Llama uno de esos seres que lo mantienen a uno en vilo y rocía sobre mí el siguiente dilema: «Ahora que en nuestro entorno está acelerándose el envejecimiento hasta el extremo de que lo pueblan 134 mayores de 65 años por cada 100 con menos de 16, si vienen los pajoleros de Neurociencias y aseguran que han dado con el método para revertir la estadística intercambiando a aquellos mocitos que les apetezca hacerse con la pensión de alguien que ha cotizado más de cuarenta años por un abuelete al que le seduzca volver a ser menor de edad y hacer otra vez el recorrido completo, ¿tú te apuntarías?».
Pero, bueno, ¿¡cómo puedes dudarlo!?, le suelto a bocajarro
sorprendiéndole con una reacción instantánea. Y me pongo a recitar. El
placer de mirarme al espejo y disfrutar de ese acné que continúa en
crecimiento exponencial, una gozada mayor aún que hacer cola durante varios cursos en el patio hasta alcanzar el turno de saltar el bendito plinto. Solo por revivir esos episodios… y aguardar con ansiedad, en caso de seguir con la crisma puesta, la hora de la merienda para merodear los alrededores del portal en que el que vive Maribel comprobando una tarde más que ha preferido a Ignacio, decantación esta que desde el punto de vista socrático no tiene ni pies ni cabeza. Pero yo soy mejor con el balón en los pies, te decías en un arrebato de furia española.
Apoyado en un bagaje de tal tenor, se echa encima en cuanto te
descuidas el trance de saber si serás capaz de montártelo por ti mismo
como ya hicieron tus padres. Una vez iniciado el camino, surge un plan
más seductor, te la pegas y te quedas colgado cuando has crecido bajo
la máxima de «busca la seguridad» asfixiando el ambiente. Antes de
darte cuenta te plantas con un par de criaturas, luego familia
numerosa y un oficio sin red en el que sobrevives a pecho descubierto
creyéndote un día Tom Wolfe y padeciendo a la mañana siguiente el
síndrome del impostor. Pues eso, ¡cómo no me voy a apuntar!
Autor: fesquivel74
Hasta el perro se distancia
Después de toda su vida defendiendo lo contrario, «The Times» ha
admitido que gracias a las medidas de protección adoptadas en Atenas
ahora se dan las circunstancias para que los frisos del Partenón
retornen a la Acrópolis. El Museo Británico se opone lógicamente y
Boris Johnson ni les cuento; a lo bestia, claro. Pues bien, no hace
tanto salió a la luz la carta que siendo alcalde de Londres envió a un
mandamás heleno en puertas de recibir una delegación británica la
llama olímpica donde confiesa que esos mármoles jamás debieron salir
de Grecia. Como para sorprenderse.
Nadie da un penique por el «premier», los analistas apuntan a que
los «tories» se disponen a torpedearlo con el indisimulo habitual
cuando alguien les sobra ya que la última encuesta avisa de que el
ínclito anda por debajo de Theresa May dos minutos antes de dimitir,
pero él no está por la labor de entregar la cuchara y se ha puesto en
marcha para dejar patente el tipo de récordman superviviente al que
desafían. La penúltima imagen que se ha trasladado de su figura a la
opinión pública ha sido una por St James Park sacando a pasear a Dilyn
con una pinta que ni Paquirrín en sus días de gloria por lo que no
puede saberse si el perro corre de ese modo por gusto o para no tener
que verlo.
Así que el equipo médico habitual ha diseñado una campaña para
salvarle el culo llamada «Operación Carne Roja». El ministro Garzón se lo ha puesto en bandeja a los asesores aunque, dado el ritmo de visitas a granjas que lleva, Casado aspira a la autoría. La caña que se prepara engloba poner de patitas en la calle al secretario privado del correo invitando al centenar de andobas a traerse la botella al «party»; asfixiar el gaznate de la más que tendenciosa «bibicí», una bellaca; anunciar el fin de las restricciones por la covid lo antes posible, este mismo mes, que la cosa acucia y, de remate, enviar al Canal de la Mancha buques de la Royal Navy a reforzar el control de la inmigración ilegal. ¿Sin más? No vayamos a flaquear, Boris.
