Sea por los ríos de tinta

Tras 45 años compartiendo vicisitudes con el respetable ha fallecido
tres meses después que la mujer con quien regentó el quiosco de prensa abierto por antepasados en puertas de que, desde la presidencia del Consejo de Ministros, Azaña promoviese la reforma militar, la agraria y regara la bendita tierra mariana de laicismo lo que provocó que Sanjurjo y su tropa se pusieran flamencos del modo que se ponen Santiago Abascal y Ortega Smith cuando arengan a los suyos desde las plazas de España. Es lo que hay.
Un par de años antes de que el hombre pisara la Luna y las
revelaciones comprometidas sobre lo más cercano fueran pura entelequia por aquí, una pionera llamada Asunción Valdés se embelesó con la tinta derramada en la Guerra de los 6 días lo que, mira por donde, abrió en ella la espita de un campo de batalla por el más allá que la condujo a poner el periscopio en los centros de decisión de la vieja Europa, que no son mancos y donde aún nos jugamos buena parte de las habichuelas.
En la transición de los setenta a los ochenta, cuando los diarios de Madrid llegaban al día siguiente o por la tarde en el mejor de los casos, hornadas de vocacionales imberbes se inyectaban crónicas de
corresponsales de guerra a modo de ginseng. Desde las postrimerías de
su retiro en los campos de lavanda alcarreños, Manu Leguineche
diseccionó así la selva en la que él se adentró: «Aquella época
resultaba romántica y bohemia pues era muy natural y uno se sentía
plenamente periodista con medios precarios. Sin nostalgia, y con todas
las reservas, creo que eran tiempos más estimulantes. Se echa de menos
aquel método en el que tenías que hacerte con la información como
fuese sin depender tanto de interné, que ha enfriado mucho la
profesión».
La cuarta generación se ha hecho cargo y el punto de venta será
centenario en nueve abriles si logra esquivar un tiempo en el que, salir a su encuentro, se ha quedado en el baúl de recuerdos corroborando eso, que la frialdad ha venido para quedarse.

¡Qué bien, qué bien con Isabel!

Joder, cómo se presenta el derbi, ¡Dios mío! El campañón se cerrará
lógicamente el 2 de mayo. Qué menos. Desde su pijo parcela tuitera,
Figo ha entrado en juego al grito de «¡A por ellos y a por la libertad!» y queda que lo haga Pepe Reina, más escorado a la banda derecha. Como se le ocurra salir al ritmo de «¡Camarero, una de..!» es capaz de apuntarse Millán Astray marcándose un chotis en el plató de «Al rojo vivo». Y no descarten que, al final, Aguado opte por…«La isla de las tentaciones». Menudo ardor se ha generado.
Para su primer cara a cara, Iglesias eligió «El intermedio» donde
compareció serio, pero que muy serio ante la amenaza ayusera después
de haberse puesto chistoso con uno de los mayores dolores que
atraviesa al Estado que vicepreside por un mísero puñado de votos
indepes o así. Y claro, en el primer acercamiento, Íñigo le ha dicho
tararí que te vi dejándole caer la candidata de su formación al
personaje que «Madrid no es una serie de Netflix». Son tantas las que
mezcla que, como ha demostrado en su breve paso por el Gobierno,
confunde los planos.
Aquí está dejándose jirones hasta el apuntador, incluído Toni Cantó, escurridizo donde los haya. Encabezando la lista de upeydé por Valencia, abandonó en puertas de las autonómicas de 2015, le
preguntaron si se iba para no quemarse a fin de pasarse a Ciudadanos y
respondió que qué se habían creído, que él no hacía eso. Hoy se
especula con el pepé, previo paso a Vox quizá, y con su retorno a los
escenarios. En fin qué culpa tendrá el teatro.
Y luego está Ayuso, la reina de la puesta en escena. Más que luego,
en cada instante. Tan intensa, tan provocadora, tan elemental, querido
Watson. Su jefe, por llamarlo de algún modo, debe pensar que como le
salga mal la jugada, ojú, y que como le salga de perlas, ofú. El duelo
entre la galana y el del moño resulta tan imprevisible que puede aupar
a Gabilondo a lo más alto del podio sin comerlo ni beberlo y, bueno,
tendría su gracia. Algo más meritorio, desde luego, no se me ocurre.

