Hace ya uno, dos, tres, cuatro, cinco… meses que se nos vino encima el frenazo en seco y, puesto que ni siquiera era imaginable, nos quedamos absortos ante el temor albergado. La sacudida fue de impresión. El que más y el que menos se sintió zarandeado por bajas cercanas o íntimas, perdiéndose demasiadas botas en el maldito itinerario sin poder despertarse uno contento ni de lejos por continuar con las suyas puestas. El reencuentro con los lugares en los que se ha plantado una ausencia incardinada ha hecho que a esos espíritus sensibles que andan sueltos les cueste un mundo poner el reloj en hora. El esmero con en el que fueron tejiéndose las relaciones hasta disfrutar de sorbos compartidos con sabor a gloria bendita están compuestas a día de hoy de pedazos rotos. Y, de ese modo, no es fácil reconciliarse.
Permanecemos en un túnel del que se desconoce su dimensión. No es
que antes esto fuera jauja ni que en muchas ocasiones no anduviésemos tocados física, emocional y espiritualmente. Aquí no se libran de las heridas ni quienes las provocan y tampoco aquellos que tienen el dinero por castigo. Es bien sabido que, cuanto mayor se hace uno, más cargada lleva la mochila de conflictos por desentrañar. Pero en esta ocasión no hemos hecho nada para merecerlo y nos encontramos sumidos en una oscuridad de la que solo barruntamos que bien, lo que se dice bien, no se va a salir. Resulta impreciso, pero suficiente para que el desconcierto provocado sea de consideración.
Una buena parte de nosotros se halla a miles de kilómetros de donde le gustaría estar. Mentalmente me refiero. Y hace lo que puede por dejar de darle vueltas a lo mismo. Por atisbar la salida y volver a colocar en pie el calendario en el que las fechas se escurren sin saber muy bien a qué estación pertenecen. Nos encantaría pensar que lo que nos asusta y lo que nos emociona e inspira a menudo van de la mano, pero lo que estamos es muy perdidos en la carretera por la que
circulamos. Nada menos que una arteria, la interior.
Autor: fesquivel74
Un alto en el camino
A ellos se les detuvo el tiempo mucho antes de los que hoy lo han visto alterado por una historia bien distinta, arrancándoles de cuajo los amaneceres en los que deleitarse con esos tallos que habrían de brotar a bordo de la saga. Hablamos de las de Francisco Martínez Marco, Rafael Celestino Tafalla y las de los hermanos Juan y Sebastián Verdú Berenguer, cuyos restos se han puesto en el radar a estas
alturas de la vida y del desafecto groseramente bendecido junto a los
de otro buen racimo de represaliados en el camposanto de Monóvar al
igual que poco antes aconteció en Castellón y pronto en Benissa, que
fueron pasados por las armas en octubre del 39. Ayer mismo, vamos.
El nieto del primero rememora algo que se han pasado como el testigo de quienes sienten la íntima necesidad de mantener una llama de orgullo viva: «Mi abuelo dejó a mi abuela en herencia la cena que le dieron la noche antes de ser fusilado puesto que un vecino se la acercó a casa. Se trataba de una lata de sardinas y un trozo de pan para que ella y mi padre comieran». En este país cainita todavía hay quienes ven en la recuperación de la más elemental justicia extraviada un histrionismo con el único afán de remover lo que no se debe remover. A una parte de estos «afectados» porque otros compatriotas quieran recuperar los huesos de donde provienen los suyos les repateó que sacaran al caudillo del Valle de los Caídos para llevar su sacrosanto vestigio al cementerio del Pardo, con el gobierno del mismo signo de muchos de los que aún permanecen en cunetas presidiendo el traslado, con parafernalia y en helicóptero, al nuevo asentamiento. El pobre, qué barbaridad. Es verdad, cuánta venganza por Dios.
Existen descendientes que han seguido depositando a diario flores en un linde de la carretera en torno al lugar donde presumiblemente se
produjeron las temibles ráfagas, aunque todo lleva a la conclusión de
que el avance de la civilización hace lustros que dejó demasiadas fosas listas para sentencia. Qué civilización la nuestra.