Y ahora qué hago yo
No habría vuelto hasta hace un periquete y, sin embargo, ya echo en
falta a Buenafuente. Aunque no poca plebe se mete en la cama a lomos
de un buen libro, yo prefería embocar con la sonrisa provocada por
vaya usted a saber qué secuencia de su variedad pizpireta de guiones.
Solía acabar la jornada en esa guarida y, si mi equipo acababa de
perder, se convertía en el analgésico más eficaz. Es que dar con algún
título de la interminable cartelera que atenúe tus males, así a
bocajarro, puede convertirse en una tarea titánica y ser peor el
remedio que la enfermedad.
Lo siento, pero no hay color. Alcanzar la medianoche escuchando a
Raúl Cimas recordar que ha sido el cumple de Clint Eastwood y que lo
ha felicitado porque, si no, él no llama pese a conocerse desde hace la intemerata ya que cuando estudió en Estados Unidos y tuvo que elegir entre Ética y western no se lo pensó y en el primer rodaje conoció a Clint, que no era nadie y lo mataban en la primera escena hasta que el de Albacete le dio unas indicaciones y ahí lo tenemos. No obstante la película continúa porque, no se sabe cómo, con quien va poco después en un vagón el íntimo de «Harry el sucio» es con Valdano. Al percatarse de que querían matarlos por cuentas pendientes terminaron sobre el tren y, mientras les disparaban, el comentarista argentino seguía hablando de que si el Madrid… a lo que, harto ya de estar harto, su compañero de fatigas le espetó: «Jorge, cuando se huye, se hace en silencio». Tras cuarto de hora imbatible, el dolor por la mandanga de los tuyos en el área ha pasado a mejor vida.
El modo en el que Andreu enfrenta un dislate de tal calibre, el humor inteligente al que le conmina la hija cada vez que «a lo mejó»
–imitación descacharrante de Ferran Adrià- se pasa de frenada y la
catapulta que su generosidad supuso hacia los Berto, Broncano… ha
generado que broten liceos de distracciones para mi generación, una
aún mayor, la suya y las que vienen detrás. Posiblemente también el
Barça lo haya hecho volcarse «molt».
En la macrogranja
Comparece telemáticamente Pablo Casado delante de una librería apiñada de volúmenes, por lo que concluyo que no está en casa, exhortando en plan capataz lo siguiente dentro de una camisa vaquera: «Estos urbanitas que piensan que las salchichas, bueno, pues las deben
imprimir en impresoras 3D, que no saben ya diferenciar el serrano y el
ibérico, a este Gobierno lo único que pido es que se asuman
responsabilidades». Para reforzar la tesis sale a continuación el tal
Pablo Montesinos, excomentarista político que de la noche a la mañana pasó a ser candidato y vicesecretario de comunicación, con un rasurado que le ha dejado la cara como un culito de bebé, el pelo en perfecta armonía rematado por un tupé ahuecado hacia la derecha y ataviado con un atuendo que le han dejado los Reyes en una boutique del barrio de Salamanca cuando sermonea a la cámara desde una explotación ganadera, esa paja a la vista –la de la granja, claro– y donde detalla la ofensiva que tienen preparada en los cuatro puntos cardinales contra Garzón. Estamos hablando por supuesto del ministro, no del jurista Baltasar que ya sufrió su proceso.
El actual deriva de unas declaraciones a «The Guardian» en las
que el titular de Consumo presuntamente sentenció que la carne que
exportamos es de mala de calidad y de animales maltratados, lo que
según sus defensores es un bulo impulsado por «el lobby de grandes
empresas que promueven macrogranjas contaminantes», mientras que los atacantes han filtrado que, en su reciente boda, el menú del encartado contuvo solomillo de ternera a la brasa. Al igual que Jesús le dijo al otro Pedro que no cantará el gallo antes que hayas negado tres veces que me conoces, Sánchez ha lamentado unas tres mil la polémica y, a los más gallitos del corral de comedias coaligado, los tiene contentos.
Menos mal que, mientras tanto, un paciente ha recibido el primer
trasplante de corazón de un cerdo y ahí va el hombre. A ver si da
resultado y por fin, del género humano, también se puede aprovechar
todo.
