De aurora boreal

Un conocido de uno de los que interpretó en «The Crown» al duque de
Edimburgo le preguntó en una cena si había visto la serie y este le
respondió: «No sea ridículo». Está claro. Para contribuir a sostener
un garito así, pelín anacrónico él, hay que estar hecho de una pasta
especial.
En los tiempos mozos nunca me interesaron las familias principescas
coetáneas, excepción hecha de Carolina de Mónaco con quien fantaseaba antes de que me metiera mano el barbero. Ni la británica recuerdo que tuviera hueco en el telediario cuando raro era el día que no había algo en torno al premier, Harold Wilson. Supongo que desde El Pardo nadie querría que se encendiera la lucecita de la Restauración. Con don Juan proscrito, su hijo llegó de aquella manera, se doctoró contra pronóstico y convirtió la Corona en un baluarte hasta que las
juancarladas han dejado al núcleo reinante en los huesos. De ahí que
toda ayuda sea poca y que alguien tan cheli como Esperanza Aguirre
aprovechara su vacunación el 14 de abril para lucir una mascarilla con
vivas al rey. Siendo la mejor defensa un buen ataque, a menudo se
emplea el axioma de que la República no tiene por qué resultar menos
gravosa pero el descrédito acumulado por la compe no es fácil de
superar.
Para los dinásticos, Buckingham Palace es un espejo dada la
artificiosa naturalidad con la que digiere contratiempos de
consideración. Las restricciones por la pandemia han resuelto algún
que otro marrón. Sin ir más lejos, el que podía presentarse al ser
Felipe de Edimburgo tío segundo de la reina doña Sofía. ¿Se extiende
invitación al emérito y que se plante allí desde donde esté? Para la
valida de Aguirre, libertad, sin olvidar que ya quisiera Londres ser
Madrid dentro de la Commonwealth.
Ante los reveses, lo de Lilibeth, la reina, suele ser de aurora boreal. En su día se trató de involucrar al marido en la muerte de Lady Di y, sin embargo, ciertos biógrafos hablan hoy en día de una relación afectuosa y epistolar entre ambos. Debe ser el afán plebeyo por traerlos a este mundo.

La banda sonora

Uno de los centros que ha estudiado a fondo los efectos provocados por
la pandemia está en Singapur. Y un investigador de la Duke–Nus propone que, para combatir la angustia que el temor, la incertidumbre, el aislamiento producen «es necesario educar en estrategias de respuesta» puesto que «una exposición prolongada a los medios provoca mayores probabilidades de ansiedad y depresión». O sea que hay que desconectar y entretenerse.
Bien, vale, pero es tanto tiempo que a veces busca uno rebelarse
contra lo convencional adentrándose en el factor humano de quienes
afrontaron situaciones extremas e indagar comportamientos. Así fue
como, de las páginas escritas por Thomas Mann, revisé «Muerte en
Venecia». Lo sé, hay que estar… Debía estarlo porque de ese modo fue
como acompañé a Gustav von Aschenbach en su delirio de amor y deseo hacia el adolescente Tadzio, incapaz de culminar por temor al rechazo. Para completar el cuadro, una epidemia de cólera se apodera de la ciudad de los canales y, mientras observa extasiado a su amado,
Gustav, que se ha resistido a marcharse, cae en la playa casi fulminado ya.
Afortunadamente hasta las historias más decrépitas cuentan con
fugaces rayos que alivian tanto drama y que, en este caso, llegan de la mano de lo sucedido con la versión cinematográfica. Lo cuenta su prota, Dick Bogarde, cuando, tras mostrar el director y él la peli a
los inversores americanos, se encienden las luces: «Estaban
horrorizados, consternados, no se creían lo que habían visto. Visconti
rompió el hielo pidiendo comentarios. No hubo nada, silencio.
Finalmente, uno de ellos habló elogiando la banda sonora, genial, en
su opinión. Preguntó que quién la compuso y, cortésmente, Visconti
respondió que Gustav Mahler. Entonces el interlocutor dijo que había
que contratarlo».
Y también ocurrió algo que muestra qué impredecible es todo aquello
que está por escribir. Un padre famoso negó el permiso para que
interpretara a Tadzio su hjo Miguel Bosé, un querubín. Lo que es la vida.

