No pasó desapercibida la presencia en el estadio olímpico de La Nucía de Carlos Mazón con la bufanda del Valencia clausurando en cierto modo su etapa representativa en la Dipu alicantina dando paso así a la caza del voto. Dado que es culé hasta la médula al día siguiente no tuvo que resaltarlo con prenda alguna sabedor de que se sentaría al lado de Laporta. Visto el cariz que va tomando la competición me volví loco para ver a Ximo Puig la tarde en que su equipo visitaba La Cerámica pero o no fue o se resguardó entrenado como está con las acometidas que le propina su propio «mister» desde la acción del Gobierno central. A veces no hay quien entienda este juego.
¡Qué temporadita nos espera! Hay que estar preparados para los resultados que se produzcan en primavera/otoño con los calentones en el post y en otros campos embarrados tipo Atocha. El expresidente del Constitucional se ha ido repartiendo coces pendientes de cómo se reordena un tribunal en el que ahora mismo Mateu Lahoz pasaría desapercibido. Quien se deja querer con fuerza en este mercado invernal es Macarena Olona que acaba de ponderar la figura de Yolanda Díaz al contrario que Unidas Podemos y que ella con la «troupe» de Pablo, Pablito, Pablete que no es más que el modo habitual de calentar de la multi izquierda ante cualquier cita con con las urnas. Por el extremo contrario la que fuera punta de lanza de Abascal en las andaluzas ha señalado que el asalto de Brasil es golpismo y que sin democracia no hay libertad tras reaparecer deplorando la violencia machista. Ignoro qué ha tomado esta mujer, pero desde luego la magdalena de Proust no ha sido.
En el espíritu del vendaval argentino levantado en Qatar anida la escena de aquella película inconmensurable en la que se proclama que «el tipo puede cambiar de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión». A ver si dentro del ciclón que se viene encima no nos la desgracian también.
Autor: fesquivel74
Firmeza en el desconsuelo
Ocurrió en Mislata durante el arranque del pasado año. El castillo hinchable de la feria salió disparado y con él un racimo angelical de criaturas. El impacto se llevó para los restos los latidos de Cayetana de ocho años y de Vera con tan solo cuatro. Los padres de esta última han saltado para ver si de una vez por todas es posible que se tomen las medidas adecuadas. Las que están estipuladas en el espacio avanzado al que pertenecemos y no se dejan estas atracciones al arbitrio de quienes hacen volar la codicia a una velocidad por encima de la de los cacharros. En este caso el de la sujeción de un invento cuya consistencia no puede ser sino el primer mandamiento para su apertura.
Todo conduce a indicar que no lo fue. Los sufridores que han quedado huérfanos la describen como un manantial de chapuzas con «cuerdas y cintas desgastadas sujetas a un árbol, un banco y una farola». Y que el artefacto de marras estaba plantado en el peor sitio posible, el más abierto y desnudo ante las ráfagas de viento amenazadoras previstas con la antelación correspondiente. Produce estupor, se abren las carnes. La instrucción ya detectó desde el primer momento síntomas de sospechosa dejadez. Pero ese primer momento se eterniza y el cúmulo de preguntas sin respuestas aumenta el dolor. Ni determinados casos donde el impacto producido representa una tortura diaria corren mejor suerte que el repertorio de sumarios que recorre su rumbo al ralentí. Suma y sigue un curso judicial tras otro, a bordo de una epidemia mortal de necesidad contra la que no hay manera a lo que se ve de obtener vacuna efectiva.
Quienes claman para que nada de esto se repita también han echado en falta que el ayuntamiento indagara con decisión en la dirección que debía. Señalan que no han recibido ni un mínimo de calorcito. De ser así tiene bemoles. No hay más que imaginarse lo que habrán sentido en estos días las familias afectadas cuando a lo que ha dejado paso los regalos a las niñas es a un ardiente vacío. Las muñecas eran ellas.
