De un progre a un filántropo

Un estudio señala que, en zonas de Marte, es probable que haya oxígeno como para mantener a algunos seres vivos terrestres. No sería de extrañar que Pedro Sánchez haya pensado, algo es algo.

Entre la turné de su socio más rumbero pidiendo árnica para los presupuestos; la lidia independentista desplegando por centroeuropa el capote republicano a todo meter y el dúo Pimpinela formado por Casado & Rivera recordándole en cada lance que el tiempo expira, al inquilino de la Moncloa le cuesta lo suyo respirar. Y, teóricamente, lo ha tenido a huevo para refundar el Planeta Rojo aquí mismo, sin necesidad de recurrir a las hojas de cálculo que le suministre Duque. La socialdemocracia no está sobrada de plebe que lleve el timón en sus respectivos terruños y Sánchez, que tan izquierdoso parecía cuando se las tenía tiesas con los instalados en la cueva felipista, disfrutaba de una oportunidad de oro para reverdecer el histórico espacio. Su electorado transita huérfano de un mensaje potente, ese que ha dado la democristiana Merkel al suspender la venta de armas a Arabia Saudí mientras no se desvele si al periodista lo descuartizaron accidentalmente o no. Hasta Trump se ha revuelto más con lo sucedido en Estambul que nuestro mandamás progre y olé y eso que al filántropo Donald no le importaría que, desde el coco a los meñiques de los sabuesos redaccionales que lo rodean, fueran donados a la ciencia estando aún vivos, claro.

Parece que Margarita Robles  conserva los miembros en su sitio, pese a reabrir en un momento procesal delicado el debate alentado por la canciller alemana indicando a la opinión pública y al jefe que «no podemos permanecer impasibles ante la violación de derechos humanos», después de que en Madrid el embajador germano sugiera que  «una postura común en el caso saudí exteriorizaría la unidad europea». 130 millones más que Alemania es lo que España vende en armas a una monarquía bañada en petróleo. Sánchez sabrá si nos compensa este plato de lentejas.

Esa hornada de atacantes

Salvo milagro, el ultraderechista Bolsonaro se convertirá tras la segunda vuelta en presidente brasileño. En la primera se impuso con un 46,03% de los votos y, según los sondeos, el exmilitar cuenta con un 50% de la intención directa de cara a la cita del próximo domingo. Hay que tener en cuenta además un dato contundente: los milagros no existen.

De la fruición izquierdista desparramada por Latinoamérica en la primera década del XXI, con Lula concitando un atractivo especial tras convertirse ese gran país en locomotora, se ha pasado durante el ciclo de bajón a tener al líder del Partido de los Trabajadores entre rejas lo que ha sido perfectamente aprovechado por este veterano francotirador profesional, que lleva buena parte de su vida en la bancada de segundo rango y que ha invadido de forma milimétrica el espacio que un imperativo discurso «antiestablishment» le ha abierto. Jair Bolsonaro se ajusta al perfil de elementos explosivos que andan irrumpiendo en la escena internacional. Dan la cara lo mínimo, no se someten a debates televisivos si las circunstancias se lo permiten como es el caso y sus equipos se la parten a los rivales a través de mensajes por las redes. En el caso que nos ocupa, la vía elegida ha sido el guasá, con lo que el aspirante ha plantado su semilla ante 120 millones de ojitos que no sabe qué tienen, pero que al hombre lo vuelven loco.

Los bulos lanzados sobre los adversarios han sido palabras mayores: que si el tipo que apuñaló a Bolsonaro está afiliado al PT siendo falso, claro; que si una fan fue agredida cuando en realidad se trata de una actriz que sufrió un accidente y, el reiterado desde hace años y más grande, el «kit gay» de su rival cuando fue ministro de Educación con Lula, que jamás existió y que no era sino un programa para una «Escuela sin homofobia» buscando formar al profesorado en el respeto a la diversidad. En su día idolatrábamos a Pelé sin haber tenido oportunidad apenas de verlo jugar. En cambio, ahora estamos sobre pasados por el despliegue de este juego.

