Paisaje después de las batallas

Una de las ventajas de esta profesión es la de gente que conoces, la diversidad de plebe a la que tienes acceso y lo que una parte nada despreciable de ella te aporta. Al poco de empezar con las columnas llamémosles de opinión, me encontré a un empresario que, antes de dar los buenos días, tuvo a bien decirme: «Lo que no me habré reído contigo esta mañana». Lógicamente, ese día no había escrito. Si después de un regalo así eres incapaz de situarte para los restos por muy difícil que resulte no pecar de vanidad en esta suerte, es que eres más imbécil aún de lo establecido.

La primera vez que me eché a la cara a Fraga a solas fue durante la campaña de las generales del 82 y tuvo lugar al amanecer, junto a la terraza de la planta 33 de un hotel. Lo más trascendente sin duda de aquel encuentro es que aquí estoy. En el polo opuesto se sitúa la entrevista que le hice a mediados de los setenta al cantautor argentino, Facundo Cabral. Aunque el redactor jefe no tenía ni pajolera idea de quién era, invertí cinco horas y volví de chiripa porque, tras babear, estuve a punto de irme a su lado a dar la vuelta al mundo emprendida a los 14 años cuando en su casa, inundada de churumbeles, le dieron 40 pesos para que ahuecase y se buscara la vida mientras aquí nos habían martirizado con alcanzar la seguridad a través de oposiciones, por lo que la fascinación al escuchar todo aquello te dejaba turulato.

Mucho más recientemente tuve la oportunidad de confraternizar con la bailarina

y coreógrafa, Premio Nacional de Danza, Sol Picó. El magnetismo que me sedujo de ella no fue el parloteo propiamente di- cho, sino la despampanante solidez que irradian sus convicciones. Y, a pesar de los bajones propiciados por la elección, qué cuajo a la hora de diseccionar con precisión los avatares de tamaña aventura. Observando a lo largo de años tal variedad de escenarios, puedo decir con absoluto con- vencimiento que, aunque actuar de Fraga no debía ser fácil y que lo de Facundo tenía su aquél, sostenerse sobre las puntas amando la danza en este país es el acabose.

Entre coñas marineras

El Gobierno de Rajoy despierta tanto interés que todo quisque anda pendiente… del que forme Trump. El rey tenía previsto coger el petate tras la de meses que sumaje se ha llevado enclaustrado. La invitación del monarca saudí, frustrada a última hora, hubo de ser cancelada ya en febrero por nuestras coñas marineras y Riad, que algo pinta en el concierto, no lleva bien las desatenciones porque en eso sí es muy susceptible. Se pilló un buen rebote con el acuerdo antinuclear de su tradicional enemigo iraní brindado por los estadounidenses y, aunque Obama se presentó pitando, el régimen le envió una delegación de cuarta categoría a hacerle los honores. Seguro que el monarca Salman se entenderá a pedir de boca con Donald. No habría que descartar que se intercambiaran por un tiempo en plan casino las administraciones. Todo le encajaría a ambos, si exceptuamos quizá el ghutra a la hora de tener que encasquetárselo el presidente electo en la cabeza.

¿Lo ven? Arranqué con la intención de hablar de la nueva(?) etapa rajoniana y me he perdido por Oriente Medio. No cabe duda de que, en la pretensión de permanecer en el machito pasando todo lo inadvertido posible, el mandamás refrendado por la abstención está tocado por una varita. Mientras Margallo se quedó en el camino por prestarse al juego de poder hacerse con el testigo monclovita en caso de persistir el tapón, buena parte de los humoristas han arrancado los espacios diciéndole a sus fieles que, tras la irrupción del magnate de la Quinta Avenida, el nuestro les parecerá incluso tolerable. Pensando en cincelar al cabeza de cartel de cara a las venideras, o sea a sí mismo, el prócer gallego ha metido a Cospedal en la mesa de deliberaciones para deleite de la vice, a la que le ha quitado el manjar de la portavocía y le ha regalado Cataluña por si se lo tenía creído. Está encantado con que al que enarbola IcetaSánchez, Hillary– caiga fulminado y le encantaría que fuera futbolero y vitoreara a Messi. Ya. Pero todo no se puede tener, Mariano.

¿Ya estamos o falta alguien?

