Ya estamos otra vez. Un año atrás, la decisión en torno a qué hacer
con la cena de Nochebuena fue tortuosa. El campamento base no estaba
por la labor de juntarse con nadie, pero el resto de tropa familiar dio por hecho que nos reuniríamos. El debate se tornó desabrido en
ocasiones por lo que, en vista de la cara que se nos estaba quedando,
acabamos por claudicar. Tras darle vueltas ideamos colocar tres mesas
en el salón para mantener la distancia, con la ventana abierta. La
discusión cómo no vuelve a estar sobre la mesa. Francamente no sé por
qué se le sigue llamando celebrar la Navidad a esto. Quizá habría que
plantearse revisarlo.
No hace falta que les diga que los contagios andan disparados, van que chutan. La diferencia con respecto a la cita precedente es que
entonces hubo directrices concretas mientras que a día de hoy todo es
mucho más volátil. Así que, para no defraudar a la consiguiente comida
de coco, me he puesto a rebuscar en lo que resulta aconsejable tal
como está el patio y, en ausencia de providencias de nuestras
autoridades más allá de pedirle al cuñado el pasaporte cuando venga,
he dado con las recomendaciones extraídas de un modelo matemático
desarrollado por la universidad de Massachusetts. No es broma.
A pesar de que el riesgo cero no existe, las conclusiones señalan que resultaría bajo si en un salón de veinte metros cuadrados por situarnos nos juntamos diez comensales, ocho de ellos vacunados y un infectado, siempre que dejemos las ventanas y las puertas abiertas para que haya ventilación cruzada y que los congregados lleven mascarilla puesta de forma permanente. Según estos cálculos podríamos permanecer cuatro horas reunidos sin mayor problema. Al tener que despejar la boca para engullir al menos, el tiempo de estancia carente de amenaza disminuiría algo pero, en caso de no oxigenar aquello, todo lo que suponga prolongar el encuentro completo más allá de 25 minutos sería, ojo, de alto riesgo. Como para recrearse en el «A Belén pastores, a Belén chiquillos».
Autor: fesquivel74
La ternura desprotegida
Son dos escenas inolvidables. Una, en «La vida alegre», aquella en la
que Verónica Forqué va en el coche conducido por su marido Antonio
Resines y con la suegra de este, Gloria Muñoz, en el asiento trasero.
La otra, el final de «Primera plana» cuando, después de tramar
inifinidad de historias para que el reportero no deje la redacción por
un casorio, Walter Matthau le hace un regalo a Jack Lemmon y, nada más despedirse, el menda del director se dirige al de la cabina de control de la estación preguntándole dónde hace la primera parada el tren de Filadelfia y le exhorta a que envíe un telegrama al jefe de policí para que detenga a un pasajero llamado Hildi Johnson: «Ese granuja me
ha robado el reloj».
Colomo da cuerda al regocijo con un zapato suelto que el conductor,
tras pasar en esos asientos una noche movidita, se deshace de él por
la ventanilla hasta que la madre de su mujer inquiere: «¿Habéis visto
mi..?». El de la doctora comprometida fue su primer papel protagonista
que le reportó un Goya a esta actriz entrañable, transmisora de buen
rollo al estilo del periodista enamorado o de Shirley MacLaine, ambos
llenos de ternura en «El apartamento».
Todo ese encanto se ha medio descompuesto con la sobreexposición a
la que se sometió una mujer que según ella misma no estaba para muchos trotes y que tuvo que verse reflejada en el espejo al igual que le
ocurre a otro de esos programitas que, en su frenesí por la audiencia,
no distingue. Pero aquí dentro cada uno rueda su película. Esa que, al
hilo de una frase del biólogo Jerry Cione, según la cual «nunca
pudimos tomar una decisión distinta a la que tomamos», volvió a
recordarlo el neurocientífico Carlos Belmonte: «Es tu cerebro el que
decide. La libertad son todas las posibilidades que ha evaluado antes
de tomar su decisión. Otra libertad, al margen de tu cerebro y del
estado concreto del mundo en el momento de tomar una decisión, esa
libertad en la que comúnmente piensa la gente, no existe». Y,
lastimosamente, es cuando a veces se apaga la luz.
