Nada más entrar su territorio en la 1, el presidente vasco cogió las
cámaras de palacio y se plantó en un hospital de referencia como el de
Cruces con el siguiente resultado: sanitarios portadores de pancartas y un grito: «¡Menos imagen, más calidad, refuerzos y plantilla!». Y es
Urkullu, que nadie duda superará el listón electoral que está forzando
para julio mismo antes de que esto pueda volverse incontrolable y corra el riesgo que pende sobre cualquier hijo de vecino. O sea, no pasar de fase.
Prácticamente todos los mandatarios a los que les ha caído lidiar con crisis virulentas se han quedado colgados de la brocha. De ahí que el hecho de que síntomas demoscópicos señalen que la distancia del pepé con respecto al eterno rival ande acortándose parece que por fin llevará la estrategia de Casado –bueno, del mesié– a decir «no» al estado de alarma. A la platajunta de ese flanco del hemiciclo, dedicar todas las sesiones precisas a desenredar las condiciones de vuelta a las aulas de la manera más solvente posible o respaldar un pacto para que la sanidad pública salga para los restos de su indefensión, ya saben cuánto le ocupa. Y aunque lo lógico es que la ola arrastre a Sánchez, ni por esas. El objetivo es tirarlo. Pero, cuidado, criaturas. Se trata de Sánchez.
La penúltima envolvente quisieron montánserla con Margarita Robles como bandera. Tras el febril discurso de la ministra en pos de las Fuerzas Armadas durante el cierre de la gran morgue en Madrid, su
nombre empezó a sonar como presidenciable en el tradicional gobierno
de concentración y de las jons. Robles, con fama entre los suyos de
conspiranoica, de ego subidito y que ya se movió para enterrar a
Sánchez en uno de los vaivenes iniciales de este, se dejó querer por los medios más de lo recomendable. Y, claro, a la pandemia en el organismo de estos aparatos sobreviven los que más bicho son. Por
tanto, de la «operación Balmis» desaparicieron aquellos que comparecían del Ejército; se desconoce el paradero de la ministra y el
que aún sale es Fernando Simón. Pobrete.
Autor: fesquivel74
Un soplo de vigor
Uno de los rasgos de Ximo Puig es el de la cercanía nada impostada que
se gasta. Y no es fácil. Una cosa es que los morellanos vieran así al
xiquet cuando se lo cruzaban siendo alcalde y, otra, llegar a innumerables colectivos que componen la Comunitat sin morir en el
intento. Y, vaya, ni está muerto ni anda de parranda ni se volvió
distante.
Esta vez asomó por el foro con diez conclusiones en torno a pasos y
miradas desviados y torticeros sobre los que se camina y diez retos
cimentados en unidad de acción de cara a poner el acento en vigorizar
a los esenciales recién nacidos, mostrándose una vez más como es:
asquerosamente sensato dentro de un tiempo que, a la hora de hincarle
el diente, se las trae. Lo rubrica la lideresa de la oposición, Isabel
Bonig, tras reconocer que «Puig nos ha tendido la mano» y lo blande
Toni Cantó al entonar que «lo ha hecho mejor que Sánchez en la gestión de esta crisis», lo que viniendo de quien viene no es que sea fiable tampoco puesto que habitualmente Toni no sabe en qué anda Cantó y, a la inversa, menos.
La comparación viene pervertida porque el primer ejecutivo de la
nación está más expuesto que nadie con el inconveniente añadido de que la empatía no lo adorna, mientras que su correligionario conduce sin alharacas y, antes de trasladarlas, se han sobado las propuestas en
comandita para que a la postre se conviertan en salvavidas, lo que le
reportará cierto crédito ante el jefe o todo lo contrario, cualquiera
sabe. De ahí que Ximo se haga acompañar de Un largo sábado, el pliego
de Steiner, fallecido hace nada, en el que este judío políglota, catedrático de literatura en campus de postín y autor de obras guapas
del pensamiento moderno ofrece, dentro del lenguaje a emplear, las
claves de la comprensión y la supervivencia humanas. Para el filósofo
criado en París y en Nueva York a bordo de la desescalada frente la
amenaza nazi, nada humano le es ajeno y «si me dan una mesa, buen café y libros, ya tengo una patria». A lo que se ve es lo que busca el
nostre president desde la estancia: aplicarse el cuento a base de bien, según las enseñanzas del maestro.