Hay que descubrirse

Mortificado por los fantasmas, desde la Sociedad de Inmunología del
entorno se señalaba en la fecha de mi cita que «no vendría mal separar
los grupos a vacunar con AstraZenaca del riesgo de trombosis». Pero
los llamados o se la ponían o no se contemplaba alternativa alguna.
Bien, en las siguientes horas volvió a registrarse un giro copernicano
con balanceo de edades en función del país y, aunque a día de hoy lo
previsto en la franja a la que pertenezco es pinchar la misma, no se
descarta que sea otra o quién sabe si ninguna. Llamé a mi tío y me
animó bajo el siguiente razonamiento: «De algo hay que morir».
Su rotundidad debió influir en el presi de la Asociación Española
de Vacunología quien mandó a la Agencia Europea del Medicamento el
reclamo de que tenía que ser «clara, contundente y creíble sobre
AstraZeneca». Forzada a reunirse, la susodicha emitió un comunicado
por el que seguía recomendándola «pese a detectar una relación entre
la vacuna y los trombos». Eso es: clara, contundente, creíble. Tienen
razón quienes aluden a que, para ingerirlo, también es mejor no leerse
el prospecto del medicamento. La diferencia estriba en que la
pretendida inmunidad de rebaño de lo único que no requiere es de una
campaña informativa de desconcierto que desemboque en temores por un tubo y aquí la vieja Europa –además de esto, el oscurantismo de los
contratos con las farmaceúticas, los retrasos y la feria de compras que se avecina– viene luciéndose ante criaturas que llevan peleando un año –en soledad en no pocos casos– contra la deformación reinante y que no pueden ni disfrutar plenamente de la llegada del pinchazo redentor. Una forma loable de gestionar una situación de esta envergadura.
En mi caso tiré de cardiólogo, quien me dijo que no podía ocultarme
que la de Oxford estaba dando más reacción; del de cabecera que me
adoctrinó dado que se ha puesto más vacunas que aceite en el pan y, el
resto, no se mojó. De repetir con la segunda estoy por recurrir al urólogo incluso. Ya me contarán, como para fiarse.

Al borde de un ataque

Sin previo aviso, el Cis ha sacado una encuesta de la que otras casas
demoscópicas extraen que los Gabilondo and friends obtendrían mayoría absoluta por centímetros y, sin embargo, el autor de la misma se ha apresurado a colegir que la traslación a escaños depara empate técnico a 68, a uno ambos bloques de la mayoría absoluta. Al menos contamos con una certeza: a Tezanos le va la marcha.
Como era presumible, la disparatada presidenta se ha disparado en
la tabla. Su apetito es tal que, por si la desaparición del exsocio
Ciudadanos –aunque esté de enhorabuena porque ya anda Toni Cantó
colocado en la Asamblea– no fuera suficiente, está merendándose a los
ultras con denominación de origen en un ejercicio de voracidad que
puede acabar devorándola. Arropada por la manta eléctrica
proporcionada por confecciones MAR, estas consideraciones no la
frenan. Todo lo contrario. Lo que va p´alante va p´alante. Que hay que
desdeñar a un oponente versado en lides académicas se le desdeña. En el cuerpo a cuerpo prefiere al indómito Sánchez y, lo que es incomprensible para los intereses del profe, este entra al trapo. Isabel así es feliz y disfruta, convencida de que lo mejor está por llegar mientras en el envés se oye a alguien canturreando «…y devórame otra vez». Su jefecito, claro.
En el mayor número de respuestas de votantes de izquierdas parece
residir la sobreestimación sistemática del voto de esa tendencia en las encuestas de este Cis aunque el sondeo también realza que, en cuanto a la movilización, a los de derechas no hay ni que decirles que se acerquen a la urna. Están que se fuman encima.
¿Se imaginan que por una de estas, y dado que no sería la primera vez que clava resultado, el empate a uno de la mayoría absoluta se cumple y hay que repetir choque? Con la que sigue cayendo en todos los terrenos, sería épico por no decir otra cosa más fuerte. No adelantemos acontecimientos pero, partido a partido, la aspirante merengona está dispuesta a rebasar hasta al Cholo. ¡Dios, cómo está la Liga!

