Atención, que vienen curvas

El tan cacareado primer gobierno de coalición del ciclo echó a andar con un desfile de modelos. Parecerecía lo consecuente en un ejecutivo con una amalgama ideológica de campeonato pero, antes de que el néctar proveniente de las decisiones que adopten los miembros del consejo se esparza sobre nuestras cabezas, los protas se marcaron un buen paseíllo por orden establecido de aparición en el que sobresalieron los ternos encarnados, las compras recién realizadas, el paso por la pelu y la figura eslitizada gracias a la resplandeciente claridad en el traje, la corbata y la acicalada barba del comunista de catálogo que evidentemente habita en el nuevo titular de Consumo. La cámara los retomó una vez dispuestos en la sala de autos donde el presidente aguardó de pie a que tomaran asiento mientras la cuadrilla departía sonriente en una demostración inequívoca de lo que es una obsesión del invento: televisar que, entre ellos, no se quitan el sueño.

   Resultará imposible que, para los frentistas, el anhelo dorado fructifique pero lo cierto es que, de entrada y una vez conocida la composición completa de la numerosa orquesta dispuesta a afinar sus instrumentos, la carga de intensidad destructora del ciclón Casado, que cuando se pone se pone, se ha relajado. Puede que el juego de manos diabólico y descarado del astuto Sánchez con la fiscalía general haya servido de paso también para desahogo de la oposición y de hecho la primera renuncia sonada ha sido la del portavoz resultón del pepé en el Parlamento vasco a consecuencia de que los cayetanazos sí que surten efecto, aunque sea en carne propia.

   Ignoro si el currículum y la sólida trayectoria de parte de los fichajes para tanta cartera han contribuido a que la bancada francotiradora eche el freno, aunque había de sobra con la inercia que llevaba si se tiene cuenta que, antes de formarse gabinete, ya firmó sentencia: «Este es un gobierno contra el Estado, una pesadilla, el más radical, con asesores de dictadores bananeros y comunistas y al que encima se pretende llamar progresista». Mira que si funciona…

Las primeras batidas y olé

Desde que a Sánchez le ha dado por conducir todo lo mollar hacia los fines de semana, la plebe del carrusel deportivo está que trina. Sabe que no tiene nada que hacer ante sus tremendos contraataques.

   La tendencia lleva a que María Chana, pintora de la «abstracción relajada», se adentre en la frutería siguiendo en sábado la tomatosa sesión de investidura por la que hasta las chirimoyas se mostraban alteradas. La natural templanza de la artista y su inclinación por conjugar en los lienzos la gama completa de rojos, le infiere un especial rasgo para extraer su visión del autodenominado rojazo y lo hace sin necesidad de perfilar matiz alguno: «A este hombre es que le va el riesgo». Es una adicción, le pone. Tanto abrazo con el otro solo podía significar que, con el de arranque, no había dado tiempo a clavarse puñal alguno. Deben tener el trapecio hecho mixto. Iglesias ha querido dejar claro que es un águila y el resistente monarca del puño y la rosa le ha limado las alas hasta rematar la jugada poniéndole a idéntica altura de Ribera con «b». ¡Ay, Inés! No da puntada sin hilo el prenda.

   La presumible medio perdurabilidad del invento que inauguramos al timón patrio viene dada porque cuando la derechita cobarde entra a matar espanta. Si fuera capaz de comportarse como Dios manda y deja que los egos fluyan primero al son de la ristra de nombramientos que se avecina y, a continuación, con la acción de gobierno y los correspondientes derbis a la hora de la venta, el mero discurrir de la fiesta nacional sería de traca. Pero para los aznarines en danza no está hecho eso de contenerse aún a sabiendas de que, al protomártir de la vieja guardia empanada en los setenta, las tundas le dan vida. Con esa desgracia llamada Trump y la quiebra europea por la espantá británica, ya tiene el pack completo del superviviente y fumando espera el arsenal de recursos que se planean. Por no temer no teme ni a Estrasburgo ni al Constitucional ni al Supremo y, al habilitar tan campante los fines de semana, quiere decir que ni siquiera al var.

