Las buenas intenciones

Algunas navidades atrás Campofrío lanzó un anuncio que, al igual que compañías de otras actividades, nos coloca un dulce en la boca. Arranca con prisioneros transportados en un camión durante la guerra. La cámara fija su atención en un chaval a quien una de su quinta le suelta «¡rojo!» a lo que él responde «¡fascista!», con un aviso que inaugura reproches espetados en el interior de las viviendas. El mensaje indica que «en este país las personas de diferente ideología, credo o forma de vida están condenadas al desacuerdo» y da paso a recriminaciones que se abren con él diciéndole «¡españolista!» y ella tildándolo de «independentista, a lo que siguen secuencias de este tenor bajo otros techos: «¡manifa!»/ ¡madero!!»; «¡taurina!»/¡antitaurino!»; «palangana! (sevillista)»/«verderón! (del otro)»; «¡come hierbas!»/¡carnívoro!»; «¡podemita!»/¡casta!»; «¡beata!/¡pagano!». La guinda repleta de buenas intenciones se cierra alentando a la audiencia a «que nadie nos quite nuestras diferencias; que nadie nos quite nuestra capacidad de superarlas». Corría diciembre de 2016. Poco más de un año después, moción de censura al canto, Rajoy a vivir que son dos días y Sánchez toma las riendas y qué riendas con su manual de supervivencia repleto de ediciones corregidas. Y hasta hoy, paisanos.
       En 2025, mientras el tradicional spot de la Lotería y el de la compañía Iberia ponen el acento en el papel redentor de los abuelos tras las peripecias de los protagonistas hasta llegar a ellos, la marca cárnica está en un bucle. No solo continúa con la polarización a cuestas sino que, para a ver si la superamos, ha metido a Ana Rosa Quintana en el lote de ángeles de la guarda. Un grupo dedicado a impulsar campañas de marketing y ofrecer «regalo ideal para tu empresa» ha salido a la palestra preguntándose: «¿Era necesario?». Los de El Pozo se limitan a mirar. La cruzada navideña contra el encono instalado no da más de sí. Un día de estos habría que pensar en bajar el suflé. Si los prebostes no lo hacen por nosotros, al menos que lo hagan por Campofrío.

Cuidado con dormirse

Fernando Vallespín, catedrático, politólogo el hombre, fue el encargado de cerrar un ciclo en torno a la figura de Hannah Arendt con motivo del cincuenta aniversario del fallecimiento, que no de su desaparición. Joder con el 1975, conmemoración viene, conmemoración va.
     El caso es que hay gente que asiste de pie noventa minutos. Las tres citas fijadas para indagar en el universo de la teórica política alemana de origen judío han estado a reventar. Hay esperanzas. Reencontrarse con la autora se ha convertido en un ejercicio de resistencia dado el momentazo mires para donde mires. El presentador del acto pide disculpas al no haber podido trasladar la cita al salón más espacioso debido a que anda con un montaje teatral. Nada más arrancar la disertación se cuelan voces de procedencia indeterminada puede que de los ensayos de la obra en danza. Poco a poco van haciéndose más nítidas y lo que penetra en el auditorio son eslóganes de una mani. Parecía una performance para reforzar las teorías de Arendt cuando señala que el fundamento del totalitarismo es que no puede discutirse sus presupuestos al existir un diseño preestablecido para la sociedad donde los ciudadanos se sienten superfluos. Nadie del público puso mala cara por la distorsión reinante. Bendita sea pensando en tramos terroríficos de la historia.
     Los que protestaban en la calle eran docentes denunciando que «en las aulas ya no se puede trabajar». Para la pensadora de referencia las democracias modernas han de tener cuidado con la burocracia y la alienación de las masas. Ojo, diría ella, que como se fortalece es con la participación ciudadana activa en la toma de decisiones, no solo votando y se vacuna con respuestas adecuadas a demandas sólidas y bien cohesionadas. También los médicos se echaron a la calle esa jornada. Y me encontré a uno que no solo se siente quemado y minusvalorado, sino que el input que recibe es que no se apure. Se ha pegado diez años estudiando Medicina y ahora resulta que el tiempo lo cura todo.