Catálogo de autor

Yo hice calle con Cholas. Cuando llegué al diario se conocía el
territorio y a los clásicos que lo pilotaban como la palma de la mano.
Controlaba tanto el patio y sus alrededores que en el trasteo previo de un encuentro le daba tiempo de sobra a fijarse si el pimpollo de
acompañante cogía el toro por los cuernos como mandan los cánones, si fijaba los pies con aplomo sobre el terreno y si era capaz de sacarle
un buen jugo a la faena. Durante las incursiones por cualquier género,
no se le escapaba una. El director tenía la última palabra, pero el filtro para pasar la prueba del nueve estaba en las manos primero de quien revelaba antes que nadie las instantáneas.
Aquel gallego largo que esta semana zarpó al más allá fue exigente
siempre con los demás y consigo mismo. Huía de las soluciones cantadas en busca del encuadre que situara de tal modo la acción que el texto se convertía, a veces, en mero subrayado tras el impacto que la imagen proporcionaba al lector ya fuera un escorzo inopinado dentro del área, el gesto de desagrado de uno de esos ejemplares públicos pillado en fuera de juego o el amenazador desbordamiento por San Gabriel del cauce con la cámara en posición firme de disparo haciéndole frente a la fuerza de la naturaleza. A menudo los de la misma filà se quejaban de su suerte, pero la mayoría podía con todo lo que le echaran.
Debí entrarle por el ojo derecho porque desbordó su lado más tierno
y, el día que firmé con una mujer rocío de la mañana en el libro de
flamantes singladuras, llegó como un invitado más a Guadalest donde
dio alas al despegue. A su aire, pergeñó un catálogo en blanco y negro
sobre el que deconstruyó el tradicional pastel con el maremoto de los
ambientes que se formaron haciendo igual de relevantes a todos los
congregados en las escaladas al castillo o en el descenso hacia el Xortà a lo que puso punto y seguido meses después en casa con tal de cincelar un mosaico de estampas celestiales en torno a la criatura recién nacida gracias a las cuales tendremos a Cholas con nosotros para los restos.

El flamenco eje norte-Sur

Supongo que la audiencia –porque el fenómeno este sí que fue de
mayoría absoluta– recordará cuando, en el arranque de «Ocho apellidos vascos», Clara Lago larga de los andaluces mientras da buena cuenta del rebujito en un bodegón frente a Triana y sus amigas, que la
llevaron forzada desde más o menos las cercanías de Hernani, intentan
calmarla en el momento en el que Dani Rovira sube al escenario, agarra el micrófono y haciendo apología de la grasia que lo inunda se
desmontera asín: «Esto son dos vascos que se encuentran y le dice uno
al otro oye, Pachi, que me enterao que tu hija está en la cama con
gonorrea. Y el otro le replica y a mí, ¡qué hostia!, mientras sea vasco…».
En otra época, sesenta, setenta mil de ellos tirando por bajo habrían tomado en las próximas horas las calles de una ciudad que en esta semana se recrea en las mismas con imágenes de sus hermandades,
el sonido apasionado de unas marchas que arrebatan y el aroma a
azahar. En fin, el catálogo completo que diría la muchacha antes de
caer rendida a los pies del graciosillo. Es de imaginar a esos chicarrones del norte destripar el don de los costaleros llevando el paso de misterio al compás de la música y, al verlos mecer el barco de tres mil kilos, cascar entre sí: «¡Ah! Pues yo pensé que lo llevaban entre cuatro, uno en cada esquina. Así, cualquiera».
Tengo un amigo de la Real y otro del Athletic, mucho más furibundo
que para eso vivió apenas sus dos primeros años en el Bocho y para qué
más. Con el padre de éste, que cumplía en plan redondo y con los dos,
lucubré hacer de anfitrión el 18 de abril de 2020. El sábado no irán a la Cartuja ni los alcaldes de Bilbao y San Sebastián y, a esta hora, del rey no se ha dicho nada, aunque sin estruendosa pitada de por medio el equilicuá al enigma diluye los decibelios. Lo que sí ha logrado la final euskaldún es ser aplazada más que ninguna otra en el mundo hasta ver si podían acercarse los suyos. Es lo de siempre. Sevilla tendrá un color… pero lo que de verdad pesa es el régimen foral al uso. Eso sí que es especial.