Vicio por El Nano
Lo tenía todo bien calculado. Plantarme en el cortinglés en cuanto
abriera y hacerme con las entradas de Serrat que a esa hora salían a la venta para los conciertos previstos. Objetivo: sillas en la primera fila. Ignoro cómo se me habían adelantado unos cuantos, salvo que hubiesen dormido dentro. Pronto la realidad nos despertó de un
plumazo: el sistema ha colapsado.
Enseguida pensé en las mafias de la reventa, resulta inevitable. El
atento personal asegura que nanay, que antes sí pero que la limitación
en el número de adquisiciones lo evita. Tras una hora de pie elocubro
acerca de que fijo que existen grupos parainformáticos que se
distribuyen el territorio y que con su dominio de la cosa tomatosa
controlan lo mollar, tan virtuales ellos. Insisten en que no, que esto es normal y que, en cuanto aparece por medio el elenco de indiscutibles que va desde Nadal hasta los Stones, es la leche. Y tanto porque me vuelvo a casa, enciendo el chisme, me conecto, consigo acceder tras unos cuantos intentos y es entonces cuando va el operador que me suelta: «Estás en una cola de espera, te encuentras en la posición 27556». Por lo menos es precioso para el sorteo del próximo 22… ¡Qué número, Dios mío! Y yo pensando en decirle adió desde un lugar privilegiado. Seré imbécil.
Lo que es el marketing. Ha sido propagar durante cuatro días que se
retira de los escenarios y montarse la mundial. Hay ciudades que se
plantean duplicar cita. A este paso, y con localidades que oscila entre los 40 y los 100 euros, la verdad es que vamos a dejar al Nano
bien «apañao». No es poco lo que él nos ha proporcionado: le dio alas a don Antonio Machado; restituyó a Miguel en el nombre de la elegía y la dignidad; cubrió de lazos los puentes con Latinoamérica; alzó la voz contra los intolerantes; te susurró al oído junto a la mujer de tu vida y, de remate, ha podido con el sistema. Ahora bien, como se le ocurra promover otra gira después de esta, va a ir a verlo la madre que lo parió… y yo.
La silueta encendida
Nunca creí en el infierno y mira que no pocos predicadores de la época
se empeñaban en ponernos los pelos de punta. Sin saber exactamente aún qué pensaba alrededor de la existencia de Dios, me costaba lo mío
admitir que quien ideó que pudiera brotar un parque con las hechuras
del que íbamos cogidos de la mano de los padres a echarle de comer a
los patos mientras se nos filtraba hasta más allá de los pulmones el olor a azahar recién florecido fuera el mismo que había puesto en marcha una extensión descomunal para el castigo eterno. No sé, resultaba muy retorcido.
Y aunque conforme queda atrás la infancia y vas dándote cuenta de
que el abismo nos lo procuramos entre nosotros es difícil despegarse de aquella imagen con la que se nos circuncidó a base de homilía y fuego, que sin embargo es lo más parecido a lo que hoy tenemos ahí delante con ríos de lava que dan al océano sepultando todo lo que encuentran a su paso. Son muy pocos los que se sienten capaces de prepararse para afrontar el momento final, pero para lo que nadie lo está es para el entierro de todo lo que has ido construyendo y tener que permanecer impasible delante con las manos en los bolsillos. Más diabólico parece complicado.
Se me ha colado esto en un resquicio del cerebro ahora que nos
esforzamos por dejar la habitación de los nietos niquelada a pocos días de que hagan su entrada inaugural desde el extranjero con apenas tres meses en este mundo, por acondicionar la estancia con fotos de la madre de los gemelos rodeada de los peluches que les aguardan sobre el edredón para darles la bienvenida, por poner remedio a los cierres
para que no pueda colarse ni una brizna de tiempo pelín desapacible.
Qué más les dará los ventanales a quienes, atiborrados de sacudidas en
la isla de las pesadillas, ven cómo el horno se mantiene encendido sin
saber en qué hora se detendrá, las lluvias forman un «mar de vapor»
sobre el volcán, el paisaje se transfigura y las sobremesas compartidas en casa han quedado hechas cenizas. ¡Qué vida esta!
