Como pez en el agua

Vuelvo eufórico. Discúlpenme, ahora lo explico. Llevo días viendo las
estrellas con las lumbares y, solo incorporarme, supone varias fases de desescalada. Los que pertenecen a la leal y sufriente cofradía del Padre y Muy Señor Mío del Dolor de Espalda saben de qué hablo. Un sentimiento de impotencia que degrada.
Tras varios intentos a través del correo de obtener respuesta del
gimnasio, me acerqué con escasas esperanzas pero enseguida me dijeron que con la piscina no existen restricciones y que desde el lunes es toda mía. ¡Uuufff! El alivio fue automático. Pensé que me encontraría
con el condicionante de tener que reservar dentro de las franjas de
rigor pero deduje que la cantidad de temerosos entusiastas que se han
dado de baja hace manejable la rentrée. Llevo más de veinte años
nadando a diario como forma de combatir los embates de la doble hernia discal y el sistema ha logrado mantenerme derecho casi siempre. Fue la sugerencia del especialista que me recomendó la médico del periódico y resulta que hoy en día, que ya no se dispone de este servicio, es cuando las cabeceras necesitan eficaces tratamientos de choque. C´est la vie.
Siempre me meto en el agua sobre las ocho de la mañana. Al poco de
hacerlo descrubrí que venía igual o mejor para limpiarse las telarañas
y, apoyado en la extendida creencia del aburrimiento que es nadar, me
ha permitido adelantar faena. De haberme tirado a la calle dos hoy, el
nombre que se me habría venido a la cabeza sería el de la consellera de Sanidad de Torra porque me conozco y porque lo que Alba Vergés ha
dicho –«No podemos afirmar que en una Cataluña independiente no habría tantos muertos»– es la respuesta a la portavoz de la Generalitat
después de que Budó asegurase que «en una Cataluña independiente no habría habido tanto muerto ni infectado», solo que la réplica ha
llegado con ¡mes y medio de demora! Para casos así, témome que no haya centros de rehabilitación que valgan. Por fortuna, tampoco creen
necesitarlos.

Es difícil no encenderse

Bill Gates anticipó la pandemia y su visionado deja con la boca abierta. Previamente, el «relaxing cup of café con leche» nos liberó de otro berenjenal en este ejercicio y nadie lo reconoce. Hay que ser cicateros.
Todo ello me ha arrojado a revivir mis primeros telejuegos en México´68. Menudo año: primavera de Praga, asesinatos de Martin L. King y Robert Kennedy, mayo francés… y, a diez días de que Enriqueta Basilio encendiera el pebetero de blanco purificador para su género al
ser la primera mujer en prender la llama, se produjo a dos palmos la
matanza de cientos de estudiantes dejándolo todo pendiente de un hilo.
Finalmente las marcas serían espectaculares y, el calentamiento, de
récord.
Atletas negros estadounidenses estuvieron en un tris de no acudir,
pero fueron. Antes de dirigirse al podio de los 200 lisos, Smith y John Carlos advirtieron que, de acercarse el presi del COI, no saldrían. Sobre Avery Brundage hay dudas de si era más filonazi que racista o lo contrario. Al escaquearse, el black power de los medallistas se convirtió en la imagen. Cuando se tardó un rato enorme en dar con una cinta capaz de medir la longitud de Beamon, nadie desmintió que la tuviese Brundage.
En medio de ese clima no era fácil dar con los nuestros. Mujeres
compitieron dos. Antes de partir, Mari Paz Corominas, finalista y todo, lo que escuchó a su alrededor fue: «¿¡Pero cómo puedes dejar hacer eso a tu hija¡?». Y de boca de familiares y de monjas lo único que dedicaban a la otra nadadora, «¡qué espalda, parece un hombre!». Esteva fue el mejor en la piscina pese a la mentalidad inculcada de que mucho no podían hacer; Garriga preparó la cita entrenando la altura en una era y, junto a Sola en pértiga, lo que celebraron fue la llegada de colchonetas para librarse de las costaladas. Luis Felipe Areta, que se lesionó a nada de empezar la final de triple salto, vio una señal y se metió a cura. En el año de las revoluciones y dado que España era un remanso de paz precursora de la libertad reclamada por el estado de alarma, con saber donde meterte ya ibas servido.