Madrugó la madrugada

Fue a las cuatro de la mañana cuando la luz del móvil centelleó en la
habitación de al lado. ¿¡Y esto!? El mensaje venía de Rosa: «Mi hijo
Pablo ha muerto en accidente». El impacto nos atravesó por completo y
no hubo forma de volver a conciliar el sueño.
Nuestros pequeños disfrutaron de un verdadero oasis entre aquellos
quicios aprovechados con ansia en una escalera compartida. Una tarde
arriba, otra abajo y tiro porque me toca. Cuando nos mudados, la niña,
que se había hecho inseparable del mayor de ellos, de Iñaki, estuvo no
recuerdo si seis meses o un año sin dirigirnos la palabra. El trance nos permitió certificar el carácter de la muchacha y apreciar lo que supuso coincidir con unos vecinos de chapó junto a los que plantamos pinos, escribimos páginas de todos los colores y vimos cómo las criaturas fueron convirtiéndose en personitas discutiendo por todo y por más hasta dar con la salida al laberinto cogidos ya de la mano.
Provistos de proverbial ternura y de ese tiento que actúa de
brújula, Rosa y Daniel mantuvieron colgadas durante mucho tiempo en el mural de casa fotos repletas de las cucamonas más relucientes y, con
la llegada de las nuevas etapas, fuimos dispersándonos pero siempre
hubo un hilo conductor que nos mantuvo al tanto de por dónde andaba
cada uno y en qué. Hasta que la conmoción partió en dos esa sonrisa
que sobrevolaba enlaces.
El final del trayecto para Pablo llegó fatalmente el día que cumplió los 30. Imagínense el drama. Y a la vera se desplegó sin embargo la calidez de sus padres, con un esfuerzo que para qué, dejándose llevar por testimonios de los amigos que no pararon de relatar lo bien que estuvieron con él esa tarde y cuánto se rieron juntos en un carrusel de sensaciones que, recibido por ambos, se transformó en soplos de vida.
Por nuestra parte se ha rescatado las fotos colgándolas en la pared
para sentirnos cerca de quienes tan buena compañía nos brindaron,
aunque el desgarro nuble hoy, y de qué forma, el recuerdo dichoso.

El bosque animado

Me levanto harto de estar harto y, antes de que la pandemia
preelectoral queme las tostadas, cambio informativos generalistas por
el de Radio 3 que, a las ocho y un pelín, se nutre de la coña
imprescindible. Todo subterfugio es poco para escalar el día que viene
y el que vendrá.
El alcalde de la Villa y Corte, al que los granujas de Todo por la
radio –otro espacio que tal baila– introducen sus intervenciones bajo
el registro del «América» de Nino Bravo al son de «¡Almeidaaaaaaaa!»,
sale dándole lecciones al candidato brother que si de algo sabe es de
dar clases porque del encanallamiento en el que se metió no ha
alcanzado ni el Bup. Antes de involucrarse en esta vaina impartía
clases de Metafísica, Hermenaútica, Ontología y Teodicea por lo que,
enfrentarse a la chiquilla descarada que suelta proclamas como
churros, tiene que suponer un gran ejercicio de contención, el mismo
por el que el hombre ha estado meses tomandóselo con filosofía. Y
algún bichito invade su formación porque cada vez más candidatos
proceden de la rama.
Tras un somero repaso a lo acontecido, los conductores de Hoy
empieza todo, que igual te llevan a Muñoz Molina hablando sobre Chaves Nogales que a un periodista puntero diseccionando la mafia, anuncian al pianista, cantante y compositor Luis Prado para presentar «El tsunami emocional», su último trabajo. No hay nadie de la música guapa que pegue más ahí y para muestra algún botón: «Caíste en el error de seguir lo peor del conservadurismo, del sensacionalismo, de El Mundo y OK diario. Caíste en el abismo» o «El telediario nos ha informado, con Ana Blanco y su peinado, que esto se acaba, que el fin del mundo es ya». El tragicómico que habita en él no puede ocultar que lleva los medios en la sangre y cuenta con la habilidad de meterles tal ritmo que la cruda realidad da paso a un subidón. ¡Qué arreglos, madre mía! Lo que pasa es que con las mociones y ocurrencias como las de alardear de soso, la competencia es tremenda. Son artistas que terminan con cualquiera.

