Qué manera de empeñarse

Justo un año antes del 11-S, Antonio Canales estuvo retenido en el JFK
durante 17 horas. Fue «The New Yorker» quien sostuvo que la
incomunicación entre la “cía” y el “efebeí” resultó determinante para que los cerebros de echar abajo las Torres Gemelas camparan por el país a sus anchas en una prolongada antesala. De ahí que, el que tienen
delante, remachara tras lo ocurrido: «Ha resultado una manera
despiadada de mostrar que la seguridad en los aeropuertos del gran
gendarme del nuevo orden mundial consiste en desnudar bailarines». Lo sé porque tengo ante mi los suplementos que este periódico lanzó tras el brutal impacto. Junto a la cabecera figura «150 pesetas/0,90
euros». Estábamos amoldándonos al nuevo siglo cuando la cara del
horror nos estampó de lleno. El primer articulista por orden de
aparición responde al nombre de Manu Leguineche: «Estados Unidos se paraliza de pronto y no es por la guerra de los mundos con la que Orson Welles espantó a los oyentes. Hay que restregarse los ojos. Es un cortocircuito mundial. En respuesta, no se puede bombardear a lo loco». Pero mientras los transeúntes se alejan por el puente de Brooklyn y «Annie Hall» se nos torna triste, los halcones sobrevuelan la zona y, tras la multivisión proporcionada por el reportero de reporteros, es Henry Kissinger nada menos quien asalta las páginas: «Lo ocurrido debe combatirse con un ataque al sistema que produce estas acciones y destruirlo». En efecto. Veinte años después, a los talibanes y a otros grupos peores que pululan por Afganistán, les entra la risa floja. No solo no se ha acabado con el meollo sino que especialistas versados en el panorama geopolítico coinciden en que las células capaces de cualquier locura se han reproducido hasta límites desconocidos aunque permanezcan algo dormidas por falta de dirección entre otras razones. Con la Guerra Fría no se acabó a golpe de castañazos. Fueron las ideas las que hilvaron con paciencia su labor de zapa hasta que cayó el muro. Cómo no va a seguir hoy el peligro latente.

El mango de la sartén

El gran Lesmes, en su tercera alocución en el acto de apertura de la
cosa tomatosa con el mandato vencido, planteó que ya está bien de
poner en solfa la independencia judicial. Hay que tener cuajo.
Lo único que no entiendo es que todavía haya gente que se dé golpes
de pecho ante el espectáculo al que venimos asistiendo. Ya cuando allá
por 2004 fue sorpresivamente derrotado Mariano ocurrió con el
entresijo en el poder de marras tres cuartos de lo mismo durante la
legislatura que se inauguró. La filosofía progresista de vida salida de las urnas ha gobernado unos cuantos años más que la otra pero el caso es que, en el órgano guapo de sus señorías, ha sido la corriente
conservadora la que ha tenido la sartén por el mango más tiempo de
largo, pero de largo. No lo digo yo, lo señala Toni Servillo, actor de «La gran belleza», «Il divo» y «Gomorra» entre otros títulos: «A la izquierda le cuesta más reconocer al adversario». Y, cuando se parcata, el antagonista está a punto de darle la vuelta a la tortilla.
Puede que la razón estribe en todo lo que se entretienen entre sí
aquellos en los que el intérprete italiano coloca el foco. Sin ir más lejos, Ábalos, que fue uno de los puntales en los intentos de toma de la Bastilla de su señorito, ha dejado caer que no habla con éste desde la mañana de julio en la que, según ciertas fuentes, escuchó un
contundente «sabes que tienes que irte». Lo que tenemos contrastado de sobra es que la derecha consigue mantener prietas las filas por lo
general y que los otros atesoran la extraña virtud de despedazarse en
cuanto se presenta la oportunidad. El exministro y presunto hombre
confianza del jefe asegura no sentirse decepcionado con la decisión del presidente en su día pero está previsto que se convierta en tertuliano del programa de Risto Mejide. Francamente, para estar sosegado…
La temporada 2021-22 ha arrancado y, al observar el tono y el estilo que se gastan quienes están ahí para devolvernos el ánimo perdido en estos meses tan cruentos, solo se me ocurre decir una cosa: ¡Auxilio!