Al recibir la noticia, lo que hizo Hillary fue un Dylan con la ventaja sobre Bob de que ella ya ha recogido cuanto tenía que recoger. De poco le ha servido a la tenaz candidata el tradicional sonido del viento brindado por el establishment musical ni el que Bill se hubiera ganado con creces convertirse en el primer damo de la Casa Blanca. Nada de eso ni las salidas de la pata de banco del adversario han sido suficientes para una pretendiente al cargo que no tiene ni color con el que lo ocupa. La cuestión es que, al igual que los aborígenes de esta Hispania nuestra, los estadounidenses han demostrado ser muy estadounideses y mucho estadounidenses dejándose llevar por el magnetismo de los guiones del productor por excelencia de realities quien maquilló a Trump de mito de los emprendedores en El aprendiz durante 14 temporadas, con 30 millones de televidentes solo en la primera, cuando en lo que al mundo real se refiere el magnate había convertido en ruina sus negocios. Pero, ¿quién se queda con el auténtico si un encantador de serpientes se le mete en la salita trasladando por activa y por pasiva que otro mundo hecho a nuestra medida es posible? La realidad es que mientras su rival hincó la cerviz en la profunda Arkansas cuando de señora del gobernador se lo montó de progre, cuando trató de sacar la ley de Sanidad a su bola desde un búnker montado bajo el despacho oval ocupado por su marido y no digamos ya cuando el vestidito de Levinsky le cayó encima, Donald nunca ha reconocido revés alguno aleccionado por su abogado, lugarteniente de un galán como el senador McCarthy quien lo alertó de que a cualquier golpe respondiese con uno mayor, para que nos vayamos situando Obama incluído. Sí porque, tras sentirse humillado en la cena de corresponsales por el mandoble de Barack a la provocación sobre su partida de nacimiento, la fantasía de Trump es recoger las llaves de manos del hombre que en 2008 proclamó solemnemente la llegada de «un nuevo amanecer». Y ya ven, se quedó corto.

Siempre ha habido clases

Las últimas horas en que Rajoy se encontraba mascullando el plácet que recibiría del Congreso para seguir adelante con su tarea coincidió con que las calles se poblaron de afectados por la Lomce, sus reválidas y el mal nutrido sistema educativo que ha disparado la desigualdad en las aulas entre los diferentes territorios. En las prédicas de la investidura, el candidato se permitió el lujo de bromear con los eseemeeses enviados a un gentilhombre llamado Bárcenas y, sin embargo, no hizo alusión ni por asomo al premio fin de carrera concedido al inductor de la controvertida disposición para la presunta mejora de la calidad de la enseñanza con el traslado a París de ese toro enamorado de la Luna que es Wert. Cuando le fue concedida graciosamente la embajada de España ante la ocedeé por quien acaba de volver a jurar el cargo como prócer del Gobierno para guardar y hacer guardar la Constitución, ella ya estaba allí. La Consti, no; la moza de ese toro… Sí, Gomendio se lanzó al ruedo poco antes de la proclamación de su padrino in péctore de boda para trazar un perfil de por dónde camina la formación en el resto del mundo pero, en lo que a su país natal se refiere, dijo desconocer «la actual constelación de gobiernos regionales» y la «respuesta es- colar, de las familias y del entorno social», aunque la directora adjunta de Educación de la ocedeé sí tiene claro que el éxito de los alumnos asiáticos está cimentado en el «esfuerzo». Es la «Ley mordaza» a la que se atienen el mandamás y sus enamora- dos especiales. ¿Para qué abrir la boca una pareja que se embolsa unos diez mil euros mensuales sin incluir gastos de representación, servicio, chófer, consejeros, diplomáticos a su servicio en una vivienda de 500 metros cuadrados por la lujosa avenue de Foch, paralela a los Campos Elíseos y por la que el Estado paga 11.000 euros al mes? Por favor, siempre ha habido clases y, aunque Casablanca embelese, esto acredita que Rick no es más que un pobre soñador porque, a la hora de la verdad, ya se sabe quiénes se quedarán con París.

