Al quite desde el más allá

Lo más destacado de la reciente edición de los Óscar ha sido por dos razones los que ya no están: porque, salvo mínimas excepciones, las películas seleccionadas no son nada del otro mundo y porque se ha ido un cogollito de virtuosos de los que hacen soñar a una generación tras otra. La prueba es que el domingo nuestros vástagos cuarentones andaban viendo por enésima vez «La princesa prometida» y descorriéndoles la cortina a menores de cinco años que siguieron las peripecias de Westley fantaseando con la muerte los malos. Cuando aquel otro hombre, herido por los cuatro costados, le espetó al seisdedos «hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre; prepárate para morir», explotó el gallinero.

     Quién podía sospechar que el director de esta magnética peripecia, Rob Reiner, incondicional de los cuentos de hadas, se despediría para los restos víctima de una horrible desventura, descosido por una infinidad de cortes afilados en su propia casa junto a Michele, ejecutada presuntamente por el pequeño de la familia. Para trazar los prodigios de ambos la academia escogió a Billy Cristal, probablemente el mejor oficiante que haya encontrado la ceremonia de entrega que condujo en apenas nueve ocasiones. Los caminos que se entrecruzan en el universo creativo pueden ser inescrutables. El guionista de la fábula principesca, William Goldman, es el mismo capaz de engarzar «Dos hombres y un destino», el western que puso en órbita a otro de los grandes desaparecidos tras abrir con Sundance alamedas para jóvenes promesas y lo que es más importante, un encuentro que hizo amigos para siempre a Robert Redford y a Paul Newman. Ahí es nada.

     La otra gran evocada de la sesión fue Annie Hall, perdón quiero decir Diane Keaton. ¿Se puede irradiar mayor encanto en la pantalla salvo que seas Katharine Hepburn? Arropada por sus atuendos masculinos, esta neoyorkina con el corazón californiano, se entretuvo en buscar casas a su gusto hasta que para el retiro dorado se guareció en una de estilo rústico, con cine en casa y azotea cara al océano. Esos mares en los que estos y otros engatusadores que ya volaron han ido meciéndonos a lo largo de tantas décadas para que cuesten menos deglutir los desatinos que salen al paso mientras que, con la filmografía heredada siempre a mano, ellos nos guiñan el ojo desde el paraíso.

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