El campo de batalla

Gómez Aparicio, autor de una descomunal historia del periodismo
español, preboste de éste durante el reinado franquista, contó con un
comentario de actualidad en medio del parte en el que sobresalía el
carácter doctrinal del mismo. En las clases de la escuela don Pedro era mucho don Pedro menos en el caso de un alumno que, al ser requerido para la prueba, fue hacia el poseedor de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, se plantó ante él y blandió una foto en la que se veía a su mujer con ocho churumbeles dentro del intento de pasar sin haber pegado golpe. Tras mirarla, el laureado profesor sentenció con tan característica entonación: «¡Su caso es escandalosamente ejemplar!». Y dado el marcado perfil católico de don Pedro, naturalmente lo aprobó.
«Papel» es una novela compuesta por personajes muy peculiares
también ellos que describe el delicado momento por el que atraviesa la
prensa tradicional, esa en la que se mataba por una primicia y por
llegar antes al quiosco consciente de que no había otro modo de vender
más y que ahora pelea por lo mismo sin apenas moverse del sitio a la
espera de que la legión de visitantes que transita por la red tenga a
bien dejar sus credenciales. Quienes se han visto forzados a abandonar
el oficio en esta reconversión se debaten entre el sangrado y la
desesperanza por algo que no resulta fácil dejar atrás cuando se ha
disfrutado de los años de esplendor. Que el relato esté escrito por un
crítico musical como Ruiz Mantilla invita al optimismo porque ponerle
música a un proceso de esta índole tiene bemoles. La prueba es que ha
muerto hasta Lou Grant.
El de la foto, que culminó los sesenta ampliándola con el noveno
vástago, curraba con dos colegas inseparables. A uno de ellos se le
juntaron tres estrenos, rogó que hicieran el de Robert Aldrich y la
pareja que debía desempeñar el encargo replicó: «Y ese, ¿quién es?».
Cuando salió la reseña, el dúo arrancaba así: «Esperábamos más de
Robert Aldrich». Fíjense si, por aquel entonces, el invento era imbatible.

El fuera de juego

A mediados de agosto Julio Llamazares se marcó una reflexión jonda en torno a fútbol y romanticismo donde concluye que «entristece cada vez más el grado de mercantilización de un juego que ya no se rige por los principios del deporte sino por los de la economía». Puesto que es de
cajón, qué mérito tiene la verdad seguir sufriendo por unos colores.
Cuando el escritor y guionista desarrollaba la tesis, Gerard Piqué se movía para comprar los derechos de la Liga francesa al compás del
traslado de Leo ahora que al central le funciona más rápido esa cabecita que el juego de piernas. Tanto, que a la aventura se ha ido
cogido de la mano del infatigable creador de contenido, Ibai Llanos, a
través de cuya plataforma se garantiza multitud de plebe joven. Pero,
como no solo de carne fresca vive el invento, Telecinco echó sus redes y bajo el fogonazo de «El regreso de Messi» presidiendo emisiones
reforzó su parrilla de comida basura. Con Isabel Pantoja se sirvieron a gusto. Utilizaron el relato de un periodista argentino al que no conocen ni en su casa para proclamar que la cancelación de dos próximos conciertos en Chile no tenía nada que ver con la pandemia sino con la pérdida de prestigio desde que su hijo destapara la otra cara la cantante. Oficiando el sacrificio, Patiño se limitó a tirar de la cadena tras conceder a la crónica telefónica rango de prueba concluyente. Con todo lo que se decía de Paquirrín, miren por donde resulta que hace relojes. Y así, el que estuvo en un tris de pedir auxilio fue el cabal Pedro Piqueras. Cuando no sucedía que el concurso le retrasaba la aparición, desde «Sálvame» eran Paz Padilla y Anabel Pantoja las que le daban paso bailando antes de tener que exponer en ese plan los estragos del virus.
Es lo que hay. Un ritmo infernal por exclusivas, derechos y el botín. Las audiencias de este escorzo propiciado por el entramado del defensa azulgrana han hecho estragos, mientras Llamazares se despidió de su colaboración de años. A quién se le ocurre, por Dios, dedicarse a discernir.

