El asalto al edificio que acoge el Congreso me pilló en la cola de Annie Hall cuando los protas discuten y alguien da detrás la brasa a su acompañante acerca de la influencia televisiva «dado que McLuhan lo ve un medio caliente que…». El judío pelirrojo de Brooklyn, tan poquita cosa, se revuelve desafiante como si fuese Bogart, lo ensarta con la mirada y, dirigiéndose a la cámara, el otro paliza pregunta «¿Por qué no puedo expresar mi opinión? Es un país libre», a lo que su contrincante repone «sí, claro, ¿pero tiene que expresarla en voz alta?». Entonces se enconan acerca de quién sabe más al respecto hasta que Humphrey saca del envés de un cartel anunciador al mismísimo prescriptor de que «el medio es el mensaje» y este arroja a la cara del refutador de esas teorías que «en su boca mis ideas suenan a falacia ¿Cómo da usted clases de algo que no entiende?» a lo que, quien se lleva el duelo de calle que para eso lo ingenió, apostilla: «Amigos míos, si la vida fuese así…».
De crío en mi barrio había dos cines de verano, el Candelaria y el
Capitolio. Los western solían ir a este último y así asistimos a la
transformación del horrible regimiento del Séptimo de Caballería en el
orgullo de la Unión que se pasaba por la piedra a los feroces siux de
Caballo Loco. Tanto al patrón de la Casa Blanca como al del Pardo, la
alegoría unía sus intereses cuando las posibilidades de contrastar lo
sucedido en realidad eran remotas. El otro día los uniformados del
Capitolio se vieron agobiados sin embargo por una turba cuyos pasos
vienen guiados desde esos locos cacharros sobre los que el todavía jefe de la tribu asienta sus reales, hoy perdido para la causa al haber sido mediodespojado de tales redes. Y sin ellas, no es nada.
Tras escrutar la Galaxia Gutenberg, la Aldea global y la
descripción de los medios como extensiones de las personas, McLuhan se vio venir el cacao y encareció al hijo para que impidiera que los
nietos se enchufaran a la tele, mientras en su lápida reza «La verdad
nos hará libres». Sin duda, ahí es donde Marshall mejor se encuentra.
Autor: fesquivel74
Los presentes
Tras seis años continuados de recuperación laboral, la pandemia ha
roto tendencia y el añito provisiona la lista del paro con setecientos
y pico mil de adheridos más. No solo eso sino que la web del Servicio
Público de Empleo Estatal, a través de la que se solicitan las
prestaciones, también se ha quedado colgada. Quién da más.
No se preocupe por eso, que hay donde elegir. Los ingresos por
covid han vuelto a desbordar hospitales, algunos de los cuales han
comenzado a colocar –¡valiente colocaciones..!– camas incluso en los
gimnasios mientras que sobre este y otros negocios sobrevuela la
amenaza de clausura. Yo mismo, que soy un fijo de la piscina y que es
el único espacio interior ajeno por el que deambulo, vengo
absteniéndome y sin embargo no he faltado al centro de salud donde la
cola, por cierto, es permanente. El modo de pasar consulta con tu
médico de cabecera debe formar ya parte de Cuarto Milenio. En esta
ocasión me acerco con la precaución correspondiente pero provisto de
cita previa por lo que se me permite acceder sin más. Entro dispuesto
a ponerme la vacuna; la de la gripe no se pongan tensos. La
administración de la fórmula para secar al bicho lograda en tiempo
récord viene despachándose con tal agilidad que da tiempo a
entrenarse. En otros países habilitaron zonas en áreas de salud para,
sin bajar del coche, hacerte gratis la peceerre recibiendo enseguida
el resultado mientras aquí lo que queda a mano siempre es la privada.
Como tras el pinchazo de la última vez me quedó mal cuerpo, la
enfermera me invita a pasear veinte minutos por los alredores. Antes
de darme a la fuga llamo a mi hermana para que controle el estado a
distancia y me cuenta la que se ha armado en un centro comercial con
Paquirrín y otros famosetes de la fábrica de Tele 5 haciendo de magos.
Ves imágenes y no das crédito a que cientos y cientos se agolpen
perdiendo el culo por rendir pleitesía a esta plebe enmedio de la que
hay liada.