A golpe de librerías
Un buen día Molina Foix le puso un piso a sus libros que el ciclón 2008
se llevó por delante. En puertas de la virulencia actual vino por
Pynchon con obra propia y se despidió con indicación inadvertida
puesto que su narración lleva por título «Kubrick en casa». Durante un
acústico matinal de Vera Green en ese local, Mira-Perceval tomó en
brazos al nieterío sin parar de moverse. Alguien tuvo la tentación de
sacarlo bailando pero pensó que, al reenviarlo, los receptores dirían:
«¡Joder, con las fack!». Como puede apreciarse, todo señales.
Seguro que Manolo, el de Set i mig, no dispuso en su época de
mandatario alguno registrado que, en medio de una crisis colosal, se
pierda en la letra pequeña al trasladar cuándo vuelve la temporada de
caza y de pesca en lugar de cómo podremos ver a los nuestros. Fernando Linde, por su parte, dejó huella al frente de la nave y dijo adiós deseoso de sumergirse en el estudio de Filología Hispánica. De haber hecho el traspaso de 80 Mundos próximo a la cuarentena y llegar a oídos de Teodoro & Cayetana, le habrían echado los perros por ventajista puesto que algo de titiriteros les cuelga y con tales arietes en acción nunca sabremos si venimos del mono o vamos hacia él.
Sea como fuere, del feisbuk de una de las socias y herederas en
Marvá prende este cartel: «Al del 3ºF: Después de los aplausos oímos
cómo leía a sus peques la “Ciencia de la lógica”, de Hegel.
Respetamos su postura, pero somos una comunidad kantiana. No podemos compartir espacio con alguien que considera la apercepción
trascendental vinculada a un cuestionamiento sobre el alcance
epistemiológico de la lógica trascendental. Estamos convencidos de que
postulados de Kant van dirigidos a la idea de que el objeto es una
síntesis puramente intelectual y no por el descubrimiento de la
verdadera naturaleza del pensar puro y del origen del objeto de
conocimiento como propone su adorado Hegel. Tras la decepción, hubo
que contener a Manoli, del 5ºB, y Salvador, del bajo E. Por la paz,
creemos que debe marcharse. Atentamente, sus vecinos». Tanto libro,
coño, es lo que tiene. Que pervierte.
Las voces del silencio
Estaba preparado para arrancar con una historia masticada desde días
atrás aunque intentando perfilarla durante el sueño lo mejor posible
procurándome de ese modo otra mala noche, cuando, a punto de entrarle al teclado, oigo que ha muerto Michael Robinson y todo lo que tenía previsto queda desplazado instantáneamente a un segundo plano.
Son demasiadas las jornadas que pesa lo suyo asomarse a las
portadas y digerir el desfile de nombres apreciados desaparecer en
tiempos de reclusión mayor. Hace nada fue José Mari Calleja, a quien
Muñoz Molina rindió un adiós arrancado del corazón y las tripas. A la
señora Esther, mi suegra, que tiene 101 años y la cabeza en perfecto
estado de revista, el listado logra tambalearla y les aseguro que no
es fácil. A pesar de que el acérrimo del Liverpool confesara hará algo
más de un año con aplomo sobrenatural que la suerte estaba echada,
haber llegado a la última parada dentro de esta maldita pandemia
aumenta la cuenta de grandiosa desazón.
Con lo complicado que resulta para muchos deportistas de elite
engancharse tan jóvenes a una travesía desconocida, aquel centro
delantero tosco aprovechó su dificultad a la hora de expresarse en el
idioma de Cervantes aludiendo a lo imprescindible y poniendo el acento en lo diferencial que de verdad marcaba la contienda en lugar de pasarse el tiempo reglamentario hablando sin decir nada hasta
sumergirse, más tarde, en informes de culto con una realización en
torno a los casos más diversos que deja prendado incluso a quienes
abominan de la práctica.
Desde los diez y once años mis hijos han crecido degustando el
estilo de este inglés gaditanizado que tuvo fuerzas para, con el
piloto de la metástasis y el de la socarronería encendidos, comentar
esto tras el último partido que interpretó, en Anfield naturalmemente:
«¡Joder! El Cholo quiere acabar conmigo. Me lo temía. Nos ha tocado el
equipo más masoquista de Europa, el que mejor sabe disfrutar
sufriendo».