Entre emociones

Mes y medio atrás completé la travesía más amarga hacia el adiós de la
mujer que me trajo al mundo, horquilla en la que se prevé otra
cabalgada de cientos de kilómetros en cuanto resuene el tintineo del
alumbramiento de la nieta. Es lo que tiene esto nuestro y, si medio
coinciden, ¡uf!
Solo sé que, para su abuela, la niña era una feria. «¡Pero qué alegre es!», repetía al cruzarse novedades, lo cual se producía con cierta asiduidad ya que la chavala nunca dejó de mimarla al tiempo que se abrochaba vocacionalmente a Magisterio. Lo único que perturbaba a mi madre es que cada vez le hablara desde un continente, ella que solo
había ido a Portugal porque queda al lado y ya le parecía una
aventura. La guerra desbarató su mundo de partida y, teniendo a mano
lo que le importaba, se sentía más tranquila. En las postrimerías, la que nos ha arrebatado a tanta gente que resistía en buena lid, le costaba situarla en el mapa y razones tenía para ello. No obstante era tal su fe que siempre remataba el asunto con un «si está es porque le
gusta lo que hace».
En menos no se puede atinar más. El año lo despidió en Sid,
emplazamiento serbio en el que cooperantes procuraban asistencia de
todo tipo, desde legal hasta alimentaria, a jóvenes afganos con
intención de adentrarse en la Europa comunitaria y que en la frontera
croata eran devueltos a palos. Ya ven. El anterior lo pasó en Myanmar
donde compartió historias que dejan huella, entre ellas la de una
criatura adolescente a la que consiguieron que operaran para andar
erguida, cosa que hasta entonces no había logrado. Como vivimos
aquello todos los que anduvimos atentos resulta indescriptible.
Ahí conoció a Ed, que al regreso de Tanzania pasó todo un álbum con
una sola imagen, la de la eco. Como además de risueña es una fiera, no
podía por menos que traer gemelos quienes verán la luz en el hospital
de Montauban junto al cementerio en el que reposan los restos del
republicano Azaña. Me da, don Manuel, que el espíritu aquel se sentirá
reconfortado.

Cuando el uso de la razón…

El nostre parlamento se ha metido por el cuerpo una diputada tránsfuga más. Son seis y así la peña de los no adcritos tiene a tiro a la de Unides Podem. Lo que hay que hacer para que se hable de las Cortes en agosto.
La nueva integrante del limbo ideológico aterriza desde Vox. Rebeca Serna asegura la han ninguneado bien ninguneada. «Se montaban
reuniones a escondidas», señala. Y deja caer que, a los cónclaves
donde se ponía de vuelta y media su labor, no la invitaban, así como
tampoco a las sesiones en las que se sacaban las fotos oficiales. Al
parecer había compañeras que, dentro del parking, se sumergían un buen rato sobre los asientos hasta perderla de vista. Vamos, de ser así, lo que se conoce por amor fraternal y caridad cristiana dentro de un
mismo pack.
En uno de los pasajes de su plática en el acto de investidura como
Doctor Honoris Causa de la Miguel Hérnández, Forges fue como siempre al grano y no se trata de una transgresión sino que hay que volver a él cuando es preciso diseccionarnos. Contó Antonio Fraguas: «Ya sabéis que el nexo de unión de los iberos reside en una frase que solo se puede traducir a las lenguas de esta península, ni siquiera al
italiano aunque al fin y al cabo en Italia sean españoles con marketing. La frase es “no, si ya verás tu como…”. ¿Qué pasa? A ti te dicen “su coche está arregaldo el jueves”. ¡Ea! Y cuando vas a recogerlo tu vas pensando “no, si ya verás tu como no está el coche”. O sea, la necesidad crea el léxico. ¿Por qué esto no pasa en Francia? Porque vas el jueves y está. Y en Alemania y el Reino Unido, igual. La pregunta es: ¿Por qué no ocurre en Italia? Porque es que no van».
Poniendo el bisturí en las bancadas de aquí, plebe de Compromís y
algún podemita debían andar sorprendidos con el talante de Rebeca,
quien arguye que es que ella es de mente «más abierta» en cuestiones
como las políticas sociales y elegetebé. ¿Y cuando pediste cita en Vox
para la retirada del carné se te ocurrió pensar “no, si ya verás tu como..?”. Gensanta, jamía.