Los cocinillas
Dado que al instante de hacerse con la vara de mando dejó de cogerle
el móvil, buena parte del cogollo pensó que Camps había venido a este
mundo para romper con los preparados y fórmulas de quien lo catapultó al puesto que, según las catas que continúan realizándose, todo apunta a que se lo guisó y se lo comió que da gusto. Pero resultó que el sucesor no era más que el continuador de una estirpe que ha
suministrado a la doctrina a la que pertenecen verdaderos años de
gloria. Eso sí, da la impresión de que, aunque Paco, Paco, que mi Paco
se quedó a años luz de su antecesor, trajes se hizo para dar y tomar
puesto que aún salen del armario.
Como saben el último lleva la firma de Bárbara Rey, entre cuyo
compuesto aparece ese espacio que hacía exclamar al televidente «¡Pero si esta mujer no ha cocinado en su vida!» y que ha llevado a que se registre una petición en el Senado para explicar los pagos que recibió
la susodicha con cargo a los fondos reservados. No se habría puesto un
delantal en su vida pero hay que ver el jugo que le sacaba al caldo
del «pescao». El programa, que tuvo una audiencia mínima, debió no
obstante despertar conciencias y a partir de entonces los restauradores del lugar fueron acaparando estrellas Michelin. La sola visión del enfoque que proporcionaba la conductora del invento tuvo que provocar en los fogones un efecto dominó: o espabilamos o esto no hay quien lo supere.
El último en rajar ha sido el cocinero al que se recurrió que fue un estudiante de una escuela de hostelería, hoy desaparecida. El caso es que quien preparaba los platos antes de encenderse las cámaras ha
afirmado que en Canal 9 todo se lo dieron en negro y no le hicieron
contrato ni declararon el sueldo. No sé si por algún complejo Camps
quería con estos favores superar a su íntimo enemigo al menos en lo
que a proximidad a la corte se refiere, aunque ya se ha distinguido y a base de bien al haber expresado no hace tanto su deseo de regresar a la política activa. La verdad es que, con solo escucharlo, emociona.
De reyes y creyentes
Vamos a ver. El advenimiento de los Reyes Magos está sacado del
Evangelio de Mateo sin que ninguno de los restantes componentes
bíblicos se marque la más mínima alusión al respecto. Pese a la
devoción que mantengo conviene remarcarlo ahora que todo está en
solfa. La realidad es que en la reseña que da origen a la tradición
aún vigente gracias a Dios no se especifica el nombre de los monarcas
que se acercaron a honrar el nacimiento de Jesús ni consta que se
tratase de reyes ni tampoco que fueran tres. Algunos dibujos muestran
cuatro en realidad y ciertas confesiones se decantan por el mismo
números que apóstoles hubo. En fin, lo único que le hacía falta a las
cabalgatas de este año donde, en algunas, Melchor, Gaspar y Baltasar
se concentran en la misma carroza, de pie, sin caramelos que valgan e
incluso con mascarillas. Ni que decir tiene que cuando lleguen al
pesebre el niño percibirá claramente que su vida, una fiesta desde
luego, no va a resultar.
Ni la suya ni, en comunión con ella, la nuestra. Los creyentes en
las vacunas no saben ya a estas alturas qué pensar. El que se siga
haciendo recuento exhaustivo de contagios cuando la variante ómicron
ha traído bastante menos mortalidad que la gripe de hace un par de
años alimenta la tesis de que fabricantes de Pzifer y compañía están
jugando la partida a su antojo. Los mensajes que circulan sobre el
secretismo de las instituciones alrededor de los contratos firmados se
han hecho virales volviendo loco al más pintado. Y las contradicciones
entre las medidas tomadas en los diferentes territorios para hacer
frente al bicho, no digamos. A nada de las elecciones en Francia, los
actos propios de un acontecimiento así quedaron en principio fuera de
las restricciones vigentes por lo que una serie de artistas anunciaron
que transformarán sus conciertos en mítines. No sería de extrañar que
aprovecharan la confusión para pedirle a los reyes guitarras y baterías a granel pese a las fugaces visitas de los magos. Pero Macron, si le llaman majestad, se las consigue.