Con la boca abierta

Hace justo un mes murió la catalana Angelina Torres que, a sus 112 años y medio, se había convertido en la más longeva del país. Queriendo hacer patria, La Vanguardia pasó la antorcha a la olotina Carmen Noguera con 111 acreditados. Pero a los diez días el abecé replicó que la plusmarquista se encontraba en Zambroncinos del Páramo, cerca de La Bañeza, puesto que Teresa Fernández sopló en julio pasado 112 velas. Y tras ellas aparece el extremeño Jesús Redondo con 110 a cuestas. El bronce tiene su mérito porque es de los pocos de su género que consigue meter cabeza en el podio.
     En la familia estamos al tanto de esta secuencia porque el día de Todos los Santos la señora Esther se enfundó el maillot blanco que comparte con los participantes más prometedores de la distancia al entrar en los 107. Hasta hace seis años vivió sola pero una caída propició que los cuatro hijos se turnen y, como dos de ellos viven lejos desde hace la tira, eso también le ha dado vida. Sí, porque el encuentro multitudinario se inició al cumplir los ochenta donde ya empezó a despedirse antes de dar paso a unas palabras con las que agradecer a hijos, nietos, bisnietos y adheridos el hecho de estar siempre ahí, la primera de las veintisiete alocuciones de despedida que vinieron a continuación a cada cual más certera, sentida y entrañable.
     Y todo ello gracias a cómo tiene la cabeza, estado que la conduce a no dejar de ejercer el mando ostentado secularmente, de tal modo que pase revista al llegar la cita de aniversario: «Pero, ¿solo eso habéis puesto de chacina? ¿Y dónde están las aceitunas? No, hombre, no, esos platos no. Coged los que están ahí abajo». Es que no es normal. Y cuando saca a relucir la memoria cualquiera se compara. Así que no es de extrañar que andemos al tanto del ranking de pervivencia. De hecho el cetro mundial está hoy en manos de la británica Ether Caterham tras alcanzar los 116 y, francamente, nosotros no descartamos nada. Otra cosa será que lo veamos.

Hay que tener valor

Me echo a la cara la intervención del nuevo portavoz del Consell que, dentro del apartado en el que da fe de que han dejado caer a los dos cargos más cercanos al expresidente, remacha del siguiente modo la referencia a los servicios prestados de quienes el fatídico 29-O se encontraban igual de lejos de donde ocurría lo que ocurría: «Han entregado todas sus capacidades a un servicio enormemente exigente dedicando lo mejor de su tiempo, de su vida. Por tanto les estamos enormemente agradecidos». Uno de ellos quiso dejar constancia por escrito de lo que en esta coyuntura siente hacia el que fuera su jefe: «Me quedo con todo lo vivido juntos, aprendiendo de cada paso que dabas, aprendiendo a ser buena persona…Una y mil veces más volvería a hacer todo de la misma manera a tu lado».
     Me coloqué las zapatillas, fui a andar deprisa, deprisa y vino Serrat en mi auxilio, quien en México, donde alrededor de la feria del libro de Guadalajara, se vio obligado a suspender un encuentro con cientos y cientos de personas debido a que el alboroto de tantos como no podían acceder hacía imposible escuchar algo. Antes, mientras el Nano y un escritor muy cercano se desdoblaban en el relato de experiencias compartidas la cabeza, que para eso está, emprendió el recuento de la de veces que le hemos acompañado con su apostura y magnetismo sobre el escenario, en mi caso desde el verano del 72 la bendita tarde en la que confesó tenerla en «conserva» para a continuación estrenarla dejándonos estremecidos con las «Nanas de la cebolla» hasta la noche de la gira de despedida junto a la pareja de amigos nacida en aquella década y de la que no tenemos intención alguna de despegarnos mientras el cuerpo aguante.
     Finalmente Serrat volvió, los asistentes emplearon el lenguaje de señas agitando suavemente las manos en el aire para que no se escuchara una mosca y a mí su compañía me recompuso el cuerpo. Ante lo que tenemos aquí encima, el bálsamo a emplear se torna cada vez más exigente.

