Allá por 1990 Buenafuente se coló en el plató de teuveé en el que se
emitía «Un día es un día» y dijo «yo quiero hacer eso». Andreu
continúa en ello y Ángel Casas, el avanzado de la fórmula, se encuentra a los 75 años recluido después de pasar un suplicio por un
destrozo llamado calcifilaxia que lo condujo a la amputación de una
pierna. Como dijo aprovechando su despedida del traqueteo público, «en lugar de darle yo la vida con una costilla, que ya me contarán para
qué sirve, me la ha dado mi mujer regalándome un riñón».
Nada más ponerse en marcha, la tevetrés enganchó a este showman
serio de Sants, siempre parapetado en su barba, que ya desde los
setenta había dejado huella musical en televisión española donde
entrevistó a Rollings, Bowie, Cohen, Zappa… catálogo que se vio
superado por el descomunal elenco que desfiló en sus programas de los
90. Tuvo el cuajo de preguntar a Anthony Perkins si en la ducha de
casa tenía cortina a lo que el prota de «Psicosis» respondió que mampara y, de su mano, Mia Farrow detalló las pesquisas del mogollón
en torno a Woody y declaró que jamás volvería a trabajar con él pese a
ensalzar su maestría; Martin Sheen reconoció que el capitán Willard de «Apocalypse Now» le cambió la vida el día en que su hijo Charlie debía salir de un centro de desintoxicación al que lograron conducirlo
echando mano incluso de Clint Eastwood, ídolo del niño, y la
hermosísima inteligencia de Sharon Stone señaló que lo de «Instinto
básico» tampoco había sido para tanto.
Este modelo tan internacional y lúcido de catalanes resultones que
se nos había metido en casa afianzó la consideración de que Barcelona
sí que era europea y, aunque sin alardes, un presentador de referencia
como Casas nunca ocultó su apuesta indepe si así lo refrendaban las
urnas, tras dejar sentado que ante todo es republicano, con lo que
debe ser para verlo ahora que la aspiración de no poca audiencia pende
en Waterloo de las derivadas de un virrey. Tampoco es mal show.
Autor: fesquivel74
Corazones desbocados
Queda poco para que vuelva el gentío a los estadios. Aunque avanza con cuentagotas, el certificado lo ha puesto Wembley con la final de la FA Cup, el torneo más antiguo del mundo. Lo que el rictus de los
seguidores desenfundaba era el ansia por salir de un mal sueño en el
que los isleños están imponiéndose al bloque continental, ahora que se
las hacen pasar canutas a residentes comunitarios por lo que es difícil vaticinar si, a la vuelta de la esquina, se limitarán a competir entre ellos. Liturgia, desde luego, les sobra.
Antes de que los corazones se desbocaran, el príncipe Guillermo bajó a saludar. No iba a ser el otro. Y nada más concluir, una chavala surgida de un salto a la fama entonó el «Dios salve a la reina»
acompañada por más de veinte mil gargantas pertenecientes a un mismo coro. Igualito que nuestros prolegómenos en los que, en cada cita de las décadas recientes, los de las llamadas nacionalidades históricas montan el Celtiberia show, con el monarca sin saber bien dónde meterse a excepción de la última en la que, gracias a la pandemia, quedó a salvo.
Incluso los abucheos sonaban a música celestial, créanme. La tensión, esas caras descompuestas, qué disfrute frente al desconcierto ante la celebración de un gol en medio del vacío mórbido. Y el que lo
hizo en la portería reservada a los suyos fue el que nunca la había
ganado. El más humilde. Uno de tantos a los que querían cortarle las
alas si no llega a ser porque hooligans de los accionistas del invento
dijeron hasta aquí hemos llegado, al contrario de lo ocurrido con otras presencias. Una de ellas, la llamarada de «Al rojo vivo» en la que su predicador, partidario siempre de primar el voltaje asambleario, señaló con desdén la revuelta tildándola de ingenua puesto que para él, si hay un ser superior, es al que El Buitre elevó a los altares.
Me da que hasta los perdedores se marcharon a gusto. La coincidencia hizo que las gradas se tiñeran de un azul intenso y pensé
que igual hacía su aparición Ayuso. La llamada de la pinta, que es muy
fuerte.