Feliz año deslustrado
Las filas de coches se han vuelto medio locas intentando meter el
morro en un hueco. Hay colas de adultos dando la vuelta a la manzana
en posición de espera hasta lograr pasar. No se trata de ninguna
discoteca sino de la casa de salud cuyos intestinos siguen
desbordados. La fiesta continúa. Alguien se pregunta en voz alta si
con la dosis de refuerzo es conveniente solicitar una de
apuntalamiento. Nadie se atreve a concluir que se trate de una coña.
Lo natural de esta Nochevieja es que se olvidase uno de las uvas. Y
del menú. Hasta el último instante hay quiebros y requiebros. Nadie
sabe exactamente bien a qué carta quedarse. Quienes han quedado
pillados sin poder escapar de las cuatro paredes se multiplican con lo
que el cerco aumenta. Por una u otra cuestión los momentos de quietud
vienen en tu busca y aprovecho para dedicar el sosiego a la mujer que
me trajo al mundo del que hace un suspiro se separó para los restos.
Duele. La sensación de descolgar y no poder volver a escuhar su voz
plácida es una buena faena. Echo mano del «My sweet Lord» con el que
rememorar las mañanas aquellas en las que la tarareaba con su hijo
adolescente en medio de un lujo de sol entrando por la ventana en
pleno invierno. Recordar ciertas estampas alivia tragos de este tenor.
Vuelvo desorientado al presente, rodeado de previsiones diluidas en un
mar de dudas. No surge plan alguno que dure. La familia ha quedado
troceada a la espera de tiempos mejores mientras los amigos han puesto pies en polvorosa, cada uno en una dirección a cientos de kilómetros. Cumplo con el ritual de mandarles calorcito, que tampoco está el patio para propasarse en deseos. Con agarrar lo imprescindible y mantener el tipo vas que chuta. Incluso brindar da no sé qué y bailar no digamos. Acomodarse en el sofá es un triunfo y, enchufarse en el tránsito al nuevo año «Qué bello es vivir», una heroicidad cuando el verdadero deleite consiste en contemplar ese modo que tiene de quedarse frita como una noche cualquiera. Qué más dará si nadie entiende nada.
Ese arte tan particular
Me sumerjo en el alma napolitana de la mano de Sorrentino. Dentro del mismo se entrecruzan los avatares de una gran familia radiantemente descompuesta con la llegada del D1oS nacido en Cebollitas dando como resultado una explosión de vidas trastornadas que se hacen con el Scudetto. Los acostumbrados perdedores digieren a su modo la inesperada metamorfosis y el cineasta se abre en canal para dejar salir una ínfima parte de la fascinación y el sufrimiento que le
acompañan desde entonces. En «La vida era eso», una pequeñita peli en
cartel del novel Martín de los Santos, la protagonista hace un viaje
hacia los poblados del sur almeriense en el que lo que se refleja es el abandono y decrepitud se diría que anclados en la posguerra lo cual, por mucho que el guión lo demande que es muy posible, puede
trasladar la imagen de un país que no se corresponde con el que es.
Los italianos, en cambio, venden la moda, las pizzas, la miseria y la
mafia con ese sello embriagador que las vuelve irresistibles. Es la
industria hecha con arte, amigos.
El donostiarra autor de «Patria», residente en Hannover, se hacía
eco de que los escritores españoles se han caído de las librerías en el exterior: «Ni Javier Marías ni Carlos Ruiz Zafón ni Rafael Chirbes
ni siquiera la figura emblemática de Tusquets que es Almudena Grandes donde los demás aportamos títulos con mayor o menor fortuna, nadie». Al hincarle el diente al porqué esto, que no fue siempre así, es lo que marca el panorama Aramburu desliza: «Acaso, me digo, España sea torpe a la hora de promocionar sus mitos fuera o está como de costumbre demasiado ocupada consigo misma y con sus viejos pleitos vecinales». Es superior a nuestras fuerzas. Y si el narrador apuesta por la «tercera vía» contra ese ahogo entonces prefiere salir pitando a Londres como Chaves Nogales con tal de que no se lo carguen entre ambos bandos. Quizá por ello han renunciado a colgarnos por ahí tanto en escaparates como en estanterías. Habrán dicho: pero si no hacen más que estar expuestos.