Sea por los ríos de tinta

Tras 45 años compartiendo vicisitudes con el respetable ha fallecido
tres meses después que la mujer con quien regentó el quiosco de prensa abierto por antepasados en puertas de que, desde la presidencia del Consejo de Ministros, Azaña promoviese la reforma militar, la agraria y regara la bendita tierra mariana de laicismo lo que provocó que Sanjurjo y su tropa se pusieran flamencos del modo que se ponen Santiago Abascal y Ortega Smith cuando arengan a los suyos desde las plazas de España. Es lo que hay.
Un par de años antes de que el hombre pisara la Luna y las
revelaciones comprometidas sobre lo más cercano fueran pura entelequia por aquí, una pionera llamada Asunción Valdés se embelesó con la tinta derramada en la Guerra de los 6 días lo que, mira por donde, abrió en ella la espita de un campo de batalla por el más allá que la condujo a poner el periscopio en los centros de decisión de la vieja Europa, que no son mancos y donde aún nos jugamos buena parte de las habichuelas.
En la transición de los setenta a los ochenta, cuando los diarios de Madrid llegaban al día siguiente o por la tarde en el mejor de los casos, hornadas de vocacionales imberbes se inyectaban crónicas de
corresponsales de guerra a modo de ginseng. Desde las postrimerías de
su retiro en los campos de lavanda alcarreños, Manu Leguineche
diseccionó así la selva en la que él se adentró: «Aquella época
resultaba romántica y bohemia pues era muy natural y uno se sentía
plenamente periodista con medios precarios. Sin nostalgia, y con todas
las reservas, creo que eran tiempos más estimulantes. Se echa de menos
aquel método en el que tenías que hacerte con la información como
fuese sin depender tanto de interné, que ha enfriado mucho la
profesión».
La cuarta generación se ha hecho cargo y el punto de venta será
centenario en nueve abriles si logra esquivar un tiempo en el que, salir a su encuentro, se ha quedado en el baúl de recuerdos corroborando eso, que la frialdad ha venido para quedarse.

¡Qué bien, qué bien con Isabel!

Joder, cómo se presenta el derbi, ¡Dios mío! El campañón se cerrará
lógicamente el 2 de mayo. Qué menos. Desde su pijo parcela tuitera,
Figo ha entrado en juego al grito de «¡A por ellos y a por la libertad!» y queda que lo haga Pepe Reina, más escorado a la banda derecha. Como se le ocurra salir al ritmo de «¡Camarero, una de..!» es capaz de apuntarse Millán Astray marcándose un chotis en el plató de «Al rojo vivo». Y no descarten que, al final, Aguado opte por…«La isla de las tentaciones». Menudo ardor se ha generado.
Para su primer cara a cara, Iglesias eligió «El intermedio» donde
compareció serio, pero que muy serio ante la amenaza ayusera después
de haberse puesto chistoso con uno de los mayores dolores que
atraviesa al Estado que vicepreside por un mísero puñado de votos
indepes o así. Y claro, en el primer acercamiento, Íñigo le ha dicho
tararí que te vi dejándole caer la candidata de su formación al
personaje que «Madrid no es una serie de Netflix». Son tantas las que
mezcla que, como ha demostrado en su breve paso por el Gobierno,
confunde los planos.
Aquí está dejándose jirones hasta el apuntador, incluído Toni Cantó, escurridizo donde los haya. Encabezando la lista de upeydé por Valencia, abandonó en puertas de las autonómicas de 2015, le
preguntaron si se iba para no quemarse a fin de pasarse a Ciudadanos y
respondió que qué se habían creído, que él no hacía eso. Hoy se
especula con el pepé, previo paso a Vox quizá, y con su retorno a los
escenarios. En fin qué culpa tendrá el teatro.
Y luego está Ayuso, la reina de la puesta en escena. Más que luego,
en cada instante. Tan intensa, tan provocadora, tan elemental, querido
Watson. Su jefe, por llamarlo de algún modo, debe pensar que como le
salga mal la jugada, ojú, y que como le salga de perlas, ofú. El duelo
entre la galana y el del moño resulta tan imprevisible que puede aupar
a Gabilondo a lo más alto del podio sin comerlo ni beberlo y, bueno,
tendría su gracia. Algo más meritorio, desde luego, no se me ocurre.