La desmemoria

Son las diez y, en lo que llevamos de día, no he pillado nada con Juan Luis Cebrián. Tras el éxito obtenido, igual es que se  ha retirado a los cuarteles de invierno.

Fui comprador de El país desde el día en que salió. Es verdad que llevaba dentro el deportivo porque, para ligar, cotizaba ser intelectualoide. También había que retratarse con las cintas de Arte y Ensayo y cualquiera era el guapo que las cuestionaba pese a no haber entendido ni papa, lo cual resultaba por otra parte una ventaja para asentir de todas, todas sobre la joyita.

Lo que se captó enseguida es que aquella cabecera llegada a los quioscos a los pocos meses de moquear Arias Navarro había venido a perpetuar con más medios el cuerpo de Informaciones apostando porque España dejara de ser diferente. Para unos puede que fuese la biblia, pero en lo que sí se convirtió para los del gremio fue en una referencia solvente, moderna y creíble de hacer periodismo que conectaba con aspiraciones y ansias soterradas.

Convencer de eso, como de tantas historias, a las nuevas generaciones no es moco de pavo y más después de ver pasearse al ínclito por diversidad de plataformas pretendiendo hablar de su libro y constatar qué queda del espíritu de mayo del 76 en el que fuera su primer director y el más carismático con diferencia. El mismo al que, como presidente del grupo, le preguntan hoy por los papeles panameños en los que figura su ex y responde que «ella es responsable de sus actos», aunque los bienes gananciales también existan y el mismo al que le inquieren por el presunto regalo del 2% en Star Petroleum del magnate de origen iraní Zandi y se despacha con «no me regaló nada; me pidió un favor y se lo hice…además no he venido aquí a dar explicaciones de mi patrimonio personal… me puede preguntar cuántas veces me masturbo, pero no le voy a contestar tampoco a eso». Es posible que las pajas mentales que se hará en esa posición le impidan recordar que el derecho a preguntar cuanto se estime oportuno sobre todo lo noticiable era sagrado en aquella biblia.

Líder de los antilíderes

Leo que el realizador oriolano Fran Gas ha metido a Miguel Ríos en el interior de un corto sobre los 80 con referencias a Regreso al futuro. Ambos elementos –el granaíno y la saga– hacen buenas migas.

Me zambullí en El río a finales de los 60 y fue en el 72 con Conciertos de rock y amor del Monumental Cinema, uno de los primeros discos grabados aquí en directo, cuando se apropió de este body. Aún hoy, tras décadas sin escucharlo, lo recuerdo de carrerilla. Mi madre decía en aquella época: «¿Es que no tienes otro?», porque probablemente también se lo sabría. Contiene la mejor presentación de banda por parte del solista que uno haya escuchado y, antes de versionar Cantares a lo Wilson Pickett y de reivindicar a Serrat por rescatar a don Antonio Machado, provocaciones para encender al patio de butacas: «Déjenme que les diga una cosa. Si ustedes supieran lo bien que se siente uno colaborando con algo habrían ganado eso que se llama cielo. En verdad les digo que no se puede venir a un espectáculo de rock and roll, con el pretexto de haber pagado 125 pesetas y estar mirándolo, analizándolo, desmenuzándolo y no participando en él; es muy triste, de verdad. ¡Las neveras! Las neveras se deben dejar en el guardarropa. Si hay alguien que crea en la utilidad de esta música que tiene muchas cosas que decir y, aún a pesar de que no me gusta ser líder ni me gustan los líderes, me voy a convertir en líder palmífero para guiaros en las palmas del ritmo».

Pegándose un precalentamiento de aúpa fue como lo vi a mediados de los 80 en la Venta L`Home, antes de saltar al ruedo de Buñol, cuando me acerqué a hacer un perfil y, en lugar de otra muestra de esa selecta biografía de gente hecha polvo, con lo que me encontré fue con un gachó en plena forma que no confundía la gimnasia con la magnesia. De ahí que hace nada haya vuelto a verlo en el escenario consagrado como el convencido que es de que la liberación puede venir por medio de la garganta y siendo el eje en la Formación del Espíritu Nacional. Del rock, por Dios.

