El quebranto

Lo he escuchado una y otra vez. Un testimonio hondo. Toñi García comenzó su relato aferrándose como podía a la entereza. Duró lo que duró. En cuanto llegó al 31 y a la madrugada del 1 en que los buceadores encontraron los cuerpos en el garaje, uno el de Miguel y otro el de Sara, la hija de 24 años de ambos, la narración se quebró. Estaban juntos y fuera del coche, es lo único que le dijeron. Solo con eso ya tuvo suficiente para imaginar lo que habría sufrido su marido viendo que se ahogaba y que no podía hacer nada por salvarla. Y, sin embargo, prosiguió con el testimonio. En ningún instante se detuvo. Se lo debía a ellos y al resto de víctimas que andaban esparcidas en el camposanto abierto por quienes no estaban preparados ni atentos ni al cuidado de aquellos a los que debían de proteger. Querría haber sido ella quien bajase en lugar de Sara. No para suicidarse como espetó el vivales en otra de las comparecencias del momento, sino para haberse ido con él, descansar en el más allá y no tener que pensar a diario en cómo lo pasaría su niña a oscuras, con frío, barro y sin poder respirar porque así sería ella quien siguiese adelante con toda una vida por explorar. Cada soplo de recuerdo, un tormento. No digamos nada del troncal que supuso la propuesta postrera de la chavala de que le ayudaran a hacerse con un piso en esa finca, vivir con su chico, ayudarles en cuanto se hicieran mayores y que ellos les echaran una mano cuando viniesen los críos. Toñi no solo ha perdido la parte más codiciada de la razón de su existencia, además abre la puerta al reclamo del timbrazo con la maldición de que jamás entrarán por ella los diablillos que su hija había dibujado en el horizonte. Y también sacó fuerzas para señalar que el «infierno real de destrucción, de muerte y de oscuridad» no supuso el final del impacto. Denunció que, a semejante dolor, desconcierto y desasosiego, le siguió un «silencio institucional» de los mismos que nunca han estado a la altura. Como tantos, no quiero olvidar lo ocurrido ni puedo. Sería Mazón.



Munilla entre tinieblas

El obispo de Orihuela-Alicante ha ido al cine. No suele acudir frecuentemente según reconoce, pero «Los domingos» reúne condimentos de sobra: chica de 17 años que quiere meterse a monja de clausura; autora de la obra no creyente y un prelado como él que se dirige a la audiencia a través del canal de YouTube «En ti confío». Difícil resistirse a la tentación.
     Y una vez revestido de crítico cinematográfico, para monseñor Munilla el que una directora con esas convicciones «se enfrente a algo así ya es impactante y tiene un gran mérito lo bien documentada que está» hasta el punto de considerarla «un milagro a día de hoy». Tiene toda la pinta de que el yutubero no conoce la trayectoria de la realizadora puesto que sus anteriores propuestas abordan situaciones sobradamente peliagudas que estallan en el entorno familiar y en ninguna de ellas toma partido, sino que opta por exponer las diferentes posturas con tal de propiciar que los espectadores se sumerjan en un arduo debate nada más volver la luz a la sala. Les aseguro que hay quienes llevan dos semanas dale que te pego.
     Pero si los perfiles que viene trazando Alauda Ruiz de Azúa en su recorrido creativo no pasan desapercibidos, los del religioso tampoco son mancos: activo frente al feminismo; a favor de las terapias de reorientación para homosexuales y, de la mano de Vox y de quien haga falta, contra la interrupción del embarazo. Observa en la peli un tratamiento impecable del director espiritual, ese curilla que intenta sonsacarle a la chavala sus intimidades. Así que por algún sitio habría de saltar. Y lo hace con la tía que es quien no ve que la tierna criatura se despida de este mundo: «Anda frustrada porque está divorciada». Aunque diría que este aspecto no pertenece al guion, le sirve para remachar: «¿No será acaso que esta mujer frustrada porque no ha sabido amar tiene envidia del amor puro de la sobrina?». En su repaso, Munilla apunta que le sorprende que el tema se lleve a la pantalla de forma «muy respetuosa». Cómo no le va a sorprender.