El calorcito en fogonazos

Los muy cercanos enclavados en una franja algo altita son piña al
coincidir en que andan con la fase cero. Pese a una calle sin un Trump
atizando el fuego por mucho que Abascal haga la ola, tonterías, ni una. Militantes de la cautela, esta colla se ha forjado en los tiempos muertos. A mediados de abril, el guasa de dos de los implicados desveló el afán por la precaución: «En la comida he puesto a gitanos de Jerez cantando al Niño Dios. Me he dicho vamos a ir ya con la Navidad, que luego se nos va a acumular la historia». «Prudente decisión». «Ahora bien, los polvorones me están costando». « Una cuestión conduce a la otra; a mí me inquieta el besugo».
Una de las cosas que me llevo de esta catarsis es el calorcito propagado. Entre los hallazgos, la prestancia de los aperitivos que, desde la terraza, compartió con el núcleo afectivo un pavo que, al ser
portador de un buen chute de mili en Melilla a principios de los sesenta, se las ingenió para subir la moral de la tropa a base de
fogonazos. De vez en cuando se dio un respiro tras confesar que estaba
hasta ahí de morcilla achorizada, aceitunas gordales y Camembert. Pero lo más grande fue que cada día concurrió con un terno diferente. A la enésima hubo quien, por aquel entonces, le replicó: «Estoy deseando que abran los bares para beber menos».
Voy a darme prisa que está a punto de marcarse una disquisición
Cayetana y no quiero se me indigeste lo que resta. También me la di el
día de Europa en felicitar no a la ínclita, que aún no había movido un
dedo, sino a unos amigos por su 39 aniversario. Ella lo agradeció enseguida, pero él… Resulta que, con salvoconducto laboral, se fue a una provincia limítrofe a pillar los efectos personales de la casa en la que estuvieron alquilados. Doble desplazamiento de 400 kilómetros con controles y un centenar de viajes en ascensor, repleto de bártulos y de perchas. Componente de una pareja indisoluble ni reparó en el día. Dentro de la nueva realidad, su respuesta a las tantas dejó claro el presente que más le satisfizo. Efectivamente, salir del armario.

Los del club de alterne

Tomo la primera junto a David en La rotonda –de Juan Rodes hasta
traspasarlo– y, con el mercado a la espalda, señala el 40 de la calle: «Con esto empezó todo». Y sí. Ese ventanal daba al despacho del
administrador; el de la izquierda al del dire; tras el balcón, Conchita y el cura Espinosa; a continuación Sanz Moliner, Fernando Gil, Giner y, hacia el fondo, la base de la pirámide invertida. Del portalón salía el plomo de las linotipias y por detrás resonaba la rotativa. Más no se puede pedir en menos.
Estar en el cogollito contaba con la ventaja de tener horno y barbería a mano, la institución a vigilar a tiro de piedra y, los reductos para vérselas con garganta profunda, siempre por catalogar. Sí, ardíamos con la caída del menda norteamericano pero montados a lomos de Billy Wilder teníamos de sobra para perseguir el ovillo de Primera plana: «Por eso eres tan buen periodista –Burns a Hiddy–, porque siempre has estado en el lugar y en el momento oportuno». «Pero en casa ni por Navidad». Lo del Piache también era trabajo dado que, mientras esperábamos la tirada, Séneca, que decía llamarse Peris, nos ilustraba sobre clásicos de Akra Leuka, disertación que seguía a mediodía con montadito en El Merengue. Por la tarde tocaba guardia en el Guillermo para que Rico Pérez no te la metiera doblada aunque, viendo el panorama actual, no es extraño que en don José se vea a un estadista.
Desde el gran San Blas había que ir a la búsqueda de dónde alternar. El Bocaíto y otros salieron al encuentro y la bodega del Nou Manolín se abrió a los Importantes. Una jornada tocó desayuno con El Sordo y almuerzo con Gámir, que más que contestar susurraba, por lo que me licencié en la facu y me doctoré en el Jumillano.
El día libre se iniciaba en la luminosa terraza del Palas e intentaba desprenderme de la carga de tensión extasiándome con el horizonte hasta el punto de pensar en perderme por los senderos de la lírica. Entonces llegaba el café con la tostada, abría los diarios y, al zambullirme en la actualidad desmenuzándola, no quedaba resquicio
alguno a la duda: gensanta, poesía eres tú.