Productos de la tierra

Un alto cargo del Consell transmitió a un corro en Alicante la intención de abrir Canal 9 con el Hércules-Barça, en una muestra más de vertebración a la remanguillé, si bien lo que nadie puede negar en este caso es que las posibilidades de que el equipo blanquiazul descabalgue al azulgrana son infinitamente superiores a que la cacareada reapertura desemboque en una eliminatoria… copera, claro está.

En lugar del encuentro contra el conglomerado de perfil bajo alineado por Luis Enrique, lo que el consejo rector de la Corporación Valenciana de Medios de Comunicación alumbró fue el concurso para elegir director de la telenostra refundada que deberá saber, además de los oficiales, idiomas potentes, tener dotes de líder y ser un hacha en resolver conflictos. O sea, una mezcla de Messi, Alice Florrick, la picapleitos de The Good Wife y nuestra Asunción Valdés, que por idiomas en la butxaca y tiros dados no va a ser. Pensarán: pues encontrar alguien así en la bolsa de trabajo y con los posibles de los que se disponen está chupado. Al lado del proceso de cierre del ente, sin liquidar aún; de la demanda de un sindicato que pide la readmisión de empleados y de la amenaza del Gobierno de recurrir la ley, dar con un Walter Cronkite o una Oprah Winfrey valenciano parlante es pecata minuta.

Lo que habrían disfrutado, y cualquiera de los presentes, pudiendo contar la manera tan sui géneris que tuvieron de celebrar por aquí la Constitución los genuinos representantes coincidiendo con la ola en la que su reforma reclama vías de consenso. Ximo que, siendo generosos hace lo que puede, ha optado por rodearse de arietes del juguete, turrón, chocolate, cítricos… e instaurar «El Nadal és valencià», a riesgo de que alguien salte a dejar patente que no todas las pastillas son de Xixona ni mucho menos, ahora que epatar se ha convertido en la forma ideal de esconder la verdadera ideología. Lo único que haría falta es que se buscaran las cosquillas en la otra fiesta con tal de imponer quiénes son los más inmaculados. No, que nos da.

Que no, que yo no hago yoga

Parte del círculo más próximo me persigue para que haga yoga «porque a ti te vendría muy bien», remarcan. El otro día medio quedé con el primogénito a las siete de la mañana, pero no acudí. Este verano se lo soltaron a un amigo y, como llevaba collarín, respondió «sí, para hacer la flor de loto estoy yo». El caso es que recibo hasta correos alusivos, que dejo de abrir. Pero no hace mucho fui partícipe del encuentro entre Juanjo Millás y Pablo Motos, de los que ignoraba el vínculo que mantienen. Al parecer, cuando el segundo hacía la desconexión de Luis del Olmo en Valencia, el escritor lo recomendó para los Madriles vendiéndolo como un transgresor. Así que, aunque Motos no es mi tipo, le presté atención porque el otro sí lo es.

Y en medio del entretenido pim, pam, pum asomó lo inevitable en boca del insigne colaborador de esta casa: «Le he dicho Pablo me falta algo en la vida y no sé qué es, a lo que me ha respondido sin pestañear que el yoga. Él ha empezado a hacerlo y asegura que lo ha transformado completamente», cuestión que el conductor de El hormiguero completó tembloroso de placer: «El yoga te devuelve la sensación que tienes de estar incompleto y te inunda de un enorme amor por todas las cosas y personas del mundo». Dios mío, y eso que sólo llevaba unas clases. Quizá me muestre escéptico por ser virgen, aunque serlo en algo a estas alturas también tiene su aquél. Ahora bien, no es fácil mantener la condición viendo que Pablo va con el temita como su propio apellido indica: que si poco a poco consigues tener más paciencia y mayor equilibrio al tiempo que aprendes a respirar; y lo más importante de todo la quietud… con todos esos ejercicios conduciendo a que el cerebro controle el corazón. Y eso es un control mental –para alcanzar la quietud debe faltarle aún, porque no para– que logra que un problema que antes te habría amargado el día, ahora en cinco minutos lo resuelves y, en dos, lo olvidas.

Miedo me da someterme al experimento. A ver si luego nadie me va a reconocer.

