El minuto y resultado a través de teles generalistas con un
seguimiento propio de cuando solo existía La Primera, unido a las
vueltas y las revueltas que se le da al mapa que tenemos sí que pueden
acabar con nosotros. Claro que hay que informar, estaría bueno, pero
el tratamiento, cómo se sitúa al espectador ante una situación tan
delicada también cuenta, majos. Si a esto se añade que el
descubrimiento de fallecidos en residencias de ancianos ha venido
acompañado de entrada por una carencia absoluta de datos de situación por parte de las autoridades que lo gestionan hemos hecho un pan como unas hostias. O dos.
Producto de ello es la recomendación de testimonios clarificadores,
puesta en circulación. Un doctor de tanta garantía como Jesús Romero
se ha sumado a la ola y ha hecho un envío a malsalva de la
intervención del inmunólogo Alfredo Miroli, con certificación
incluída: «Lo mejor que escuché hasta ahora. Muy didáctico y claro.
Deberían pasarlo a diario en horario central en la tele». Lo tienen en
YouTube, es pedagógico y sensato. Como primera providencia, advierte
que se puede reaccionar con prudente temor o con un patológico terror
que no solo paraliza sino que además genera discriminación, expresado
por boca de alguien que demuestra sabérselo al dedillo, en fin, algo
tranquiliza.
Miroli detalla pormenorizadamente la morfología del bicho, señala
que «estamos ante a un virus grandote y pesadito» frente al que el
mejor antiséptico, efectivamente, es lavarse las manos con jabón y,
sin restarle un ápice de gravedad al trance, delimita su efecto,
explica cómo relacionarse en casa con alguien enfermo, alecciona sobre la creación del antivirus en el organismo, analiza las probabilidades reales de infección y de que ésta sea mortal, establece comparativas con pandemias anteriores y, para remate, muestra fundadas esperanzas alrededor de la vacuna que empieza a probarse en unos días. Por si se conectan, advertirles que la exposición a la que van a acceder es la de un argentino. Pero cómo andaremos, que hasta se agradece.
Cuando el drama abraza
Unas cuantas semanas atrás, en el tramo final de la cena en torno a un
escritor de primera y con todos en pie, acabó en un rinconcito al que
fue acercándose gente atraída por su imán mientras, sin arañarle un
ápice del espontáneo protagonismo, revoloteó en círculo con una
sonrisilla de felicidad su pareja y compañero de tantos de nosotros en
mil batallas, Luis Ramos. Olivia Manzanaro, responsable de proyectos
editoriales digitales del servicio de publicaciones de la uni, tenía
al lado a una amiga común y G. se lo pasaba de cine viéndola reir a
mandíbula batiente antes de detener la regocijante plática, respirar
hondo, tomar aliento y advertir que, ojo, teníamos que reunirnos. Y
así quedamos.
Sin haber podido sugerir aún que nos viésemos, G. hizo llegar que
Olivia había caído con los malditos síntomas acompañados de 39 de
fiebre pero que, al quedar fuera a sus 52 años de la franja de riesgo,
no podían practicarle lo que otr@s con mando en plaza se han hecho a
su libre albedrío y le recomendaban enclaustrarse y ponerse mascarilla
al contacto con los chavales. Este miércoles, G. dejó caer que andaba
tristísima, sin compartir más detalles, como si hasta revelar lo que
ocurría le costara lo suyo. Y cómo no iba a costarle: «Estoy así
porque ha muerto Olivia y no puedo con ello». El golpe fue helador. Y
sí, cuando el drama abraza, la sintonía diaria cambia radicalmente de
registro.
Olivia se ha ido cubierta por el silencio y acompañada en la
distancia por quienes exorcizan este tormento. Adrián Carrillo lo ha
dejado esculpido en el muro de feisbuk: «Esta tarde he conocido el
aguijón del virus que nos rodea al quemarme en lo más profundo… Me
has dejado sin palabras, sin risas, bañado en lágrimas y con miedo
porque son muchos a los que quiero, y tu voracidad la siento cerca,
negándome el consuelo». Dado que el escalofrío no se va, se trata en
este caso de agarrarse al día del reencuentro con G. ya que, en el
ansiado abrazo, nos envolverá la energía insuflada la noche aquella
por Olivia para las citas que están por llegar. Bendita seas.