Castillos de arena

Las empresas estudian qué hoja de ruta seguir con su personal, sobre
todo después del cohete en el culo del presi que le hizo anunciar de una tacada el permiso para el furbo, el salario mínimo vital, todo lo que se le puso por delante y, aunque la desescalada era conveniente llevarla a cabo sin fechas, la llegada del turisteo desde el 1 de julio. En el extranjero se preguntan si esto se lo deben a Bildu. Pero, por dios, cómo pueden pensar eso.
El caso es que, en medio de la que cae y de la que nos aguarda, uno
de los objetivos de los que más se habla es la toma de las playas. El
psicoanalista que llevamos dentro ve en ello una manera de aliviarse.
Bien, como en toda la cornisa cantábrica y atlántica ya puedes bañarte, menos mal que no se puede atravesar hasta allí. Y aunque de cara a la temporada alta da la impresión de que las casas rurales sufrirán un apogeo, no nos engañemos; en cuanto se abra el litoral completo, el black friday, una sosería. Organizar acceso y estancia bajo el paisaje de sombrillas sí que es una empresa. Lo que hay acordado –a día de hoy, claro– es que, dentro de unas indicaciones generales, cada ayuntamiento disponga sus normas. No hace falta decir que todo quisque reclama medios. Además de la poli, se piensa en desempleados para controlar la seguridad, lo cual siempre suena bien y más en este cristo a pesar de que expertos recalquen que las posibilidades de contagio al aire libre son mínimas. No obstante el alcalde de Vigo, que es un lince, ha chupado cámara al por mayor y ha anunciado que su apuesta es por un juego de cintas que delimitará la colocación de toallas donde el espacio que queda para moverse es el que es. Conociendo el ramalazo de algunos de nuestros próceres no habría que descartar que los castillos de arena precisen de permiso de obra.
Lepe se ha adelantado y, en plan territorio de cualquier país nórdico o del Sol Naciente, delegará la responsabilidad sobre el baño en cada uno de los vecinos. Había extraviado mentalmente que la icónica localidad tuviese costa. Y lo mismo no tiene.

Que hablamos de España

La poca capacidad de convicción y las lagunas –océanos ya– de unos
mezclado con el desmedido ansia de otros por dar el sartenazo
generando cacerolos han provocado enfrentamientos entre las dos
aceras. La señora Eloisa, que ayer alcanzó los 97 sin que parte de la
familia pudiera rodearla, a lo que más le teme es a que se forme jaleo. Entenderán que el temita algo me afecte.
Qué más da que los sanitarios adviertan que hay que ir con mucha
cautela ni que a tantas criaturas, a las que les han arrebatado sus
mayores de modo innoble, les quede una tortuosa ruta de reclamaciones para que resplandezca la inmundicia ni que cientos de miles de compatriotas anden rebozados en angustia pensando en la salida que aguarda. Viendo el comportamiento más que cívico y prudente de la inmensa mayoría de la parroquia, la conducción de quienes tienen la encomienda que guiar o de salvaguardar la máquina da cosa. Se lo sonsacó a sí mismo cómo no don Antonio Machado: «Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo». Es que, ojo, el martes de esta semana, Cecilio Velasco, vecino de La Nucía de 69 años, abandonó la uci tras superar el coma con dos meses en estado crítico. Paco Muñoz, poli local de Valencia, se jubiló el 10 de marzo. Sin estar de servicio se disponía a disfrutar al fin de sus amigos en Fallas, pero a los pocos días lo ingresaron. Escuchar por videollamada «papá, vas a salir de esta» le dio la vida. A la muy popular pastelera setabense
Ramona López se le hacía la boca agua de pensar que estaba a punto de poner fin a 35 años de madrugones para viajar con su Juan, pero la
persiana que se bajó el día de la Madre fue la del hospital. ¡Uf!
Y eso que con la sacudida de arranque nos arrebató, entre otras, la
historia en Vigo de Hermann Schreiber y de Teresa, octogenarios en
casa y ambos con alzhéimer. Él, que no suelta la armónica desde crío,
se acercó a tocar a las ocho a la ventana donde la cuidadora lo hacía
coincidir con la salva de aplausos a los que, por primera vez en ni se
sabe, Hermann respondía mediante una sonrisa. Bajo el influjo aquel
parecía dibujarse una rendija al entendimiento. Claro, faltaría más.