Sonidos que no se pierden

Una persona de orden, estrato social altito y sensibilidad a raudales fue de la primera que recibí un mensaje con lo acontecido en Cuba señalando que «era lo que era, ¡pero la música..! y adhería la voz de Carlos Puebla: «Aquí pensaban seguir/ ganando el ciento por ciento/con casas de apartamentos/y echar el pueblo a sufrir. Y seguir de modo cruel/contra el pueblo conspirando/para seguir explotando… En eso llegó Fidel y se acabó la diversión». A su leyenda han contruibido partidarios y detractores con generosidad extrema. Las apuestas coinciden en que los principales enemigos planearon acabar con él en más de 600 intentonas y cada vez que se propagaba un rumor exitoso, en lugar de comunicado, un doble aparecía por la calle. Ahora, que ya parece haber muerto, lo que está contrastado es que, de los autores de obituarios en las principales cabeceras estadounidenses –el Times neoyorkino, el de Los Ángeles y el Washington Post, donde forman un género que se prepara con antelación–, dos se fueron de este mundo y, el tercero, donde no está es en el diario. Quien sí vive en el pueblo lucense de Láncara es la prima de los Castro y, aunque ya sin Fraga al timón, acudió al homenaje tributado junto a la casa natal del padre de los mandatarios caribeños. Teniendo en cuenta que Manuela rebasa los 103 tacos, hay que preguntarse de qué material estará hecho el linaje. Puede que, debido a ello, los Stones se sintiesen solidarios y se les metiera entre ceja y ceja ofrecer un concierto gratuito en la isla. Tocando por el sur intentaban derribar los muros burocráticos para la visita. Mientras los cubanitos permanecían ajenos, las barras bravas de Keith Richards lograron en La Plata que éste se conmoviese al cantar Slipping away. Tras vencer multitud de obstáculos, Obama fue de telonero de lujo y bendijo a la banda. Llegado el día, nada que ver con el delirio argentino, seguramente porque cuesta soltarse de sopetón a movidas así. A pesar de todo, se alcanzó el clímax antes de saber qué sonará en adelante. Gracias a Trump, igual sigue dando guerra Fidel.

El temor a no contarlo bien

Con indecoroso retraso e igual deleite he visto «Las viudas de Pepe Rubianes», realizado por Huerga. A la recapitulación de episodios protagonizados por el cómico galaico/catalán asisten un par de las que compartieron techo con él y otros que, sin llegar a tanto, se consideran viudas como Serrat y el Tricicle Joan Gràcia, entre otros. Viéndolo actuar en las entrevistas, convertidas con su presencia en género de fabulación, cualquiera diría que todo le importaba una higa, salvo vivir lo mejor posible. Sin embargo la primera de sus parejas, que no dejó de estar cuando la cosa se puso malita, confesó que el tramo final de su existencia, aquél en el que los ultras se plantaron frente al teatro para impedir que representara a Lorca, lo pasó mal: «Hubo un momento en que tuvo que dejar de escuchar a Losantos porque le hacía daño». De poco le valió refrendar que la España a la que señaló es a la que se cargó al poeta porque lo único que consiguió fue que los dóberman de pura raza se le lanzaran directamente a la yugular.

Este oficio de contar lo que ocurre es un arma que se las trae, potente y sensible para quien la tiene entre manos. No hace falta incidir en que, como en cualquier otro, hay quienes lo ejercen de modo deshonesto. Por mucho estropicio que causen a la crediblidad, que la causan, han dejado de quitarme tiempo porque es perderlo. Los que sí me preocupan son los vocacionales, esos periodistas honestos, que los hay, y los que andan incorporándose porque hoy se hallan rodeados. Las condiciones en las que se destripan asuntos de enjundia son morrocotudas. Se escribe para ¡ya! y se suelta en un saco común al que van a parar registros –también llamados exhabruptos– de plebe sin filtro y ociosa del copón. Al mismo tiempo, las empresas prescinden de la gente con mayor perspectiva. Por eso da miedo que haya quienes diseccionen lo que ocurre y no reflexionen ni se tienten la ropa ante la posibilidad de haberlo hecho sin el recomendable rigor antes de trasladarlo. Y ahí sí que nasti, que nos muerden y con razón.