Lo que urge es reinventarse
Este 13 de febrero, el catedrático de Filosofía Moral Jesús Conill y
el de Economía Aplicada, Andrés Pedreño, se citaron para intentar
delimitar zonas de choque de la inteligencia artificial con la
privacidad. En la controversia, Pedreño se sacó lo que lleva dentro:
«No maximicemos el tabú de la intimidad. Hasta hace nada la guía
telefónica circulaba con nuestros domicilios tan ricamente». Entonces
ambos coincidieron sobre el escenario en el que el avance tecnológico
debe primar, que es el de la salud colectiva en riesgo. Es lo malo de
los estudiosos: que se ven venir la tostada.
Para enriquecer aún más la controversia saltó al ruedo el
catedrático de Derecho Internacional Privado, Manuel Desantes, quien
alertó sobre el ritmazo en el que se desenvuelven las intituciones del
viejo continente. Allá por el 98 formó parte en Bruselas de la
comisión de expertos que encaró el debate que ese día estaba sobre la
mesa y cuya resolución no llegó hasta lustros después cuando el
rompecabezas a resolver había sido atropellado por los cambios
registrados. Desantes asumió que el compás tradicional de los
servicios jurídicos no pita y le salió exclamar que…¡hay que
reinventarse! Y todavía se contuvo.
Todo ese dibujo es lo que hoy se busca descifrar. La científica
Nuria Oliver no se ha cortado: «La inteligencia artificial ha
penetrado en casi todos los aspectos de nuestra vida y no hemos sido
capaces de aprovechar los datos de los móviles para contener la
pandemia». Se refiere a que en Corea se han hecho 18.000 test diarios
empleando tecnología a la última en busca de respuestas más efectivas.
Mientras China se ofrece a enviarnos ayuda, «Europa ha fracasado»
según Iñaki Gabilondo, palabra de dios. Y digo yo, aprovechando que el gobierno de Pekín ha fichado al profesor Desantes como asesor en
propiedad intelectual, ¿no podría servir de avanzadilla para que
ingresáramos en el mercado asiático que nos ha pasado por la derecha y por la izquierda? Además hasta allí seguro que no nos seguiría Ortega Smith y su basca. Ya lo sé. Dónde hay que firmar, ¿verdad?
La nueva realidad
Hablando en serio, vamos a ver: ¿Usted sabe quién es Carolina Darias?
¿Desde cuándo? Uno de los aldabonazos de la situación es que empuja a
explorar flancos intransitados y a descubrir capacidades de las que no
habíamos tenido necesidad de echar mano. Y lo que te rondaré, morena.
Tras haber dado positivo, nos hemos enterado de que Darias es
ministra. La mujer ha tenido mala suerte. No por la infección, que
pasará, sino porque la cartera de mayor enjundia que recibió fue la de
Política Territorial y, claro, esa es del jefe y de su asesor de
cabecera. El cuadro general de prebostes transita entre ruedas de
prensa sin periodistas y preguntas lanzadas con antelación a la toma
de decisiones. Que alguien les diga que luego será peor ya que ahora
hay que andar a atentos a las variedades de contención que nos
invaden. Ni Sanidad ni la Comunidad de Madrid, entre otros,
recomendaron abstenerse de acudir a manis del 8 de marzo o al mitin de Vox siguiendo el criterio del órgano europeo de salud pública y las
consecuencias las ha pagado Toni Cantó con su inefable «hermana, yo sí te contagio» dirigido a Irene Montero, que valió para que Rufián se
apuntase el tanto con eso de que «el coronavirus se cura; lo de Toni
Cantó, no». Esto, saberse, ya se sabía. Y si el actor no hizo mención
a que el estado mayor de Vox se halla en cuarentena, por algo será.
Como a la fuerza ahorcan, estamos viviendo realidades que no pueden
desdeñarse. Las vascas y gallegas siguen convocadas de momento, pero
han prescindido de la precampaña. Igual se vota sin campaña siquiera y nos percatamos de que la foto final es la de la rampa de salida. Y
aunque subterráneamente haya sus más y sus menos, también va para
adelante la coordinación entre administraciones de varios colores para
hacer frente a la amenaza y hasta Torra tenía previsto participar en
la conferencia de presidentes por… ¡solidaridad! Más extremo,
Netanyahu ha propuesto a la oposición de cara al combate un Gobierno de unidad nacional. A ver si vamos a reparar en que nos hacíamos la vida imposible por fruslerías y, de esta, nos curamos para los restos. No lo creo.