A grito pelado
El exmandamás del ceneí, Alberto Saiz, dijo en el último «Salvados»
que cuando llegó al cargo se topó con una «situación insostenible» de
chantajes, a resultas de los cuales se le pagaba a mujeres para no
hablar de su relación con el entonces jefe del Estado. En cuanto a
Bárbara Rey se refiere aseguró que «recibía contratos de trabajo en la
televisión valenciana a cambio de silencio». Admitámoslo. Aquí sí que
Canal 9 alcanzó una cuota relevante.
El detonador del affaire denunciado por el hombre al que puso en
ese puesto Pepe Bono en contra del deseo de don Juan Carlos,
partidario de mantener a Jorge Dezcallar, fue la prevista aparición de
la actriz en «Tómbola» que nunca se produjo, tal como recoge de modo
pormenorizado «Ciudadano Zaplana. La construcción de un régimen
corrupto», libro del periodista Francesc Arabí. Con anterioridad, el
productor del programita ya había contado que recibió una llamada del
director Sánchez Carrascosa y de la jefa de Medios de la Generalitat,
Vea Reig, conminándole con que, de salir esa señora un segundo en
pantalla, «cortamos la emisión». La vedette fue retenida tras amenazar a grito pelado con irrumpir en el plató, le dijeron que se embolsaría los 12.000 euros, pago que se mantendría con Camps pilotando el libre
albedrío a lo que hay que añadir «En casa de Bárbara», espacio de
cocina en el que a cambio de cinco millones la susodicha se comprometió a no utilizar picante alguno.
No son pocas las voces relevantes para las que «los españoles
merecen unas palabras de explicación de don Juan Carlos», una vez que
Abu Dabi es la capital de su reino. ¿Y qué va a explicar? Desde que se
produjo la fuga viene vomitándolo Pepe Sacristán que algo sabe de
representar un papel: «Siento una ira profunda. El desenlace de
aquella película que empezamos a rodar en la Transición no puede ser
más lamentable». Te pones a repasar la historia y te sale que, el que de verdad corrió peligro haciendo frente en su desempeño a contínuas
amenazas con todo lo que tenía encima, no fue otro joder que Ángel
Cristo.
Vaya con el viajecito
Conozco a un par de parejas que tienen previsto irse por primera vez
juntas a un viaje del Imserso. Empezaron a hablar de la cuestión allá
por julio y se ilusionaron con los posibles destinos sobre los que
apenas tardaron en ponerse de acuerdo: Menorca, Ibiza o bien Las
Palmas en función de la oferta. Como una de ellas debía ausentarse del
domicilio a mediados de septiembre, la otra quedó encargada de vigilar
el buzón propio, dar la voz de alerta si llegaba la comunicación para
efectuar la reserva prevista para aquellas fechas y poner el
dispositivo conjunto en marcha. Así llevan desde entonces puesto que
en torno a las esferas gubernamentales ha venido deslizándose que al
mes siguente saldrían los envios para los beneficiarios. Ni han salido ni los solicitantes se atreven a moverse.
Uno de los cuatro se encuentra pendiente de una complicada
operación, lo cual es un tanto por ciento muy moderado al punto que no debemos descartar que durante la eterna espera hacia la isla que
finalmente fuese se cruce alguna otra dado que el plantel completo
anda sumido en consultas varias. Otro de los pacientes del cuarteto
fue en su día un escolar que, en cuanto llegaba la hora de la excursión programada del curso, su ansiedad por acudir era de tal grado que siempre caía enfermo. La ventaja ahora es que son tantos los achaques que angustiarse es inútil.
Los hoteleros están al borde del síncope. Lo que les corresponde
del programa consideran que es indignante y docenas de
establecimientos que en estas fechas se nutren de él han cerrado hasta
primavera dado que el último barómetro apunta a que los inscritos no
podrán cumplir con el rito anual hasta finales de febrero. La parte
contratante de la parte contratada deslizó que las precauciones por la
pandemia es lo que ha retrasado el operativo pero no han insistido
porque saben de sobra que se les ve el plumero ya que no es la única
ocasión en que se monta todo este baile. Mira eso que nuestros mayores
se llevan por adelantado, tanto quejarse.