El nuevo viejo mundo

Me permito el lujo de estar diez días al otro lado del charco desconectado de la actualidad. Eso sí, el domingo acudo a la Quinta Avenida a palpar el Desfile de la Hispanidad, algo que solo puede conseguir el ejemplar que habita la Casa Blanca. Los centros regionales van a lo suyo y hacen caso omiso del brontosaurio. No debe haber mayor desprecio que no hacer aprecio. Los periodistas latinoamericanos sí que enarbolan en una pancarta que comunicar lo que pasa es una obligación. Aunque los vi por la 54, ignoro si llegaron a casa. Cuatro calles antes, Saint Patrick´s preside majestuosa. El órgano del coro, hecho por una firma de San Luis en el 28, sonó en la víspera a música celestial por medio de sus cuatro mil tubos. De allí sale uno creyendo, ya sea en el Altísimo o en Kilgen & Son, los constructores del instrumento. Durante la procesión de sevillanas, jotas y tangos, en la catedral ondean dos banderas, la americana y la española. Lo siento por Puigdemont & Torra pero, a pesar del campañón, allí no hay debate.

Para los aborígenes que ocuparon las tierras de los indios, los españoles no son hispanos. Cada vez nos sitúan más en Europa. Y, desde el Soho a Chelsea, ya resulta cool responder que sí que, de spanish, «un poquito». Nuestra presencia va más allá de los trajes típicos. Profesionales de primera se cuelan por todas las ramas. La treintañera Ana Berenguer anda al frente de un equipo de 800 personas como responsable de presupuestos del ayuntamiento de Nueva York. Y le está tocando afrontar la página de los Hudson Yards en el West Side, el mayor desarrollo inmobiliario privado de la historia estadounidense. Cuando te creías que no podían levantarse más torres, nace una nueva era.

La programación cultural del Instituto Cervantes es otra muestra de que la mentalidad abierta e innovadora es posible si se trabaja, claro. Y, lejos del ruido interno, se está haciendo. Lo malo es que, al volver,  las porfías bizantinas por esas banderías partidistas e insustanciales permanecen. Hace falta que aún desfilen algunos más.

El ademán eterno

Raphael no es que no se jubile sino que, cuanto mayor se hace, más activo se muestra. Tras meterse por el cuerpo una gira americana y otra española en la que ha reunido a 12.000 espectadores en la parada madrileña, tiene cerrados unos cuantos conciertos por Europa, desde San Petesburgo al Albert Hall para 2019, con sesenta años de carrera a las espaldas. Dentro de un montón de abriles, no sería de extrañar que los que acudan a su funeral permanezcan clavados, convencidos de que no se irá sin hacer un bis.

Con veinte años justos más que el cantante, mi madre irá a verlo la próxima semana. Sus hijas llevan invitándola por sorpresa las últimas tres décadas. Alterándola con impresiones de este sesgo es lógico que la mujer enfile tan campante la recta centenaria. No obstante, fue el primogénito el que encendió la mecha. Ocurrió cuando el redactor jefe me envió en aquel primer verano de curro a cubrir el concierto del galán en los Festivales de España y surgió la posibilidad de obsequiarle un asiento. En la Hispania de la época, Raphael se había convertido en uno más de la familia. Aunque los ademanes interpretativos tiraran de espalda a más de dos sirvieron para que los chavales se lo pasaran bomba imitándolo con El pequeño tamborilero. Así nació El robabombillas. El chansonnier de Linares pasó su travesía con la irrupción de los nuevos esquemas cuando aún no había dado tiempo a que se difuminase su imagen sonriente rindiendo pleitesía al palco en que Carmen Polo presidía con sus collares cada Navidad la gala benéfica. Pero este superviviente no solo se recompuso del duro trance. Portador de una especie de hechizo, se convirtió en el hada madrina de parte de la movida madrileña. La readaptación del personaje dio paso a una miniserie sobre su vida y la gran noche se puso de largo bajo los focos de Álex de la Iglesia. A día de hoy es superventas y superdescargas y ha dejado atrás la fragancia destilada por la diabólica loción franquista. Casado, no; rompopopón, rompopopón.