Sensaciones inesperadas
Unos pilotos avezados han hecho por primera vez que se sepa el recorrido entre Calp e Ibiza en globo, alzándose hasta 2.500 metros y cogiendo los 30/40 kilómetros de velocidad para tomar tierra a las cuatro horas y media sin contratiempo alguno. Llevaban años rumiándolo pero por hache o por be no se habían puesto a ello y, aunque pensaban encarar el reto desde Dènia, al comprobar el viento a las diferentes alturas decidieron peregrinar unos cuantos territorios al sur para correr el menor riesgo posible. Me impactó la aventura. Mi único acercamiento entre comillas a uno de estos artefactos ocurrió cuando tuve el lujo de encarnar a Baltasar y al día siguiente la organización citó a los tres magos de Oriente a subir por el aire para realizar otra entrega de presentes en determinados centros. Un buen número de criaturas se quedó sin la presencia del rey negro y en el aterrizaje Gaspar se fracturó la pierna. Lo sentí en el alma pero qué le va hacer uno si Dios no le ha llamado por ese camino.
Me dirijo hacia el aeropuerto sin globo alguno. Todo lo contrario. He comprobado el estado del vuelo y he visto que acaba de despegar. Pese a que queda hora y media para que aterrice no puedo contenerme. Voy como a aquellas primeras citas pero con cincuenta tacos más envuelto en una emoción incontenible, estremeciéndome sin esperarlo por dentro, lo juro, en un estado de excitación que pocas situaciones provocan a estas alturas ni siquiera Cuca Gamarra cuando dice allá voy que también tiene lo suyo.
Dejo el coche estacionado en buen estado y alcanzo la sala de llegadas. Cuerpeo y me hago hueco. Quiero divisarlos. Salen pasajeros y más pasajeros. Cientos. Se entremezclan. A los únicos que sitúas con precisión es a los que vienen de Palma. Ya saben. Se reparten abrazos y se sueltan lágrimas en todas las posiciones. Veo un carrito doble ¡Ahí vienen! Chasqueo los dedos. Es la señal. Miran, se revuelven y sonríen. Qué más quiero si están para comérselos. ¿Me los como? Freno ya que me da.
Feliz año de contratiempos
Alguien cercano tenía previsto pasar el fin de año en Londres con hijos y nietos incluidos en el paquete. Es precioso viajar, pero en fechas como estas reconozcamos que hay que echarle moral. Sin ir más lejos British Airways arrancó las fiestas pidiendo disculpas a sus clientes después de que los vuelos en Estados Unidos y en otros países quedaran interrumpidos horas y horas por problemas técnicos que dejaron colgado el sistema de planificación de vuelos. Esto te pilla en cualquier terminal del mundo rodeado de prole y te hace una gracia que para qué. Y más si no has podido embarcar las zambombas.
No pude contenerme y mandé en las horas previas un recadito de los nuestros al susodicho: «Ignoro cómo, pero me ha llegado un mensaje de Boris Johnson en el que dice que para Nochevieja se le han trastocado los planes y que, si queréis, os anima la velada». Otra cosa no, pero en eso es de fiar. Así que, lanzado y aunque él cuenta con una cartera de locales muy superior a la que yo pueda imaginar, le recomendé por si les encajaba Bombay Brasserie, un indio de estilo colonial con un piano a bordo en Kensington y un precio más que razonable que en su día nos dejó un muy buen sabor de boca. Lo que no tardó en llegar fue su respuesta a lo del invitado sorpresa: «Me he animado solo, he pillado el bicho». Hasta ayer no dio negativo por lo que no me he atrevido a preguntarle dónde caerían las uvas no fuera a ser que me trasladara que, ante el estado que él presentaba, ya le había mandado mi dirección al expremier.
También anda cerca un tipo al que la cuestión de las tarifas es superior a sus fuerzas. Gastar le duele lo que no hay en los escritos cuando además siempre ha estado loco por pillar habitación en establecimientos lujosos que devora. Métete en ellos por la web, le hemos dicho, y tras relamerte reserva en la pensión de al lado. No solo ahorras sino que ganas dinero.