Joder, majestades, no sé quiénes nos han dejado todo esto, pero no
vean para desenvolverlo.
Abonados al teatrillo
Todo indica que el teatro Pavón de Embajadores echará el cierre
definitivo a final de mes según advirtió Miguel del Arco, dramaturgo
de postín y uno de los promotores de la idea, antes de que se nos
vinieran las fiestas encima. No podíamos esperar del año que se
marchara con otro mensaje que no anduviese cargadito de tintes
entrañables. La madre que lo parió.
Por casa nos habíamos acostumbrado a rondar montajes de los suyos.
Sin dejar de lado la salas clásicas, esta había inoculado alrededor ese clima que retrotrae a una época en la que estábamos llenos de
fantasías con todo por construir. Creo haber visto en sus rincones
plebe con pantalones de pana, no les digo más. Las propuestas han sido
arriesgadas, cautivadoras e impactantes de la mano de un elenco que,
en el escenario o sobrevolándolo, parecían en el inicio de sus carreras cuando la mayoría están consagrados. Era una elegía entusiasta al trabajo bien hecho, ahora que compañías de buena parte de las actividades que nos rodean vienen desangrándose del bien más
preciado, que son sus curritos, como si nada. Los del bar anexo fueron
quienes le recordaron a la presidenta de la Comunidad cuando esta
fardaba de su apoyo a la hostelería que primero están los sanitarios. Y entonces de la nada levantó un hospital del que lo último que han dicho los facultativos especialistas es que su enfoque es contraproducente. Qué sabrán ellos.
Cuesta escucharla decir que los seres de esta tierra hemos resultado primados por los fondos europeos contra el covid tras patentar que «Madrid es España dentro de España» teniendo en cuenta que yo ya disfrutaba del espectáculo que era la Gran Vía a las tres de la madrugada cuando la excommunity manager de Esperanza Aguirre no había nacido. Entonces oigo al director de un instituto de
investigación Biosanitaria deslizar que «la gente valora muy bien a
los científicos, pero no los entiende» y me quedo a cuadros. Desconocía que Ayuso fuese científica. Es lo que tiene esto, que no hay Dios que le ponga el candado a funciones que terminan con cualquiera.
Broches de oro
Recibo el penúltimo meme de temporada: «Ya lo único que hace falta es
que el 31 se pare el reloj y nos quedemos en el año en que estamos».
Nada más saludar a un amigo le pregunto si ha venido por la costa o
por el interior y, al responderme, la mollera se lanza por su cuenta a
bucear en la tarde de Año Nuevo que cogimos la autopista libre de
peaje y, ¡Ou, mamma!, resulta que fue en este mismo 202o cuando da
toda la impresión de que se produjo no antes sino en otra vida. Es que
lo era, qué cojones. Y como Canarias además se encontraba en temporada alta decidimos darnos unos reyes por aquellas latitudes, en concreto por la isla en la que el padre Teide lo preside todo. Salvo cuando subimos a apreciarlo fue una estancia de manga corta en la que la plebe se sumergía en el Atlántico como si no hubiera un mañana y es
que no lo había. A los nórdicos pero nórdicos, que imponían su
mayoría, el agua se la traía al fresco y donde se arremolinaban horas
era a los acordes del sol. Desde las extensiones para el cultivo del
plátano, cuyo prucés sí que es arduo y no el de Merimée, hasta los
viñedos con bodega adherida tenían grabado que el monocultivo que les sacaba las castañas del fuego no era otro que el del turismo. La
estética colonial traza el aroma de La Laguna donde iglesias, conventos y casas señoriales se dan codazos a la espera de que el desembarco incesante desde los buses apiñados en las plazas haga estragos. Así se inició el año en este apartado y, como en el resto de
parajes, de ese modo acabó.
Y una vez pasado el momento, Netflix y cuatro fruslerías más. La
compañía ha echado mano de Charlie Brooker, el de Black Mirror –que lo petó a base de episodios ambientados en un futuro cercano y oscuro– para arrancar la última hoja del calendario con una buscada cachondez sobre la desaparición de 2020 haciendo un repaso por las páginas más convulsas y siniestras a modo de remate del añito que llevamos. Ni que decir tiene que, como corresponde, se han cubierto de gloria.