¡Vaya despedida!

Para uno de los pensadores conservadores más influyentes, el británico Roger Scruton, defensor del tradicionalismo, los factores primordiales de la dignidad humana estriban en las virtudes morales y cívicas. Desde un sesgo diferente reproduzco las palabras compuestas por Saramago en una de sus intervenciones públicas al poco de arrancar el siglo: «Digo exactamente lo que pienso, sin demagogia ni estrategia. Los reunidos saben que, con independencia de si coincide o no con lo que razono, soy honesto. Parece que la honestidad no se usa mucho en los tiempos actuales. Aunque no me lo prepare, digo lo que creo. Nadie podrá decir nunca que le he engañado. La gente tiene necesidad de que le hablen con honestidad». Dos figuras alejadas en su posicionamiento sobre las cuestiones que nos determinan y un estadio común: la rectitud.
     Ninguno de ellos hubiera soportado la intervención escogida por Carlos Mazón para decir que ya está bien, que ya no puede más. Un relato compuesto esencialmente para la jueza. Para apuntar que sí, que cometió algún error, pero que los verdaderos culpables fueron las agencias estatales que no dieron una y, a continuación, el Gobierno central que lo único que busca es hundirlos en la miseria dentro del argumentario negociado a todas luces con el jefe. De modo que, ante el temor a declararse responsable de lo sucedido, era del todo imposible que se detuviera a pedir perdón a las víctimas puesto que él pasaba por allí como quiso enfatizar en el desiderátum con el que subrayó que una cosa es tener un fallo, como le ocurrió a él, y otra es ser mala persona como lo es Sánchez. Una radiografía precisa de las virtudes morales y cívicas que constituyen la dignidad de la persona. Afortunadamente Scruton se lo ha perdido.
     En medio de la defensa personal y de los adláteres no encontró espacio para aclarar las zonas oscuras del día de autos que aún permanecen, ocultó hasta lo inverosímil los compuestos de su despedida y se tomó la baja médica. ¡Ay, por Dios! Discúlpanos.

La plusmarca

No sé, ¿pero qué pensaba Carlos Mazón que iba a ocurrir si se negaba a asumir la responsabilidad en lo ocurrido tras el interminable espectáculo de versiones que ha venido ofreciendo en torno a su papelón en la dramática jornada? ¿Cómo es posible que alguien que sustancialmente se labró la carrera profesional por la forma en que desplegó las relaciones públicas se haya transformado en un ser incapaz de congeniar? ¿Se reconoce o ni siquiera se lo plantea?
     Mientras comía tan ricamente y, cuando ya se conocían los estragos que la riada iba dejando y el peligro que la situación provocaba, todavía hay mucha gente que un año después no deja de preguntarse cómo nadie del plantel de confianza lo puso en alerta, le espetó pero qué hace ahí, presidente, y lo cogió de la solapa a distancia para que moviese el culo e inmediatamente se encaramase al puesto de mando. ¿O lo situaron y prefirió seguir con el menú? El equipo que lo rodea, ¿fue seleccionado a fin de realizar los análisis pertinentes de aquello a lo que hay que enfrentarse o está elegido con esmero para darle siempre la razón y, si se tercia, preparar una declaración institucional en su día más difícil con tal de que los acólitos «compensen» con palmas el recibimiento que los afectados le dispensarán a renglón seguido? Viendo el devenir de Mazón desde que se produjo el espanto la cuestión se responde sola.
     En estos momentos ignoro si, después de que la periodista que intentó pasar desapercibida declare ante la jueza y de que las víctimas lo hagan en la Comisión de investigación del Congreso, el presidente de la Generalitat promoverá un cambio en su Ejecutivo para darle un mayor impulso a semejante tomate o si tomará las de Villadiego. Tanto en un caso como en otro se ha convertido en el dirigente más cuestionado de toda esta época democrática gracias a que la leña recibida ha sido transversal, lo cual tiene su mérito en medio de la polarización que nos invade. Y ese logro ya no se lo va a quitar nadie.