El cocido madrileño

Murcia también existe, ya lo sé, pero, una semana antes del tomate,
Ayuso y Rocío Monasterio se pegaron una velada de aquí te espero en la cafetería de la Asamblea ante los ojos atónitos del respetable mientras Aguado se devanaba los sesos con los suyos en una mesa a tiro de piedra antes de caerse con todo el equipo. Como mucha gente fuera de nuestras fronteras sabe la huerta murciana da mucho de sí pero, cuando uno o más bien una ve que por más ardor que ponga en la pelea no deja de tener el cuerpo cortado, algo más potente que meterse un buen cocido madrileño es difícil que exista. Y nada, ya saben; los
garbanzos, puestos a remojo.
Alrededor de esas mismas horas cafeteras Aznar participaba en un
acto a mayor gloria suya en el que, al tiempo que trataba con desdén
al cabeza visible de la formación que él heredó de apé, lanzaba el
siguiente aserto: «El modelo de Madrid, ¿por qué quieren acabar con
él? Porque es el modelo de la libertad. Es el modelo en el que, con
impuestos más bajos, se puede crecer y recaudar más, tanto como para
en plena pandemia crear empleo». Y hasta Esperanza Aguirre, la
entrañable pareja que con Gallardón tantas escenas memorables nos
dejó, se vio impelida a salir a escena para dejarlo ahí: «Confié mucho
cuando llegó Casado en que iba a dar la batalla de las ideas. No me ha
decepcionado, lo que pasa es que ha cambiado de estrategia y lo mismo
era acertada, aunque el caso es que en las catalanas no ha funcionado». Y, claro, nada más ponerse en marcha el cocido se ha apresurado con sus avíos la que faltaba: «Hay alternativa –proclama Cayetana–; Ayuso ha entendido que la moderación en España no es tanto una virtud como un defecto». En fin, todo preparado para que la cosa hierva.
Ya la única sintonía entonada desde Génova o desde el inmueble
donde reine es la escrita por la presidenta, incluso en labios de Teodoro intentando expulsar a la vez el hueso que se había tragado en
casa. En que arrase ella en mayo ve su señorito la tabla de salvación
propia. ¡Ay, qué rico!

La historia interminable

Amanezco con la voz de quien ha diseñado para Airbus en nuestro
territorio la antena del Perseverance que ha permitido escuchar por
primera vez el sonido del Planeta Rojo y la jefa del programa es una
física electrónica gracias a cuyo manejo pueden recibirse los datos
que emite el chisme. Argumenta que «cada vez es menos noticia que haya mujeres en el mundo de la ciencia» pero esto no es óbice para que los que seguimos en la adolescencia el papel que se les daba en nuestro
entorno nos alegre el despertar y nos reconcilie por dentro en la parte correspondiente dado que el desfase persiste. Y para quien no lo vea o no quiera verlo, la prueba está ahí. Es tan marciano, que hemos llegado antes a Marte.
En el subidón por dar con esta científica incide que veníamos de
rememorar el tormento sufrido por Nevenka con el pollo de alcalde que se fijó en ella, el fiscal del caso al que apartaron porque también se
le fue la mano y la reacción de su propio pueblo, que es uno de
tantos. Al igual que con Patria, hemos tenido que ver los episodios al
mediodía porque de hacerlo por la noche los fantasmas se ponían las
botas. Y ya está bueno lo bueno.
Pero a veces creo que Dios existe al ponérseme delante un grupo, que responde al nombre artístico de Ginebras, y que capta la atención
porque arranca afirmando que Tinky Winky, el primer Teletubbie, es
feminista y continúa haciendo mención a la uva del Vinalopó. Es que
una es de Aspe, otra gallega, la última en llegar gaditana, no falta la madriñela y, sobre la ropa vintage, mueven su corte pelirrojo, verde y así sucesivamente. Frente a la España retorcida ver ahí a estas cuatro estudiantes y currantas, que un buen día quedaron para tocar y que hoy al parecer arrasan con «Ya dormiré cuando muera», transmitir frescura con el desparpajo de sus letras te hacen sentir, junto al testimonio de Ana Olea desde Airbus que, en esta atmósfera, nos dirigimos hacia una dimensión desconocida. Y los reticentes, que
espabilen. De una puta vez, abróchense el cinturón.