No felicitarse, que es peor

Aún con apreturas, podemos asumir que hemos sobrevivido a las fiestas, tanto a la familiar como a la que se traen entre manos nuestros representantes. A estas últimas, de momento. Cualquiera se confía.

   Tiempo atrás, al acercarse el belén –el de Judea, no el de la carrera de San Jerónimo– entrábamos a lomos de unos chritsmas. En lugar de ellos he recibido en esta ocasión el discurso de Ortega y Gasset en la presentación del estatuto de autonomía catalán en las Cortes de 1932 en plena Nochebuena. Y tampoco te lo puedes tomar a mal porque se trata de alguien próximo a quien, a la faceta afectiva une la de urólogo de postín, por lo que tenerlo cerca, a estas edades, es una garantía. Otro que tal baila, miembro de la Academia de las Artes Escénicas, desea a los allegados feliz año cuando anda terminando una nueva traducción y confiesa estar viendo en streaming el discurso de fin de año de Macron… «¡Ay, Señor! Está perdidito», lo cual podría sonar a consuelo, pero quién es el guapo. Y alguien que ha formado parte del parlamento la tira y que ahora continúa en la pomada, aunque algo liberada, me acerca la recomendación de acudir a la mirada galdosiana sobre la realidad que nos asola. Y, cómo no, peco.

   Baste recordar la que echó en 1912 que lo convierten en uno de los cronistas más vivos que calcan el adeene como si estuviera aún aquí: «Quienes se turnan pacíficamente en el poder son manadas que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve y no mejorararán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta raza infeliz». En torno a aquella época, ocuparon escaños además de Galdós, Ortega, Salmerón, Unamuno, Clara Campoamor, Kent, Benavente, Blasco Ibáñez, Larra… Puestos a elegir casta, no me digan. El autor de los Episodios naci0nales vaticinaba que «han de pasar lustros antes de que este régimen, atacado de tuberculosis ética, sea sustituido por otro que traiga nueva sangre y nuevos focos de lumbre mental». Pero, ¿cuántos lustros, don Benito?

Valiente disfrute

Tras siglos de no cogerla, el destino quiere que el mismo 1 tome la AP-7 y disfrute así de la gratuidad. ¿Qué disfrute? La maldita costumbre de leer trae como consecuencia que los periódicos den fe de las celebraciones in situ de ciertos colectivos festejando la medida por la recuperación para el desenvolvimiento natural de los pobladores, una vez amortizada de sobra la historia, y del guantazo por la ocurrencia del Mayor de los Toni dentro de la patronal hotelera con residencia en Benidorm, al advertir de modo condenadamente razonado que «levantadas las barreras, estaremos más lejos del progreso, de la modernidad de Europa… puesto que las consecuencias será un tráfico de aquí te espero, incluído el más pesado, con un menor mantenimiento, deterioro imparable y tiempos de transportes duplicados», que es donde le duele pensando en el británico que aterrice y se encuentre con un vía crucis de asfalto hasta alcanzar la puerta de salida. Pero nuestros próceres precisan darle al cuerpo de la gente alegría, Macarena, y, los que vengan detrás, que arreen. En fin, Pilarín.

   De las entretelas del primer expeaje se extraen los badenes reductores de velocidad. Ni el que los últimos modelos instalados fuesen fabricados con productos ecológicos los salva. Un indicador señala una velocidad máxima de 30 kilómetros e indica al conductor que no se pare pero, llegado el trance en que no hay que pillar tique, reducen al máximo para saborear el instante, transmiten una carita de felicidad que para qué, hacen el tonto y continúan la ruta convencidos de que no es mala forma de arrancar el año. Ja vorem.

   Sí, porque a las noticias que desprende la radio no hay manera en cambio de reformarle el aspecto. No ya es que para la ardienteoposición la abstención de Esquerra suponga el fin de la civilización occidental es que el reino de León quiere emanciparse de Castilla y los que tanto les preocupa cuidar a Toni por razones obvias son los que nos dan con las puertas en las narices, más el traqueteo incesante de tanto localismo suelto a un lado y otro de la ruta. ¿Sin peaje? ¡Ja!