Y ya sin la algarabía frecuentada, se apagó.
Bajo el cielo de París
Ocurrió durante el otoño del 16. Tras celebrarlo alrededor de la
familia, la pareja se reunió con el cogollito amigo para compartir un
aniversario de muchos quilates. Entre todos se le procuró una
escapadita a la ópera en el Covent Garden, pero el mayor regalo llegó
cuando la pareja extendió su cuaderno de firmas para guardar bajo
llave el anhelo y el afecto de aquellos con quienes piensa seguir
disfrutando de no pocas entregas.
Dado que cuando él vino al mundo la denominación de origen fue la
de un calendario acabado en cero a juego con una época en la que de
estudiante hubo de elegir entre los churros y el metro, este abril
alcanzaba un cumple redondo y una avanzadilla de la misma tropa había iniciado ya los pasos para sorprenderlos –forman un pack– con alguna travesura. Pero como la sorpresa se la llevaron ellos, los liantes
recurrieron a lo que quedaba al alcance y así la dupla despertó esa
mañana a los acordes de «Bajo el cielo de París», la ciudad soñada,
con un vuelo musical sobre las azoteas, sus plazas, las calles, los
bistró, el río y la torre junto a los registros de dos de las voces
actuales más cálidas a ambos lados de los Pirineos, una femenina y
otra masculina, que iluminan el deslumbrante paseo trazado en la
partitura de Dréjac & Giraud y que, desde los cincuenta, Juliette
Greco, Edith Piaf e Yves Montand llevaron por medio mundo a lomos de un acordeón que nunca perdió de vista el puente ni la isla de Saint
Louis.
Nadie ha robado ningún plan y hasta el imbécil que empezó a
tramarlo paladea un final bien distinto. El que corresponde a esa
pareja que los aglutinó y junto a la que han compuesto las melodías
más originales en torno a unos vasos de tinto después de compartir
estrenos de cualquier género, desde nacimientos hasta gloriosos baches
y cine del negro. El secreto no es otro que disponer de una buena
bodega de sano optimismo con la que regar a todo aquel que un día se
unió a la caravana de ciudadanos decentes que la pareja articuló a su
alrededor. Como para no cuidarla.
Al son de las respuestas
Antes de que el efeemeí y la oité pintaran el horizonte de negro, mi
economista de cabecera ya había trasladado su pesimismo. Pero por
entonces lo que me impactó fue la descripción por parte de un
enfermero novato del panorama que enfrentaban en uno de los hospitales más saturados y que, tras escuchar varias de sus ráfagas, me dejó con el ánimo en carne viva.
Poco a poco se han ido conociendo respuestas de otro sesgo. Jacinda
Ardern, premier neocelandeza de 39 añitos y dos en el cargo, que se
ganó los corazones con determinación y cercanía tras un atentado
terrorista, ha liderado el confinamiento estricto que en tres semanas
ha aplanado la curva dejándola en 1.400 casos y 9 fallecidos, lo que
da pie a poder pensar en esos pasos tan deseados. Antes donó el 20% de
su salario y del resto del gabinete a la lucha contra el coco. Y tan
en las antípodas.
De vuelta me pasmó la contestación de la hiperactiva Mercedes Milá
a la pregunta de Évole: «Si pudieses entrevistar a una persona, la que
fuese del mundo, pero que creas que es fundamental para el trance que
vivimos, ¿quién sería?». «Felipe VI». Qué salida más corta para una
requisitoria tan larga. Al igual que ella, también anda el tal Manuel
Valls enclavado en Menorca, adonde llegó horas antes del cierre. Las
redes no han tenido compasión. El profe Sala i Martí se pregunta si el
edil «sigue cobrando sus 95.000 euros» o utiliza la «enorme
experiencia e influencia mundial» para conseguir test o mascarrillas.
Otros se interesan por el tiempo que está haciéndole. Lo chocante es
que su mujer volvió a Barcelona tras enfermar y morir la madre por lo
que se ha refugiado allí y, él, en la mansión que Susana Gallardo
tiene en la isla, donde se casaron en septiembre con fiestorro de tres
días e invitados como Preysler, el escritor de compañía, Pedrojota y
grandes propietarios…todo muy transversal. Asegura que está en
contacto con Colau, pero su Twitter rebosa francés porque se apunta a
que está sopesando la oportunidad e ir como siempre a su aire, de acá
para allá. Es el peligro de los virus.