El incierto panorama
¡Por Dios, bendito! Ha sido su-ccionar la contención y venírsenos
encima un despendole de datos y medidas de choque que nos tienen con el pie cambiado. Y sin avistar cuándo recuperaremos el paso.
Voces autorizadas recalcan que, mientras en China e incluso en
Italia el porcentaje de contagio se está frenando, en España es al
revés: que ya se puede concretar la cifra de afectados con la que
contaremos en una semana y que la evolución dependerá de que seamos capaces de cortocircuitar la transmisión en tiempo y forma. La prueba palpable de que algo no ha pitado como debía es que da la impresión de que el epidemiólogo de cabecera del que hasta ahora nos nutríamos ha sido devorado por la avalancha. ¡Uummhh!
Maricrú, que cuando esto se tomaba a chanza ya andaba preocupada,
me llama para ver qué tal sigo y le cuento que he tenido que volver al
médico, que ha ampliado la medicación, que me ha mandado un análisis de sangre para el que no hay hueco hasta dentro de tres semanas y que, al notar el cambio de paso de nuestras autoridades, me ha entrado un episodio agobiante de tos en el que he visto pasar la vida en una ráfaga. Ella, que vive junto al cauce del Turia, no entiende porqué se permitió que arrancaran las Fallas. Por lo mismo, amiga, que mis cuñaos y dos parejas anularon lo de abril a Benicàssim con el Imserso y el Ejecutivo, en cambio, se ha pensado lo suyo darle el viaje.
Expira el margen de quedarse a verlas venir. Lo que en otras
circunstancias sería el no va más al coincidir en una jornada consejo
de ministros, sesión de control al gobierno, videoconferencia
monográfica de barandas europeos y comparecencia del presidente, tiene pinta de convertirse en menú del día. Aumenta la sensación de que arrancamos tarde y, al igual que con Zapatero, vienen curvas para
Sánchez. Media España y parte de la otra estaban esperándolo y confían en que de ésta, al fin, no se vacune. Pero cuidado que, siendo como sin duda es un caso digno de estudio, suele haber contraindicaciones.
No hay más que verlos
Puigdemont y Boris Johnson tienen lógicamente muchas cosas en común. El primero llegó a ser redactor jefe de un diario local, y a mucha honra, como El punt, mientras el otro anduvo por el Daily Telegraph después de que lo tiraran del Times y acabó dirigiendo Spectator, una cabecera minoritaria y de culto, cuyo objetivo fundacional en el XVIII fue dar vida con la moralidad al ingenio, alineado con los valores de la Ilustración. Hace nada, una antigua redactora de la revista acusó al que fuera director de haberle metido mano en su día. Aparte de desmentirlo, seguro que el ínclito diría para adentro: «valores fundacionales a mí, será posible».
Pasado el tiempo y cambiados los trastos de entrar a matar, ambos
manejan sus territorios con un afán similar, peripecias personales
incluídas en las que también han optado por el divorcio. Pero todo lo
que rodea al premier británico es mucho más distraído, dónde va a
parar. Y, si no, comparen. En medio de la forma provocadora en que
Downing Street ha abordado la negociación con la UE sobre el nuevo
tratado comercial; del hervidero que es el Gobierno por los
encontronazos entre altos funcionarios y los modales del equipito del
menda lerenda y el mal rollo en la población ante el avance del
coronavirus con un Johnson esfumado del primer plano de la vida
pública al que ha vuelto para anunciar alborozado que…¡va a ser
papá! La redes le han dado la enhorabuena al son de «felicidades por
su quinto o sexto hijo». Corren apuestas. Y aunque como digo no hay
color, Carles se acercó por su parte a la frontera para desdeñar el
recién nacido intento de enderezar las relaciones con el estado al que
pertenece la Generalitat y, una vez por allí, se dirigió a la tumba
del poeta donde ya anidaba una estelada lo que llevó a que un
militante de la Asamblea Social de la Izquierda de Catalunya se lo
reprobara: «¿Qué hacéis aquí si no entendéis el significado de
Machado?».