El político periodista

Un tipo a quien algo conozco se acercó a Ximo Puig y, a escasos centímetros, le espetó si tenía sentido que todo un presidente de la Generalitat se tirara a degüello sobre Neymar. Por si a alguien se le ha escapado, el máximo mandatario de la Comunitat dejó caer tras el alboroto en Mestalla que la manera de ser del pelotero «no es digna de un deportista». Dado el lugar que ocupa en el terreno de juego habrá quien encuentre sobreactuado al político/periodista, pero yo creo que su reacción es normal. A ver, piensen. Qué va a decir, ¿que la forma de actuar de Susana y del baroneo en general no han sido presentables? Por algún lado tenía que desahogarse, parece humano. Y no es por justificar al molt, pero situénse. En sábado se produjo la celebración del penalti de Leo con la consiguiente reacción en la grada y, a las 24 horas, la merienda de negros en Ferraz. Qué iba a hacer el dirigente del pesepevé, ¿seguir absteniéndose per sécula seculórum? Sabiendo lo juguetón que es el brasileño, no le iba a poner las peras al cuarto al gachó de la gestora con la adustez que se gasta el asturiano.

El caso es que, en vista de que bamboleo al que se han entregado los socialistas puede ser un vals al lado de lo que se cierne sobre el equipazo si Sánchez realiza la pretemporada con la que amenaza, Ximo ha dicho hasta aquí hemos llegado, se ha dejado de medias tintas y ha apostado de modo decidido por ella. Por la presidenta valencianista, claro está, a la que ha paseado por Morella tras haber dejado sentado, a cuento de la multa millonaria de Bruselas, que «el Consell jamás será hostil con el Valencia». Es la ventaja de pertenecer hoy al pesoe: que aún siendo un declarado merengón, nunca sabes hacia dónde vas a decantarte finalmente.

Pero él, ante la tesitura en la que se vio envuelto, aseguró que si cuando le toque a Cristiano éste tiene un comportamiento inadecuado, lo denunciará. Y aunque habrá quien lo cuestione, para mí que lo haría. Imaginen las ganas que debe tener de poder arrearle por fin a uno de los suyos.

50 años juntos

Dada la pasión por la lectura que profesan es natural que, en un trance así, se te vengan encima las peripecias del para la posteridad «matrimonio literario más duradero del siglo pasado». Sí porque, al igual que con Nabokov y Véra, el destello prendió en el primer encuentro. No se produjo en Berlín pero, por los efluvios, podía haber sido igualmente en París, en Salzburgo o donde el azar se lo hubiese propuesto a pesar de que la verdad del barquero es que el régimen imperante resultaba tan abierto que el erasmus era cosa de hombres y podía destinarte a los regulares de Melilla. Las notas que sonaron en el casorio de amigos comunes salieron de los dedos de aquella risueña pianista partidaria del romanticismo de Schubert y, tras el instante en que tocó separarse, no dejó de acompañarla con cartas que compusieron desde los albores la sonata de una relación tirando a eterna. Es posible que el joven intrépido estuviese empapado de una de las innumerables misivas en la que el prestigioso escritor ruso le decía a su ángel de la guarda «esta noche he soñado contigo; he flotado en una especie de nube de ternura por ti; siento tus manos, tus labios, tu pelo, todo y, si fuera capaz de tener estos sueños más frecuentes, mi vida sería más fácil». Pero, en el fondo, lo mismo daba. Menudo es, menudos son. Nada podía detenerlos: ni la distancia ni las escalofriantes pagas ni el paisaje sombrío. Juntaron luz de sobra apuntando en dirección apropiada, se metieron en ruta pegados a las señales que la enriquecían, plantaron la semilla y no tardó mucho en brotar las primeras ramas. En cuanto quisieron darse cuenta el compromiso germinó en roble. Y de modo natural lograron transformarse en ellos mismos a la vez que en otros: su gente, los amigos, el tronco que los mantiene entrelazados a esas raíces sanas, fecundas que, tras extenderse serena y pausadamente, envuelven a cuantos han atesorado la tremenda suerte de compartir buena parte del viaje al lado de los mozos. Es lo que tiene sumar y sumar sabiendo querer.

