Me empapo del Mobile World de Barcelona. Más de 2.300 compañías de 208 países con 108.000 congresistas. Se ha debatido sobre la inminente irrupción del 5G, el big data, la inteligencia artificial, el interné de las cosas y ha sido presentado el Nokia 3310, tildado de indestructible. Y abruma constatar que tres cuartas partes de la población mundial será cliente de telefonía móvil a mediados de año, es decir 5.000 millones de criaturitas. Impacta y, sin embargo, no hace falta que me lo juren puesto que cojo el bus, me siento atrás y, de los trece acompañantes (?) en la misma fila, enfrente y a ambos lados, el único sin andar embebido es obvio porque, de lo contrario, no podría describirlo. ahí están contestando guasás; imbuidos en tuiter; siguiendo pistas por feisbuk…y en trance, sin despegar la mirada del invento. Un sinvivir, vamos.
Desemboca en la plataforma trasera un bicho raro, también llamado humano que habla a la cara. Es Martín Sanz, periodista, escritor, grifo comunicador de Aguas y lo que le echen. Cuenta con dos libros recientes y está recopilando datos para uno sobre la Albufereta. Desde el Tossal de Manises y Lucentum hasta la invasión Pradel pasando por la desembarco de pieds-noirs y demás intríngulis en los que ustedes piensen sobre una zona que tiene lo suyo. Estoy a punto de soplarle que las primeras palabras que escribí en estas páginas allá por los setenta fueron de un reportaje de la playa en agosto cuyo arranque era «papá, caca», pero me contengo no vaya a ponerme con el resto de antiguallas. Además mi interlocutor es un bendito surtidor que, antes de ponerse el traje de romano, se levanta a las cinco para bucear en la memoria. Por los gestos intuyo que en casa deben pensar que está loco y que efectivamente es consciente de que lo está, pero que le quiten lo bailao. Tras bajarse asisto a cómo alguien a la izquierda repara tras media hora de trayecto en quien tiene enfrente y témome que, de verdad de la buena, dice no haberla visto. ¿Pero cómo ibais a veros, bandido?