Madre mía, qué situación
En quinto de Bachillerato a mi padre se le escapó que ojalá hiciera
Medicina. Ese verano, yendo hacia la playa, mi primo se aplastó los
dedos con la puerta del bus, anduvo tan ricamente hacia el hospital de
al lado y, el que cayó redondo en la acera al verlos, fui yo. Asunto
zanjado.
Con la década avanzada, Lou Grant fue la serie que propinó el empujoncito final a parte de quienes soñaban con surfear una vida
distinta a la dictada, emboscados en el frenesí del punto y final. Aquella generación albergaba una necesidad imperiosa de emplear el bisturí para desentrañar tanto como se había silenciado. Los abusos de poder en todas sus modalidades se convirtieron en el oscuro objeto de deseo con el faro de la objetividad prendido. Bien que lo remarca la filósofa y pensadora Hannah Arendt: «La libertad de opinión es una farsa si no se apoya en información objetiva, que es la que garantiza que nos podamos pronunciar sobre algo», y quién soy yo para llevarle la contraria. Mi padre medio se salió con la suya y el amigo que me
hizo clavar los codos es uno de nuestros mejores oncólogos.
Las carreras vinculadas a la salud vuelven a acaparar la mayor
demanda universitaria. El tirón de la redacción ficticia de Los Angeles Tribune ha sido reemplazado por el sonido real de las palmas florecidas en primavera. La muchachada se ha percatado de que por aquí algo gordo falla. El modelo de estado y el enjambre ulterior precisan de anticoagulantes para que tanto trombo no traiga un ictus de consideración en el diabólico presente con un futuro que paqué,
amenizado por el navegante con más trienios de la Casa Real que en
plena pandemia se ha puesto el mundo por montera intentando que se
mantenga en tinieblas y, otra vez, bajo el silencio.
Desde las cercanías del quirófano se oye una voz que clama: «Nos han disfrazado de héroes cuando les ha interesado; ahora otra vez solo mano de obra barata». Para ellos somos la uci y, la denuncia, el último recodo a fin de lograr que haya medicina. El caso es que mi padre se salga con la suya.
Todo muy real
Semana Champions. Se retoma la senda que conducirá en Lisboa a la
coronación en un añito, horribilis es poco. A la final de 2014 celebrada en esa ciudad acudió el monarca de la transición, pocas semanas antes de anunciar su abdicación por lo que, de haberse extendido la prórroga con una de esas dosis interminables de penaltis, igual se habría producido un instante en que, ya puesto, se le hubiese pasado y todo por la cabeza soltarlo en las reacciones post partido dado que, francamente, un campeón no hay duda que es.
El caso es que los choques en las diferentes competiciones siguieron marcando el paso y en 2018, ayer mismo, el aún marido de doña Sofía volvió a estar presente en una final por segundo año consecutivo, en esta ocasión del equipo de Zidane frente al Liverpool, esa en la que el guardameta red, rubio y teutón como Corina, se retrató al dar manotazos de un lado para otro haciendo saltar por los
aires la igualdad preconizada, más que por la constitución, por las
casas de apuestas que, a modo de tómbola, a veces algo sí convergen.
De hecho fue una publicación como Monarquía confidencial la que
describió de este modo la circunstancia por la que la Casa Real envió a quien envió a Kiev: «Felipe VI lo ha vuelto a hacer y manda al padre en su lugar. El rey emérito es un reconocido madridista, algo que su hijo sabe y aprecia». Al menos esto sí que lo conocía el jefe del Estado y a la hora de pasarse la pelota uno a otro, salvo una excepción, lo que le ha tocado a este ha sido la Europa ligui. Sabemos que las ayudas a la dependencia se demoran lo suyo y también que, a la de 2015 en Berlín en la que el Barça se citó con la Juve, no acudieron ni el padre ni el hijo ni el espíritu santo, dándole transferencias plenas a Soraya. El independentismo agradeció de todo corazón el gesto.
Hasta que los de Florentino se las vean con Pep solo se hablará de lo mismo. De plantarse Sergio Ramos en la final, el remate que pondría
el colofón a este ciclo sería ver adentrarse por allí a don Juan Carlos. Es lo único que le hace falta al var.