Remontar el vuelo

Francisco y Amparo están ahí, en ese rincón de casa al que él nunca
pudo volver, con las entrañas hechas fosfatina al igual que el fuselaje del trasto aquel cuando las imágenes que propagan el desquicie del aeropuerto de Kabul remueve todo por dentro. «Estos días el desasosiego es mayor» recalca el padre del sargento Paco Cardona,
uno de los militares españoles que se dejó la vida en el avioncete que
les tenían preparado sus graciosas autoridades en mayo de 2003. De los
102 españoles que no han alcanzado a ver el final de la película, 62 iban el Yakovlev-42.
Embutidos en el uniforme, Eva Jiménez y Feliciano Vega compartían
curro, risas y misiones humanitarias desde que coincidieron. No
tardaron en casarse y durante cinco años iban y venían de Bosnia donde echaron una mano para la reconstrucción de un país devastado. Hicieron todos los viajes juntos menos uno, el de Afganistán, porque Eva disfrutaba de una excedencia tras haber nacido el crío al que el padre dejó con diez meses y se disponía a retomar al alcanzar los quince. La madre apenas durmió esa noche pensando en el reencuentro que nunca se produjo después de que el aparato quedara desperdigado por las montañas de Trebisonda. Ella buscó reconfortarse yendo con los suegros, la cuñada y el niño al cementerio de Burgos en el que dejaban a Feli flores frescas hasta que la investigación sobre el circo de identificaciones realizadas determinó que habían estado dos años llorándole a un señor de Zaragoza.
El resultado se plasmó en que a Trillo le dieron la embajada de
Londres y al secretario general de Política de Defensa, que se lució
pero bien lucido con los afectados, otra en Suecia después de que el
entonces ministro dijera a los familiares en una carta que deberían ir
al psicólogo porque no llevaban bien el duelo. Al contrario que estos,
Federico apenas habrá reparado en las escenas mientras prepara
plácidamente michirones sin haber necesitado tipo alguno de asistencia. Él sabe mejor que nadie que lo suyo no tiene remedio.

¡Señor, sí señor!

Los especialistas del hospital de La Plana decidieron no administrar
ozonoterapia a un paciente en estado crítico sin vacunar, que se halla
con neumonía bilateral como consecuencia de la infección. La
conselleria, en conformidad con el criterio del ministerio, se opuso
igualmente basándose en que el tratamiento no cuenta con validez
científica contra el covid. La familia recurrió, el juez le dio la razón y la autoridad sanitaria ha autorizado el acceso de personal externo para aplicar el temita. Colectivos profesionales de la Comunidad se han revuelto y alertan sobre el uso de pseudoterapias. Desde que nos enfrentamos a la amenaza hemos asistido a resoluciones dispares de sus señorías en diferentes territorios donde se habían tomado medidas similares con tal de evitar riesgos y en esas seguimos. Hasta hace nada se decía que, por su forma de actuar, la Judicatura seguía siendo franquista. Ahora se deduce que ha llegado a un extremo en el que, simplemente, se siente por encima del bien y del mal.
Aunque al menos sé que dado el caso podré insuflarme ozono, como me llegue una denuncia voy listo. Pero al menos lo entenderé. A lo que no hay forma de hincarle el diente es a las devoluciones de menores
migrantes. Mira que lo de Afganistán tiene guasa, pero anda que esto.
Con la que se armó por el cartel de Vox contra los menas, al que una
jueza dio su bendición y la Audiencia carpetazo, tres meses después
tenemos liada la que tenemos liada en Ceuta, donde un juzgado de lo
contencioso-administrativo ha dado el alto al retorno de los chavales
decretado por el Ejecutivo. Podría parecer el colmo de la situación, pero qué va. Recuerden que el ministro del Interior es magistrado.
La zozobra es tal que no le pierdo ojo a la posible demanda del
llamado hijo secreto de Camilo Sesto. Dependiendo de en la sala que
caiga, igual el titular exige que se presente en el procedimiento el
encausado. Que nadie le venga con monsergas porque el difunto bordó
Jesucristo Superstar. Y nada, que al tercer día lo quiere allí.