Toda una consagración
Sobre ocho años atrás un párroco de Monforte del Cid se negó a que una niña con discapacidad realizara la catequesis e hiciese la comunión y el Obispado de Orihuela-Alicante lo respaldó bajo el argumento de que lo sucedido «responde a una disposición que requiere que los niños
comprendan el sentido del sacramento». Cualquiera que vaya al
Evangelio según San Mateo 18, 1-4 se encontrará con la siguiente
escena: «Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle quién es
allá el más grande; Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y
dijo si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el
Reino de los Cielos». Es lo que tiene estar al frente de una
organización que, en cuanto bajas la guardia, no hay Dios que valga.
En otra localidad, un pastor de la palabra del Creador le negó a un
homosexual ser padrino en el bautizo de su sobrino por «vivir en
pecado» y el hecho de que el afectado se declarara católico no levantó
el «aparjei». No muy lejos en el mapa del episodio anterior ni que decir tiene que un cura se negó a bautizar al hijo de dos divorciados al considerar que no eran «garantes de la fe». Nadie puede dudar, por
tanto, que la institución eclesiástica se rige por unas normas. Las
mismas que posibilitan acoger misas por el alma del Caudillo porque, a
diferencia de la cría de Monforte, aquí sí que todos los participantes
tienen claro el sentido del sacramento y que la bendición de la Iglesia nunca les falta.
Tales preceptos han puesto en un brete al presidente del pepé por
entrar en una ceremonia en recuerdo del difunto 20N al que la Iglesia
permite que se rece en sus dominios puesto que debe considerarlo todo
un garante de la fe y de la que el amigo de Cayetana y de la lideresa
no se ausentó y mucho menos denunció ni condenó con posterioridad tras haberse topado sin saberlo, según el partido, con un acto de
exaltación a quien rigió el destino del país, mínimo de forma
antidemocrática. Ha sido un gran ejemplo. La moderación de Casado, que es superior a sus fuerzas.
Fue bonito mientras duró
Sería una de estas últimas desquiciantes primaveras. En cuanto pude le
escribí a Rosa, un lujo de amiga: «Pon “Mundo Babel” en Radio 3. Se
reconcilia uno con uno mismo». Son sábados que, al terminar de nadar,
en lugar de zambullirte en exigentes debates te dejas llevar por una
atmósfera armónica salpicada de delicias varias. La fórmula ha llegado
a su fin.
Y lo digo por el sello tan extremadamente personalista de su
conductor en los veinte años que unos cuantos cientos de miles hemos
disfrutado con el galán. Fíjense si lo será que, durante su mes de
vacaciones, el espacio emitía cuñas advirtiendo que no era el suyo.
Juan Pablo Silvestre formó en su día parte de una banda –musical, en
este caso– y desde los noventa la radio pública le ofreció un programa
tras otro. En aplicación del proceso de jubilaciones marcado en el
convenio colectivo le ha llegado la hora a unas cuantas voces
históricas pero ha sido la suya la que, a los 73 tacos, ha clamado al
cielo: «Yo no me despedí, no tenía por qué, era un programa más y han
dejado a una comunidad de oyentes que se sienten húerfanos, engañados. Es una política de descapitalización de talento, conocimiento y experiencia». Que las nuevas generaciones, a las que el modo natural de sucesión abre paso, no tienen, ¿verdad, hijo mío?
Coincidente en el tiempo, a Buenafuente no le han renovado el
programa. Debe haber varias claves. Una que, con tanto trasiego, ya no
sabe dónde vive e igual quería menor frecuencia. Pero estoy por
asegurar que algo le dice a este inconformista que aquello no da más de sí. Su forma de afrontar la desconexión ha sido: «Ahora hay que estar agradecidos con los que han hecho posible Late Motiv y con los que lo han disfrutado. Lo hemos dado todo. A por el próximo reto». En su ausencia no solo no se ha desmarcado de quienes lo sustituyen sino que ha creado una escuela de payasetes de alta alcurnia. Por eso tiene
mérito lo de Silvestre. Porque, siendo como demuestra ser, ha logrado
cautivar con un espíritu opuesto el jodío.
