Hay que tener valor

Me echo a la cara la intervención del nuevo portavoz del Consell que, dentro del apartado en el que da fe de que han dejado caer a los dos cargos más cercanos al expresidente, remacha del siguiente modo la referencia a los servicios prestados de quienes el fatídico 29-O se encontraban igual de lejos de donde ocurría lo que ocurría: «Han entregado todas sus capacidades a un servicio enormemente exigente dedicando lo mejor de su tiempo, de su vida. Por tanto les estamos enormemente agradecidos». Uno de ellos quiso dejar constancia por escrito de lo que en esta coyuntura siente hacia el que fuera su jefe: «Me quedo con todo lo vivido juntos, aprendiendo de cada paso que dabas, aprendiendo a ser buena persona…Una y mil veces más volvería a hacer todo de la misma manera a tu lado».
     Me coloqué las zapatillas, fui a andar deprisa, deprisa y vino Serrat en mi auxilio, quien en México, donde alrededor de la feria del libro de Guadalajara, se vio obligado a suspender un encuentro con cientos y cientos de personas debido a que el alboroto de tantos como no podían acceder hacía imposible escuchar algo. Antes, mientras el Nano y un escritor muy cercano se desdoblaban en el relato de experiencias compartidas la cabeza, que para eso está, emprendió el recuento de la de veces que le hemos acompañado con su apostura y magnetismo sobre el escenario, en mi caso desde el verano del 72 la bendita tarde en la que confesó tenerla en «conserva» para a continuación estrenarla dejándonos estremecidos con las «Nanas de la cebolla» hasta la noche de la gira de despedida junto a la pareja de amigos nacida en aquella década y de la que no tenemos intención alguna de despegarnos mientras el cuerpo aguante.
     Finalmente Serrat volvió, los asistentes emplearon el lenguaje de señas agitando suavemente las manos en el aire para que no se escuchara una mosca y a mí su compañía me recompuso el cuerpo. Ante lo que tenemos aquí encima, el bálsamo a emplear se torna cada vez más exigente.

Un varón singular

Toni Cantó se pone al frente en À Punt de una novedad llamada El debat, espacio semanal de tres horas de duración previsto para arrancar sobre las once menos cuarto de la noche. ¿Ven? No todas las noticias van a ser malas.
     La verdad es que a este varón singular puedes encontrártelo en cualquier sitio ya que cuando no hace de actor va en una papeleta electoral que no tiene porqué ser la que defendía en la votación anterior o desplegando sus virtudes de profe en disciplinas varias. Como recordarán, tras renunciar a su escaño de Ciudadanos en las Cortes Valencianas, fue metido con calzador nueve días después en la lista del pepé a la Asamblea de Madrid y, dado que el Tribunal Supremo dictaminó la anulación de la candidatura al haberse empadronado fuera de plazo, la sacrosanta chulapa de la Comunidad le concedió a su arbitrio la Oficina del Español desde donde a los dos días de clausurarse lo tomó en sus brazos canal 7NN, patrocinado por la Fundación Francisco Franco, siendo director creativo hasta que el invento echó el cierre al palmar más de cinco millones de euros. No se preocupen, por favor. Aquí pagamos nosaltres.
     Para estrenarse han puesto en manos del galán una cuestión que le viene como anillo al dedo: «¿Está en crisis el feminismo?». Aunque su currículum sea tan extenso es difícil olvidar que el entonces portavoz de Igualdad en el Congreso de upeydé soltó por las redes que la mayoría de las denuncias por violencia de género eran falsas, lo que obligó a Rosa Díez a decirle que rectificase. Pero hoy este adalid se mueve en aguas propicias puesto que la tele pública ha rebajado su libro de estilo en perspectiva de género, de donde ha eliminado el capítulo sobre el tratamiento informativo de la violencia machista. Es bien sabido quién maneja los hilos que propulsa a un president de la Generalitat tras otro y eso bien vale cubrirse con esmalte negacionista y lo que gusten. Bueno, luego está el plantel de invitados, ¡uf! Será el viernes. Cuento las horas.