El susurro del hechizo
Tengo grabada la imagen aquí desde la víspera de Navidad en que se puso en circulación. Es la de Kely Cristina Nascimento reclinada sobre el cuerpo de su padre en la cama del hospital con este fijando la mirada en ella, el tubo del suero que sortea la oreja por debajo hasta conducirlo a la boca y la mano que aprieta con toda la fuerza que le queda el brazo de la hija en unas horas agónicas. Quien está ahí mostrando su perfil a millones de ojos clavados en espera del pitido final no es otro que Edson Arantes, o sea Pelé, hijo de un futbolista roto nada más debutar, que ganó tres mundiales, el primero en Suecia con 17 añitos en el que marcó seis goles gracias a la ayuda de una pila de toallas hirvientes aplicadas sobre la rodilla maltrecha, y de donde salió entre lágrimas a hombros de su portero Gilmar tras haberle hecho un globo al guardameta contrario y mandarla a la red antes de que cayera. De seguir entre nosotros, Gustavsson aún estaría buscando al crío.
O Rei debutó en su equipo de Sao Paulo el año en que nací y se despidió de él en el que empecé a currar precisamente en la sección de Deportes y lo hice conservando en la retina el juego de tiralíneas de la selección carioca al que no había por dónde meterle mano. No lo digo yo, lo confesó el defensa italiano encargado de marcar al «10» cuando martilleó de cabeza en la final el centro de Rivelino: «Saltamos juntos, pero al volver a tierra él seguía en el aire». Es parte de la dureza de este oficio: que lo que le toca luego a uno es cubrir diariamente a los de andar por casa que son el noventa y tanto por ciento restante.
Vinicius de Moraes me llamó a filas. Junto a su sonido arrebatador y en torno una chimenea en la montaña cuando en esta tierra aún nevaba de lo lindo era fácil hacer ojitos hasta para los más torpes, ayudados por los suaves movimientos de aquellos bailarines en el estadio azteca que permanecían vivos en el subconsciente de tanto proclive. Los mismos que, contemplándolo sobre el lecho, celebran que así tumbado logre el mejor remate.
En un rincón del alma
Acaba de anochecer. Voy al volante dispuesto a hacer la compra y en la radio introducen el homenaje de la farmacéutica Cinfa a pacientes a través de fotos de ellos a las que una serie de invitados iluminan con sus textos lo que aquellas les inspiran. Carlos Hipólito reconoce que se decantó por una que al verla lo taladró. Se trata de la imagen de un crío de cuatro/cinco años que va con mascarilla por el campo, se ayuda de un bastoncito y no tiene pelo, a la que el actor pone la siguiente letra: «Había mucho camino por andar. Sus padres iban detrás. Les había pedido que le dejaran ir delante porque quería ser su guía, marcarles el ritmo, irles enseñando cada una de las cosas maravillosas que iría descubriendo en aquella aventura…». El autor se estremece cuando, por sorpresa, el padre de la criatura atestigua desde otro rincón del mapa que este arranque coincide con lo que ocurrió en la realidad. Con los ojos humedecidos aparco y me tomo una prórroga hasta conseguir recordar lo que había venido a llevarme. Lógicamente se me olvidó lo principal.
Al preguntarle a un colega por su padre respondió que estaba muy emotivo. Lo he recordado porque seguro que cuando ahora le preguntan a los míos no tienen muchas vueltas que darle. Durante el almuerzo del día que falleció me dio por poner las melodías de Pablo Milanés que me retrotraen a los inicios del camino andado y tuvieron que levantarse a consolarme de la «plorera» que me entró. Estas fechas en ese sentido qué voy a contarles. Hay un anuncio de Suchard en el que un renacuajo sorprende a la familia con lo que a la abuela le pirraba y que al resto se le había olvidado, que me puede. Y hace poco se estrenó en Broadway un musical sobre el compositor de «Sweet Caroline» que, tras revelar que padece Parkinson, fue al estreno, la interpretó con el público en pie y conmigo congestionado. Y eso que nunca he seguido a Neil Diamond.