Un varón singular

Toni Cantó se pone al frente en À Punt de una novedad llamada El debat, espacio semanal de tres horas de duración previsto para arrancar sobre las once menos cuarto de la noche. ¿Ven? No todas las noticias van a ser malas.
     La verdad es que a este varón singular puedes encontrártelo en cualquier sitio ya que cuando no hace de actor va en una papeleta electoral que no tiene porqué ser la que defendía en la votación anterior o desplegando sus virtudes de profe en disciplinas varias. Como recordarán, tras renunciar a su escaño de Ciudadanos en las Cortes Valencianas, fue metido con calzador nueve días después en la lista del pepé a la Asamblea de Madrid y, dado que el Tribunal Supremo dictaminó la anulación de la candidatura al haberse empadronado fuera de plazo, la sacrosanta chulapa de la Comunidad le concedió a su arbitrio la Oficina del Español desde donde a los dos días de clausurarse lo tomó en sus brazos canal 7NN, patrocinado por la Fundación Francisco Franco, siendo director creativo hasta que el invento echó el cierre al palmar más de cinco millones de euros. No se preocupen, por favor. Aquí pagamos nosaltres.
     Para estrenarse han puesto en manos del galán una cuestión que le viene como anillo al dedo: «¿Está en crisis el feminismo?». Aunque su currículum sea tan extenso es difícil olvidar que el entonces portavoz de Igualdad en el Congreso de upeydé soltó por las redes que la mayoría de las denuncias por violencia de género eran falsas, lo que obligó a Rosa Díez a decirle que rectificase. Pero hoy este adalid se mueve en aguas propicias puesto que la tele pública ha rebajado su libro de estilo en perspectiva de género, de donde ha eliminado el capítulo sobre el tratamiento informativo de la violencia machista. Es bien sabido quién maneja los hilos que propulsa a un president de la Generalitat tras otro y eso bien vale cubrirse con esmalte negacionista y lo que gusten. Bueno, luego está el plantel de invitados, ¡uf! Será el viernes. Cuento las horas.

El tortuoso camino

Desde el impacto que produjo dos años atrás la francesa «Anatomía de una caída» el reguero de crónicas, reportajes y demás  que han incluido en el titular un término escasamente empleado ha sido incesante. El último, «Anatomía de un instante». Feijóo debía estar cansado y acabó con el ciclo de un plumazo. Algo es algo.
     Podía dar una cierta pereza volver a coger el rábano del 23-F por las hojas. Pero qué va. La recreación da lustre al intríngulis a lomos de tres actorazos. Álvaro Morte procrea el espíritu osado de quien procediendo del régimen anterior aceptó el encargo de fundirlo. Encima cuando entraba Tejero en el Congreso él apagaba seis velas en su cumple tras haber venido al mundo el año en que murió el prota del golpe del 36. Predestinado parece que estaba. Habiéndose investido como profesor Marquina en «La casa de papel», estamos ante un perfil idóneo a la hora de conectar con las nuevas generaciones y hacerles llegar lo que concentran tramas de ese tenor. Y como cuenta con los aditamentos adecuados para enganchar, no quiero hacerme ilusiones pero la serie pinta de lo más oportuna para que jóvenes que se dejan seducir por quienes hacen tanto ruido capten que si estos cogiesen el timón, envueltos en la bandera que esconde las armas antes del trance propicio de imponer sus pisadas, iban a saber lo que es bueno.
     Paralelamente ha llegado a la gran pantalla «La voz de Hind» con la historia de la niña gazatí gritando auxilio en puertas de ser asesinada, y me he encontrado con el círculo próximo de cinéfilos absteniéndose de acudir: «Tenemos el ambiente muy amargo y está afectando». Sí, entradas en prisión con papel estelar; la Judicatura a porfía… Y escrutando a los que desfilan por la actualidad en modo señoría, contertulio o estrella mediática, el que de lejos mantiene mejores exposiciones con fundamento es Arguiñano. Desde los tragos afrontados por los seres primigenios de la Transición, tras los de la clandestinidad, se ha recorrido un camino tortuoso para testimoniar que la ejemplaridad es la utopía.