El esfuerzo necesario
El único tío que me queda está aislado en su habitación. Ha pillado el
covid. En cuanto me enteré pensé: no puede ser. ¡Pero si no salen! Si
mi tía viene hablándome del desgarro que les supone, a los ochenta y
tantos de ambos, no poder abrazar a los nietos. Ha debido ocurrir, me
cuenta, el otro día que se acercó al ambulatorio por lo del sintrom.
Tenía que ser a él, con las defensas bajas aún tras la intervención del cáncer de colon a la que fue sometido no hace tanto. Horas antes de dirigirse al quirófano empezó a desmenuzarme lo que iban a
practicarle y casi tienen que ingresarme a mí. Sin embargo él lo
encaraba con un optimismo impropio del apellido que nos contempla tras echar un vistazo de memoria al resto del álbum. Ese arrojo junto a la fortaleza de ella los ha mantenido en pie todos estos años desde que,
en el 92, el segundo de los cuatro varones, mi primo Javi, un chaval al que no había bicho viviente que no lo quisiera certificado por su pasión a la biología, se quedó sin el último aliento y sin poder alcanzar siquiera la treintena, víctima de ese ogro paralizante que lleva por nombre esclerosis múltiple contra el que peleó como un jabato sin perder la sonrisa y asistido por los suyos mañana, tarde y noche, amigos incluidos. Con estos iba en silla de ruedas hasta el bosque de sus sueños, al que durante años han acudido los más próximos a honrar sus cenizas. Y, ahora, el virus ha llevado también a esa casa su tarjeta de visita dejando al hermano pequeño de mi padre con esos 40 de fiebre que nos puso a temblar, menos a ellos que, como les digo, pueden con todo. En el análisis de la situación existe coincidencia: haber tenido las dos tomas en el organismo le ha evitado ser primero carne de uci y a saber después. Los que entienden de esto están con la mosca tras la oreja una vez relajadas las medidas y temen que, con la apertura de fronteras y tras el avance experimentado aquí, nos encontremos a la vuelta de la esquina con un nuevo ciclo amenazante. Maldita sea, criaturas, que vivir es más que dos días.
Una vuelta al circuito
Sobre la épica de los perdedores hay mucha literatura. Demasiada, que
diría Sánchez. Con el fin del estado de alarma ha saltado cierta falta de armonía entre miembros del gabinete, algún que otro choque con
colegas de investidura y todo tras el madrileñazo. Al respecto dudo
que ni el mismo Supremo sepa a qué atenerse. El mandamás socialista ha intentado sacar cabeza desde Atenas con la predicción de que «estamos a cien días de lograr la inmunidad de grupo». No hace falta que les diga quienes se lo han apuntado.
Sí, porque el dúo aún genovés que comanda el asalto a la Moncloa, y
que por edad no debe haberse vacunado todavía, ha renacido y de qué
forma. El nuevo aspecto es el de un cóctel agitado pero no revuelto.
Casado y su capataz repiten sin cesar que, si les dejan, en 15 días
clavan una cruzada fetén contra la pandemia cuando reiteradamente han contribuido a armar el cisco. Pero qué más da. Con todo y con ello,
García Egea parece otro. Desde que paró in extremis el golpetazo en
Murcia y con el señalamiento oficial de su señorito como genuino
descubridor de la chulapa en el trono, a Teodoro se le están poniendo
hechuras de Arenas & Arfonzo en lo que a conocer y controlar la
organización incumbe, de tal modo que no resulta extraño que Ábalos se decante por mantener la boca cerrada para no tragarse los huesos de un lanzador en vena.
No obstante, quien andará un tanto contrariado es Mazón. Pensará
con añoranza: «Ahora, y no hace diez años, es cuando tenía que haberme presentado a Eurovisión». Ahora que aparece lanzado. Pero, bueno, Ximo Puig en el horizonte como pareja de baile tampoco es moco de pavo. Y a ambos les tira el tono melódico, cada uno con su toque de distinción. Para algo más fuertecito siempre está Paco Camps, que ha acelerado su reconquista a la remanguillé con una propuesta sobre el circuito de Fórmula 1, ese por el que los pobladores de esta tierra pagamos 7,5 millones anuales. Es el anhelo que no ceja en redoblar el hombre: seguir dando el cante.