El tortuoso camino

Desde el impacto que produjo dos años atrás la francesa «Anatomía de una caída» el reguero de crónicas, reportajes y demás  que han incluido en el titular un término escasamente empleado ha sido incesante. El último, «Anatomía de un instante». Feijóo debía estar cansado y acabó con el ciclo de un plumazo. Algo es algo.
     Podía dar una cierta pereza volver a coger el rábano del 23-F por las hojas. Pero qué va. La recreación da lustre al intríngulis a lomos de tres actorazos. Álvaro Morte procrea el espíritu osado de quien procediendo del régimen anterior aceptó el encargo de fundirlo. Encima cuando entraba Tejero en el Congreso él apagaba seis velas en su cumple tras haber venido al mundo el año en que murió el prota del golpe del 36. Predestinado parece que estaba. Habiéndose investido como profesor Marquina en «La casa de papel», estamos ante un perfil idóneo a la hora de conectar con las nuevas generaciones y hacerles llegar lo que concentran tramas de ese tenor. Y como cuenta con los aditamentos adecuados para enganchar, no quiero hacerme ilusiones pero la serie pinta de lo más oportuna para que jóvenes que se dejan seducir por quienes hacen tanto ruido capten que si estos cogiesen el timón, envueltos en la bandera que esconde las armas antes del trance propicio de imponer sus pisadas, iban a saber lo que es bueno.
     Paralelamente ha llegado a la gran pantalla «La voz de Hind» con la historia de la niña gazatí gritando auxilio en puertas de ser asesinada, y me he encontrado con el círculo próximo de cinéfilos absteniéndose de acudir: «Tenemos el ambiente muy amargo y está afectando». Sí, entradas en prisión con papel estelar; la Judicatura a porfía… Y escrutando a los que desfilan por la actualidad en modo señoría, contertulio o estrella mediática, el que de lejos mantiene mejores exposiciones con fundamento es Arguiñano. Desde los tragos afrontados por los seres primigenios de la Transición, tras los de la clandestinidad, se ha recorrido un camino tortuoso para testimoniar que la ejemplaridad es la utopía.

La sacudida

Ahí está sobre el escenario. Es «1936», estrenada en el Valle Inclán y que durante este año ha andado de gira constreñida por el montaje y el elenco que necesita quiero pensar. Tanto como para meter en cuatro horas largas la explosión de sentimientos que atraviesa. El inicio recoge en varias pantallas imágenes de los Juegos de Berlín mezclados con la presencia de la cartelería de las Olimpiadas Populares en Barcelona del 19 de julio que no llegaron a celebrarse por la competición de tiros que irrumpió en la víspera. Diríase que la obra es nuestro «Novecento» de Bertolucci en el que el protagonismo de la deriva de dos amigos inseparables ante la llegada del fascismo es ocupado por las dos Españas. Queipo de Llano entra en acción en el Centro Niemeyer de Avilés. Es 21 de noviembre. Salen a relucir calles, barrios y pueblos ensartados por el fuego candente al igual que en el desarrollo de la sinrazón se recitará el listado prolijo de quienes la fomentaron en la sombra. El trabajo de documentación ha sido de órdago. La incursión de Yagüe hacia Badajoz abre la ventana del escarnio de par en par. Pero es la huida de miles y miles de criaturas desde Málaga a Almería masacradas en la carretera con la inestimable colaboración de aviones alemanes e italianos los que rocían de espanto el auditorio. Azaña radia su agradecimiento a los compatriotas en el apoyo al Gobierno, aunque haber dispuesto de armamento fetén no les habría venido mal. Sobre todo porque Calvo-Sotelo venía recopilando dinero, medios y apoyos desde el advenimiento de la Segunda República en el 31 con su círculo de potentados. Madrid, Barcelona, la batalla del Ebro y Guernica conducen al desenlace. Decenas de espectadores se tumban junto a los actores cuando caen las bombas. Las canciones sirven de bálsamo al frenesí. Cuatro de nuestros mejores autores han deglutido el entramado para ver si de una vez por todas cerramos sus huellas como hay que cerrarlas, pese a quienes jamás permitirían esta obra en cartelera sin necesidad de verla siquiera. Así seguimos.