La llamada misteriosa

Escucho el espacio en el que los oyentes cuentan sus peripecias a Carlos Herrera, alrededor en esta ocasión de esos «partos en lugares inverosímiles». El popular conductor da paso a una intervención a los acordes de «¡Antonio, buenos días!», a lo que el espontáneo interlocutor repone: «Hola, Carlos, buenos días». «¿Qué tal, hombre, qué tal?». «Pues, bien gracias a Dios. Por cierto, eres un crack pero no te dejes atrás tu equipo». Fue acudir esa voz a mis oídos, con un acento tan personalísimo, suelta de halagos incluída, y, sin haberse situado aún la llamada, me dije: «¡Pero si este es Alperi

Seguí el testimonio sin pestañear y, tras narrar cómo su mujer rompe aguas del tercero a finales de los setenta en plena madrugada, menciona que deja a los mayores con una vecina del inmueble donde vivían en el centro de…¡Alicante! ¡Ay, Madre del Amor Divino! Pero si es un compuesto de Luis y Bernardo, ¿cómo que Antonio? Cuando detalla que, al sentarse en el coche su mujer le dice «¡No puedo, no puedo, ya está aquí!», pongo definitivamente la mano en el fuego porque, salvo que me haya vuelto tarumba, el deje delata a quien estaba a punto de ser presi de la Dipu por esa época y alcalde más tarde de la ciudad en cuestión la tira de años, con mucho material detrás, incluído el del relato que es para no perdérselo.

Resulta que, mientras ayuda a entrar a su mujer en el utilitario, unos mozos se acercan creyendo que la agredía y, al decirles lo que pasaba, quedaron cual estatuas de sal. Con la parturienta de pie, mete la mano el padre, la niña sale disparada con la suerte de que da contra ropa interior y no cae de cabeza sino rodando; el padre la coge, se le resbala…¡debajo de otro coche!, de donde logra envolverla en una manta y, desde la recepción de un hotel cercano, vuelve a telefonear al ginecólogo quien, creyendo ser víctima de la impaciencia, le contesta: «Bueno, Luis, que ya voy».

La última que trajo con sus manos al mundo… de la política sale a él. Menudas grabaciones deja para la historia la criatura.

Las vueltas que da la vida

Con el régimen del Pardo en los estertores, mi amiga Pilar, que hacía pinitos en Radio Peninsular, me pidió que hablase con mi jefe para ver si podía venir al diario en el que yo era el último mono porque lo que le pedía el cuerpo a gritos era escribir. Transmití sus deseos y, cuando por toda respuesta esperaba que se me confiara la pena por la imposibilidad de poder acometer en momentos tan delicados -para eso siempre lo son- incremento alguno de gasto, aquel hombre, premio literario de postín, se esmeró bien: «Las mujeres, en la cocina». Pensando en que Pilar los tenía y los sigue teniendo cuadrados, salí rumiando ¿y ahora cómo le traslado yo esto? Salvo honrosas excepciones en contados medios, el destino de la mujer que lograba meterla cabeza en una redacción por aquellas calendas era inevitablemente la sección de moda. En las cenitas que nos pegábamos de cuando en cuando, alguna que otra del grupo que observaba el fenómeno desde fuera no cesaba de insistir: «¿Y por qué no pueden hacer economía?». Aunque como es sabido la cosa aún se resiste cuando de alcanzar ciertas responsabilidades se trata, el panorama ha ido cambiando poco a poco y llegó un día en el que los cocineros más reconocidos empezaron a ser varones y en el que, entre las mejores firmas que se encuentran en cualquier cabecera, están las de ellas. Pilar, Pilar del Río acaba de recibir el premio Luso-Español de Arte y Cultura por su dedicación al fomento de la lectura. En los 90, tras un encuentro multitudinario y sublime en el Aula propiciado por Carlos Mateo –quién si no– a través de la Obra Social que Dios tenga en su gloria aunque no haya conciencia de la dimensión de la pérdida, Saramago, Haro Tecglen, Concha Barral y Pilar debatieron en petit comité sobre el animal filosófico que es el hombre, la muerte, Jesucristo, las desigualdades, el retraso secular de la Iglesia, el cambio en el concepto de utopía y la necesidad de reactivar el espíritu crítico, pero nada de fregoteo ni de moda. Y mira que, sinceramente, me lo temía.