Territorio desconocido

Nada más anunciarse el cambio de fase pensé en desplazarme para
solucionar un asunto que llevaba un mes largo dando guerra y me
levanté de la siesta empapado por el agobio que sentí al verme, a tres
días vista, yendo hacia el objetivo entre la multitud. Criado en la bulla, no daba crédito a semejante sensación.
Al sonar la hora, ahí voy. Desde El Cabo me dispongo a cruzar la
Albufereta como si me adentrara en territorio desconocido cuando solo
he dado el salto miles de veces y me reconozco en el estado de ánimo
que debió invadir al general Grant durante la campaña de Vicksburg,
poco antes de alcanzar el control del Misisipi. Sobre los caballos propios de la montura no paso de 40, más que por las señales, por hacerme al molde del recipiente guardado en la casa de empeño. De costado al Cocó procuro que el aire sacuda a ambos lados del corcel, camino de la cuadra más personal que campa entre Quintana y Belando con el mercado de fondo y donde, a tono con el regreso, la zona azul está medio verde.
Como en otros rincones contaban con una semana de peripecias, ante
el desafío me invade la imagen del bar Jota al que mi padre iba con sus amigos a tomar la caña con el bacalao seco y que, nada más abrir, la poli expedientó de la que había formada. Igual no se ha entendido bien: se puede ir al que esté abierto, claro, pero no es obligatorio. Me retuvo desconocer si los técnicos habían dicho algo en torno a la ensaladilla rusa. Medité: a ver si viene con pimiento morrón y te multan.
De lejos distingo al alcalde y al edil del ramo haciendo la ronda
exploratoria con una de esas mascarillas que el ayuntamiento tuvo a
bien insertar en el buzón durante el desabastecimiento. La vicealcaldesa debía estar, en cambio, cosiendósela a la boca. Para
entonces ya pude respirar a fondo porque, al igual que en el 76 a la
salida de otro túnel, vi a «gente muy obediente hasta en la cama/gente
que tan solo pide vivir su vida, sin más mentiras y en paz». Así que por mi parte apenas un reclamo: por favor avisen si viene Ayuso.

Unos campeones

No recuerdo bien si fue durante el estreno de Dersu Uzala o el de
Cuerno de cabra cuando, estando en la sala de arte y ensayo con una
chavalita preciosa, se oyó unas filas más adelante en pleno clímax de
la peli un grito desgarrador como consecuencia de una emoción
contenida: «¡Gooooooool!». El pinganillo aquel me reportó el alegrón
de la tarde.
Fui uno de los muchos que por entonces llevó a la vista Cuadernos
para el diálogo por ejemplo y el As dentro procurando que no
sobresaliese. Qué tortura. La clandestinidad se encontraba inoculada
en los ámbitos concienciados y hubo que echar mano de ella puesto que
el fútbol era el opio del pueblo, el pan y circo con el que deleitabaun régimen al que no le faltó una buena retransmisión para celebrar el
Primero de Mayo a su manera. Como cualquier hijo de vecino, tuve por
supuesto mis veleidades, deambulé del Ajoblanco a Tom Wolfe pasando por García Márquez e hice caso omiso a las insinuaciones provenientes de las células que no paraban de moverse para captar todo lo que podían dado que lo mío empezó a girar en torno a la objetividad, pero el agobio por la trayectoria más que errática de mi equipo me tenía en un sinvivir. Se dio por hecho que con esas inclinaciones nunca nos pareceríamos a los europeos. La carga, por tanto, no fue fácil de sobrellevar.
Poco a poco salieron al rescate firmas como soles que nos dieron la
vida a quienes formábamos parte de esa sui géneris grada. Vázquez
Montalbán fue proclive a confesar su pasión futbolera y, junto a él,
revelaron la propia Benedetti, Delibes, Kapuscinski y, con el devenir
de los mundiales en color, nos asaltaron los poemas al balón lanzados
por Galeano y por Villoro. Una vez redimidos, nunca pensé que
llegaríamos hasta esto. Con Alemania en cabeza, europeos de todos los
colores saltándose reglas y dando prioridad a carrileros y mediapuntas
para proporcionar distracción a los confinados poniendo el atrofiante
fútbol en un gran primer plano sin ningún tipo de disimulo. Será posible.