La empinada cuesta

Para los nacidos a mediados de los cincuenta en los límites recién urbanizados de una señora ciudad, la calle era el hábitat natural y el balón su profeta. Tras hacer la tarea, la sesión vespertina se remataba a la grupa del «Llanero solitario», ese justiciero enmascarado, activista de la no violencia, que disparaba con balas de plata para herir a los malhechores, nunca matar, y despedirse echando una mano a los más necesitados. Entre eso y llenar las huchas del Domund, el listado de criaturas dispuestas a ir a las misiones era de aúpa.
     Superada la frontera de la adolescencia, el de corresponsal de guerra se convirtió en predilección para los que detectaron con mira telescópica que el oficio de contar qué ocurre sin afán evangelizador no tenía nada que envidiar. Lo que pasa es que entonces estalló el Watergate y, por si fuera poco, al año siguiente le dio a Franco por morirse por lo que, entre un laberinto y otro, quienes se sentían atraídos por los portales de noticias comprendieron que no hacía falta irse muy lejos a la hora de localizar artefactos de largo alcance en los cajones de un partido, de una institución financiera, de un club o de cualquier otra sede, incluidas las episcopales dado que todos somos hijos de Dios.
     Una vez recompuesto el suelo patrio a fin de que dejara de ser tan antiguo, costó lo suyo hacerse al nuevo formato. Conociéndonos no era de extrañar que unos estiraran de aquí y otros de allá. Aún con nubarrones amenazantes amaneció y no pocos consumaron asignaturas pendientes. Efectivamente la galaxia periodística retomó su sentido y vivió la época de esplendor gracias, entre otras fruslerías, a la tendencia de un buen racimo de gobernantes a las perfidias. Sin embargo la singladura anda en solfa porque los gestores no están siendo capaces de dar respuesta a agobios como el de la vivienda mientras el plantel representativo se enzarza en litigios estériles a la vista de todos. Y es esa desazón extendida la que le viene de perlas a los que quieren volver atrás. Con lo que ha costado subir la empinada cuesta, tiene bemoles. 

Los pasos del otro calvario

Una cantidad considerable de cámaras se agolpa en el entorno de la mesa presidencial. El revuelo por la llegada del compareciente hace que los fotógrafos tomen posiciones. Imagino que ni en los mejores sueños previos al fatídico 29-O se pasó por la cabeza de Mazón que su presencia en Madrid concitaría una expectación de tal calibre. Pero por mucho que se afanase en mantener el tipo no está ante un buen sueño. Ignoro si alguna vez se arrepintió de no haber asumido su responsabilidad y haber presentado la dimisión como Dios manda por el desastre propiciado tras pedir perdón a las víctimas en primer término y al sinfín de afectados que somos todos para recluirse en casa, rumiar lo ocurrido y, a la espera las citaciones pertinentes, apechugar con las consecuencias.
     No, no tiene pinta de que el proceder cabal respaldado por la inmensa mayoría de ciudadanos a los que aún se debe entrara en sus registros y no les digo ya que tomase cuerpo de naturaleza. No, tal como se filtró en su día, el máximo responsable de la Generalitat optó por la indicación que al parecer le hizo el mandamás en la sombra de la formación conminándolo a que ni se le ocurriera poner pies en Polvorosa. No solo Aznar, Feijóo se ha esforzado en respaldar la continuidad hasta que la reacción de los afectados en vivo y en directo le explotó en la cara.
     Y ahora ahí anda en funciones, con quienes le alentaron a seguir en la cruzada contra la razón distanciados y a buen recaudo, exclusivamente atento al sesgo que toma la Justicia empeñada en poner sobre la mesa las omisiones cometidas durante la angustia, con el más que presunto encartado extendiéndose en lo pendiente que estuvo de lo que sucedía en las horas cruciales, aunque apostillando que en los treinta y tantos minutos desde el parking no oyó el móvil porque lo llevaba en la mochila. Dentro del camino elegido, Mazón se sometió durante la comisión de investigación al escarnio de sus señorías. Solo es una estación más del vía crucis. En el horizonte aguarda la sentencia.