Por el mal camino

El segundo periódico más antiguo de España tras Faro de Vigo, de este grupo editorial, ha cerrado. A punto de cumplir los 120 años, El Correo de Andalucía ya no está entre nosotros. Ni la edición impresa ni la digital. Y sus exequias tampoco es que hayan removido los cimientos del orbe concienciado. Más que nada, se ha sentido en familia.

Y eso que no ha sido un diario cualquiera. En la recta final del régimen anterior se convirtió en una referencia. Con Franco en El Pardo aún lozano dio cabida a una información laboral que no se encontraba al alcance de cualquiera, salvo que se militara en los sindicatos de clase. En su consejo reinaba la Iglesia y ya se sabe que ésta, en cuanto huele la vuelta a la tortilla, se apunta a un bombardeo. Fue con el cura Javierre, un baturro de armas tomar, cuando la cabecera se tornó combativa y ya, en los estertores de una época puñeteramente gris, director y subdirector acabaron en la trena, éste por publicar una entrevista en octubre del 74 con Isidoro, Felipe González para los millennials, a la vuelta de Suresnes en el R-8 de Arfonzo con la secretaría general bajo el brazo.

Ahí El Correo alcanzó su esplendor y llegó a vender más de 50.000 ejemplares, lo cual era una exageración como todo junto al Guadalquivir. Pero la empresa no contó con los resortes adecuados para aprovechar la situación, malvivió apagándose poco a poco, pasando de mano en mano hasta ir a parar durante un tiempo a unas afines al pesoe en este caso, lo que, barruntará el avieso lector, no resultó más que el presagio de una muerte anunciada.

Y así ha sucedido. Impregnado de voluntarismo, el ansia por contar cuanto ocurría fue, en medio del secretismo oficial, el impulsor de un periodismo de valientes. Lo sé porque, entre ellos, di los primeros pasos. Hoy se han trastocado las trazas. La presencia de grandes grupos mediáticos impregnados de equis intereses financieros es lo que pone en situación de riesgo la esencia del oficio y de entornos plurales. Seamos realistas, pidamos lo imposible.

Cualquiera descubre algo

Durante el puente anterior al que nos viene, el Ayuntamiento de Venecia cerró calles, abrió desvíos y trasladó las embarcaciones de motor desde la plaza de San Marcos a emplazamientos alejaditos ante la prevista avalancha. Como saben, lo del turisteo es ya apoteósico.

Pero para que alguien no diga «hombre, está hablando de la ciudad que está hablando», conozco gente que ha ido al puente Carlos, ha estado sobre él y, de la muchedumbre, ha vuelto de Praga sin llegar siquiera a distinguirlo. A contemplar la Mona Lisa a menos de doscientos metros pueden aspirar si acaso los cacos. Y espérense. Un treintañero andaba este agosto con la camiseta de su equipo –ninguna superpotencia– en la playa vietnamita de An Bang, perteneciente a Hoi An y, al volverse, se topó con un amigo que profesa los mismos colores, sin saber ninguno que al otro le había dado por acercarse al fin del mundo. Casi les entra un soponcio. Días después, parte del grupo reunido se introdujo en Camboya, quedó con un vehículo que los recogería a las cuatro de la madrugada para ver amanecer camino del templo hinduista más grande y mejor conservado convencidos de que iban a descubrir Marte y, al llegar a la taquilla de Angkor Wat, les tocó hacer cola junto a media humanidad. La diferencia entre el viajero sin billete de vuelta y el turista es que éste prepara ilusionado los bultos con idea de quitarse el estrés en el garbeo y vuelve con más aunque, eso sí, puede que sin bultos.

Para ahuyentar lo que llaman malas conductas y en la línea de seguir reduciendo el impacto sobre la urbe, el alcalde veneciano quiere promulgar una ordenanza que prohíba sentarse en el suelo y en los escalones, que es lo único gratis allí, bajo multa de hasta quinientos euros. Lo cierto es que los 30 millones de visitantes anuales ha dejado en los huesos el censo y, ante la desbandada, la Unesco amenaza con retirar la categoría de patrimonio de la Humanidad. Cada año huyen 700 lugareños y es lógico que el alcalde se preocupe. A este paso, no va a tener quien lo elija.