Sesión de tarde
Un grupo de treintañeros queda para pasar la tarde con las
precauciones de rigor. El primero comenta al llegar: «Oye, me han
dicho que follas poco». «Ojalá». Se trata de gente que se quiere con
ganas, algunos de los cuales lo pasó mal hasta poder mostrarse tal
cual es. Suelen citarse para ver una peli que luego despiezan. La
elección parte del anfitrión, que es el que ojalá… pero quien
cinematográficamente hablando no tiene, sin embargo, rival.
Hoy va a cambiarle el paso a la tropa y anuncia documental sobre la
primera aborigen que consiguió una medalla en los Juegos Olímpicos de verano. Lo único que los asistentes conocen de Miriam Blasco es la
avenida. Empiezan a sucederse imágenes de la pucelana rodeada de
hermanas por todas partes, aunque también haya chavales, con los
padres empujándolos a hacer deporte para aplacar tanta fiera. Al
trasladarse a Alicante de la mano de su chico, el desahogo se convierte en un modo de vida que primero le marca un yuko, luego un koka hasta dejarla entregada a la causa. Los testimonios tanto castellanos como mediterráneos confieren al relato un aire entrañable que tiene a todos con los ojos como platos.
La vajilla sentimental queda hecha añicos con la muerte de Sergio
Cardell, su faro, a un mes de la cita de Barcelona. Los espectadores se estremecen cuando ven que es ella quien agita al pebellón para que
coree el nombre de su preparador ausente nada más colgarse el oro. Así que no les extraña que resistiera cuatro legislaturas intentando echar una mano a los de su cuerda vocacional y dándose golpes. El más sonado el que la llevó a votar contra el matrimonio del mismo sexo cuando había caído rendida a los pies de la inglesita a la que dejó en plata. A Miriam aquello la atormenta pero ha tenido la suerte de dar con una británica pizpireta que se ríe de su sombra. Los espectadores de la sesión no dan crédito y se quedan embobados al comprobar que, a la boda, asistieron el ex de la campeona, que es un cielo, y su pareja.
Mejor christma, ya me contarán.
Bajo una lluvia ácida
Una vez descargadas las bolas de las tolvas, se inicia el desfile de los niños de San Ildefonso que saludan sin que se les escape ni media
sonrisa. Para eso los componentes de la institución acumulan más de dos siglos en la tarea, algún tiempo después de que Carlos V concediese la Real Cédula que lo puso en marcha. Arranca el bamboleo y aquí ando otro 22 de diciembre con el soniquete de fondo convertido en uno de esos pocos trances semejantes aunque en esta fase traicionera el salón suene a hueco. Extraño habría sido que no estuviese algo muerto.
Pero el ansia natural por reanimarse trae consigo dos quintos en la
primera de las tablas. A ver si preconiza que esto cambia. Falsa alarma, claro. A partir de ahí la fortuna se hace esperar lo suyo y la manivela del recipiente más grande da problemas. No sé por qué no me sorprende. Y mucho menos que, de paso, la padrea del salario mínimo se halle en el alero en medio de las discrepancias habituales entre los
autodenominados socios cuando lo que de veras les pierde es quedar
como los mandones de la película. Por mucho que se busque, no es fácil
toparse con escenas que pinten bien. Las naranjas y otros manjares de
la tierra dormitan entre el puerto de Calais y Doven el sueño de
licuarse a sus anchas y los transportistas se lamen las heridas al filo de su cabalgadura mientras la nueva cepa británica –qué hastío– se pasea por el viejo continente, ese del que un buen puñado de súbditos de la reina se jacta en dejar atrás. Desengañémosno. En el multisorteo que nos llevamos entre manos es imposible que algo no le toque a uno y están hasta los que lo entonan soltando a espuertas aire de los pulmones como quien no quiere la cosa. ¡Ay, el tamborilero!
A estas alturas aquellos que han dado la suerte hacen un alto en el
azaroso camino y se relamen a la puerta del local. El gordo ha vuelto a pasar lejos y, sin embargo, no pasa nada. Qué va a pasar cuando las que no se detienen son las colas del hambre. Es el alma el que está ya como un bombo.