La caravana del asfalto

El positivo de un treintañero cercano aboca a que, para atender la
contingencia que provocó el desplazamiento, deba regresar solo ahora
que conducir se me hace bola tras año y medio dándole al embrague en
contadísimas ocasiones. Se anuncia encima un hervidero motorizado
similar a los registrados antes de la maldición esta. Ignoro cuántos se sentirán desentrenados pero tiene pinta de que, para la plebe, la
pretemporada «c´est fini».
En la previa de la ida dejé el trasto en el taller para la revisión de rigor. Puesto que apenas lo había cogido aguardé confiado. En efecto: 500 euracos y eso que me tratan de lujo. Igual es que la confianza da asco. Las ruedas de atrás estaban desgastadas con lo que se confirma que no solo el género humano degenera por no moverse. Uno me pasa calculo que a doscientos y al que le entra el tembleque es a mí. Me topo con demasiado operario remendón en tramos de autovía que dificultan la fluidez tras haber transitado la tira por periodos fantasmales a lo que se ve sin aprovechar. Asoma en la radio una compa que pone el énfasis en las miserias de no pocas líneas ferroviarias y de unos cuantos trazados, lo cual anima a seguir por donde voy.
Lástima que en la M-50 haya vuelto a cagarla. Cuando te sucede, y soy recordman, piensas que maldita la hora puesto que ni siquiera un
castigo físico es peor. De nano además cuando te daban en el culo era
horrible pero, de mayor, te pone que te den bien. Superado el tramo en
torno a Arganda, indescifrable él, paro y compruebo que hay algo peor
que lo anterior y es poner a esas horas los pies en el asfalto, de modo que salgo pitando y no atisbo el momento de cruzar la meta cuando me atrapa una versión aflamencada de «Yo soy aquel»: «Estoy aquí para
adorarte; el que te espeeeera, el que te sueeeeña…». ¡Pero si no queda nadie en casa! A ver si va a estar esperándome alguien…
Por lo pronto es una llamada la que me sobresalta. «¿Sí?». «Soy
Mar. ¿Me dice cuál es su compañía eléctrica?». ¡Pero, por Dios! Esto
ya sí que es ir a hacer daño.

Anda jaleo, jaleo

Los tres oros de nuestra delegación han sido en tiro, kárate y, por
último en escalada, es decir dificultad manifiesta para poner pies en
polvorosa. Un pelín tensos igual sí que andamos.
La prueba es que la 1 ha pasado un par de semanitas con esa parrilla entre el salto por los aires del programa precedente ante la denuncia de externalizar informativos y el revuelo respecto al retorno con un espacio pueril en el que anunció su cupo el controvertido psicólogo Rafael Santandreu, uno de cuyos logros ha sido al parecer
recomponer a Paz Padilla. Nunca tan poca chicha originó este jaleo,
incluído el escaso oro conquistado.
El tal Santandreu no se cortó en adelantar su presencia, lo que provocó cierto estallido en las redes ya que buenas son ellas. Para
este terapeuta, «la depresión te la provocas tú, solo si te esfuerzas
mucho conseguirás deprimirte». Y luego se gasta alguna que otra tesis
revisionista como la referida a Hitler sobre quien remarca que «era un
ser al que hemos de darle aceptación incondicional y enviarle amor.
Vale que estaba loco, pero su potencial era maravilloso». La pública ha desmentido semejante participación porque, entre externalizar lo otro e interiorizar esto, probablemente haya un término medio. Ni que decir tiene que estamos ante uno de los autores más populares en su
especialidad. No si aquí el que lo tendría jodido para publicar sería el manco de Lepanto.
En vez del susodicho quien acudió fue Dyango con vistas al festival de Benidorm, ese que próceres de todos los colores en estas latitudes tratan de arrancarlo. El alcalde de la villa tuvo que sacar el capote porque, para el cantante catalán, la edición del 77 que ganó fue una vergüenza tras cuestionar el público la canción, recibir el trofeo a hurtadillas y recoger el equipo técnico de teuveé el escenario mientras repetía «Si yo fuera él». Como nadie lo sacaba de ahí, al ser preguntado si le hacía ilu el retorno del certamen contestó que le daba igual. Pues lo cierto es que, un buen especialista, faena habría tenido.