No parece de este país
A la hora en que los once jinetes del apocalipsis están dándole vueltas a lo suyo después de que la dupla con el mandato caducado ni siquiera haya tenido a bien abstenerse, me refugio en los brazos de Manuel Alcaraz, profesor de derecho constitucional transformada hoy esa materia en la cosa tomatosa, creyente jondo que cuando ve flaquear el espíritu sereno con el que se conduce echa mano de sus sólidas convicciones, se agarra firmemente a ellas, trasciende y va más allá. Para eso es capillita. Cada vez más, claro.
Se halla en plena gira de presentación de su último libro «El oficio de Casandra», un compendio de artículos molones en los que desgrana las inquietudes por la calidad y el futuro de la democracia junto a otras derivadas. Y lo que hace este tipo gentil proveniente de la Ilustración es recomendar lo único que no es suyo: el prólogo. Así que no es plan de llevarle la contraria y dejaré de buen grado que sea Joan Romero, quien define al que fuera colega tiempo atrás en los avatares de la cosa pública de «moderado de izquierdas que rechaza la antipolítica como forma de encaminarse por la vida», el que resalte parte de la sustancia que la obra insufla al devenir de lo que hay entre manos, que no es poco: «El autor sabe bien que la democracia es conflicto, pero también pacto. Y se dan momentos en los que el acuerdo es el mensaje y la tarea de los partidos y de los gobiernos, en tiempos de fatiga institucional, de fragilidad política y de desconcierto, es conciliar… Por eso expresa su dolor cuando constata la judicialización de la política, que no es sino la constatación de un fracaso y de alguna forma un fracaso colectivo». Hasta en lo del prólogo coincido con Alcaraz. Me preocupa.
El anhelo sostenido a lo largo de sus escritos es el de un llamamiento firme a la prudencia. La prueba es que, como habrán observado por el aroma de lo que antecede, durante la presentación no se hizo referencia a la pirueta que estaba produciéndose en el tribunal ni a cómo se ha llegado a este extremo. Si se llega a hacer…
En el túnel del tiempo
Un buen amigo nacido a principios de los cuarenta se explaya sobre su primer Mundial. Fue la mejor España hasta que se puso la corona. Y revive aquel Brasil del 50 con el gol de Zarra y la gesta de haberse convertido en los únicos que pararon los pies al plantel del «maracanazo». Lo tiene tan fresco que recuerda cómo le decían al seleccionador que se dejara de historias y en vanguardia sacara a todo el Athletic. Confiesa que con el paso del tiempo ha llegado a pensar que vio los partidos en televisión. Sí, claro, por Movistar.
La primera cita de ese calibre en la que no hubo que esperar al No-do fue Inglaterra ́66 donde los españolitos se subieron a la chepa de Sanchís tras su cabalgada de raza en una escuadra a las órdenes de quien liquidó a la URSS en el Bernabéu, el tal Villalonga, militar por supuesto. Pero la alegría duró poco y Uwe Seeler nos mandó a casa. Por fin nos dispusimos a seguir las evoluciones de mitos cuyos vuelos cincelamos en la cabeza empezando por la perla negra que le había dado a los suyos los torneos precedentes y que hoy se relame con el hechizo que aún despliega Lionel desde su cama en el hospital Albert Einstein de São Paulo. Dos de los más grandes, conscientes de que se la juegan.
No le fue fácil a los virtuosos sobrevivir en aquella cita. Al «10» carioca y a Eusébio le dieron de todos los colores. Solo mi admirado Bobby Charlton sorteó el estropicio porque Nobby Stiles estaba en su once y porque no hubo más que ver la final para concitar todos los fantasmas. Sobre el césped se iba de frente dentro del estilo callejero. Las togas conservadoras del Constitucional debían profesar mucha afición ya entonces y ahí están, dale que te pego, sin disimular cuando las maniobras actuales son de una pasta más hipócrita en la que los hermanos franco/españoles del lateral izquierdo galo se revuelcan como si los hubiesen matado aunque la falta la hayan hecho ellos. Nada que ver con el plano frontal de cada partido a Infantino quien desde el trono observa complacido lo que se mueve a sus pies. Eso sí que da miedo.