Felices fiestas o lo que sean
Supongo que la ilusión porque los bombos de la lotería se porten sigue
vivo. Pero a estas horas, con acertar el número que se sentará a la
mesa de entre la parentela, el personal tiene más que de sobra.
En el caso de que los convivientes que organizan el encuentro sean
una pareja, no pueden permitirse el lujo de gobernar con medidas
discrepantes porque imagínense cómo se pondría el descansillo.
«¿Pasamos? ¿¡Que estáis dándole vueltas todavía!?». Por supuesto no
todos somos iguales y desde el Ejecutivo pueden plantear en cualquiera
de los asuntos que nos repercuten, que son todos, una decisión y su
contraria y decir que es perfectamente entendible. Si para ver dónde y
cuántos nos juntamos a aquel se suma el resto de especímenes
esparcidos por el corral, ya está formao el alboroto. Cómo se
presentarán las fiestas o lo que sean que nuestro Pedro mayor del
Reino ha asegurado que se queda fuera de la circulación hasta
Nochebuena renunciando de este modo a tomar la pantalla en una de esas apariciones suyas más breves algunas que un choque de la enebeá,
aunque nunca se sabrá si este rigor es porque lo exigen las normas
básicas de una cuarentena o para que se vea quién es quién dado que
Pablo la guardó de aquella manera, vamos que se la saltó. La verdad es
que no hay nada como la unidad de acción.
Al menos el rey ha reconocido el fracaso en la estrategia de la
nación. El monarca de Suecia, claro. Ha lamentado el sufrimiento, la
dura experiencia de quienes no han podido despedirse de sus familiares enfermos y es perturbador que uno de los enclaves que tenemos por más avanzados haya sido incapaz igualmente de hincarle el diente a la situación de forma eficaz, en el supuesto de que sea posible que ya no sabe nadie a qué atenerse.
Así que, en vista del panorama, hay que ser Juan el Bautista para no aceptar que lo indicado es no moverse y casi ni abrir la puerta. Es más, la manera adecuada puede que sea la celebración de un gran ayuno. Y es una pena porque hay cada pavo…
Valiente pastel
El pago pone en danza propuestas originales guapas de tele. Qué menos
dado el paquetamen del que Telefónica dispone. Espacios tanto de
introspecciones científicas sobre lo que nos aguarda en distintos frentes como los fabricados en torno al deporte destilan un plus. Y luego está la plantilla de cómicos con la que juega de la mano del Terrat, que salta de un programa a otro. Cuando no puedo más recalo en estos. Uno de ellos, el titulado «Loco mundo», se ha doctorado en zaherir con clase gracias al desparpajo guionado y a la conducción del tal Quequé, hijo de un reputado catedrático salmantino de Literatura Española ante cuyas exigentes demandas es posible que el crío preguntase a menudo «que, ¿qué?» y así se quedó.
El último de los visionados me ha hecho mella. Analiza el boom de la seguridad privada y participa Ana Morgade, otra, quien deja caer que toda su relación con la aludida es nocturna. Menuda sorpresa. Pero
antes fue interpelado el coronel Pedro Baños, al que el presentador
saludó así: «Creo que es la primera vez en mi vida que hablo con un
coronel. Actúo normal, ¿no? Aquello de ¡Señor, sí señor..!». «Nada, nada». El tres estrellas se centró en la privatización de la seguridad en los conflictos recalcando que va a más porque es un gran negocio con el que los países se eximen de cualquier responsabilidad. «Tienen
–especifica– mejor material que los ejércitos y se maneja muchísimo
dinero en paraísos fiscales con personalidades influyentes
relacionadas alrededor de estos servicios de contratistas no sometidos
a los convenios de Ginebra». El militar no se detiene sobre la
competencia: «La G4S británica es una de las mayores multinacionales y muchas veces lo que hacen es enquistar conflictos». Ya. «Hablamos de
los estados –prosigue– pero hay empresas que para controlar sus
explotaciones en África contratan sociedades con carros y helicópteros
de combate de los que carecen los ejércitos de la zona. El negocio es tan grande que es muy difícil extirparlo».
Maldita sea, ¿a que tiene gracia?