Rosalía en todos los guisos

No sé cuánto le va a durar, pero entre las bancadas Rufián se ha convertido en el portavoz más eficaz del Gobierno central con diferencia. En la reciente sesión de control al mismo que viste y calza, el estilete del soci disparó la traca con la jugada que viene llevando a cabo erreteuveé confrontando con Feijóo sobre la visión que este tiene en torno a una innovación tan desbocada como mareante: «Cada vez que ustedes cogen el Ejecutivo lo que hacen con teuveé, directamente no se puede ver. Cambiaría a Pepa Bueno por Bertín Osborne, a Broncano por Vito Quiles y dejaría de aparecer Rosalía». Dentro de su habilidad característica, el jefe de Ayuso -de nada, Alberto- ratificó la tesis: «No, Rosalía sí aparecería». Para entonces, Sánchez ya hacía días que había puesto a la mujer del momento en la cima mundial de la música con el «deslumbrante lanzamiento de Lux» aunque, no conforme con ello, se fue a pasar una tarde a los estudios de Radio 3 y a hablar de sus gustos musicales entre los que destacó a la banda canadiense de indie y rock, Destroyer. Tratándose de quien se trata, es difícil no olerse una segunda intención.
     La cuestión sí contrastada es que, cuanto más se le complican al musicólogo los respaldos para mantener la legislatura con algún sentido, más caras conocidas se encaraman a la caravana del entretenimiento en el ente público a fin de acaparar la atención del personal. Belén Esteban, Resines… con el inestimable asesoramiento de Marina Castaño se afanan en la noble tarea de ponerle un dulce en la boca a la audiencia, mientras que Cristina Cifuentes y Alba Carrillo se cogen de la mano al son de «somos un ejemplo de que se puede y se debe convivir en esta sociedad polarizada». Para refrendarlo, El hormiguero recalcó el traje a medida en La 1 con la confección de colaboradores de la mesa política aprovechando que el Pisuerga pasaba por la BBC.
     No puedo negarles que me preocupa Rosalía. Tras su íntima confesión, al paso que va esto se le cortan los sueños húmedos.

El quebranto

Lo he escuchado una y otra vez. Un testimonio hondo. Toñi García comenzó su relato aferrándose como podía a la entereza. Duró lo que duró. En cuanto llegó al 31 y a la madrugada del 1 en que los buceadores encontraron los cuerpos en el garaje, uno el de Miguel y otro el de Sara, la hija de 24 años de ambos, la narración se quebró. Estaban juntos y fuera del coche, es lo único que le dijeron. Solo con eso ya tuvo suficiente para imaginar lo que habría sufrido su marido viendo que se ahogaba y que no podía hacer nada por salvarla. Y, sin embargo, prosiguió con el testimonio. En ningún instante se detuvo. Se lo debía a ellos y al resto de víctimas que andaban esparcidas en el camposanto abierto por quienes no estaban preparados ni atentos ni al cuidado de aquellos a los que debían de proteger. Querría haber sido ella quien bajase en lugar de Sara. No para suicidarse como espetó el vivales en otra de las comparecencias del momento, sino para haberse ido con él, descansar en el más allá y no tener que pensar a diario en cómo lo pasaría su niña a oscuras, con frío, barro y sin poder respirar porque así sería ella quien siguiese adelante con toda una vida por explorar. Cada soplo de recuerdo, un tormento. No digamos nada del troncal que supuso la propuesta postrera de la chavala de que le ayudaran a hacerse con un piso en esa finca, vivir con su chico, ayudarles en cuanto se hicieran mayores y que ellos les echaran una mano cuando viniesen los críos. Toñi no solo ha perdido la parte más codiciada de la razón de su existencia, además abre la puerta al reclamo del timbrazo con la maldición de que jamás entrarán por ella los diablillos que su hija había dibujado en el horizonte. Y también sacó fuerzas para señalar que el «infierno real de destrucción, de muerte y de oscuridad» no supuso el final del impacto. Denunció que, a semejante dolor, desconcierto y desasosiego, le siguió un «silencio institucional» de los mismos que nunca han estado a la altura. Como tantos, no quiero olvidar lo ocurrido ni puedo. Sería Mazón.