Subidón con la estantería
Por las noches me desvelo y trago saliva ante el temor de que vuelva
el dolor de garganta. A falta de test, buena son mañas. Me quedo
comiéndome el tarro sobre la compra, descarto el súper aunque fuera lo previsto y me decanto por la frutería donde la haces al aire libre. Quieras que no el recelo se ha apoderado de uno.
Nada más terminar la incursión alimentaria, agarro el black+decker
y le acoplo un taladro del cinco. Dadas las virtudes demostradas
durante años, la respiración se contiene en el entorno y, entretanto,
disparo. Como los agujeros parecen alineados, cojo la estantería por
mi cuenta. Después de apretar interminables hileras de tornillos queda
firme, más que digna ella, y yo con una molesta ampolla que afianza mi
orgullo. Sin duda, más que recomendable para inútiles declarados.
El artilugio que nos tiene interconectados permanece en danza. La
recomendación de Unorthodox, la serie que escarba en la comunidad
judía Satmar que habita en el Williamsburg de Brooklyn, gana de largo
el plebiscito. Siempre me ha dado escalofrío e introducirte en el
aislamiento que la envuelve en plena capital del mundo, te deja frito.
No, no, no estoy dispuesto a levantar el pie ni a que se debiliten los
lazos. Una reputada psicóloga advierte que, de lo más complejo, será
restaurar las relaciones sociales. No creo que más que cuidarlas y
mantenerlas en condiciones normales. Quien me subyuga es el noruego
Finn Kydland, Nobel de Economía. Tras señalar que «la clave será
mantener el capital humano», se baja virtualmente a la barra de un
bar: «La cuestión estriba en si continuará teniendo las mejores
croquetas de jamón cuando vuelva a abrirse». Es calcado a lo que se
decía en los cuarenta: «No se puede comparar a lo de antes de la
guerra», aserto que lo mismo valía con un par de calcetines que con el
arroz con costra.
Para rematar la faena me meto un capítulo sobre el nacimiento de
Eta y otro en torno al tormento de vida con la que se inició Freud, no
sé si en una sórdida confluencia del insconciente. Que lo resuelva su
padre.
Complejidad del tablero
Dos parejas fuimos a ver El plan al cine. ¿Recuerdan las salas? Siento
removerlo. Antonio de la Torre -cómo no-, Arévalo y un tal Chema del Barco, que hizo la pieza en teatro, dan vida al drama social. Tras el
despido masivo, se citan en casa del primero a la que acuden con unas
bolsas apañadas. Los planos cortos trasladan la desazón con salidas de
tono, amargor y ocurrencias y donde el departamento de recursos
humanos flota en el ambiente sin que acabe de desvelarse para qué han
quedado con otro grupo. El guión, sustentado en la gestualidad del
trío, mantiene en vilo hasta que la descarga final trae consigo gran
perturbación y solo entonces es cuando se coge de aquí y de allá hasta
componer el colosal puzzle. La recomendamos con fruición pero en pocos días cerraron las salas. Tremendo final, ya digo.
De ahí nos fuimos al «croqueta-fórum», dispuestos a destripar el
impacto y lo hicimos con ansia y emoción contenida el tiempo
necesario. En concreto, hasta que entró en escena Sánchez y acaparó la
atención, que es para lo que ha nacido. A quien tengo a la derecha le
resulta superior a sus fuerzas pero, para desgracia del presi, no
desde el rencor, sino argumentádolo. No soporta sus contradicciones ni
los ataques a la igualdad en el reparto, por lo que las sentadas con
Torra lo tienen que no se aguanta. Desde enfrente le arrojan el nombre
de Casado a lo que responde que le parece un buen delegado de clase
aunque, tras una encendida diatriba, admite que sí, que mejor
subdelegado.
Aquello no, no era el fin del mundo y, sí, estamos aquí hoy con los
mismos. El pensador y ensayista Noah Harari, autor de Sapiens. De
animales a dioses, lo ha escrito hace horas: «Nos enfrentamos a esta
crisis sin ningún líder mundial capaz de inspirar, organizar y
financiar una respuesta global coordinada». Como para preguntarle por
los nuestros… Y encima habría que estar pensando ya en todo lo que
hay que ajustar para llevar mayor sensatez al planeta, una vez
contenida la plaga que tenemos encima. Vaya, será por puzzles.
