Para los nacidos a mediados de los cincuenta en los límites recién urbanizados de una señora ciudad, la calle era el hábitat natural y el balón su profeta. Tras hacer la tarea, la sesión vespertina se remataba a la grupa del «Llanero solitario», ese justiciero enmascarado, activista de la no violencia, que disparaba con balas de plata para herir a los malhechores, nunca matar, y despedirse echando una mano a los más necesitados. Entre eso y llenar las huchas del Domund, el listado de criaturas dispuestas a ir a las misiones era de aúpa.
Superada la frontera de la adolescencia, el de corresponsal de guerra se convirtió en predilección para los que detectaron con mira telescópica que el oficio de contar qué ocurre sin afán evangelizador no tenía nada que envidiar. Lo que pasa es que entonces estalló el Watergate y, por si fuera poco, al año siguiente le dio a Franco por morirse por lo que, entre un laberinto y otro, quienes se sentían atraídos por los portales de noticias comprendieron que no hacía falta irse muy lejos a la hora de localizar artefactos de largo alcance en los cajones de un partido, de una institución financiera, de un club o de cualquier otra sede, incluidas las episcopales dado que todos somos hijos de Dios.
Una vez recompuesto el suelo patrio a fin de que dejara de ser tan antiguo, costó lo suyo hacerse al nuevo formato. Conociéndonos no era de extrañar que unos estiraran de aquí y otros de allá. Aún con nubarrones amenazantes amaneció y no pocos consumaron asignaturas pendientes. Efectivamente la galaxia periodística retomó su sentido y vivió la época de esplendor gracias, entre otras fruslerías, a la tendencia de un buen racimo de gobernantes a las perfidias. Sin embargo la singladura anda en solfa porque los gestores no están siendo capaces de dar respuesta a agobios como el de la vivienda mientras el plantel representativo se enzarza en litigios estériles a la vista de todos. Y es esa desazón extendida la que le viene de perlas a los que quieren volver atrás. Con lo que ha costado subir la empinada cuesta, tiene bemoles.
Categoría: Sin categoría
Los pasos del otro calvario
Una cantidad considerable de cámaras se agolpa en el entorno de la mesa presidencial. El revuelo por la llegada del compareciente hace que los fotógrafos tomen posiciones. Imagino que ni en los mejores sueños previos al fatídico 29-O se pasó por la cabeza de Mazón que su presencia en Madrid concitaría una expectación de tal calibre. Pero por mucho que se afanase en mantener el tipo no está ante un buen sueño. Ignoro si alguna vez se arrepintió de no haber asumido su responsabilidad y haber presentado la dimisión como Dios manda por el desastre propiciado tras pedir perdón a las víctimas en primer término y al sinfín de afectados que somos todos para recluirse en casa, rumiar lo ocurrido y, a la espera las citaciones pertinentes, apechugar con las consecuencias.
No, no tiene pinta de que el proceder cabal respaldado por la inmensa mayoría de ciudadanos a los que aún se debe entrara en sus registros y no les digo ya que tomase cuerpo de naturaleza. No, tal como se filtró en su día, el máximo responsable de la Generalitat optó por la indicación que al parecer le hizo el mandamás en la sombra de la formación conminándolo a que ni se le ocurriera poner pies en Polvorosa. No solo Aznar, Feijóo se ha esforzado en respaldar la continuidad hasta que la reacción de los afectados en vivo y en directo le explotó en la cara.
Y ahora ahí anda en funciones, con quienes le alentaron a seguir en la cruzada contra la razón distanciados y a buen recaudo, exclusivamente atento al sesgo que toma la Justicia empeñada en poner sobre la mesa las omisiones cometidas durante la angustia, con el más que presunto encartado extendiéndose en lo pendiente que estuvo de lo que sucedía en las horas cruciales, aunque apostillando que en los treinta y tantos minutos desde el parking no oyó el móvil porque lo llevaba en la mochila. Dentro del camino elegido, Mazón se sometió durante la comisión de investigación al escarnio de sus señorías. Solo es una estación más del vía crucis. En el horizonte aguarda la sentencia.
