Durante el discurso para valorar los resultados electorales que estaban a punto de certificar su reinado, el candidato republicano enfatizó en torno a las fuerzas armadas que «tenemos un ejército que no queremos usar. No voy a empezar guerras, voy a frenarlas». El pasado 5 de noviembre, justo un año después de ser izado nuevamente por una masa ingente de compatriotas, Trump certificó la tesis en un foro empresarial en Miami: «Nos quedamos en un país a lo largo de 15 años, bombardeamos a todo el mundo, hacemos que todos sean desgraciados y nadie sabe por qué estamos allí. Así que dejamos claro que los días de lo políticamente correcto en nuestro ejército han terminado. No queremos entrar en guerras». Gracias, Donald, no esperábamos menos de ti.
Tras el estallido en Irán, el Cis ha puesto su maquinaria en marcha a fin de cotejar los «temores de la sociedad actual». Y del resultado se extrae que casi el 80% de los españoles piensa que se nos puede venir encima una contienda con armas nucleares. Lo cierto es que amanece, te conectas, compruebas cómo la destrucción no cesa, el número de víctimas se dispara y que la incertidumbre hacia donde camina la ocurrencia de un par de mandatarios ha llevado la chispa a una nebulosa que ni los que la prendieron saben qué reportará ni en qué derivará más allá del escarnio humanitario instalado. Habrán de perdonarme si, ante el panorama de dirigentes políticos que nos asola, les digo que voy a echar mano de un clásico como Cantona tras entrar a saco como es su costumbre en el programa Clique del Canal + francés. Ahí va Eric: «Habría que poner en marcha una ley internacional que obligue a los presidentes que deciden iniciar una guerra a ser los primeros en ir al frente de batalla. Y que también tuvieran que hacerlo sus propios hijos, verán cómo habría muchas menos guerras». Qué manera de rematar tuvo siempre esta fiera.
Ya hemos podido comprobar lo que ha hecho el faro de la Casa Blanca con su anuncio reiterado de que no habría más monsergas bélicas. Junto a sus reiterados incidentes, el delantero marsellés se convirtió en leyenda por su aportación en la consecución de títulos con los red devils pese al castigo que le cayó por propinarle una patada voladora en la grada a un espectador, sancionado igualmente sin poder entrar a recinto deportivo alguno. Tras reflexionar, décadas más tarde el impetuoso «siete» del United confesó: «Patear a un fascista fue lo mejor que hice en toda mi carrera». Camino de los 30, en pleno esplendor, se retiró. Decía que no quería que su declive se viese en los terrenos de juego, sino en las playas. Desde entonces ha hecho lo que le ha apetecido, incluido cine por un tubo, ¡ah! y, durante seis años, entrenador de la selección francesa de..¡fútbol playa! En vista de las voces de dirigentes continentales capaces en medio del tremendo berenjenal de poner las cosas en sitio de aquella manera, siempre nos quedará Cantona.