Del dogma a los jardines

Nueva zapatiesta por una obrita en torno al hijo de Dios y van… A finales de los setenta, el presi de Emi Films leyó el guión de La vida de Brian, se quedó patidifuso el buen hombre, calificó la icónica broma de «obscena & sacrílega», dijo que ni hablar del peluquín y fue George Harrison quien, por amistad con los Monty Python y porque le apetecía ver una película como esa, hipotecó su casa más un estudio de grabación y, para gozo de medio mundo, dio paso a la segunda parte del delicioso Here comes the sun/Aquí viene el sol.

   Cuarenta años después, unos cachondos del país regentado por Bolsonaro han puesto en circulación La primera tentación de Cristo que no le llega ni a la suela de los zapatos a las andanzas del Frente Popular de Judea pero que ha hecho diana para sus propósitos al haberse acercado a la Navidad un comando de la Gran Familia Integrista lanzándole cócteles Molotov a la sede de la productora, lo que no hace más que incitar a tragarse la historieta. Los dardos blasfemos los centran en que se presenta a un Jesús homosexual y, sin embargo, apenas si señalan que su padre, no San José sino el verdadero, sale como un baboso tras la voluptuosidad de María. Hasta ahí podríamos llegar.

   Descendiendo en el escalafón, dirección Roma, un brasileño con morfología distinta, Fernando Meirelles, timonel de Ciudad de Dios y El jardinero fiel entre otras criaturas, ha dispuesto en Los dos papas una clave sin Balbín en la que los pontífices sacan a relucir miradas divergentes del dogma, fe, vida y aficiones encarnados por Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, que también son grandes actores aunque a distancia. Uno y otro, frente el espejo. El argentino junto a la comida de coco por el papel que jugó cerca de Videla y el alemán al confesar que tuvo delante el informe sobre los abusos a menores por parte del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, y si te vi no me acuerdo. Ficción aparte, hay que ver lo que aguanta esta iglesia, madre de Dios. Y los bautizados que se mantienen fieles, no digamos.

Parece que no pasa el tiempo

El 1 de enero inauguramos 2019 un grupo de ocho/diez entre los que todo transcurrió como la seda alcanzando de ese modo la una de la madrugada, una hora fantástica para batirse en retirada, sin que nadie hubiese tenido la ocurrencia… y, en ese momento en el que habíamos hecho el cuarto y definitivo brindis, alguien sacó a relucir aquello que mágicamente se había sorteado al son de «¿Y qué hacemos con Cataluña?». Nada, volvimos a desabrocharnos y empezó a relatarse la de familias rotas que había traído el estallido a lo que otros contraponían conocer a bastante plebe que su día a día transcurría por allí en la más ferviente normalidad. Huelga decir que nos dieron las dos y las…

   Resulta inevitable con este trasfondo que, cuando volvamos a reunirnos en breve y tengamos la impresión de que no ha pasado el tiempo, nos miremos con aprecio y precaución al saludarnos y en el ambiente quede suspendido algo inevitable: en este mismo capítulo dentro de un año, de dos o de tres, ¿seguiremos teniendo la sensación de que más o menos estamos igual? Lo estimulante de la quedada, lo que propició que la velada se alargase más de la cuenta se produjo porque, salvo raras excepciones, las posiciones no coincidían ni por el forro y completaban en buena parte el arco posible. En gran medida festejamos hasta la saciedad el entierro del pensamiento único pero, dado el arraigo que mantiene el esquema anterior en el organismo de unas cuantas generaciones, el pluralismo galopante llena el estómago de inquietud. Y lo único que le hace falta estos días es más tralla.

   Menos mal que la gestión del cotarro hasta el día de hoy y la colaboración de quienes no cuentan con respaldo para hacerse cargo del asunto a su modo se halla a la espera del 6 de enero para propiciar un primer paso que ayude a encararlo de una vez. O sea, que ya no es que la cosa tomatosa se cuele en cualquier reunión casera que se precie creando sus recelos, sino que ha cogido por banda a los propios Reyes Magos. A esto no escapa nadie, majestades.