Paisaje después de las batallas

Una de las ventajas de esta profesión es la de gente que conoces, la diversidad de plebe a la que tienes acceso y lo que una parte nada despreciable de ella te aporta. Al poco de empezar con las columnas llamémosles de opinión, me encontré a un empresario que, antes de dar los buenos días, tuvo a bien decirme: «Lo que no me habré reído contigo esta mañana». Lógicamente, ese día no había escrito. Si después de un regalo así eres incapaz de situarte para los restos por muy difícil que resulte no pecar de vanidad en esta suerte, es que eres más imbécil aún de lo establecido.

La primera vez que me eché a la cara a Fraga a solas fue durante la campaña de las generales del 82 y tuvo lugar al amanecer, junto a la terraza de la planta 33 de un hotel. Lo más trascendente sin duda de aquel encuentro es que aquí estoy. En el polo opuesto se sitúa la entrevista que le hice a mediados de los setenta al cantautor argentino, Facundo Cabral. Aunque el redactor jefe no tenía ni pajolera idea de quién era, invertí cinco horas y volví de chiripa porque, tras babear, estuve a punto de irme a su lado a dar la vuelta al mundo emprendida a los 14 años cuando en su casa, inundada de churumbeles, le dieron 40 pesos para que ahuecase y se buscara la vida mientras aquí nos habían martirizado con alcanzar la seguridad a través de oposiciones, por lo que la fascinación al escuchar todo aquello te dejaba turulato.

Mucho más recientemente tuve la oportunidad de confraternizar con la bailarina

y coreógrafa, Premio Nacional de Danza, Sol Picó. El magnetismo que me sedujo de ella no fue el parloteo propiamente di- cho, sino la despampanante solidez que irradian sus convicciones. Y, a pesar de los bajones propiciados por la elección, qué cuajo a la hora de diseccionar con precisión los avatares de tamaña aventura. Observando a lo largo de años tal variedad de escenarios, puedo decir con absoluto con- vencimiento que, aunque actuar de Fraga no debía ser fácil y que lo de Facundo tenía su aquél, sostenerse sobre las puntas amando la danza en este país es el acabose.

Entre coñas marineras

El Gobierno de Rajoy despierta tanto interés que todo quisque anda pendiente… del que forme Trump. El rey tenía previsto coger el petate tras la de meses que sumaje se ha llevado enclaustrado. La invitación del monarca saudí, frustrada a última hora, hubo de ser cancelada ya en febrero por nuestras coñas marineras y Riad, que algo pinta en el concierto, no lleva bien las desatenciones porque en eso sí es muy susceptible. Se pilló un buen rebote con el acuerdo antinuclear de su tradicional enemigo iraní brindado por los estadounidenses y, aunque Obama se presentó pitando, el régimen le envió una delegación de cuarta categoría a hacerle los honores. Seguro que el monarca Salman se entenderá a pedir de boca con Donald. No habría que descartar que se intercambiaran por un tiempo en plan casino las administraciones. Todo le encajaría a ambos, si exceptuamos quizá el ghutra a la hora de tener que encasquetárselo el presidente electo en la cabeza.

¿Lo ven? Arranqué con la intención de hablar de la nueva(?) etapa rajoniana y me he perdido por Oriente Medio. No cabe duda de que, en la pretensión de permanecer en el machito pasando todo lo inadvertido posible, el mandamás refrendado por la abstención está tocado por una varita. Mientras Margallo se quedó en el camino por prestarse al juego de poder hacerse con el testigo monclovita en caso de persistir el tapón, buena parte de los humoristas han arrancado los espacios diciéndole a sus fieles que, tras la irrupción del magnate de la Quinta Avenida, el nuestro les parecerá incluso tolerable. Pensando en cincelar al cabeza de cartel de cara a las venideras, o sea a sí mismo, el prócer gallego ha metido a Cospedal en la mesa de deliberaciones para deleite de la vice, a la que le ha quitado el manjar de la portavocía y le ha regalado Cataluña por si se lo tenía creído. Está encantado con que al que enarbola IcetaSánchez, Hillary– caiga fulminado y le encantaría que fuera futbolero y vitoreara a Messi. Ya. Pero todo no se puede tener, Mariano.