Maldito día que aquí sigue

La travesía de estaciones hasta volver al día más temido ha supuesto un carrusel de altibajos en el estado de ánimo que ni los propios seres humanos se explican cómo han llegado de pie hasta aquí encontrándose como están de malheridos. La cabeza no ha parado un solo instante y no deja de preguntarse por qué decidió bajar al garaje con lo cuidadoso que era, pero no quiso Dios que midiera el riesgo. Más duro aún es preguntarse a cada paso cómo fue incapaz de sujetar con más fuerza a la criatura, sin que nadie consiga convencerlo de que hizo cuanto estaba a su alcance. Y no va a ser fácil lograrlo.

     Centenares de críos han incorporado a la rutina mirar por la ventana cada dos por tres esperando que no diluvie del pavor que les entra. El barro se ha transformado en otro de los fantasmas que acude en la penumbra a sobresartarles el sueño, mientras que el descubrimiento de montañas de coches apilados que conservan en la memoria provoca en ellos escalofríos y fascinación. Hay que cuidarlos sobre todas las cosas. Es difícil aguardar que en la cacareada reconstrucción se haya incluido un plan especial de protección para las mentes más vulnerables que en aquellas secuencias espantosas vieron saltar por los aires buena parte de lo que les reportaba seguridad, desde el cole hasta la habitación y parte de su familia o de la de los amiguitos de juegos. Atendámoslos.

     Es lo que hicieron tantos como arrimaron el hombro volcándose a lo largo de intensas semanas tras la inutilidad de la alarma que sonó cuando la hecatombe venía campando a sus anchas desde horas antes. Para mayor desasosiego, los meses posteriores han traído un goteo escalonado con el desconcertante proceder del máximo responsable de la gestión del territorio sacudido, cuya única certeza es que ese negrísimo 29 de octubre no estuvo donde le correspondía por muchas vueltas que le dé a la película cuyo cierre completo da grima pensar cuál puede ser. Y si hay algo nítido sobre la reconstrucción es que la suya resulta del todo imposible. O no.

Con la paradoja a remolque

Ethan Hunt ha de robar unos archivos de la Cia, se infiltra en una cámara de seguridad acorazada llena de sensores con una capacidad de detección tal que cualquier mínima gota de sudor puede activar la alarma. Se encargó de supervisar el peso de las suelas hasta conseguir a base de monedas un equilibrio impecable. Fue el debut de la saga de «Misión imposible». El impacto de la secuencia es de los que no se olvidan.

     El de las piezas napoleónicas que han volado del Louvre no le va a la saga. ¿Quien podía sospechar que algo así se produjera a plena luz del día? A 180 metros de la entrada principal, con visitantes en el museo más visitado del mundo, un camión con una escalera mecánica se detuvo en la acera. Dos de los cuatro ejecutores subieron al balcón que da a una ventana doble sin reforzar que no resistió el envite de las herramientas eléctricas al igual que los guardias desarmados que se fueron por piernas. Los enmascarados sabían de sobra lo que querían y en menos de cuatro minutos se piraron con las joyas de la corona francesa que llevaban más de un siglo depositadas. A la presidenta de la institución le fue rechazada la dimisión pese a reconocer el fracaso y la inmensa herida. La gendarmería cree que detrás de lo ocurrido anda el crimen organizado. Cuidado que, con la extracción del Códice Calixtino en Santiago de Compostela, se habló de mafia y fue un empleado de mantenimiento de la catedral. Las tentaciones, que a veces no se pueden resistir.

     La vida, sin embargo, es paradójica. Ejecutivos de la empresa familiar alemana de la escalera utilizada en París vieron que nadie resultó herido, el coco empezó a bullir y a las pocas horas completaron una campaña imaginativa: «Cuando necesitas moverte rápido»; «Silenciosa como un susurro»; un montacargas que puede desplazar «hasta 400 kilos de tesoros a 42 metros por minuto». Y aunque se han convertido en «trending topic» están quienes se lo han tomado a mal. Pero a los que hay que depurar o detener son a otros.