En pleno dale que te pego
El Cis ha sacado a la luz datos obtenidos en torno a las relaciones
sociales y afectivas en la época más dura del confinamiento de los que, al introducir la variable política del recuerdo de voto, se
extrae que quienes metieron en la urna la papeleta del pesoe o la de
Podemos fueron los que más se masturbaron. Ahora bien, sobre si eso es buena o mala señal de cara a las próximas ni mu lógicamente. La cocina onanista, que no es moco de pavo.
En ciertas reseñas se vislumbra de fondo la querencia a endosarle un trastorno al mandamás actual de dicho organismo cuando no es la
primera vez que este realiza una encuesta acerca de actitudes y
prácticas sexuales. Tengo a mano, con perdón, la que se llevó a cabo en enero de 2008, que fue todo un monográfico al respecto, siendo director del controvertido centro el profe universitario y politólogo, Fernando Vallespín. Aunque no dispongo del histórico completo para saber con qué otros sondeos contamos en el campo de las relaciones íntimas con sus gozos y sombras correspondientes, sí es posible que el más reciente sea el primero que ha espolvoreado el picante del voto sobre el dale que te pego. Nadie va a discutir tampoco que, a Tezanos, la marcha le va.
Pero una vez que hemos probado esta nueva sensación yo animaría al
Cis a que siguiera facilitando ese factor conforme vaya acercándose la
cita electoral y, de ese modo, deduciremos en cuanto se sepan los
resultados si ponerse uno mismo a tono es señal de satisfacción o de
descontento hacia nuestros colores. Con vistas a la próxima entrega,
una vez que Enrique Arnaldo viene frotándose a sus anchas en el puesto del Constitucional, no estaría de más conocer si los seguidores del gobierno coaligado vuelven a imponerse en la práctica en cuestión,
siempre que el trabajo de campo condujera hasta el cómo y el porqué:
si con mayor fruición, para olvidar… o nos topamos con que, a
consecuencia del sapo ingerido, no hubo forma. En cuanto se venía a la
cabeza el miembro de marras, más se encogía el campeón.
La persecución
Escucho a Óscar Aibar detallar cómo se le vino a la cabeza contar la
historia que relata «El sustituto» estrenada a finales de octubre: «Fue hará diez, quince años. Un verano acabo en un bar de Calpe, me fijo en la pared de fotos de famosos y veo lo típico, una pequeñita en color con seis personas vestidas de la SS y la Wehrmacht, peinados muy
sesenteros, pienso que es un rodaje, pregunto y me dicen que no, que
son los alemanes que viven en Dènia. Y ahí se abre la caja de Pandora». Se calcula que fueron unos cuarenta mil los que no necesitaron refugiarse ni en Paraguay ni en Uruguay sino que se quedaron a tres horas de vuelo a Berlín, amparados hasta mucho después que expirara el régimen del Pardo y celebrando tan ricamente entre nosotros la «Fiesta de la primavera» coincidente con el cumpleaños del Führer. Para felicitarnos no parece.
El sustituto policial que llega y agua la verbena es Ricardo Gómez, el popular Carlitos de «Cuéntame», que ha debido hacer un ingente
esfuerzo a fin de dejar atrás tan prolongado desempeño, algo que se
halla en vías de lograr con papeles de enjundia también sobre los
escenarios, a diferencia de los esbirros del Tercer Reich que no cambian ni en broma. Aún hay paisanos a quienes irrita que se
rememoren hechos así –no digamos ya que se subvencionen– y no que
sucedan. Más ahora que, en el hemiciclo de San Jerónimo, los fans de
esos uniformados están que lo petan.
Sin embargo yo me volví loco para poder verla y sigo sin conseguirlo. Dos meses atrás no me costó nada acudir a la «mejor película francesa del año», que uno se pregunta cuántas caben bajo ese paraguas y, una vez vista, solo piensa en cómo será la peor. Bien, pues la realizada sobre nazis en la costa, además de contar con pases en su mínima expresión, aparece y desaparece de salas sin que nadie descuelgue el teléfono cuando corresponde para facilitar alguna pista, hasta el extremo de preguntarte: ¿Estarán ellos detrás? De modo que tiene toda la pinta de ser fidedigna. Cuesta más echarle el guante a la peli que a los mendas.