La despensa de los afectos

A seiscientos kilómetros de distancia de aquí, una hacia el norte y otra hacia el sur, mi suegra de 102 años y mi madre con 97 recibieron la vacuna la misma mañana. Para que luego digan que esto no va
coordinado.
Llevan en torno a tres décadas sin su Aurelio y sin su Paco, lo que
quiere decir que a los sesenta y tantos empezaron a redactar una
existencia distinta de la que aún les queda líneas, algunas cubiertas por sombras que salen al paso en las que cada una se pregunta a su manera «¿pero cuántas con todo lo que llevamos ya encima?». «Las que Dios quiera», se responden repletas de fe a renglón seguido.
Por temor a conservarla en el mejor estado posible, mis hermanas
albergaron dudas sobre el suministro de la dosis. El cuidado día y noche es extremo, la que convive con ella desde que nació se levanta
de la cama las veces que haga falta para acompañarla al baño, le
masajea las piernas tal como le han recomendado, hace lo imposible
para que coma aunque sea sin ganas por lo que mi madre abre nuestras conversaciones dándole las gracias a la pequeña y a ambas les
inquietaba el tiempo tan escaso con el que el invento salvador ha
salido al mercado. Preferían que no la llamasen nada más ponerse en
circulación y poder cotejar así las reacciones. Y, una vez cotejadas, a por la segunda.
Por su consuegra no hay quien decida y cuidado quien ose. Todo este
tiempo ha vivido sola sin gobierno en coalición que valga, que para
eso es felipista perdida y maldita la gracia que le hace El Coletas por mucho moño que se ponga. El reipenado Aznar no hace falta que les
diga el efecto que le produce. Tras haberlo visto comparecer poco
antes, creo que se dirigió al centro de salud pensando en que, más que
la Pfizer, lo bien que le sentaría clavarle la aguja al gachó. Pero se
contuvo.
Una nació en un año de pandemia y, la otra, húerfana del 36. Y ahí
están con una gratitud a pruebas de bombas pese a todo lo que han
pasado. También es cierto que cuentan con la ventaja de no ser infantas.

El legado persistente

Me acerco a esos 25 años del ascenso de Aznar a los cielos de la mano
de un artículo de Miguel Ángel Rodríguez titulado «Una victoria que
transformó España» en el digital de Pedrojota, convencido de que no
hay manera más fidedigna de hacerlo. «Solo tres años antes –rememora
el autor–, en el 93, hubo encuestas que dieron al pepé vencedor, pero
aún no estaba España preparada para dar la confianza a la derecha. El
atentado fallido contra él del 95 hizo crecer la admiración por su
figura». Sabía que la capacidad de análisis del que fuera secretario
de Estado y portavoz de aquel primer gobierno iba a situarme a la
perfección en lo ocurrido. Vamos, parece que lo estoy viendo.
También contribuye a tener cierta perspectiva el haber estado
presente en el origen de todo aquello, sito en el congreso del partido en el 90. Durante el mismo, debatirse ponencias políticas lo que se dice confrontar ideas se confrontaron pocas porque para qué si que todo estaba atado y bien atado en el transcurso de un magno festival con casi 3.000 compromisarios y cientos de invitados, cuyo cierre
corrió a cargo de Fraga quien, tras romper la carta enviada al padre
putativo por el heredero en la que planteaba su dimisión por lealtad,
le cedió el testigo al son de «¡Ni tutelas ni tutías!». Ni que decir tiene que lo clavó.
Como las jornadas del cónclave fueron tela y sabedores de que mi
lista era la guapa –la de bares, claro–, los Pep Torrent, Juan Ramón
Gil and company reclamaban una urgente zambullida. O, dado que la
memoria flaquea, igual fue al revés. El caso es que en el primero de los tradicionales al que fuimos, que estaba a reventar, han hallado
aprovechando la reforma por la inactividad provocada por la pandemia unos baños islámicos del XII en un gran estado de conservación. Se trata del único hallazgo con decoración integral, bóvedas completamente cubiertas de pintura y un paño con adornos geométricos que envuelve el dintel de la puerta. Es, al menos, lo que dicen los técnicos tras las pesquisas iniciales. Pero la verdad es que son de Eta.