Rosalía en todos los guisos
No sé cuánto le va a durar, pero entre las bancadas Rufián se ha convertido en el portavoz más eficaz del Gobierno central con diferencia. En la reciente sesión de control al mismo que viste y calza, el estilete del soci disparó la traca con la jugada que viene llevando a cabo erreteuveé confrontando con Feijóo sobre la visión que este tiene en torno a una innovación tan desbocada como mareante: «Cada vez que ustedes cogen el Ejecutivo lo que hacen con teuveé, directamente no se puede ver. Cambiaría a Pepa Bueno por Bertín Osborne, a Broncano por Vito Quiles y dejaría de aparecer Rosalía». Dentro de su habilidad característica, el jefe de Ayuso -de nada, Alberto- ratificó la tesis: «No, Rosalía sí aparecería». Para entonces, Sánchez ya hacía días que había puesto a la mujer del momento en la cima mundial de la música con el «deslumbrante lanzamiento de Lux» aunque, no conforme con ello, se fue a pasar una tarde a los estudios de Radio 3 y a hablar de sus gustos musicales entre los que destacó a la banda canadiense de indie y rock, Destroyer. Tratándose de quien se trata, es difícil no olerse una segunda intención.
La cuestión sí contrastada es que, cuanto más se le complican al musicólogo los respaldos para mantener la legislatura con algún sentido, más caras conocidas se encaraman a la caravana del entretenimiento en el ente público a fin de acaparar la atención del personal. Belén Esteban, Resines… con el inestimable asesoramiento de Marina Castaño se afanan en la noble tarea de ponerle un dulce en la boca a la audiencia, mientras que Cristina Cifuentes y Alba Carrillo se cogen de la mano al son de «somos un ejemplo de que se puede y se debe convivir en esta sociedad polarizada». Para refrendarlo, El hormiguero recalcó el traje a medida en La 1 con la confección de colaboradores de la mesa política aprovechando que el Pisuerga pasaba por la BBC.
No puedo negarles que me preocupa Rosalía. Tras su íntima confesión, al paso que va esto se le cortan los sueños húmedos.
El quebranto
Lo he escuchado una y otra vez. Un testimonio hondo. Toñi García comenzó su relato aferrándose como podía a la entereza. Duró lo que duró. En cuanto llegó al 31 y a la madrugada del 1 en que los buceadores encontraron los cuerpos en el garaje, uno el de Miguel y otro el de Sara, la hija de 24 años de ambos, la narración se quebró. Estaban juntos y fuera del coche, es lo único que le dijeron. Solo con eso ya tuvo suficiente para imaginar lo que habría sufrido su marido viendo que se ahogaba y que no podía hacer nada por salvarla. Y, sin embargo, prosiguió con el testimonio. En ningún instante se detuvo. Se lo debía a ellos y al resto de víctimas que andaban esparcidas en el camposanto abierto por quienes no estaban preparados ni atentos ni al cuidado de aquellos a los que debían de proteger. Querría haber sido ella quien bajase en lugar de Sara. No para suicidarse como espetó el vivales en otra de las comparecencias del momento, sino para haberse ido con él, descansar en el más allá y no tener que pensar a diario en cómo lo pasaría su niña a oscuras, con frío, barro y sin poder respirar porque así sería ella quien siguiese adelante con toda una vida por explorar. Cada soplo de recuerdo, un tormento. No digamos nada del troncal que supuso la propuesta postrera de la chavala de que le ayudaran a hacerse con un piso en esa finca, vivir con su chico, ayudarles en cuanto se hicieran mayores y que ellos les echaran una mano cuando viniesen los críos. Toñi no solo ha perdido la parte más codiciada de la razón de su existencia, además abre la puerta al reclamo del timbrazo con la maldición de que jamás entrarán por ella los diablillos que su hija había dibujado en el horizonte. Y también sacó fuerzas para señalar que el «infierno real de destrucción, de muerte y de oscuridad» no supuso el final del impacto. Denunció que, a semejante dolor, desconcierto y desasosiego, le siguió un «silencio institucional» de los mismos que nunca han estado a la altura. Como tantos, no quiero olvidar lo ocurrido ni puedo. Sería Mazón.