Consenso en que la crisis de la prensa es fina existe, pero habría
que pensar en qué pinta tendría si estos dos siguieran en ella.
Estación de penitencia
Los armados de las hermandades que guardan la imagen de marca
independentista hicieron estación de penitencia en los jardines del
palacio de la Moncloa antes de sentarse con el consejo de gobierno de
las cofradías hoy titulares del Dolor, Pasión y Resurrección del Reino
de España. Sin llegar a coincidir, las tres horas se consumieron casi
por completo en confrontar los orígenes del conflicto, centrados en
los coletazos de este siglo, que ya es avanzar algo. No pensarían que
desde el minuto uno se iban a buscar soluciones al merdé.
La consigna que fluye en el ambiente es marear la perdiz, estirar
el chicle hasta que no sepa a nada y sacarse de la chistera una pompa
que quede resultona, salvo para quienes tienen al hermano mayor en
Waterloo que apuestan por el incendio. La prueba es que el tramo de
participantes en la ronda que lidera el pastor Junqueras desde la
sombra pidió el var tras la indignación por el voto en contra de sus
vecinos al objetivo de déficit, que salió en el Congreso por los pelos
cuando en torno a la performance, que diría el otro, los cálculos
señalaban un desahogo pelín amplio. Pero en este trance solo hay
espacio para las fatiguitas. Así que, a continuación, el timonel de la
peripecia en marcha echó mano de trece ministros, se los llevó a uno
de esos enclaves del mapa que hay que poner en duda si existen y, con
el reto demográfico entre ceja y ceja, echaron la jornada en las
dependencias lógicamente de una bodega.
Tras la apertura de la diabólica mesa de diálogo, uno de los
informativos de relumbrón de la Ser arrancó con que la cuestión estaba
encauzada, que ya es moral, mientras contertulios de la Cope
coincidían en que Sánchez había conseguido liar a los separatistas y
ofrecieron la desternillante imitación de Joaquín Reyes a Torra en la
que éste asegura ser «pata negra del independentismo» soltándose a
cantar tras lo que, arrastrado por el frenesí, concluye: «Mira que
odio a España, pero es que Melody es oro molío». Si ahí se lo toman a
broma, igual es que ni se rompe España.
El despreciado
El portentoso alcalde de Madrid se desahogó a a sus anchas este mes
vía Twitter: «Pedro Sánchez corre a reunirse con el delincuente Torra
y con Colau, pero ni siquiera responde mis cartas para mantener un
encuentro. No me desprecia a mí sino a todos los madrileños». Eso
mismo lo reiteró en modo chulapo ante las cámaras y, al hacerlo
refiriéndose a la primera autoridad municipal de la Villa y Corte en
tercera persona, Buenafuente repuso: «A ver si no sabe que el alcalde
es él y de ahí que no dé con la misiva».
Al «despreciado» le dio a renglón seguido por excluir los versos
hernandianos previstos para ser grabados en una placa conmemorativa
del monumento en homenaje a las víctimas de la Guerra Civil en el
cementerio de la Almudena. La red social que utilizó para airear sus
cuitas se ha visto desbordada por rayos que no cesan y la corporación
de Orihuela y el regidor del Quesada de Josefina Manresa han
trasladado al sin par Martínez–Almeida sendos escritos para que
mantenga las estrofas de El herido, al tiempo que ambas poblaciones lo
invitan a que visite rincones ligados a la vida y obra del autor del
inacabado de muerte prematura Cancionero y romancero de ausencias. Que se sepa, todavía no ha contestado. De acercarse tienen la duda sobre si colocar allá donde acceda un distintivo en tercera persona, claro, o ahorrarse la inscripción poniendo cualquier crucifijo que,
implícitamente, puede leerse como «qué cruz». Y, durante la espera, el
edil del sur ha querido trazar el mapa de situación: «Son poemas
colega que, de verdad, no tienen coronavirus».
Pero no se crean que, ante el aluvión de mensajes, esta otra
ocurrencia que tuvo Casado en su momento para liderar una lista ha
vuelto sobre sus propios pasos. En absoluto. Por muchas señales que
reciba hace oídos sordos y, es más, acaba de defender a ultranza
eliminar a Miguel Hernández y apostar «por Azaña que busca reconciliar frente a aquellos que quieren levantar heridas». Con bichitos así sueltos, cualquiera descarta el riesgo de infección.