La nueva encrucijada
Con diecisiete años Antonio, primo hermano de mi padre, cogió el petate dispuesto a chuparse mil kilómetros a pie hasta Barcelona donde el 19 de julio estaba previsto alzar el telón de la Olimpiada Popular en respuesta a los Juegos de Berlín en pleno ascenso del nazismo, pero esa misma mañana deportistas caídos de todas partes se despertaron sobresaltados por el tableteo de ametralladoras. Muchos de los desplazados cambiaron las pistas por la movilización para hacer frente a los insurrectos y él dijo hasta luego Lucas. Abrazó Francia y allí pasó toda su vida.
De lo que no se libró fue de ser reclutado para la Legión Extranjera ni de resultar herido un par de veces en Argel ni de desenterrar americanos por suelo galo. En la familia apenas se habló del primo por si las moscas supongo. Tampoco se acercó y eso que era transportista. El caso es que al apagarse la lucecita en El Pardo se subió con la mujer en Estrasburgo al Mercedes todo menos último modelo, camino de su tierra siglos después. Nada más alcanzarla los cristales recibieron en el primer semáforo un impacto enladrillado mangándole en la confusión el bolso a Suzanne con el dinero y la documentación. Tras la correspondiente denuncia dimos una vuelta por la judería y demás rincones reconocibles y los churros se los tomaron con vino blanco. Lógicamente no estaban bien.
Al poco de dejar este mundo se extendió hasta esa parte de la frontera con Alemania el brazo parlamentario en el que se ha abierto una formidable zanja con el brote de sobornos registrado en destacados miembros de un asentamiento erguido para consolidar y fortalecer la determinación de unas cuantas generaciones que, en condiciones deplorables, se deslomaron para que el edificio europeo diese cabida a un modo de vida repleto de cohesión social y de oportunidades en el buen sentido. Y es gente formada de sobra la que haciendo uso y abuso de una corriente ideológica decisiva para darle forma al sueño la que pone en jaque la credibilidad de décadas de avance. Valiente pedrada.
Devolver la pelota
Puesto que Bono es el portero de mi equipo y también de la selección marroquí, al acercarse la tanda avisé a allegados: «Me temo que estamos fuera». Y por si faltaba algo, el lanzamiento decisivo lo incrustó en la red un hijo de familia inmigrante. ¿A que duele cuando te echan?
Francia, país de acogida por excelencia donde no hay más que ver el perfil de los integrantes de la selección cuya potencia física la ha encumbrado a lo más alto del escalafón, está una vez más dándole vueltas a una ley que pretende incentivar las expulsiones de quienes se hallan en situación irregular, algunas de cuyas criaturas es posible que estuviesen destinadas a engrosar el plantel de los clubes europeos. Cuando esto se produce ya nadie los tira. El desenfoque de una cuestión nada fácil de resolver se salió de madre cuando quienes defendían la acogida empezaron a virar y a dejar caer que había que ponerle freno para que los oriundos no vieran peligrar su curro, cruzada en la que destacó el eurocomunista Marchais. Y sin ser capaces darle forma al humanitario tomate, entre unas cosas y otras no hay más que ver para lo que ha quedado la izquierda gala, «gauche divine» incluída, y cómo anda de lozana la familia Le Pen guiando los pasos de no pocas medidas guapas.
Es tan resalao el asunto que opto por abstraerme unas horas con las retransmisiones de estos días pero la verdad es que tampoco lo consigo. Verán, me refiero a lo que llega a la hora supuestamente de destripar tácticas: «Hay que ir a por segundas jugadas y colocar la defensa en bloque bajo buscando realizar movimientos, penetrar con rápidas transiciones y ejercer presión tras pérdida para atacar los espacios». A los que tienen la obligación de aplicarse y buscar soluciones con las que se progrese lo que les digo es que cómo voy a entender los desmarques de ruptura que nos marcamos con quienes lo único que buscan es dar amplitud al juego.