El mundillo gira que gira
Estamos en las últimas fechas del año y esto sigue agitado. En el
momento en que redacto, Antonio Resines permanece ingresado por covid. El trance ha coincidido con el lanzamiento previo de la serie
«Sentimos las molestias» en la que comparte protagonismo con Rellán,
una historia al parecer sobre amistad, relaciones sentimentales, las
fatiguitas de hacerse mayor en un universo trepidantemente joven y el
riesgo de no encontrar acomodo ni por el forro. Se trata de una
comedia, así que imagínense cómo vienen los dramas.
Menos mal que anda suelto García Egea para cubrir el hueco del
popular actor ya que en una reciente actuación ante un público adicto
deja dicho: «Me comprometo a que todas las elecciones que se convoquen a partir de ahora las gane el pepé». Con esta formulación el ariete de la formación aspirante no hace más que meter el dedo en la llaga del Cholo. El escudero del sin par Casado televisa que a él lo del
«partido a partido» se la refanfinfla. Que no está el percal para
ponerse tiquismiquis con Ayuso en modo Benzema, tan imperial la señora dentro del juego que practica. Así que nada, esperemos por Dios que Resines vuelva lo antes posible.
Hablando de política me ha chirriado ver que el Barça debe tener
medio fichado ya a un jugador del City por unos 55 millones antes de
aliviar su masa salarial que estresa al más pintado y con una deuda
acumulada que da grima. Seguro que se hallarán fórmulas para hacer
cabriolas con el fair play financiero. Aunque cuando estoy intentando
desentrañar el misterio me topo con que Ferran Martínez, el ínclito,
vive un idilio con la hija de Luis Enrique. ¡Ah ! Si esa es la razón no hay más que hablar. Hablamos de otra liga. Es como lo de Toni Cantó que ha presentado en sociedad a su nueva novia. Reviso el vídeo del cierre de campaña en Valencia ante Rivera y Arrimadas donde le dedica la intervención a su pareja y yo diría que es la misma. Aunque, claro, se trata de quien se trata y aquello de «7 vidas», otra cosa no, pero un pelín corto se le queda.
Lo único cristalino
Flipé con la entrada del emérito al palco del recinto deportivo,
poseedor de un aspecto difícil de imaginar: se le veía más en forma
que a Rafa Nadal, sensación que los resultados se encargaron de
confirmar.
Ni cachava ni ayuda de ningún tipo al contrario de cuando pisaba
territorio aborigen y ataviado con un terno primaveral, otra de las
ventajas de residir en Oriente que es de donde antes partían por estas
fechas los reyes pero en este caso, con tanto cortejo a sus espaldas, no sabemos de qué remanente dispone tras todo lo que ha repartido ya. Si debe encontrarse en forma que, según ha publicado el colega de esta
tierra Manuel Cerdán, no solo se arrepiente de la huida sino hasta de
haber abdicado. Pero, por Dios, ¿qué vacuna es la que le han
suministrado a su majestad? ¿No hay forma de que nos pongan una toma de esa al menos? Es que perder el sentido de la realidad tal como se presenta el puñetero no está pagado con nada.
La prueba de la diferencia sideral entre la realeza y el resto
del paisanaje es que a nosotros, para disputar el partido que no acaba
nunca contra el bicho, nos han colocado el mismo día del sorteo la
conferencia de la Moncloa con el ramillete casi completo de barandas
autonómicos a fin de estudiar qué decidir con los «passing shot» que nos siguen entrando, después de que la reina del chotis recalcase lo
autosuficientes que se sienten y de que el gobierno catalán se haya
puesto sorprendentemente estricto dada su forma secular de actuar. Lo
único cristalino, pues, es que en esta ocasión aumenta la dificultad de que nos toque la lotería.
Con que caiga en nuestras manos un test de antígenos nos
conformamos y eso que su fiabilidad se halla al parecer en entredicho.
Pero la gente se ha vuelto loca con razón y ha agotado existencias. La
verdad es que vuelves a ver asomarse a Miguel Bosé por la pantalla y
todo lo que te arrimes al cuerpo parece poco. Qué tiempos aquellos en
que lo que se buscaba era besugo. Y hoy, sin siquiera pensar en
comprarlo, acabas de espinas hasta el moño.