Munilla entre tinieblas
El obispo de Orihuela-Alicante ha ido al cine. No suele acudir frecuentemente según reconoce, pero «Los domingos» reúne condimentos de sobra: chica de 17 años que quiere meterse a monja de clausura; autora de la obra no creyente y un prelado como él que se dirige a la audiencia a través del canal de YouTube «En ti confío». Difícil resistirse a la tentación.
Y una vez revestido de crítico cinematográfico, para monseñor Munilla el que una directora con esas convicciones «se enfrente a algo así ya es impactante y tiene un gran mérito lo bien documentada que está» hasta el punto de considerarla «un milagro a día de hoy». Tiene toda la pinta de que el yutubero no conoce la trayectoria de la realizadora puesto que sus anteriores propuestas abordan situaciones sobradamente peliagudas que estallan en el entorno familiar y en ninguna de ellas toma partido, sino que opta por exponer las diferentes posturas con tal de propiciar que los espectadores se sumerjan en un arduo debate nada más volver la luz a la sala. Les aseguro que hay quienes llevan dos semanas dale que te pego.
Pero si los perfiles que viene trazando Alauda Ruiz de Azúa en su recorrido creativo no pasan desapercibidos, los del religioso tampoco son mancos: activo frente al feminismo; a favor de las terapias de reorientación para homosexuales y, de la mano de Vox y de quien haga falta, contra la interrupción del embarazo. Observa en la peli un tratamiento impecable del director espiritual, ese curilla que intenta sonsacarle a la chavala sus intimidades. Así que por algún sitio habría de saltar. Y lo hace con la tía que es quien no ve que la tierna criatura se despida de este mundo: «Anda frustrada porque está divorciada». Aunque diría que este aspecto no pertenece al guion, le sirve para remachar: «¿No será acaso que esta mujer frustrada porque no ha sabido amar tiene envidia del amor puro de la sobrina?». En su repaso, Munilla apunta que le sorprende que el tema se lleve a la pantalla de forma «muy respetuosa». Cómo no le va a sorprender.
¡Vaya despedida!
Para uno de los pensadores conservadores más influyentes, el británico Roger Scruton, defensor del tradicionalismo, los factores primordiales de la dignidad humana estriban en las virtudes morales y cívicas. Desde un sesgo diferente reproduzco las palabras compuestas por Saramago en una de sus intervenciones públicas al poco de arrancar el siglo: «Digo exactamente lo que pienso, sin demagogia ni estrategia. Los reunidos saben que, con independencia de si coincide o no con lo que razono, soy honesto. Parece que la honestidad no se usa mucho en los tiempos actuales. Aunque no me lo prepare, digo lo que creo. Nadie podrá decir nunca que le he engañado. La gente tiene necesidad de que le hablen con honestidad». Dos figuras alejadas en su posicionamiento sobre las cuestiones que nos determinan y un estadio común: la rectitud.
Ninguno de ellos hubiera soportado la intervención escogida por Carlos Mazón para decir que ya está bien, que ya no puede más. Un relato compuesto esencialmente para la jueza. Para apuntar que sí, que cometió algún error, pero que los verdaderos culpables fueron las agencias estatales que no dieron una y, a continuación, el Gobierno central que lo único que busca es hundirlos en la miseria dentro del argumentario negociado a todas luces con el jefe. De modo que, ante el temor a declararse responsable de lo sucedido, era del todo imposible que se detuviera a pedir perdón a las víctimas puesto que él pasaba por allí como quiso enfatizar en el desiderátum con el que subrayó que una cosa es tener un fallo, como le ocurrió a él, y otra es ser mala persona como lo es Sánchez. Una radiografía precisa de las virtudes morales y cívicas que constituyen la dignidad de la persona. Afortunadamente Scruton se lo ha perdido.
En medio de la defensa personal y de los adláteres no encontró espacio para aclarar las zonas oscuras del día de autos que aún permanecen, ocultó hasta lo inverosímil los compuestos de su despedida y se tomó la baja médica. ¡Ay, por Dios! Discúlpanos.