Bajo el aroma del agobio

Salgo del encuentro con una colla amigos capaz de cincelar una velada entrañable, uno de esos momentos Nescafé a pesar de que ninguno suele tomarlo pero es que el poder de la publicidad continúa transcribiéndola así en nuestro caprichoso cerebrito. Arranco el motor de vuelta a casa y, al asomar el morro, advierto el berenjenal que hay por la derecha, de modo que cojo a la izquierda donde topo con que, nada más dar a la avenida, los conductores están retenidos. Se avista enfollonada la derecha, mientras que tirando a la izquierda no hay forma de avanzar. Qué bien. A los diez minutos sigo clavado en el cacho de asfalto al que me incorporé. Resulta extraño porque ni son horas ni hay colegios en estas fechas. Instantes después un factor despeja dudas y me saca abruptamente de la inopia. A lo lejos, los destellos de unas luces que no son las de ningún árbol de Navidad sino las de un control aclaran el enigma. De pronto, se evapora el aroma del Nescafé y coge el testigo el pedazo de vermú nada imaginario que he tomado durante la espera del rezagado, más una cañita y el tinto correspondiente acompañando los platos. En un segundo pasa ante mí todo eso y más ya que además mi voiture anda en plena revisión y voy a la grupa de uno con el que no estoy familiarizado, acreedor  a una pinta así, a bote pronto, de tenerlo crudo para pasar la iteuve y del que desconozco si lleva los papeles de rigor en la guantera. Un sudor frío me recorre el espinazo. Miro la mediana y concluyo que, saltarla, no es solución. Renuncio, pues. Bajo la ventanilla para que me dé el aire y pruebo a todo meter distintas caras que poner una vez alcance el trance supremo a fin de intentar evitar la crucifixión. Pienso en Robert de Niro, pero no sé si es peor. El momento de la verdad se acerca… y, cuando me veo a diez metros, ¡dios mío!, los agentes levantan el campo y, aunque estoy completamente a favor del requerimiento en cuestión, no oculto que anduve a punto de la lagrimita. También influyó en esto asumir que no iba a tocarme dos veces seguidas la lotería.

Será por polvorones

El que no debe pegar ojo ahora es Pablo. Lo que es la vida. La de vueltas que estará dándole a no haber agarrado las carteras durante el estío, aunque también es verdad que, tras borrarse, para él no había. Y es lo mismo pero no es igual. A lo que no afecta el impasse es a su cuenta de Twitter, tan activa que a lo que se ve es una necesidad vital de que le sigan la que tiene el hombre. Tanta, que en las últimas horas sorprendió al respetable con un aserto que nadie sabe bien a qué vino y desde el que sentenció: «Lo malo de ser tan guapo es que algunos se olvidan de lo buen actor que eres. Felicidades, Brad Pitt». ¡Fu! Dependiendo a quien sea el próximo en felicitar podrá comprobarse si el desquicie va en aumento o lo controla.

   El que se ha puesto por las nubes, de entre los congelados, es el de la negociación monclovita. Es difícil saber qué otras historias pueden pasarle. Tiene más interferencias que nieve registraron los primeros telefunken que aparecieron por las casas. A los que dentro del grupo de estrategas más molones que Brad Pitt se les ocurrió poner toda la carne en el asador a favor de la repetición electoral no les cabrá los polvorones por el gaznate de tantos como vienen tragándose. Ya sentarse con Esquerra una, dos, tres veces donde haga falta –Barna, incluída– un coste tiene, pero que en el itinerario su prócer encarcelado por el Supremo reciba el amparo de la justicia europea, mientras el president de la Generalitat es inhabilitado por otro tribunal doméstico y el Parlamento abra sus puertas en Bruselas al huido Puigdemont  riza el rizo del mejor guión de enredo imaginable. No es extraño que a Iglesias se le vaya la cabeza viendo que, efectivamente, esto es jólivu.

   Y mientras, los otros, esos frentistas vocacionales echando una mano… al cuello hasta el punto de que la derechita ha dejado de achantarse y, subida en la montura común, ha entrado a saco. La montaraz del todo ha empezado por deslegitimar a la UE y, en plan secuela & Boris, a propagar un Spexit. ¡Sí, por favor! Es lo que nos falta.