Preparados, listos…¿¡ya!?
He ido, no una, sino dos tardes seguidas al cine a ver la nórdica del
Oscar y la colombiana del mayor de los Trueba. Había llegado al
extremo de programar una protagonizada por Peter Ustinov la fecha en que el polifacético británico de origen ruso habría cumplido cien años justos. Tenía que poner remedio, no podía seguir así. Me preocupaba la dinámica de conmemoraciones emprendida y eso que voy a evitar trasladar la inmersión que me he pegado en torno a Bergman para no darles el día. ¡Valiente ratos, queridos!
Eso sí, me costó decantarme por el título para evocar el centenario
puesto que la carrera de Ustinov fue densa tras un servicio militar
interminable que le cerró las puertas del espectáculo pero no del todo. Enviado a la Segunda Guerra Mundial se topó con que su oficial era un tal David Niven –eso son señales y lo demás es cuento– para quien, si no me equivoco, debutó como guionista. Después de muchas vueltas me incliné por Agatha Christie y su «Muerte en el Nilo» en la que el rechoncho actor encarna a Hércules Poirot, de forma que así me
destraía intentando además descubrir al asesino pese a que me
despistaba siguiendo las pesquisas ya que en el detective no dejaba de
ver a Nerón. Al final erré en cuanto a los implicados, aunque me quedé
mucho más cerca que el pesoe en el último crimen cometido. Lo bueno
del método es que puedes adentrarte a fondo en la elección… por
supuesto filmográfica. Y así di con que el excéntrico emperador de
«¿Quo Vadis?» dirigió en esta costa «La fragata infernal» y hay imágenes de él con Tomás Valcárcel al frente del elenco fogueril en el
que figuran las hermanas Ribelles Mazón, madre una de ellas de
Genoveva Reig, exmandamás del Canal 9 aquel. Se trata de una de guerra lógicamente pero, bueno, eso es otra película.
Al que pillé fue al dire de «No habrá paz para los malvados» y de
la reciente «Libertad» –¡qué inflación!–, Enrique Urbizu, diciendo que
«es indiscutible estar deseando todos salir del sofá como en los
sanfermines». Pobres morlacos, la que les espera.
Madrid me mata
Mi primer viaje fue a casa de unos tíos en Chamberí de la mano de la
abuela que me crió. Cruzamos a bordo del TAF la tira de horas, sin
rastro al menos de carbonilla. Nada más llegar percibimos que hacía
más calor que en el sur, pero de largo, lo cual debía suponer un
síntoma hoy resuelto de que Madrid es el sur dentro y fuera de aquel
vagón. Faltaría más.
Unos cuantos veranos después, en la peripecia adolescente, me
colgué durante la estancia en Cercedilla de una chavalita de Ciudad
Lineal con la que coincidí un par de agostos en Málaga porque vivir a
la madrileña es la rehostia en bicicleta pero, en cuanto viene un
puente, todo quisque sale escopetado. Ni que decir tiene que a Guadi
no volví a encontrármela jamás.
Retomé la relación con exámenes en la Complutense y escapadas de
fin de semana aunque, dada la exigencia planteada por el temario, las
mayores dosis de ocio se daban cita en torno a las pruebas de la
carrera. En el examen de sociología de tercero me quedé frito, me
despertó Carlos Lagares, pedí permiso para ir al servicio, me zampé un gintónic y saqué la nota más alta de los cinco años. Ahí supe que no
tenía mal enfocada la profesión.
Pese a la devoción por la la placita de Santa Ana, el aroma de tantos rincones y el imán de Aranjuez y Alcalá de Henares, jamás caí en la tentación de dar con los huesos en unas artes gráficas del contorno. Madrid es esquivarla a horas destempladas cantando con la chavalería a Sabina y a Antonio Flores y sorprender a la que va a ser la mujer de tu vida con una función en el Bellas Artes y una cenita por la Cava Baja en compañía de un reloj que no marca las horas. Madrid es hacer planes con los amigos para que, en cuanto seamos nosotros, acercarlos a Maceiras, un gallego con unos precios que reconcilian con la sensatez y que nos descubran Casa Lucas de una vez tras degustar las exposiciones que aquí no nos mueven de casa. Lo que se disfruta Madrid solo con desearla es algo que podemos permitirnos quienes nos refugiamos en la lejanía.