La plusmarca
No sé, ¿pero qué pensaba Carlos Mazón que iba a ocurrir si se negaba a asumir la responsabilidad en lo ocurrido tras el interminable espectáculo de versiones que ha venido ofreciendo en torno a su papelón en la dramática jornada? ¿Cómo es posible que alguien que sustancialmente se labró la carrera profesional por la forma en que desplegó las relaciones públicas se haya transformado en un ser incapaz de congeniar? ¿Se reconoce o ni siquiera se lo plantea?
Mientras comía tan ricamente y, cuando ya se conocían los estragos que la riada iba dejando y el peligro que la situación provocaba, todavía hay mucha gente que un año después no deja de preguntarse cómo nadie del plantel de confianza lo puso en alerta, le espetó pero qué hace ahí, presidente, y lo cogió de la solapa a distancia para que moviese el culo e inmediatamente se encaramase al puesto de mando. ¿O lo situaron y prefirió seguir con el menú? El equipo que lo rodea, ¿fue seleccionado a fin de realizar los análisis pertinentes de aquello a lo que hay que enfrentarse o está elegido con esmero para darle siempre la razón y, si se tercia, preparar una declaración institucional en su día más difícil con tal de que los acólitos «compensen» con palmas el recibimiento que los afectados le dispensarán a renglón seguido? Viendo el devenir de Mazón desde que se produjo el espanto la cuestión se responde sola.
En estos momentos ignoro si, después de que la periodista que intentó pasar desapercibida declare ante la jueza y de que las víctimas lo hagan en la Comisión de investigación del Congreso, el presidente de la Generalitat promoverá un cambio en su Ejecutivo para darle un mayor impulso a semejante tomate o si tomará las de Villadiego. Tanto en un caso como en otro se ha convertido en el dirigente más cuestionado de toda esta época democrática gracias a que la leña recibida ha sido transversal, lo cual tiene su mérito en medio de la polarización que nos invade. Y ese logro ya no se lo va a quitar nadie.
Maldito día que aquí sigue
La travesía de estaciones hasta volver al día más temido ha supuesto un carrusel de altibajos en el estado de ánimo que ni los propios seres humanos se explican cómo han llegado de pie hasta aquí encontrándose como están de malheridos. La cabeza no ha parado un solo instante y no deja de preguntarse por qué decidió bajar al garaje con lo cuidadoso que era, pero no quiso Dios que midiera el riesgo. Más duro aún es preguntarse a cada paso cómo fue incapaz de sujetar con más fuerza a la criatura, sin que nadie consiga convencerlo de que hizo cuanto estaba a su alcance. Y no va a ser fácil lograrlo.
Centenares de críos han incorporado a la rutina mirar por la ventana cada dos por tres esperando que no diluvie del pavor que les entra. El barro se ha transformado en otro de los fantasmas que acude en la penumbra a sobresartarles el sueño, mientras que el descubrimiento de montañas de coches apilados que conservan en la memoria provoca en ellos escalofríos y fascinación. Hay que cuidarlos sobre todas las cosas. Es difícil aguardar que en la cacareada reconstrucción se haya incluido un plan especial de protección para las mentes más vulnerables que en aquellas secuencias espantosas vieron saltar por los aires buena parte de lo que les reportaba seguridad, desde el cole hasta la habitación y parte de su familia o de la de los amiguitos de juegos. Atendámoslos.
Es lo que hicieron tantos como arrimaron el hombro volcándose a lo largo de intensas semanas tras la inutilidad de la alarma que sonó cuando la hecatombe venía campando a sus anchas desde horas antes. Para mayor desasosiego, los meses posteriores han traído un goteo escalonado con el desconcertante proceder del máximo responsable de la gestión del territorio sacudido, cuya única certeza es que ese negrísimo 29 de octubre no estuvo donde le correspondía por muchas vueltas que le dé a la película cuyo cierre completo da grima pensar cuál puede ser. Y si hay algo nítido sobre la reconstrucción es que la suya resulta del todo imposible. O no.