Munilla entre tinieblas

El obispo de Orihuela-Alicante ha ido al cine. No suele acudir frecuentemente según reconoce, pero «Los domingos» reúne condimentos de sobra: chica de 17 años que quiere meterse a monja de clausura; autora de la obra no creyente y un prelado como él que se dirige a la audiencia a través del canal de YouTube «En ti confío». Difícil resistirse a la tentación.
     Y una vez revestido de crítico cinematográfico, para monseñor Munilla el que una directora con esas convicciones «se enfrente a algo así ya es impactante y tiene un gran mérito lo bien documentada que está» hasta el punto de considerarla «un milagro a día de hoy». Tiene toda la pinta de que el yutubero no conoce la trayectoria de la realizadora puesto que sus anteriores propuestas abordan situaciones sobradamente peliagudas que estallan en el entorno familiar y en ninguna de ellas toma partido, sino que opta por exponer las diferentes posturas con tal de propiciar que los espectadores se sumerjan en un arduo debate nada más volver la luz a la sala. Les aseguro que hay quienes llevan dos semanas dale que te pego.
     Pero si los perfiles que viene trazando Alauda Ruiz de Azúa en su recorrido creativo no pasan desapercibidos, los del religioso tampoco son mancos: activo frente al feminismo; a favor de las terapias de reorientación para homosexuales y, de la mano de Vox y de quien haga falta, contra la interrupción del embarazo. Observa en la peli un tratamiento impecable del director espiritual, ese curilla que intenta sonsacarle a la chavala sus intimidades. Así que por algún sitio habría de saltar. Y lo hace con la tía que es quien no ve que la tierna criatura se despida de este mundo: «Anda frustrada porque está divorciada». Aunque diría que este aspecto no pertenece al guion, le sirve para remachar: «¿No será acaso que esta mujer frustrada porque no ha sabido amar tiene envidia del amor puro de la sobrina?». En su repaso, Munilla apunta que le sorprende que el tema se lleve a la pantalla de forma «muy respetuosa». Cómo no le va a sorprender.

¡Vaya despedida!

Para uno de los pensadores conservadores más influyentes, el británico Roger Scruton, defensor del tradicionalismo, los factores primordiales de la dignidad humana estriban en las virtudes morales y cívicas. Desde un sesgo diferente reproduzco las palabras compuestas por Saramago en una de sus intervenciones públicas al poco de arrancar el siglo: «Digo exactamente lo que pienso, sin demagogia ni estrategia. Los reunidos saben que, con independencia de si coincide o no con lo que razono, soy honesto. Parece que la honestidad no se usa mucho en los tiempos actuales. Aunque no me lo prepare, digo lo que creo. Nadie podrá decir nunca que le he engañado. La gente tiene necesidad de que le hablen con honestidad». Dos figuras alejadas en su posicionamiento sobre las cuestiones que nos determinan y un estadio común: la rectitud.
     Ninguno de ellos hubiera soportado la intervención escogida por Carlos Mazón para decir que ya está bien, que ya no puede más. Un relato compuesto esencialmente para la jueza. Para apuntar que sí, que cometió algún error, pero que los verdaderos culpables fueron las agencias estatales que no dieron una y, a continuación, el Gobierno central que lo único que busca es hundirlos en la miseria dentro del argumentario negociado a todas luces con el jefe. De modo que, ante el temor a declararse responsable de lo sucedido, era del todo imposible que se detuviera a pedir perdón a las víctimas puesto que él pasaba por allí como quiso enfatizar en el desiderátum con el que subrayó que una cosa es tener un fallo, como le ocurrió a él, y otra es ser mala persona como lo es Sánchez. Una radiografía precisa de las virtudes morales y cívicas que constituyen la dignidad de la persona. Afortunadamente Scruton se lo ha perdido.
     En medio de la defensa personal y de los adláteres no encontró espacio para aclarar las zonas oscuras del día de autos que aún permanecen, ocultó hasta lo inverosímil los compuestos de su despedida y se tomó la baja médica. ¡Ay, por Dios! Discúlpanos.