Efectos de una antidiva

Costaba pensar que no era un sueño y no, no lo era. Había podido
aparcar en pleno centro con inquietante facilidad tras atravesar
calles fantasmales al caer la noche. Pero aún no daba crédito a que en
estas circunstancias fuera a verla. La devolución de entradas por el
cierre perimetral había obrado el milagro a ultimísima hora. Y sin
embargo ahí estaba, en el altar mayor de la sala Arniches por obra y
gracia del esfuerzo de todo un equipo y por la devoción que derrocha
ella con aquello que hace. Pocas voces como la suya para provocarte un
sonoro impulso dentro del marasmo. Mejor respiro no se me ocurre.
La primera vez que vi a Silvia Pérez Cruz sobre un escenario iba de
rojo luminoso acompañada por un cuarteto de cuerda. En esta ocasión,
la cantante y compositoria aparecía en solitario con un par de
guitarras e instrumental de la época, enfundada en una especie de mono negro. Algunos dirán: ¿Y no habría sido el momento para irradiar
alegría por los cuatro costados? No le sale. Al igual que cualquiera,
viene de donde viene y quiso mezclarse sin esas imposturas que nunca
se gasta. Por eso los primeros acercamientos fueron a través de letras
escritas en la oscuridad de la primera fase sobre amigos, reveses,
lejanías, soledades que conectaban con los sentimientos averiados de
quienes lo que más necesitan es compañía y, si te la da alguien con
cara de ángel y sensibilidad extrema, para qué contar porque lo que
hay es que vivirlo.
Y es lo que hizo sin premuras, insuflar brío poco a poco, ánimo y
valor hasta convertir el encuentro en una interactuación gracias a la
capacidad que tiene esta mujer de pasar de un registro a otro, de un
espiritual a una ranchera con la mayor naturalidad haciéndote creer
que todo es más fácil de lo que parece a pesar de la suma dificultad
que entraña, incluida la maldita prueba esta ante la que nos
encontramos. Dos horas, dos nada menos, en las que ni siquiera las
gafas se empañaron debido seguramente a que todo lo que deseaba ver y palpar se había quedado bien dentro.

A la luz de los vestigios

Contaba Manuel Muñoz que formando parte de la redacción central de El país recibió al final de la semana el encargo de la dirección de tomar
las riendas de la delegación en Valencia, ciudad que apenas si conocía
de unas cuantas visitas. Cuando al lunes siguiente estaba deshaciendo
las maletas los tanques salieron a las calles de su nuevo destino. Como para no orientarse a toda pastilla.
Imprevistamente acababa de enterarme de que iba a ser padre, que
tampoco está mal. Aquello me zambulló de golpe en la niñez de mi madre que se quedó huérfana sin comerlo ni beberlo de una ráfaga incivil con lo que ella se había esforzado por no transmitir señal alguna de quebranto arropada en su pretensión por el silencio impuesto. Fueron minutos, horas de zozobra para muchas criaturas y de frotarse las manos para otra plebe con la salibilla escapándoseles de la comisura. De ser niño teníamos claro que se llamaría Pablo como Picasso, como Neruda, como Milanés, lo cual nada más pensarlo en ese trance suponía un riesgo. El sino de una historia que, por determinadas páginas, a veces parecen pura ensoñación teniendo en cuenta el cuajo atesorado desde una Hispania con emperadores del porte de Trajano y Adriano que conquistaron a la parroquia por modernizar el patio a base de bien y no con aristócratas ni élites senatoriales. O el podium en el centro del mundo cuando en el territorio no dejaba de salir el sol y la herencia del poderío que han irradiado paisanos ilustres en el campo de las artes y las de las ciencias. Y, sin embargo, de siempre hemos sido propensos entre nosotros a la guerra sin cuartel. Bueno, es un decir.
Tenía que venir una debacle como esta para confirmar que no tenemos remedio. Incapaces de dar una respuesta potablemente unitaria al desafío, seguimos enfrascados en el baile de bandos que lastra una salida franca a los supervivientes. Y, sí, el niño aquel creció tela de sano y, aunque encontró estabilidad emocional, sigue sin pensar en tener uno. Por algo será.