País manga por hombro
En estos estertores de 2020 han compartido espacio la entrega en el
juzgado por parte de los Franco de las llaves del pazo de Meirás y la
regularización del emérito de una pasta gansa para eludir de aquella
manera el delito fiscal. De nuevo ambos linajes reunidos tan cerca.
¡Mecachis!
Por mucho que ambas épocas se entrelacen, la diferencia radica ahí:
que durante los años que tuvo la nave, cualquiera le decía al del Ferrol que se deshiciera de algo amasado por arte de birlibirloque, mientras que su sucesor en el trono viene desangrándose frente a la opinión pública y ante los españolitos que mandaban callar al resto de familia y allegados con tal de escuchar su mensaje aún a sabiendas de que sustancioso, lo que se dice sustancioso, tampoco resultaría. Para los creyentes, lo que viene televisándose debe ser un trago. Como lo es el que, pensando en no perjudicar a la Corona, se especule con la preparación de un discreto retorno desde Abu Dabi por Navidad. Al lado de esto, lograr un brexit decentito es pan comido.
Dado que en democracia quienes se pasan de la raya cuentan con
papeletas para quedar retratado, conviene ir con pies de plomo y
percatarse de que ninguna maquinaria en acción ha de sustentarse en
hacer comulgar al respetable con ruedas de molino. ¿Qué sentido tiene
que el presi repita hasta la saciedad que «la monarquía no está en
peligro en España». ¿Cree, Mr. Handsome, que por muy guapo que se crea va a convencer a alguien, incluidos los devotos a los que les
chiflaría que la realidad no fuera la que es? Escondiéndola, resultón,
¿adónde se llega?
Rodeado de especialistas, Iñaki Gabilondo ha proferido un grito
sobre el calentamiento global: «Nuestro país es el más vulnerable del
continente a los impactos del cambio climático». Tenemos lo que
tenemos manga por hombro y ¿resulta que lo único que no está en
peligro es la..? Un sistema como el nuestro que tantos sacrificios costó habrá que mantenerlo en condiciones, sin dejarse ir, digo yo. Que, pese a intentarlo, Iñaki no puede llegar a todo.
Descarga sentimental
Siento soltarlo, pero días atrás me ilusioné. Me junté de pronto con
invitaciones para un estreno de cine, otro de teatro y la presentación
de un libro en apenas cinco fechas. Lo nunca visto en estos tiempos.
Bien, pues primero se desconvocó la cita literaria hasta nuevo aviso
ante la avalancha a la hora de registrarse mientras en los otros casos
sucedió lo contrario. Y, como tampoco apetecía hacer de nuevo
incursiones en solitario, la guía de ocio se vino abajo por completo. Eso sí, no puedo negarles que fue bonito mientras duró.
La contrariedad que me pilló más de improviso fue la cinematográfica dado que Cesc Gay me tiene ganado desde que arrancara el siglo con Krampack.Lancé la propuesta y me dijeron que también estaban deseando ver el último giro imaginativo del director por lo que, a falta de confirmación, lo di por sentado. La respuesta fue dilatándose de forma inusual hasta que una llamada confirmó que, tras una ardua sesión de debate en la pareja, las actuales reticencias acabaron imponiéndose a las ganas de esparcimiento. Además él está entregado a todo lo que cae en sus manos sobre Chaves Nogales y no voy a ser yo quien le quite el gusto.
Ya sé que esa cautela es sensata además de inevitable, pero no se iba de la cabeza acercarme ni quería esperar a que me la trajese cualquier plataforma hasta el sofá, sino que sentía la necesidad de reencontrarme con el rito en el que me inició mi abuela cuando sin levantar un palmo del suelo me llevó a ver «Un rayo de luz» antes de zambullirme en las de romanos y en las de vaqueros. Así que di un rodeo, arrojé el lazo sobre el primogénito aprovechando que nos habíamos quedado solos en la ciudad, recogió el guante y allá que nos plantamos. La vimos solos sin que saliera nadie de la sesión anterior ni asomase un alma en la siguiente y fuimos derecho a hacernos una pizza con la que nos dimos un buen rato de disección y de risas deslizando que, en cuanto fuera posible, teníamos que verla con todos los nuestros. Pese a la ruina total de negocio, la vida que da.