De todo en la viña del Señor

Arsenio Iglesias podía haber hecho el saque de honor en el duelo entre dos de sus equipos pero, a los 89 tacos que le caerán en Nochebuena, su espíritu sobrevoló Riazor. Antes de enfundarse la zamarra del Dépor se atavió con la del Bergantiños y después, en el barrio de Nervión, fue a parar al equipo de mi vida y de los míos donde se vistió de luces con Marcelo Campanal cubriéndole las espaldas y con Juanito Arza y Antoniet poniéndole goles y arabescos de arte y salero en una campaña en la que se dejó fuera de la Copa de Europa al Benfica, último antecedente ilustre en el siglo I antes de Monchi.

   Para mí la eliminatoria copera acaparó mayor interés que el clásico de aquí a Pekín. Es lo incompresible que tiene el furbo cuando se vive con pasión. Pero más extraño aún es encontrarse dentro de él a alguien cabal y lo digo tras haber visto el documental Diego Maradona con el que, pese a saberte la historia de carrerilla, se te caen los palos del sombrajo con esa maravilla sobre el césped que se perdió para los restos entre el vericueto napolitano. En cambio, el pequeño de nueve hermanos de una familia de labradores que con el tiempo se convertiría en el Bruxo de Arteixo ha sido uno de los raros especímenes que ha ido siempre de frente con la cabeza en su sitio. La prueba es que cuando los blanquiazules perdieron en Les Corts el día de de su debut en Primera pero él le metió un gol a Ramallets, cogió el balón con las manos y le dijo: «Perdón, señor». Es lo que trae ser de buena cuna.

   Ya desde el banquillo convirtió al Hércules de los setenta en una escuadra bien armada y difícil de hincarle el diente al estilo del Getafe de Bordalás mismamente. Y dos décadas después nos hizo un poquito del Súper Dépor al que daba gusto ver propasarse con rivales de enjundia a base de descaro con aquel radiante armazón. Esa elástica ocupa hoy el último lugar en Segunda a nueve puntos de la salvación y, sobre la trayectoria de Ortiz al frente del otro club, qué quieren que les diga. Pues, que por descaro tampoco va a quedar.

Con el dolor de Sacristán

Estuve tentado de dar un salto al Bellas Artes porque, pese a estar programado aquí en casa, me devoraba la impaciencia por fundirme al texto con el que el habitualmente contenido Delibes se arrancó la piel a tiras para descerrajar la prematura ausencia de Ángeles, teatralizado por ese señor que lleva toda la puta vida vistiéndose por los pies y que responde al sobrenombre familiar de Pepe Sacristán. Era el regalo de Reyes que me había hecho un buen amigo mío, que remando hoy en día en las procelosas aguas que llevaron al escritor castellano a bosar lo que bosó, había dejado libre su asiento para sobrevolar absorto por alta mar.

   Fue la travesía de los asistentes ansiosos de llenar la mochila de emociones la que viró de forma tan abrupta que, nada más alcanzar el último espigón, el actor se dirigió al público: «Les ruego que disculpen el ritmo al que ha tenido que desarrollarse la función, con silencios y pausas, pero es que las constantes toses lo demandaban». Sin exagerar un ápice, el tormentón de carrapeos, expectoraciones, flemas al pil pil cuajó en drama. Y más cuando arranqué el año en una sala cálida y más pequeña con la reencarnación de Azaña de la mano de José Luis Gómez, en medio de un aforo que siguió sin apenas respirar el dolor que para el que fuera presidente de la República representaba España. Hay públicos que saben qué van a ver y que si no se encuentran en condiciones se abstienen o que, de pillarle un ataque de tos a traición, pone tierra de por medio antes de perturbar un monólogo de la intensidad de los que estamos hablando. Pero ningún foro germina de un modo u otro porque sí. Dependiendo de cómo se rieguen en las estaciones adecuadas producirán el fruto o, a fuerza de administrar una mezcolanza de ingredientes, acabará por no resultar fácil apreciar a qué sabe.

   Sacristán, que nunca se ha callado nada y menos a estas alturas, se despidió deseando que la próxima vez la gente que asista ande recuperada, pero enfrente tenía al edil de Cultura. Así que la cosa está cruda.