Imposible resistirse
Nunca me sentí envuelto por el potente imán benidormí y, claro, yo me
lo busqué. El especialista de un área, capaz de hacerse con un caudal de fuentes en una parcela cerrada a cal y canto para el radar ciudadano, lanzó un ultimátum: «O me voy a Benidorm o me voy a Benidorm». Y antes de perder a un elemento puntero a la hora de desabrochar a sectores claves para que se abran, el que se abrió fue él y se empadronó en el sitio donde quería que, informativamente en la década de los noventa, tampoco resultó manco. Así fui enterándome de lo que vale de un peine.
Poco más tarde, mis cuñados Aurelia y Sabino, que con su temple
cohesionan al resto de mortales y que a lomos del Imserso fueron
dejándose caer por el norte, el sur y las islas, pillaron plaza en el
lugar de nacimiento artístico de Julio Iglesias sin demasiado
convencimiento, de modo que repitieron. Ellos y la inseparable peña
concluyeron que, a diferencia de otros destinos, todo gira alrededor de que los visitantes se lo pasen pipa. Y, tantos años después, Julio tampoco puede quejarse.
Este solo es el aperitivo de lo que se me vino encima. Poco a poco fue ganando terreno que, el tantas veces denostado modelo urbanístico de rescacielos a tutiplén, es el ideal para combatir la ristra de males con la que acecha el desarrollo cuando es desconsiderado. O sea que, de esa urbe tildada de adefesio, habíamos pasado a un espejo en el que mirarse. Y, bueno, no me resistí. Le pregunté a uno de sus pregoneros y, nada, atrevesamos la avenida y comprobamos que la playa está más cuidada que la mayoría de centros históricos. En el pequeño hotel familiar nos atendieron y comimos como Dios con un balance calidad/precio… Ahí fue donde el primogénito vio en Foietes que el bitelmaníaco de su padre se sabía todas las de los Stones, la única vez quizá que esa cara desprendió un aroma a ¡uy!, el viejo es un máquina. Y, en el anhelo de que la fiebre de ocio nocturno se apacigue, aquí estoy a la espera de que el espigón neoyorkino del Mediterráneo recobre toda su luz. Será la señal.
Siempre igual
Es de imaginar a Raimon dándole vueltas desde el inicio de la década a
la donación de su patrimonio si se tiene en cuenta que el recorrido
vital transcurre en el triángulo Xàtiva/València/Catalunya. Al frente
de la ciudad en la que nació se encontraba enclavado Alfonso Rus
contando billetes en voz alta; en el cauce del Turia desembocaban los
tentáculos de la Gürtel y, el destino del territorio por el que desplegó el tramo más fecundo de trayectoria, en manos independentistas que tan poco congenian con el gen solidario que alberga el organismo de esa criatura llamada Ramón Pelegero, que vio la luz a los pies del cerro del castillo. Puede que esas calles lo inocularan para defenderse.
Por mucho que hayas luchado, y es el caso, nadie está preparado para desear transferir un legado, que esa contribución acumulada tenga el propósito abrir conductos a nuevas formas de entender la creación y
que dar con el sitio adecuado cueste lo que no hay en los escritos al
primar la sensación de verse rodeado. Una cosa es que el escandaloso
despliegue policial penetrara en el pabellón del Real Madrid al poco
de la muerte de Franco y Fraga sentenciara que los tres recitales
restantes quedaban suspendidos porque entre muchos se estaba empujando para cambiar la situación y, una historia bien distinta, es que unos pocos espanten a una amplísima mayoría en el afán de que nada cambie a través de un clima irrespirable. De ahí que, para que el objetivo de Annalisa y él cristalizase, la pareja haya tenido que aguardar a que variaran de cuajo las condiciones medioambientales.
Da la impresión de que la espera ha merecido la pena y el convento
setabense de Santa Clara se acondicionará para albergar la herencia de
uno de sus hijos. El cantautor acudió al bautizo de la fundación de
blanco impoluto en contraste con lo oscuro del terno que lució aquel
febrero del 76 y en tantas otras jornadas en las que irradió dignidad.
Siempre igual, la bondad en la cara y la fuerza que da no dejar de ser
consecuente. Estos son los imprescindibles.
