el final aparecen «Última esperanza» y «La mañana de tormenta». ¡Madre de mi vida! Ya les digo a ustedes que, de meterse seguidos por el cuerpo estos registros al piano y con un barítino en condiciones, uno que anda suelto por ahí no invade Ucrania ni a la de tres y Boris Johnson declara el 10 de Downing street «house» de clausura destinada al recogimiento y la meditación. A la reforma laboral es lo único que le ha faltado a la pobre.
Así que ya ves, papá. No me esperes todavía que esta feria da coraje perdérsela.