Al ser acuarios, a los millennials que trajimos al mundo se les acumula la faena y se las ven y se las desean para dar con el detalle de rigor. Cuando habían abierto una espita a través de un vino o un vermú en condiciones, los análisis de los boomers que le cayeron en suerte sentenciaron que, cuanto menos alcohol, mejor les iría. Así que no, no lo tienen fácil y, en general, tampoco.
Para intentar salir del atolladero, el portavoz del tridente guasajeó acerca de si se me ocurría algo para la partenaire, en el instante en el que acababa de detenerme en el concierto de Leonor Watling en el teatro Circo dentro del festival de jazz, justo al día siguiente de la obra «El entusiasmo» del Centro Dramático Nacional en el Romea que me cayó con motivo del cambio de década alcanzado. Apunté que la cita musical salía a 19 euros lo que enseguida se transformó en un signo de admiración estampado en el receptor: «¡Uy! Pues eso nos viene fenomenal». Ni que decir tiene que transporte, hotel y comida corrían a cargo de los cumpleañeros. Con posterioridad, y después de haber dado las gracias por activa y por pasiva, comenté que había pensado con que igual nos caía el ansiado crucero fluvial por el Rin y escuché un prometedor «todo se andará». Aunque no quiero ilusionarme, lo cierto es que la cosa no está para irse muy lejos.
Como la ida coincidió con el Consejo de Ministros en el que se aprobaron las medidas anticrisis que debían incluir la rebaja a la hora de acercarse al surtidor, optamos por la Renfe a cinco euros y pico el trayecto. No tener que coger el volante es una bendición y, poder hacer el desplazamiento absorto en la lectura, otro regalo. No si al final… El caso es que llegamos a buena hora al establecimiento céntrico en el que nos alojamos en otoño para ver a Darín en la gira interminable que viene marcándose y, mientras ultimaban la habitación, nos adentramos en el mundo de Ramón Gaya que tocábamos con los dedos antes de alcanzar la recreación de lo que fue su casa estudio entre carteles conmemorativos de sus aniversarios, precisamente, láminas repletas de tradiciones grabadas a fuego y un deslumbrante abanico para alejar el sofoco. Más doloroso debió resultar quitarse las heridas internas sufridas en el campo de internamiento de Saint Cyprien y cuántos siglos pasarían para ambos desde que retratase a Gil-Albert en el 37 con ese porte hermoso, exhibido en el Pabellón de la República en la Expo Internacional de París junto al Guernica. Aún no nos habíamos alojado y ya andábamos más que reconfortados.
Como el texto de Pablo Remón es un viaje emocional tratado con humor e ironía del tránsito de la pareja, la llegada de los hijos, los meses y meses sin dormir apenas y la crisis de la mediana edad, lógicamente nos lo pasamos bomba, mientras que la actriz y cantante junto a su alter ego, Leo Sidran, nos mecieron en una travesía íntima de baladas y distintos sabores. Para celebrarlo al día siguiente, haciendo un escorzo por Trapería, nos sugirieron unos tomatitos dentro de una atención cinco estrellas y nos metimos un caldero entre pecho y espalda. De regreso con el depósito lleno, qué gusto da ver el coche quieto y los demonios más a lo lejos.