En cuarto menguante

Nada más entrar su territorio en la 1, el presidente vasco cogió las
cámaras de palacio y se plantó en un hospital de referencia como el de
Cruces con el siguiente resultado: sanitarios portadores de pancartas y un grito: «¡Menos imagen, más calidad, refuerzos y plantilla!». Y es
Urkullu, que nadie duda superará el listón electoral que está forzando
para julio mismo antes de que esto pueda volverse incontrolable y corra el riesgo que pende sobre cualquier hijo de vecino. O sea, no pasar de fase.
Prácticamente todos los mandatarios a los que les ha caído lidiar con crisis virulentas se han quedado colgados de la brocha. De ahí que el hecho de que síntomas demoscópicos señalen que la distancia del pepé con respecto al eterno rival ande acortándose parece que por fin llevará la estrategia de Casado –bueno, del mesié– a decir «no» al estado de alarma. A la platajunta de ese flanco del hemiciclo, dedicar todas las sesiones precisas a desenredar las condiciones de vuelta a las aulas de la manera más solvente posible o respaldar un pacto para que la sanidad pública salga para los restos de su indefensión, ya saben cuánto le ocupa. Y aunque lo lógico es que la ola arrastre a Sánchez, ni por esas. El objetivo es tirarlo. Pero, cuidado, criaturas. Se trata de Sánchez.
La penúltima envolvente quisieron montánserla con Margarita Robles como bandera. Tras el febril discurso de la ministra en pos de las Fuerzas Armadas durante el cierre de la gran morgue en Madrid, su
nombre empezó a sonar como presidenciable en el tradicional gobierno
de concentración y de las jons. Robles, con fama entre los suyos de
conspiranoica, de ego subidito y que ya se movió para enterrar a
Sánchez en uno de los vaivenes iniciales de este, se dejó querer por los medios más de lo recomendable. Y, claro, a la pandemia en el organismo de estos aparatos sobreviven los que más bicho son. Por
tanto, de la «operación Balmis» desaparicieron aquellos que comparecían del Ejército; se desconoce el paradero de la ministra y el
que aún sale es Fernando Simón. Pobrete.

Un soplo de vigor

Uno de los rasgos de Ximo Puig es el de la cercanía nada impostada que
se gasta. Y no es fácil. Una cosa es que los morellanos vieran así al
xiquet cuando se lo cruzaban siendo alcalde y, otra, llegar a innumerables colectivos que componen la Comunitat sin morir en el
intento. Y, vaya, ni está muerto ni anda de parranda ni se volvió
distante.
Esta vez asomó por el foro con diez conclusiones en torno a pasos y
miradas desviados y torticeros sobre los que se camina y diez retos
cimentados en unidad de acción de cara a poner el acento en vigorizar
a los esenciales recién nacidos, mostrándose una vez más como es:
asquerosamente sensato dentro de un tiempo que, a la hora de hincarle
el diente, se las trae. Lo rubrica la lideresa de la oposición, Isabel
Bonig, tras reconocer que «Puig nos ha tendido la mano» y lo blande
Toni Cantó al entonar que «lo ha hecho mejor que Sánchez en la gestión de esta crisis», lo que viniendo de quien viene no es que sea fiable tampoco puesto que habitualmente Toni no sabe en qué anda Cantó y, a la inversa, menos.
La comparación viene pervertida porque el primer ejecutivo de la
nación está más expuesto que nadie con el inconveniente añadido de que la empatía no lo adorna, mientras que su correligionario conduce sin alharacas y, antes de trasladarlas, se han sobado las propuestas en
comandita para que a la postre se conviertan en salvavidas, lo que le
reportará cierto crédito ante el jefe o todo lo contrario, cualquiera
sabe. De ahí que Ximo se haga acompañar de Un largo sábado, el pliego
de Steiner, fallecido hace nada, en el que este judío políglota, catedrático de literatura en campus de postín y autor de obras guapas
del pensamiento moderno ofrece, dentro del lenguaje a emplear, las
claves de la comprensión y la supervivencia humanas. Para el filósofo
criado en París y en Nueva York a bordo de la desescalada frente la
amenaza nazi, nada humano le es ajeno y «si me dan una mesa, buen café y libros, ya tengo una patria». A lo que se ve es lo que busca el
nostre president desde la estancia: aplicarse el cuento a base de bien, según las enseñanzas del maestro.