Esconder a los mayores

Andan por ahí las conclusiones de un informe sobre en quiénes fija su atención las campañas publicitarias y, al contrario que buena parte de los anuncios que hay paridos, los resultados son para no perdérselos. Resulta que las personas mayores apenas aparecen. Es decir, cuanto más son, menos se les ve.

El estudio, elaborado por la simpática e imaginativa agencia Señora Rushmore en torno a 250 spots de más de 30 marcas pertenecientes a los diez mayores anunciantes españoles, concluye que solo el 11% de los personajes que aparecen en la tele para que compremos son mayores de 50 tacos, a pesar de que esa franja de edad representa el 40% de la población. Pero lo peor es cuando se acuerdan. Del total de jubilados que aparecen en los reclamos, al 45% los tienen enclaustrados en el hogar, disparándose hasta el 70% en el caso de que representen 75 años o así. Y lo que es más cruel, en semejante ficción, los que alcanzan los 65 jamás mantienen en pantalla relaciones de amistad a pesar de que es cuando el individuo puede encontrarse en unas condiciones ideales para cuidarlas. La media de edad de los curritos de las agencias ronda los 34 e igual están convecidos de que tirar de plebe mayor tiende a envejecer la marca y la aleja, digo yo, de otro rango de consumidores. En cambio, para lo que se utiliza a los ya talluditos es para vender seguros y finanzas como si con lo que han de soltarle en muchos casos a los vástagos para que tiren, no tuvieran suficiente.

Mientras en las comunidades indígenas y tribus varias, el anciano resulta apreciado, valorado, respetado, convertido en un ser activo en la toma de decisiones de la vida sociocultural cual portador de conocimiento, en la mayoría de los países occidentales se tiene muy poco en cuenta a los mayores en proporción a su peso en la economía. Y por lo que a anuncios se refiere, agárrense. Nunca son utilizados en campañas de productos de higiene, moda o limpieza como si les privara la mugre. Así que, de preservativos, ni hablamos.

El factor de la credibilidad

Camino de que nos caiga la tercera temporada, «The Crown» no es una buena serie, es la hostia. Creo que fue en el segundo capítulo de la primera fase cuando se me quedaron los ojos a cuadros con el despliegue de medios que traía consigo la incursión de la familia real en la India, donde hasta los elefantes lo bordaban.

Los capítulos que componen esa primera entrega contaron con un presupuesto de 130 millones de dólares, uno de los más elevados del género. Pero no solo es la grandiosidad de los escenarios, sino la manera de acercarse a un mundo tan complejo como el de los Windsor y la maestría de la escuela británica de creación e interpretación la que hace el resto y cautiva aunque la monarquía no sea uno de tus temas favoritos. Cómo estará hecha la canalla que, gente que denuesta la institución, ha empezado a valorar el esfuerzo y sacrificio que comporta convertirse en Isabel II desde que eres una criatura tierna a consecuencia de la credibilidad que imprime la narración. Según se dice, la propia reina, atendiendo la recomendación de Eduardo y de su nuera Sophie, condes de Wessex, se habría pegado sus veladas de castillo en las noches de sábado recreándose con las andanzas familiares en pantalla. Debido a un mal rollo, la duda es si verá la nueva entrega. Como con todo en el Reino Unido, hay apuestas.

Al parecer, Su Majestad se disgustó con el perfil que se traza del duque de Edimburgo al dejar a su hijo Carlos en el internado de Gordonstoun hacia el final de lo que ha podido verse hasta ahora. Por eso digo que es la leche. Porque ni los antimonárquicos ni la propia protagonista en la vida real tienden a advertir que, ante lo que están, es ficción. Que cuando andaba bebiendósela encantada Isabel II se rebote, igual significa, no obstante, que ese pasaje incluye menos ficción de la que le hubiese gustado. No sabemos si Carlos lo pasaría tan mal en el internado como se relata y tampoco hay noticias de que esté enganchado a la serie. Lo único que le hace falta ya es ver a la reina más joven que él.