La buena estrella
En 2011 Miguel Rios anunció su retirada, de ahí que el tío no haya
parado, ande ultimando el decimoctavo álbum del que se conoce un tema a modo de blues y esté prevista la enésima gira de su carrera. El día menos pensado se nos presenta a oté.
Sucedió a mediados de los ochenta. Dos horas antes de saltar al ruedo en Buñol calentaba motores en la venta L´Home, la casa de postas desde la que Xemi Baviera te hacía alcanzar con su don de gentes las
estrellas a las que hace nada se dirigió a sacarles brillo. Embutido en unos tirantes, el granaíno estaba pegándose una sudada en completa
disonancia con la mala vida de tantos iconos del género que se quedaron tiesos mientras él optó por darse prisa en enterrar el
fumeteo. Entre una tunda así y las que se propinaba Jim Morrison debe haber un término medio, por lo que el único pronóstico que he clavado en mi vida es que este fulano sería eterno.
La querencia viene de muy antiguo y, el cuelgue definitivo, con sus
conciertos del Monumental Cinema en abril del 72. «¡Las neveras! ¡Las
neveras se deben dejar en el guadarropa! No se puede venir a un
espectáculo de rock and roll después de haber pagado 125 pesetas y
estar desmenuzándolo y no participando en él. De verdad, es muy
triste». Lo ponía tantas veces que, al enterarse que sacaba nuevo disco, mi madre cogió dirección al hospital en un rasgo de humor característico porque el hijo no perdonaba ni las introducciones dado
que la presentación de la banda con el remate jaleado a los acordes
boxísticos por cientos de gargantas de «¡Daniel!.. ¡Ensaladilla!.. ¡García! al piano» es tela. Tembloroso de placer, hoy en día deja al maestro Luis Prado a su bola ya que los viejos rockeros también gastan próstata.
La voz y la energía que despliega allá por donde acude supone un
gustazo. De mantener a los componentes actuales, dentro de treinta
años en el grupo rondarán los ochenta tacos, él será centenario, alguien presentirá que está en un tris de replegar velas y lo retendrá escrutar las colas que se forman. Sobre todo en el de caballeros.
De todos y de ninguno
Tiempo atrás, la titular de Empleo, Fátima Báñez, enfatizó que es «la
virgen del Rocío quien nos ha traído este regalo anticrisis porque, ella, un capote siempre hecha». Al poco fue Fernández Díaz el que santificó la fiesta desde Interior: «Nada es casual, todo responde al plan de Dios. Tengo un ángel de la guarda que se llama Marcelo y que me ayuda a aparcar». Por fin, Carlos Mazón, encargado de tutelar para los suyos el sur de la Comunidad, que también existe, ha sustanciado que «el partido ha de modernizarse», tras lo que ha dejado constancia de que «con el liderazgo de Casado, en el pepé se nos ha aparecido la virgen». ¡Uummhh!
A la herencia de Fraga siempre le faltó un hervor respecto al ala
puntera de su franquicia europea y le ha sobrado más de un fervorín.
En Francia, el gachó que estaba al frente de Liberation ha dejado la
dirección del diario y se ha lanzado a remover un espacio como es el
de la izquierda desaparecida en combate. O sea, que deja Málaga para
entrar en Malagón. Mazón ha transitado por los alrededores de la
esfera privada y se ha colocado en primera línea de la marca con el
entusiasmo propio de quien cree que puede derribar muros. Pero el
escepticismo y la desafección de la multitudinaria parroquia que no
pertenece a credo alguno es perfectamente descriptible. Lo hizo Muñoz
Molina a cuento de Venecia, investido del urbanista implacable que es
Navarro Vera: «El dominio de los especuladores, la frivolidad política, el sometimiento de todos los valores a la supremacía del dinero, se alían para despojar a la urbe de su condición de espacio compartido. La ciudad, por definición, es de todos y de ninguno». Nuestras comarcas permanecen rebosantes de desatenciones primordiales. Marsé diseccionó los barrios acomodados y los necesitados mejor que la mayoría de quienes se invisten de gala para llevarlos a buen puerto.
No sé. Aunque Mazón haya entrado con el pie derecho, queda por ver
qué pasos da para saber si de verdad es aire nuevo o se va en su día
como tantos con viento fresco.
