La gozada

Un par de días antes tropecé con la final de Johannesburgo y me quedé. Mirando el desempeño de Holanda volví a sentir el dolor por la pérdida de Cruyff y la forma de sacarle jugo a su naranja mecánica de los setenta que era una delicia para la vista y los sentidos. Johan calificó el despliegue del combinado de su país como un «juego feo, ramplón, duro, hermético, nada vistoso y poco futbolístico». La patada que Nigel de Jong estampó en el pectoral de Xavi Alonso hubiera supuesto su descalificación hasta en la lucha por las medallas del kárate en Tokio 2020, antes de ser excluida la especialidad de la competición sin participación del mediocampista sorprendentemente.

     Analizando la cita sobre la marcha empecé a tranquilizarme de cara a lo que estaba por venir porque era difícil que quien esperaba en el estadio de Nueva Jersey alcanzara el nivel de vileza exhibido por los perdedores de 2010. Además me ablandé y pensé que habiendo sido Scaloni alumno de nuestro seleccionador, con residencia en Mallorca y pinta de buen tipo no iba a afilar los cuchillos entre los dientes de los suyos. Como argumentación futbolera no era muy sólida, pero a mi me relajó que es lo que el aparato de la tensión demandaba. De modo que cuando se vino encima la hora prevista y los más cercanos reclamaron el pronóstico se quedaron de piedra al ver que abandonaba la arraigada superstición y apostaba sin dudarlo por quien quería que ganase.

     Aunque no he repasado todos los partidos de la cita sudafricana tengo para mi que el grupo que se paseaba por Madrid en loor de multitudes ha sometido a sus rivales de un modo que la selección de los Xavi, Iniesta, Casillas…, que nos metieron en otra dimensión, no lograron. En aquel entonces, los contrincantes contaron en la mayoría de los casos con mayor chance. Recuerdo que Chile fue un dolor de muelas y lo del último y decisivo partido, antes expuesto, una tortura. En cambio aquí la distancia con el oponente ha sido sideral, incluido Cabo Verde, el único que no se venció, que estuvo a punto de llevarse por delante a los por entonces campeones y menos mal que no lo consiguieron porque de haber sido ellos quienes aparecieran en escena igual nos habrían dado el domingo. Pero el detonante fue lo de la noche ante los franceses, que iban a comerse el mundo. Tampoco hubo espacio para la cacareada resiliencia argentina. Y, sin embargo, he de confesar que como la emoción del gol de Iniesta… Es lo que les ocurrirá a los que hayan tenido en el de Ferran su epifanía y así sucesivamente porque España se ha asentado en la constelación de estrellas. Quien nos lo iba a decir cuando unos u otros nos desgraciaban y siempre regresábamos aludiendo a que no habíamos ido a luchar contra los elementos. Ahora también existen y andan al acecho, pero con una diferencia: que, mira por donde, jugamos mejor que nadie.

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