La fiesta nacional

Al tiempo en que Pedro Sánchez transmitía al secretario general de Naciones Unidas «los extraordinarios avances que hemos hecho en estos poco más de cien días» y resaltaba que «el de España es el Gobierno de la ocedeé con más mujeres en el consejo de ministros», los desagües de las cloacas del Estado soltaban al otro lado del charco, o sea aquí, las confidencias cuando ejercía de fiscal nueve años atrás de la hoy titular de Justicia en las que tilda de «maricón» a su actual compañero de Interior y sintoniza con las gracietas del homenajeado Villarejo quien, a golpe de vaso de ron, asegura no gustarle las muñecas hinchables, a lo que la ministra tocada del ala repone por aquel entonces: «Me pasa lo mismo, a mí los tíos me gustan igual, tontitos nada… Ha venido un tío a la Audiencia monísimo, para qué lo vamos negar, parece George Clooney pero le pasa lo mismo, es una nenaza… Mira, te voy a decir una cosa, a mí que me den tribunal de hombres, de tías no quiero».

Pablo Iglesias debió olerse la tostada porque, en vísperas de este nuevo fregao, propuso un referéndum para decidir sobre los toros, conocedor posiblemente del ataque de cuernos que otro miembro del Ejecutivo iba a proporcionar al inquilino de la Moncloa allí donde más puede dolerle. Al ser preguntado en esa faena periodística el chamán de Galapagar sobre cómo ve la caza, dijo que a él no le gusta pero que «es una cosa compleja que no se puede prohibir así como así», lo que aprovechó para acusar al Gobierno de improvisar –en cambio él…– y de «sacar conejos de la chistera» en referencia a la reforma constitucional para suprimir aforamientos. Pues eso, que se ha abierto la veda.

El mesurado Iñaki Gabilondo pregunta  qué y a qué espera Sánchez para convocar elecciones, mientras los medios destacan que, en el premio ese al mejor de la temporada, Messi ha votado por primera vez a Cristiano. El bipartidismo que, en cuanto ve peligrar su supremacía, se da calorcito. Pero como en el hemiciclo pasó a mejor vida, no hay quien se prive del descabello.

El cuadro completo

Lo que se desprende del barómetro realizado para esta casa es que el elenco que tanto prometía cuando el buen mozo residente en la Moncloa lo presentó en sociedad, cien días después petándolo no es que esté precisamente. Se sabía, sobre todo en su partido, que Sánchez es un osado, pero la gestión política no se improvisa y hay semanas que, en lugar solo de uno, buena parte de la plantilla ministerial parece que fuese astronauta.

Veamos. La titular de Hacienda se mete en el berenjenal de suprimir el impuesto del 7% a la generación eléctrica – de forma temporal, encima– y ahora deberá poner vigilante a la tropa sobre las empresas para que la iniciativa ahorre al contribuyente en el recibo un euro y medio a lo sumo, después de que el colega de Cultura deba hacer lo propio con los exhibidores con idea de que la bajada del iva repercuta en los que todavía van al cine. Ya ven, ante la escasez de producciones notables todo recae en peliculitas, salvo si hablamos del peliculón del Valle de los Caídos donde una asonada en la reserva trae consigo apertura de expedientes a mandos militares que les va la marcha, promete días de gloria hasta que la operación consiga consumarse si es que lo logra y, por el camino, alcanza la virtud de devolvernos a Aznar a la actualidad, que es el que nos faltaba. El régimen de Arabia Saudí debe andar embelesado con el sesgo novedoso.

Si a esto unimos que el sin par Torra, al que el Gobierno ha tenido el gesto que le honra de tenderle la mano recibiendo sartenazos en agradecimiento, aprovecha la distracción permanente de las concentraciones callejeras para señalar a un buen porrón de magistrados tras filtrarse una colección de correos privados en la que éstos tildan al prucés de «golpe de Estado» y comparan la situación catalana con el «régimen nazi», pues ya tenemos el cuadro completo. Bueno, no, porque habría que repasar con detenimiento el trazo que traslada a la opinión pública la oposición y entonces es cuando uno se apiada del barómetro. Lo que habrá pasado el pobre.