Los pasajeros de la noche

Cabalgo sobre la cinta que lleva el sugerente título que acabo de compartir. Es una más de las aportaciones que rebosan el muestrario compuesto por los descendientes pertinaces de la «nouvelle vague». En este caso, un cálido retrato en torno a las vicisitudes de una mujer con dos hijos mayorcitos a su cargo que ha recibido la detonación del «bye, bye» de su marido y se encuentra con que ha de completar esa página en blanco llamada futuro. La destinada a escribir las líneas de un horizonte incierto es Charlotte Gainsbourg, hija en la vida real de Serge que compuso para su madre Jane Birkin la seductora «Je t ́aime… moi non plus», padres de tronío que debieron contribuir a que la actriz se superara, provista de una raza que rocía con ese aura de autenticidad que sube la nota de cualquier guión al que se enfrente. La empatía hace que sufras y que te relajes cuando por fin ha visto la luz y, en mi caso, que la cabeza se pierda por otros derroteros de nuestro paisaje en los mismos años ochenta en los que transcurre la historia.
Ocurrió en el instante preciso en el que la cámara ilustró el amanecer con ráfagas de lugares simbólicos y se recreó en la apertura de un quiosco que extendió alas con la exposición de todo el mosaico de lectura disponible. Ese imán guardado bajo llaves en cuyo punto de atracción coincidían noctámbulos acérrimos y esforzados de la ruta laboral. Camino del café o de la fábrica los degustadores de novedades rebuscaban por dónde iban los tiros de los asuntos más próximos dejando para algún que otro momento el gustazo de sumergirse en las piezas favoritas que a diario ayudaban a abrir los ojos. Los problemas estaban encima, el mundo se encontraba lejos y descifrar enigmas de la mano de alguien de confianza con tiempo para madurar las teorías contraponiendo tus dudas creaban carácter. Hurgar en tanto misterio dejaba un aroma concentrado. Las películas hermosas también tienen fin.

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