El modo de andar
Como es bien sabido el malvado Rubalcaba demoró su marcha de la
secretaría general para no lesionar a la Corona en el proceso de
relevo. Iglesias agitaba la marea podemita prometiendo acabar con el
régimen de la Transición y empaquetar la monarquía. Casi nadie creía
en la consistencia del propósito pero el heredero y su madre se
tentaban la ropa. La permuta dinástica regateó el escollo y Rajoy
escribió al respecto: «Su última e importante aportación fue
contribuir al feliz resultado de la abdicación de don Juan Carlos y la
proclamación de don Felipe. Pudimos disfrutar del mejor Rubalcaba,
inteligente, discreto y prudente». Lo dijo, claro está, a su muerte.
Pero el ojo de la historia lo ha resucitado tras ver entrar al hoy
vicepresidente en la Zarzuela donde el único temor del rey era que
Pablo lo abrazara hasta colgarse. Afortunadamente, parece que se
contuvo.
El timonel socialista, de fajín republicano, hizo esa contribución
en 2014. El sábado santo del 77, Adolfo Suárez, ya saben de qué fajín,
se la jugó con la legalización del pecé para que esto fuera lo que
tenía que ser, dos meses después de que unos criminales se llevaran
por delante a quienes encontraron en el despacho laboralista de
Atocha. Carrillo, que con células clandestinas había hecho lo que no
hay en los escritos para que la querida España volviera a la senda del
sano juicio, esperó fumando a que el osado mandatario le apartara el
humo de la cara. Y es lo que logró Suárez, retirárselo, dejar que todo
dios viese el rostro del comunismo importado y, cuando tocó, ensalzar
la aportación del viejo zorro al juego que ansiábamos jugar. Así se
construye un deseo compartido, no exento de riesgos y graves amenazas.
Hoy, con otros peligros sobre la mesa, se satanizan encuentros
comprometidos, proliferan los ataques al de enfrente señalando que es
nada menos que ¡comunista!, de dejar suelto al hijo de Suárez nunca se
sabe qué es capaz de llegar a armar y, a estas edificantes
aportaciones, luego van y le colocan el pin que remata la faena.
Bonita forma de pensar en el bien común. Preciosa.
El mapa del tiempo
Salgo a la calle y la ciudad ha quedado bajo los efectos de la niebla.
Es lo único que nos hace falta, tener entre nosotros a Boris Johnson.
Antes de que se nos presente, veámosle el interior. Junto a los
trileros que lo acompañan, se ha servido del espíritu imperial que
anida en la isla para desprenderse del yugo de la Unión Europea como
si alguien les hubiese obligado a entrar. Y, aunque desde décadas
atrás uno de los orgullos del imperio es la bibicí, al descuelgue
continental pueden seguirle los domésticos que andan en la recámara
desde que a Thatcher le dio por estrangular servicios públicos. El
cerco no se ha hecho esperar.
Por hoy centrémonos en las desventuras de la televisión pública,
un referente de independencia y solvencia profesional pese a sus
claroscuros. Bien es sabido que todo quisque que quiera chutársela ha
de apoquinar 185 euros de tasa anual. Y que Netflix, Disney y Amazon
han impactado en la línea de flotación de los ingresos provenientes de
sus producciones de culto. El que el mes pasado una periodista ganara
el juicio por cobrar menos que su compa de fatigas también le ha hecho
daño a la cadena, lo que fue aprovechado por la ministra de Cultura:
«Simplemente, el mundo en el que surgió la bibicí, y su financiación a
través del pago individual de una licencia, ya no lo reconocemos.
Debemos pensar qué queremos que sea en adelante». También ha cambiado el mundo y la casa de los Windsor no se toca, guapos.
Porque aún siendo ciertos esos aspectos, lo mollar es que Johnson
considera al famoso ente antitory y va a por él e igual le acompañan
en la caza los laboristas al considerarse agraviados por la cobertura
informativa de la campaña electoral, tras la que el Ejecutivo del
premier ha elaborado listas negras con nombres de medios tradicionales que no le ríen las gracias. En este momentazo, para el orbe informativo ver cómo se ensarta el periodismo fomentado por la cabecera británica es intimidar hasta convencernos de eso. De que, más que espesa, la niebla que hay es impenetrable.