El mundo está loco, loco

Pillo en marcha el informativo de una cadena a la que el Gobierno le da sarpullido, con una gran imagen de Sánchez, en el instante en que agota una frase: «…ya no tiene sentido». Por los gestos contenidos descarté que estuviésemos ante lo que sería una noticia bomba cuando sin embargo la cuestión no era otra que la del cambio de la hora dos veces al año. El Ejecutivo aprovechó la señal para fabricar una teoría propia de una ponencia congresual: «Es una cuestión de sentido común, bienestar y coherencia con la evidencia científica. Queremos una Unión Europea más moderna, que piense en la vida cotidiana de las personas. Es hora de sincronizar Europa con la gente, no con el reloj». No es por nada pero los físicos alertan de que el horario de invierno continuo supondría un desfase de tres horas respecto al ciclo natural, por lo que la evidencia científica parece en cuestión.

     Al que no le ha ocurrido nada es a Trump, que sigue a lo suyo empecinado en construir por 250 millones de dólares un salón de baile en la Casa Blanca. «Durante más de 150 años, todos los presidentes han soñado con ello para albergar grandes fiestas. Me honra ser el encargado de poner en marcha un proyecto tan necesario». Dí que sí. Como meses atrás aseguró que la iniciativa financiada con parné privado no tocaría el edificio, ha sido demolida la fachada del ala oeste. A él le habría gustado con Martin Sheen dentro, pero alguien de su pléyade de asesores ha debido decirle que aquello era ficción. Igual no se ha quedado muy convencido.

     Las imágenes que se suceden ahora son las del recorrido de Sarkozy hasta la trena, tras esgrimir que «la sentencia no es contra mí, sino contra Francia» y que se ha humillado la imagen de la nación antes del autogol del Louvre, salpicadas con otras de Ábalos y Koldo con los presuntos pagos en metálico del pesoe, las de Crespo ante el último juicio de Gürtel y las de Bárcenas tras el señalamiento de la vista por la trama Kitchen. Qué fácil teorizar y qué enmarañado anda hasta el cambio de hora.

La batalla cultural

A Jesús Javier Prado los movimientos postreros sobre la atrocidad en Gaza lo pillaron enzarzado con un amigo progresista cuando «de golpe y porrazo fin de la discusión, y la progresía descolocada y en el diván del psicoanálisis, al ver cómo un anticristo es capaz de hacer parar el horror». Y pocos días después, lo de Juan del Val. Pobre amigo.

     En septiembre del 79 expiró el contrato que tenía, me quedé colgado de la brocha y el director me acreditó en la noche del Planeta para que al menos comiera caliente. José Manuel Lara, el gurú del invento, había vuelto a ingeniárselas para que todo quisque diera por ganador a Leopoldo Azancot y con menos números a Quiñones completando el frente andaluz contra el formado por Terenci & Porcel, reflejo de las dos almas del poderoso editor. Efectivamente se impuso Vázquez Montalbán a quien le entregó el premio Tarradellas, que lejos de atisbo indepe alguno su estatus era el de presidente preautonómico de donde el patio de butacas dedujo que el patriarca del Pedroso había apostado por el Estatut. No sobró marisco alguno ratificando esa máxima periodística que recalca la de langostinos que hay que comer para llevar el potaje a casa.

     Ningún país como el nuestro para abocar este juego a los límites del paroxismo. A mediados de los noventa Vargas Llosa y Cela recibieron buenos zurriagazos por aceptar el Planeta cuando no pocos puntales del sector admiten que la industria de la venta de libros se hace a base del premio del millón de euros y de los volúmenes de autoayuda. De los 323 originales presentados en el pórtico de la década de los ochenta a los 1.320 de la actual, según el cis fetén. La diferencia estriba en que por aquel entonces la competición se jugaba entre curritos del folio en blanco más o menos consagrados y hoy lo hace plebe de lo más variopinta en un ciclo inaugurado cómo no por un Boris finalista en 2007. Y si en una secuencia como la florecida en el país despunta un tertuliano chocantito, toda una facción es incapaz de digerir la guinda.