La enturbiada resurrección
Pedro Piqueras no se anduvo con rodeos y fue flechado a las
entendederas: «Usted, ahora, viendo lo que está pasando, dotaría de
más y mejores recursos en todos los sentidos a la Sanidad Pública». Y
Casado, envuelto en barba, dejó el recado verbolampiño sobre el que
camina desde que se hizo con las riendas de la cofradía a la que
intenta guiar: «Bueno, solo hay que recordar que el sector público se
financia con impuestos del sector privado». Así es porque es asao. El
pimpollo, fiel a su credo, encumbró con unas dobles figuras al sector
equis por encima del paisanaje mondo y lirondo. No hay, pues, viraje
que valga. El viacrucis, que continúa.
El caso es que, al igual que siempre a lo largo de las cuatro últimas décadas, mi hermana me preguntó si llegaríamos a la hora de comer. Nos hemos juramentado para que de ésta no se descompongan los ritos, puesto que las tradiciones tampoco es que vayan a desvanecerse de buenas a primeras. Con la luna presidiendo ya en lo más alto, le ofrecí por respuesta el parte de la jornada: «He visto la salida del Señor; la chicotá de ensueño ante el monumento que nunca nos perdemos; el inicio de la carrera oficial; la despedida de la catedral y la subida por la cuesta tocándole los Campanilleros y la Saeta. Estoy baldado». «¡Hijo, mete los pies en remojo. Como ahora me toca, voy a ponerme unos zapatos cómodos». A pesar del plan, pondría la mano en el
fuego que lo hizo.
Sí porque yo, que le llevo tres años, nací aún en casa de la abuela
pero ella, que ha inoculado en grado sumo veneraciones paternas,
nació en la residencia, se mantiene desde entonces devota de la
liturgia y lidera el fervor familiar por el ideario que emana de la
real e ilustre hermandad del Dulce Nombre de la Sanidad Pública. La
misma en la que, como en plagas bíblicas precedentes y no tan bíblicas, subsiste el riesgo de que desfilen no pocos componentes en cuanto afloje la estación de penitencia. ¿Que es un invento porque, por no haber, no ha habido ni programa… de mano? Sí, pero la procesión va por dentro.
Domar la cabecita
Dentro del ansia del redactor jefe porque la plebe ahuecara y no
reflejase la calle desde la comodidad del fijo, las cabeceras
registran casos de todos los colores y condición. Uno de los más
celebrados es el de un compadre que se cepillaba textos en un
santiamén o se limitaba a cambiar cifras de la crónica precedente y,
en vista de que al poco de llegar tenía el trabajo hecho de aquella
manera, claro, dejaba sus gafas estratégicamente para que todo el
mundo lo creyera en el servicio o así y no era sencillo verle el pelo.
Nadie podía imaginar que estábamos ante un adelantado a su tiempo.
El redaccional es hoy un paisaje descarnado e inhóspito y, sin
embargo, jamás lo he conocido tan metido donde persigue entrar. El
agradecimiento por la compañía y las pinceladas de situación se
amontonan, sobre todo por lo primero. Estamos ante un imán que ha
logrado sacar de su enclaustramiento a Almodóvar si se tiene en cuenta que andar confinado era su modo de vida. Y un par de semanas atrás le dio por hacerse presente a través de, más que un artículo, un relato para el diario.es de Escolar, que le quedó redondo. Suma otros dos de diferente tinte pero conoce a tanta estrellita que la tentación se le derrama y él es propenso. Se trata de uno de esos arranques que El país nunca entendió que no cayeran en su cesto y que, a pesar de los registros transitados por la denominada biblia progre, aún debe costarle digerirlo sin descartar que en el manchego lo que lata sea propinar un boyerazo como dios manda.
Atravesamos un estado propenso a saltar a la más mínima. En
referencia a Pablo Iglesias, Ussía ya se anda en que lo peor «no es
abandonar a una mujer con tres críos; la tragedia es tener de suegro a
Verstrynge», todo al haberse quedado sin contraportada en La razón
tras varios lustros, censurado según él. Leyendo lo que envió cuesta
tragárselo. Es más, creo a Marhuenda cuando señala que se negó a
compartir espacio con él advirtiendo que la página era suya. A este
paso, no descarto que llegue el día en que afirme que Inda dice la
verdad. Mejor no pensar adónde nos encaminamos.