En el lugar de los sueños
De la mano de ese Silencio de Octavio Paz moldeado con rotundidad por la voz limpia de Sacristán cuaja el regreso al cine que venía
fraguándose aquí dentro. Como los habituales no están por la labor, me
acerco sin perrito que me ladre. Al igual que las aguas del gimnasio,
donde los usuarios asoman con cuentagotas, le devuelven al cuerpo la
agilidad extraviada, la gran pantalla, no las plataformas, ha sido
alimento básico desde que la abuela me acercase a la reposición de La
vuelta al mundo en 80 días a cargo de David Niven, Cantiflas y Shirley
MacLaine, sin olvidar los estrenos de Marisol, con la paga del habilitado aún caliente.
Por el camino siento el aliento recíproco del manifiesto de un buen
manojo de fecundadores europeos, con Coixet entre ellos, que claman
por un socorro a la cultura y, cuando entro a la sala de casi trescientas butacas que forma parte de la escenografía familiar, la vuelta que ha dado el mundo lleva a que no haya un alma ni en esta ni en las restantes. De entrada resulta estremecedor pero al hacerse la penumbra se recobran constantes vitales. Las palomitas, los móviles y
las bolsas de chuches han sufrido un KO y la bendita ausencia lleva a
quedarse absorto con las cenefas que dibuja el proyector en el techo y
que en el histórico pasaron desapercibidas como tantas secuencias a
las que no prestamos atención dentro de lo que se suponía una
asquerosa normalidad.
Entre unas cosas y otras, Cate Blanchett y yo estamos a solas. Como
hoy muchos de quienes nos rodean, anda a la deriva. Se trata de una
creadora que, en el instante en que deja de lado las construcciones
que bullen en su cabeza, pierde el rumbo. Tras el parón sufrido, los
rodajes acaban de retomar la senda ajustando guiones y demás a la
nueva realidad en el afán de no dejar de insuflar lo que persiguen.
Cate huye hasta la Antártida para verse a sí misma. Dentro de la
oscuridad es inspirador no dar de lado a historias que, entre ellas,
moldean el esqueleto de los amantes perpetuos del séptimo arte.
Ustedes mismos.
A fin de no inquietar
Los recientes sufragios periféricos se han producido en medio de un
preocupante estallido de brotes. Se nos venía por tanto encima el
momento indicado para comprobar si tanta convulsión como la
experimentada desde que el covid nos recluyó iba a afectarnos de modo significativo. Y no. Las reacciones de los golpeados en las urnas han sido del mismo tenor de toda la vida. ¡Ay, qué alegría!
Entre los primeros a los que el bipartidismo de antaño soltó para que se las maravillaran figuran Ábalos e Iturgaiz. El ministro de Transportes llevaba confinado desde que a finales de enero pasara
veinte minutos con la número dos del régimen de Maduro en una sala vip de Barajas con el coraje que posteriormente debió darle no hallarse
bajo el uso de mascarilla que le habría venido de perlas. El otrora
locuaz escudero del presidente contempló tras el recuento vasco &
gallego el estancamiento de su partido y, como secretario de
organización del mismo, fijó el rumbo diciendo: «El pepé, que tome
nota de lo ocurrido». Es de ponderar el enorme esfuerzo de los
portavoces que en estas horas se han batido el cobre para que nadie
fuera a asustarse ante un despliegue exhuberante de realismo y
veracidad al que no está acostumbrado.
El renacido tuvo, no obstante, un deliz en el que reconoció bajito que «los resultados del pesoe no son buenos». Mecachis, no se alarmen.
Afortunadamente, Iturgaiz salió al quite y afirmó que lo suyo –o sea,
el tortazo– es «una meta volante para acabar con el Gobierno de
Sánchez e Iglesias». Ahí sí confluimos. Es lo que toca y más si se viene del túnel del tiempo. Quien no perdió un instante en entrar a matar fue Errejón que, sobre Podemos, sentenció: «Eso ya no existe. Se llama UP y tiene los resustados de siempre IU». La cosa ha caído en gracia y lo repite todo quisque menos el que se imaginan. Este sigue callado tras la proclamación de un twit la noche de autos: «Derrota sin paliativos. Nos toca hacer una profunda autocrítica». Eso, Pablo, no lo digas, que se nos caen las ligas.