Barcala está que lo tira

El alcalde de Alicante se levantó el lunes pinturero y durante el Debate sobre el Estado de la ciudad anunció un sonoro popurrí de actuaciones con el propósito de «transformar» la urbe en la segunda mitad del mandato. Podía haberlo planteado escalonado, pero eso lo hace cualquiera. Hay que darle emoción. Si no para qué.

     La prueba es que se dijo que los trabajos necesarios en las torres del Consistorio tras el desprendimiento parcial de una cornisa en 2024 con vistas a la peatonalización de la zona estarían finiquitados antes de Hogueras. Pero como el proyecto se anunció hace cerca de un año, tampoco es que hubiese prisa y ahora ya no hay ni fecha. Los contribuyentes, que disfrutan con las sorpresas. La misma que habrán recibido los aficionados blanquiazules al enterarse a estas horas que, según las palabras del primer edil, «estamos en conversaciones muy avanzadas con el Hércules para la construcción de la futura ciudad deportiva de la entidad en terrenos de La Albufereta». Si de paso pudiera hacer algo también con la plantilla…

     En cuanto a la situación de la limpieza que levanta ampollas Barcala reconoció que hay que mejorarla porque, ojo, «asumiendo las cosas es como se obtienen los avances». Y aventuró la puesta en marcha de un plan de choque auspiciado por las huestes ultras. Si en lo que a limpieza se refiere vamos a ir de la mano de Vox, aviados estamos. Como los vecinos de Sangueta tras escuchar que se va a lanzar un concurso de ideas para la urbanización equilibrada de la zona cuando lo que hay es una sentencia judicial de cinco años atrás abogando en esa dirección. Entre la agilidad procesal y la municipal los residentes no paran de dar un bote tras otro.

     Es tan exhaustiva la lista que no falta la remodelación de los antiguos cines Abaseis. A mí esto me remueve. Cuando en el preestreno de una peli de Haneke avisté a Isabelle Huppert acercarse la cuchilla a sus partes íntimas, me dio tiempo a entregar las gafas y caí redondo. Viendo al alcalde en acción no, pero he estado en un tris.

Un sinfín de sensaciones

Nacieron entre los efectos de la pandemia resonando alrededor. Han cumplido cuatro años. Pasos iniciales bajo el auspicio de la Quinta República y, tras el adiós a la guardería, inmersión ahora aquí en la línea en valenciano. No hace falta decir que se han hecho inmunes.

     La madre ha vivido lejos casi media vida. Recuerdo hará diez/once años. Los hermanos venían a la celebración aquella mientras la pequeña andaba por Montevideo donde le dispensaron ese tipo de acogida que solo un país culto y sabio hace, pero no tenía demasiadas esperanzas dada su cabezonería de que empuñase el móvil. Iba al volante cuando la compañía de Radio 3 me envolvió con la composición del líder de la Creedence, la singular ¿Have you ever the rain?, interpretada por el juglar del country Willie Nelson y su hija Paula: «Alguien me dijo hace tiempo que hay una calma detrás de la tormenta/ Ya sé/ Cuando se acaba, entonces dicen, lloverá en un día que brilla como el agua/ Quiero saber si alguna vez has visto la lluvia cayendo en una día soleado». En lo único que pensaba era en la cantidad de historias que me había perdido y en las que me hubiese gustado emprender teniéndola encima como la tenía al otro lado del charco. Sobre las once de la noche sonó el teléfono y lo que recibí de improviso fue algo más que unas gotas brillando como el agua. Créanme, un diluvio.

     Ha habido que aguardar, pero su repatriación ha sido tridimensional. Los críos saben latín. En el estreno de la casa de los abuelos como colonia veraniega, uno de ellos, tras tener las pantallas muy restringidas, se acercó y susurró: «Mi padre ha dicho que podemos ver la del niño en la silla de ruedas». «Bien; voy a llamarlo». «No, no hace falta». Como tampoco necesitan saber nadar para salir a flote. Y aún con el gran respeto a las olas, fruncen el ceño haciéndoles frente cuando se acercan. A la vuelta de unos cuantos estíos no sé cómo andaremos, pero qué más da si resulta imposible olvidar la aventura vivida con estos truenos vestidos de marineros.