La sacudida

Ahí está sobre el escenario. Es «1936», estrenada en el Valle Inclán y que durante este año ha andado de gira constreñida por el montaje y el elenco que necesita quiero pensar. Tanto como para meter en cuatro horas largas la explosión de sentimientos que atraviesa. El inicio recoge en varias pantallas imágenes de los Juegos de Berlín mezclados con la presencia de la cartelería de las Olimpiadas Populares en Barcelona del 19 de julio que no llegaron a celebrarse por la competición de tiros que irrumpió en la víspera. Diríase que la obra es nuestro «Novecento» de Bertolucci en el que el protagonismo de la deriva de dos amigos inseparables ante la llegada del fascismo es ocupado por las dos Españas. Queipo de Llano entra en acción en el Centro Niemeyer de Avilés. Es 21 de noviembre. Salen a relucir calles, barrios y pueblos ensartados por el fuego candente al igual que en el desarrollo de la sinrazón se recitará el listado prolijo de quienes la fomentaron en la sombra. El trabajo de documentación ha sido de órdago. La incursión de Yagüe hacia Badajoz abre la ventana del escarnio de par en par. Pero es la huida de miles y miles de criaturas desde Málaga a Almería masacradas en la carretera con la inestimable colaboración de aviones alemanes e italianos los que rocían de espanto el auditorio. Azaña radia su agradecimiento a los compatriotas en el apoyo al Gobierno, aunque haber dispuesto de armamento fetén no les habría venido mal. Sobre todo porque Calvo-Sotelo venía recopilando dinero, medios y apoyos desde el advenimiento de la Segunda República en el 31 con su círculo de potentados. Madrid, Barcelona, la batalla del Ebro y Guernica conducen al desenlace. Decenas de espectadores se tumban junto a los actores cuando caen las bombas. Las canciones sirven de bálsamo al frenesí. Cuatro de nuestros mejores autores han deglutido el entramado para ver si de una vez por todas cerramos sus huellas como hay que cerrarlas, pese a quienes jamás permitirían esta obra en cartelera sin necesidad de verla siquiera. Así seguimos.

La empinada cuesta

Para los nacidos a mediados de los cincuenta en los límites recién urbanizados de una señora ciudad, la calle era el hábitat natural y el balón su profeta. Tras hacer la tarea, la sesión vespertina se remataba a la grupa del «Llanero solitario», ese justiciero enmascarado, activista de la no violencia, que disparaba con balas de plata para herir a los malhechores, nunca matar, y despedirse echando una mano a los más necesitados. Entre eso y llenar las huchas del Domund, el listado de criaturas dispuestas a ir a las misiones era de aúpa.
     Superada la frontera de la adolescencia, el de corresponsal de guerra se convirtió en predilección para los que detectaron con mira telescópica que el oficio de contar qué ocurre sin afán evangelizador no tenía nada que envidiar. Lo que pasa es que entonces estalló el Watergate y, por si fuera poco, al año siguiente le dio a Franco por morirse por lo que, entre un laberinto y otro, quienes se sentían atraídos por los portales de noticias comprendieron que no hacía falta irse muy lejos a la hora de localizar artefactos de largo alcance en los cajones de un partido, de una institución financiera, de un club o de cualquier otra sede, incluidas las episcopales dado que todos somos hijos de Dios.
     Una vez recompuesto el suelo patrio a fin de que dejara de ser tan antiguo, costó lo suyo hacerse al nuevo formato. Conociéndonos no era de extrañar que unos estiraran de aquí y otros de allá. Aún con nubarrones amenazantes amaneció y no pocos consumaron asignaturas pendientes. Efectivamente la galaxia periodística retomó su sentido y vivió la época de esplendor gracias, entre otras fruslerías, a la tendencia de un buen racimo de gobernantes a las perfidias. Sin embargo la singladura anda en solfa porque los gestores no están siendo capaces de dar respuesta a agobios como el de la vivienda mientras el plantel representativo se enzarza en litigios estériles a la vista de todos. Y es esa desazón extendida la que le viene de perlas a los que quieren volver atrás. Con lo que ha costado subir la empinada cuesta, tiene bemoles. 