El poder de la simpleza
Ni las cifras de deuda y déficit de la comunidad ni que el alquiler suba el triple que los salarios ni la promesa de rebajas de impuestos que benefician a las rentas más altas contra el criterio del efeemeí ni el frenazo a las ayudas directas planteadas, nasti de plasti. La campaña se ha consumido entre botellines con la efigie de la presidenta candidata y lo que queda es que ¡Madrid es la caña!
En su discurso se vanagloria de que al caer por allí nos lo pasamos
bomba y que aquello es tan libre que, los que habitan el territorio, ni siquiera tropiezan con los ex, lo que presenta como logro. Es lo nunca visto, que es mínimo en relación con lo que aún queda por ver. A los que apenas se distingue, tampoco se les ha ocurrido aprovechar el
órdago y ponerse a tiro de Jairo, el peluquero que fuera pareja de la
reina del lúpulo, para intentar contrarrestar la manera que se gasta a la hora de tomar el pelo, aunque los entendidos aseguran que él no se lo arreglaba porque no lo necesitó, igual que a Casado. Si algo queda
patente es que se las arregla sola.
La verdad es que, de los ingredientes básicos con los que arrancó
la carrera –ella y el exvice–, a quien la galana desafía descaradamente es al controvertido Sánchez arengando, respecto al estado de alarma, con que «es una vergüenza que, a una semana, se haya de esperar a ver qué decide la Moncloa ya que este Gobierno de vagos no sabe gestionar», mientras que de Iglesias lo que se filtra es que se bate en retirada con la pretensión de montar un canal de tele potente junto a empresarios del sector en completa sintonía, de ser así, con su apuesta a ultranza hacia lo público.
Por si faltaba algo, Felipe González acaba de lanzar un podcast en el que advierte sobre una crisis de liderazgo en el país y en el que, a cuento de la pandemia, señala que «cuando todo está mal aparece un
tío que dice que todo va bien». El tío no es otro que al que flagela Ayuso a diario. Y luego dicen que la cara del aspirante Gabilondo es un poema. Con que no le dé algo, ya es un triunfo para el hombre.
A la postre, barra libre
En vista de lo visto, García Montero no ha podido resistirse más:
«Hemos llegado hasta el ridículo de una sociedad que cree que ser libre es tomarse una caña». Dado que su hija es la número 4 por Falange en las elecciones de la semana que viene, todo apunta a que el poeta y candidato años atrás de Izquierda Unida para la presidencia de la Comunidad de Madrid necesita más de una birra.
Es tan versado el director del Instituto Cervantes que en su lectura del paso dado por la niña ha echado mano de la cita correspondiente: «Como dice su madre –la escritora Almudena Grandes–, nos está haciendo pagar todo lo que nosotros le hicimos sufrir a nuestros padres». El sufrimiento va por barrios y no acaba ahí, en todo caso empieza. Fernando Savater ha utilizado la fórmula de un artículo en El país titulado «Convencido» en el que, bajo dicha cabecera, escancia su voto para… Ayuso. Y ojo, no solo eso, sino que encima lo explica, la defiende y la encumbra para lo cual ya hay que filosofear, aunque también es verdad que, al formar parte en su día del frente liderado por Rosa Díez, lo suyo viene rodado y, su «Ética para Amador», servida en rodajas a gusto del consumidor. De hecho en su texto resalta a Gabilondo, al que solo le afea que se arredre ante Sánchez. Es el sino del brother por antonomasia: que casi todo el mundo lo estima pero que, bien por una cosa o por otra, ni la cuarta parte lo contempla.
Y eso que el hombre hace todo lo posible por ponerse enérgico y que, en lugar de cordón, hasta ha hablado de cinturón sanitario. Pero es tarde. El clima en los platós se ha extremado y nadie lo desextremará. Iglesias desliza que Ana Rosa Quintana «difunde mentiras de la ultraderecha» y esta le responde con que «usted es un fascista que me está señalando». Jorge Javier Vázquez se hace carne en un mitin sociata y Abascal se ceba con el «pequeño dictador televisivo, que ha
venido a darle algo de histeria a esto. Estoy un poco asustado con su
entrada en campaña».
No pueden evitarlo, prima el debate.