Con la paradoja a remolque
Ethan Hunt ha de robar unos archivos de la Cia, se infiltra en una cámara de seguridad acorazada llena de sensores con una capacidad de detección tal que cualquier mínima gota de sudor puede activar la alarma. Se encargó de supervisar el peso de las suelas hasta conseguir a base de monedas un equilibrio impecable. Fue el debut de la saga de «Misión imposible». El impacto de la secuencia es de los que no se olvidan.
El de las piezas napoleónicas que han volado del Louvre no le va a la saga. ¿Quien podía sospechar que algo así se produjera a plena luz del día? A 180 metros de la entrada principal, con visitantes en el museo más visitado del mundo, un camión con una escalera mecánica se detuvo en la acera. Dos de los cuatro ejecutores subieron al balcón que da a una ventana doble sin reforzar que no resistió el envite de las herramientas eléctricas al igual que los guardias desarmados que se fueron por piernas. Los enmascarados sabían de sobra lo que querían y en menos de cuatro minutos se piraron con las joyas de la corona francesa que llevaban más de un siglo depositadas. A la presidenta de la institución le fue rechazada la dimisión pese a reconocer el fracaso y la inmensa herida. La gendarmería cree que detrás de lo ocurrido anda el crimen organizado. Cuidado que, con la extracción del Códice Calixtino en Santiago de Compostela, se habló de mafia y fue un empleado de mantenimiento de la catedral. Las tentaciones, que a veces no se pueden resistir.
La vida, sin embargo, es paradójica. Ejecutivos de la empresa familiar alemana de la escalera utilizada en París vieron que nadie resultó herido, el coco empezó a bullir y a las pocas horas completaron una campaña imaginativa: «Cuando necesitas moverte rápido»; «Silenciosa como un susurro»; un montacargas que puede desplazar «hasta 400 kilos de tesoros a 42 metros por minuto». Y aunque se han convertido en «trending topic» están quienes se lo han tomado a mal. Pero a los que hay que depurar o detener son a otros.
El mundo está loco, loco
Pillo en marcha el informativo de una cadena a la que el Gobierno le da sarpullido, con una gran imagen de Sánchez, en el instante en que agota una frase: «…ya no tiene sentido». Por los gestos contenidos descarté que estuviésemos ante lo que sería una noticia bomba cuando sin embargo la cuestión no era otra que la del cambio de la hora dos veces al año. El Ejecutivo aprovechó la señal para fabricar una teoría propia de una ponencia congresual: «Es una cuestión de sentido común, bienestar y coherencia con la evidencia científica. Queremos una Unión Europea más moderna, que piense en la vida cotidiana de las personas. Es hora de sincronizar Europa con la gente, no con el reloj». No es por nada pero los físicos alertan de que el horario de invierno continuo supondría un desfase de tres horas respecto al ciclo natural, por lo que la evidencia científica parece en cuestión.
Al que no le ha ocurrido nada es a Trump, que sigue a lo suyo empecinado en construir por 250 millones de dólares un salón de baile en la Casa Blanca. «Durante más de 150 años, todos los presidentes han soñado con ello para albergar grandes fiestas. Me honra ser el encargado de poner en marcha un proyecto tan necesario». Dí que sí. Como meses atrás aseguró que la iniciativa financiada con parné privado no tocaría el edificio, ha sido demolida la fachada del ala oeste. A él le habría gustado con Martin Sheen dentro, pero alguien de su pléyade de asesores ha debido decirle que aquello era ficción. Igual no se ha quedado muy convencido.
Las imágenes que se suceden ahora son las del recorrido de Sarkozy hasta la trena, tras esgrimir que «la sentencia no es contra mí, sino contra Francia» y que se ha humillado la imagen de la nación antes del autogol del Louvre, salpicadas con otras de Ábalos y Koldo con los presuntos pagos en metálico del pesoe, las de Crespo ante el último juicio de Gürtel y las de Bárcenas tras el señalamiento de la vista por la trama Kitchen. Qué fácil teorizar y qué enmarañado anda hasta el cambio de hora.