En uno de los rediseños del periódico se abordó la solución de la cartelera. Nos parecía –y parece, puesto que se ha conservado– que ofrece un mejor servicio. Antes de ponerla en circulación se decidió mostrarla a los exhibidores, buenos clientes de la casa. El encontronazo surgió porque, al haberse incorporado los Ábaco al elenco, serían estas salas las que, por orden alfabético, pasaran a ocupar las primeras casillas de entrada poniéndose por encima de quienes las habrían ocupado y fue cuando, rememorando a Aguirre, Vicente Espadas agarró la cólera de dios. El diario fue inflexible a la hora de mantener el trato equitativo y el empresario realizó un cambio fulminante por lo que, para recuperar preferencia, pasaron a llamarse AANA, aún a sabiendas de que acababa de enjaretar una bifurcación de tres pares en el nombre de la niña de sus ojos.
Del manojo de cines que lo poblaban, las salas de Espadas son hoy las únicas supervivientes en el centro. Sus competidores se tomaron a la tremenda la pirueta alfabética y alguno lo pagó con nosotros, que para eso estamos. Más románticos que negociantes o al contrario, lo que demuestra el pasaje es cómo todos y cada uno de los protas defendía con uñas y dientes su regreso al futuro y eso que el futuro que les aguardaba todavía no había llegado.
Una rendija al peliagudo presente es que la oferta a la que se puede acceder desde casa es interminable y acaba poniendo de los nervios de tal modo que uno dice: «¡Ea! Me voy al cine». Pero el año se compone de demasiadas sesiones y los exhibidores no tienen más remedio que ingeniárselas para alimentar butacas. El mérito de quienes resisten es comparable al de Jeremiah Johnson atravesando las Montañas Rocosas, aunque al que se lo oí fue a un manchego de pura cepa como Agustín Almodóvar: «En los 60 se vendían 400 millones de entradas en España que es, con la mitad de población, cuatro veces más de las que se venden ahora». Por eso le pusieron los Goya, para no tener que calentarse. Se exhiba lo que se exhiba, premio, tiene.