Ese gran desvelo
En un escaso margen de horas y acerca de diferentes cuestiones, todas
ellas de indudable interés, se han producido unas cuantas resoluciones
judiciales, de esas en la que se te van los ojos y en torno a las que no sabes ir más allá no vaya a ser que, al que le caiga algo, sea a ti.
Empezamos por la resolución de la Audiencia Provincial de La Coruña.
En ella ordena devolver los bienes de Meirás a los Franco al revocar las medidas cautelares dictadas en primera instancia que entregaban al Estado en depósito provisional los enseres del inmueble. Y, dentro de que ya se reiterara que la titularidad del Pazo a quien corresponde es al Estado, arguye ahora que «en la sentencia no se dice que los muebles sean propiedad del Estado ni nunca se tocó esa cuestión en todo el litigio» e insta a indemnizarles por la «incautación». Da gusto ver el desvelo de sus señorías por la vajilla del mismo modo que escudriñan en el menaje del común de los mortales.
El segundo frente ha sido el abierto por un juzgado de instrucción de Madrid que ha rechazado retirar el cartel de Vox que criminaliza a los menores extranjeros, sí ese que engalana el metro con «Un mena, 4.700 euros al mes. Tu abuela, 426 de pensión». Cómo será el impacto visual que hasta el Gobierno de Ayuso lo ha denunciado. Bien, pues el
magistrado estima que «no se da ni peligro por la demora ni apariencia
de buen derecho». Ahora bien, si eres un rapero al que Dios no ha
llamado por el camino de componer unas letras dignas, lo llevas claro.
El remate ha venido protagonizado por un juzgado de lo Mercantil de
Madrid que tomó medidas cautelarísimas a petición de la asociación
presidida por Florentino para taponar las amenazas de la Uefa, un pelín antes de que el proyecto se disolviera como un azucarillo. Los
atacantes legales desecharon presentar la demanda precautoria en Suiza por temor a que no tuviera recorrido, conocedores como todos nosotros de la celeridad que impregna aquí a las actuaciones judiciales. Y la supermiga.
La Superpija
Gracias a que, en puertas de dejarnos para siempre, mi padre le
inculcase a su primer nieto la pasión por unos colores venimos
compartiéndola desde antes que nuestro equipo trastocara penalidades
por gloria bendita. Hoy, cuando acechamos a los tres primeros, el trío
calavera aprieta el mando de la confusión. Tampoco es para ponerse
así; si lo tenemos muy difícil…
La detonación del plan urdido nos pilló elogiando a Mendilíbar por
su maldita manía de sentir lo que siente inyectando la autenticidad del espíritu amateur a unas entrañas tan profesionalizadas. Pero el ojo del aficionado sabe distinguir ese aroma y se retuerce al ver que corre peligro de extinción. Le ha ocurrido a la tropa reds que, nada más registrarse el seísmo, colgó una pancarta en Anfield al son de «Nos avergonzamos de vosotros. RIP Liverpool 1892-2021». No se lo están poniendo fácil a los sentimientos encendidos que anidan en los
corazones de cuero. Ahí anda el tifo rojiblanco con el que la fiel,
sufrida y extremada grada abrió uno de los últimos derbis contra el
vecino en el Calderón: «Orgullosos de no ser como vosotros». La
sonrisilla de Florentino debe ser para verla.
Con cara de palo, en cambio, compareció en el epicentro de donde
nació el juego el habitualmente dicharachero y filósofo Jürgen Klopp:
«Entiendo que la gente esté enfadada. No puedo decir mucho más». Tuvo encima la mala suerte de que su contrincante Marcelo Bielsa recitase lo que a él le hubiera gustado soltar: «Los más poderosos lo son por lo que producen y por lo que convocan, pero el resto son
indispensables. Y lo que le da salud a la competencia es la posibilidad del desarrollo de los débiles, no el exceso de crecimiento de los fuertes. La lógica imperante en el mundo es que los ricos sean más ricos a costa de que los débiles sean más pobres».
De ahí que, cuando en el polo opuesto al comandante del Eibar,
multimillonarios, jeques, magnates del petróleo y fondos de inversión
quieren hacer saltar la banca, me pregunto por qué no nos meterían
mejor el veneno del críquet. ¡Coño, papá!