Los pasos del otro calvario

Una cantidad considerable de cámaras se agolpa en el entorno de la mesa presidencial. El revuelo por la llegada del compareciente hace que los fotógrafos tomen posiciones. Imagino que ni en los mejores sueños previos al fatídico 29-O se pasó por la cabeza de Mazón que su presencia en Madrid concitaría una expectación de tal calibre. Pero por mucho que se afanase en mantener el tipo no está ante un buen sueño. Ignoro si alguna vez se arrepintió de no haber asumido su responsabilidad y haber presentado la dimisión como Dios manda por el desastre propiciado tras pedir perdón a las víctimas en primer término y al sinfín de afectados que somos todos para recluirse en casa, rumiar lo ocurrido y, a la espera las citaciones pertinentes, apechugar con las consecuencias.
     No, no tiene pinta de que el proceder cabal respaldado por la inmensa mayoría de ciudadanos a los que aún se debe entrara en sus registros y no les digo ya que tomase cuerpo de naturaleza. No, tal como se filtró en su día, el máximo responsable de la Generalitat optó por la indicación que al parecer le hizo el mandamás en la sombra de la formación conminándolo a que ni se le ocurriera poner pies en Polvorosa. No solo Aznar, Feijóo se ha esforzado en respaldar la continuidad hasta que la reacción de los afectados en vivo y en directo le explotó en la cara.
     Y ahora ahí anda en funciones, con quienes le alentaron a seguir en la cruzada contra la razón distanciados y a buen recaudo, exclusivamente atento al sesgo que toma la Justicia empeñada en poner sobre la mesa las omisiones cometidas durante la angustia, con el más que presunto encartado extendiéndose en lo pendiente que estuvo de lo que sucedía en las horas cruciales, aunque apostillando que en los treinta y tantos minutos desde el parking no oyó el móvil porque lo llevaba en la mochila. Dentro del camino elegido, Mazón se sometió durante la comisión de investigación al escarnio de sus señorías. Solo es una estación más del vía crucis. En el horizonte aguarda la sentencia.

Rosalía en todos los guisos

No sé cuánto le va a durar, pero entre las bancadas Rufián se ha convertido en el portavoz más eficaz del Gobierno central con diferencia. En la reciente sesión de control al mismo que viste y calza, el estilete del soci disparó la traca con la jugada que viene llevando a cabo erreteuveé confrontando con Feijóo sobre la visión que este tiene en torno a una innovación tan desbocada como mareante: «Cada vez que ustedes cogen el Ejecutivo lo que hacen con teuveé, directamente no se puede ver. Cambiaría a Pepa Bueno por Bertín Osborne, a Broncano por Vito Quiles y dejaría de aparecer Rosalía». Dentro de su habilidad característica, el jefe de Ayuso -de nada, Alberto- ratificó la tesis: «No, Rosalía sí aparecería». Para entonces, Sánchez ya hacía días que había puesto a la mujer del momento en la cima mundial de la música con el «deslumbrante lanzamiento de Lux» aunque, no conforme con ello, se fue a pasar una tarde a los estudios de Radio 3 y a hablar de sus gustos musicales entre los que destacó a la banda canadiense de indie y rock, Destroyer. Tratándose de quien se trata, es difícil no olerse una segunda intención.
     La cuestión sí contrastada es que, cuanto más se le complican al musicólogo los respaldos para mantener la legislatura con algún sentido, más caras conocidas se encaraman a la caravana del entretenimiento en el ente público a fin de acaparar la atención del personal. Belén Esteban, Resines… con el inestimable asesoramiento de Marina Castaño se afanan en la noble tarea de ponerle un dulce en la boca a la audiencia, mientras que Cristina Cifuentes y Alba Carrillo se cogen de la mano al son de «somos un ejemplo de que se puede y se debe convivir en esta sociedad polarizada». Para refrendarlo, El hormiguero recalcó el traje a medida en La 1 con la confección de colaboradores de la mesa política aprovechando que el Pisuerga pasaba por la BBC.
     No puedo negarles que me preocupa Rosalía. Tras su íntima confesión, al paso que va esto se le cortan los sueños húmedos.