Todo eso que nos rodea

Las elecciones con trazo indepe me pillaron enfrascado en «El hijo del
chófer». Para quien lo dezconozca, la obra gira en torno al desvarío
de personalidad en un periodista que marcó el paso de la actualidad
catalana en la cabecera radicada en Madrid más influyente durante los
primeros compases de la transición con lo que uno no sabe qué pensar
al respecto, si que a veces la selección de personal deja mucho que
desear o si alrededor de los pilares que venía levantando el pujolismo
estaba en el ajo hasta el apuntador. El ejemplar en realidad va sobre
esto, sobre la perversión enhebrada por la crème de la crème y resulta
tan escalofriante, tan sobrecogedor que, desenmarañar lo que ahí se
encuentra tejido, tiene un tocao. En fin, tampoco hace falta que lo jure. Cuando a Alfons Quintá, el susodicho, le insistían en saber por qué había sido el elegido para poner en marcha la tevetrés no tenía
empacho en responder que por el temor que albergaban a que contara lo que aún podía contar. El cargamento informativo utilizado como arma de extorsión masiva.
A fin de vacunarme en alguna medida me sumerjo en la lectura de
Naomi Klein, periodista en las antípodas, activista que disecciona lo que tenemos encima como la madre que la parió. Su nueva aportación
lleva por título «En llamas» porque «el mundo vive un gran incendio y
no lo estamos apagando». Los ganadores para ella del añito que
llevamos han sido los bimillonarios de las empresas tecnológicas que
han aprovechado la debilidad que ya mostraban el Estado, los
hospitales para hacerse con la tajada por la puerta de atrás. Y, luego, las farmaceúticas, claro, cuando lo que hay que buscar, remarca, es cómo asegurar que todos tengamos suficiente para una vida digna propiciada por un crecimiento económico en el que los mercados jugarán su papel, pero no guiándolo. Son tantos y tan imponentes, desde luego, los desafíos que es lógico que nosotros andemos a golpe de rap.
Y luego hay quienes proclaman que lo que tiene mérito es irse a Marte.

El médico herido

Ha sido el médico de cabecera más tiempo pegado a mi cartilla. Y era un caso. Tanto que hube de hacer esfuerzos para no convertirme en un
adicto a la consulta. Nada más entrar empezaba a reirse. Y, cuantas más vueltas daba con mis inapreciables dolencias, más se reía. De modo que me ahorré el psicólogo.
Como culo de mal asiento, intentaba acudir a todos lados en plan
solidario. Trabajó en Guinea, Senegal, Mali fogueándose en Medicina
Tropical. Y, aunque jubilado en el 17, siguió involucrado en proyectos. Así que, en cuanto nos llegó la pandemia y se abrió la bolsa, fue de cabeza. Un año después de convivir con el bicho no da la impresión por los resultados de que hayan sobrado manos y, sin embargo, no le han hecho ni caso. Nadie le ha llamado. Y está herido porque anda estupendo de salud, tiene experiencia en mapas
comprometidos, fue director provincial de Salud Pública cuando la
legionelosis, el síndrome Ardystil y el sida arreciaron y ensalza el papel por entonces del departamento central en Valencia. Para enfrentar la pandemia señala, en cambio, que no hubo estrategia alguna, recuerda lo inconcebible de que con pocos enfermos de covid los centros de salud en octubre también estuvieran colapsados y denuncia que continúan sin tomarse las medidas necesarias lo que nos hizo alcanzar cifras récord cuando poco antes íbamos tan bien. En fin, que… Y, ojo, porque los que gestionan son los de su cuerda.
No son pocos los galenos en activo que detectan improvisación en lo
que viene haciéndose. De modo que entre los que se saltan las
recomendaciones a la torera; el electorarismo de los artistas; los
muñidores de las colas; el enconado negocio de las vacunas y que el
sistema sanitario, según miembros, ni emplea criterios uniformes ni es
transparente estamos aviados.
Una de las cosas que echo de menos son aquellas consultas. Pero, vaya, ni es fácil dar con el de cabecera salvo que seas Iker Jiménez
ni mi favorito encuentra motivos para la risa. El diagnóstico, bueno, no es.