Alicante tiene un color especial

En el preámbulo del primer contacto con la pintora Mira Perceval para configurar el logo del 75 aniversario, María comentó cuánto le había gustado Sevilla, de donde acababa de volver, comentario al que tembloroso de placer apostillé «si es que mi pueblo…». entre sorprendida e incrédula, la integrante de una familia tan arraigada en estos contornos repuso: «¡Ah! ¿Pero tú no eres de aquí?». No podía haberme hecho un elogio mayor. el propósito de cualquier desplazado es el de confundirse con el paisaje que lo acoge y, de dedicarse a lo que nos dedicamos, se convierte en obligación. Desde el día en que llegué 37 años atrás tuve la suerte de contar con guías de primer orden. Jesús Prado, Vicente Peris y Antonio Vivo me ayudaron a situarme a una velocidad de vértigo, radiografiando a los clásicos y desvelando claves esenciales, lo que me posibilitó reemprender sobre una red mullida la carrera con la que siempre soñé.

Tuve la potra de entrar a los 18 añitos en El Correo de Andalucía que, en la antesala de la muerte de Franco, no era un sitio cualquiera. Se trataba de una guarida combativa. Tras haber contado con el cura Javierre al frente, fue accediendo a material diseñado en habitáculos clandestinos que iban haciéndose su hueco en las páginas para asombro de la concurrencia. Un director terminó detrás de los barrotes después de haberlo hecho su segundo de a bordo por firmar una entrevista con Isidoro a la vuelta de Suresnes. Al entonces abogado laboralista trastocado a día de hoy en jarrón chino de los que también causa sensación, lo dejaron ir. Dado que los informes secretos confluían en que aquel joven seductor jugaría con sus morritos un papel determinante a la vuelta de la esquina, la brigada no le echó el guante. Así se escribe la historia y quise seguir haciéndolo en un emblema como el vespertino Informaciones que se bajó de La Castellana al Guadalquivir para rociar sus páginas de embrujo. Con vistas a ello sedujo a renombrados colegas esparcidos por el territorio y no dudé en irme de aprendiz insolente, pero la ilusión duró apenas nueve meses y tocó abrirse en canal para buscarse las habichuelas.

Al cabo de un tiempo de vivir como Dios con los dividendos del desempleo, me hablaron de un periódico por Alicante y no lo dudé. A nada de hacerlo, noté la molla que contenía. Pese de las apariencias descritas, las embarcaciones precedentes estaban bastante lejos de desenfundar los planteamientos de vanguardia que bullían en el laboratorio sito en la calle Quintana: continuas puestas en común; análisis a conciencia de los textos que habían salido; radiografía de la competencia; pirámide invertida; preocupación por pulir textos y por acceder a historias con tirón; cruzada contra el abuso del teléfono y apuesta por pisar la calle al paso de Tom Wolfe; inquietudes a babor y estribor, pasión por el oficio y criterio, mucho criterio. el incesante soplo de toda aquella concienciación emergía del despacho del director. Por fin me tocaba en suerte alguien que no estaba loco ni era un temerario ni más escritor que articulista ni un politicastro de tomo y lomo, sino un periodista desde que se levantaba hasta que se acostaba. Aunque a estas alturas sé que no destapo noticia alguna, Jesús Prado es de esos seres que ya no se fabrican. No lo recuerdo nunca por medio. Trasladaba su visión de la jugada, expandía el germen en los términos que requería cada situación y dejaba hacer trasvasando a los discípulos dosis de confianza con la dimensión apropiada para que cada uno fuera labrándose su diagnóstico y tallándose una personalidad de paso. Apoyado en el sentido común resultaba tan indestructible que alguno, con excesiva prisa en ocupar su demarcación, conspiró y conspiró hasta salir trasquilado. Incluso en época plagada de sobresaltos domésticos, el dire no dejó de señalar que nuestro único norte era el interés de los lectores.

Tanto sedimento requería de un nuevo impulso que no podía propiciarlo el estado como empresa ya que, para cambiar de Olivetti, los servicios centrales demandaban no sé cuántas instancias con los consiguientes meses de espera. Bien adentrados en los ochenta, esta casa necesitaba de una buena movida. Y la tuvo, vaya si la tuvo. La cogió por banda un editor treintañero que era toda una incógnita y que, no obstante, fue poniendo en órbita al diario y a sus hermanos de estación. De cada reunión con Javier Moll salíamos molidos. «Nos va a matar», decíamos sotto voce lógicamente. La demanda era constante: mejora de contenidos, nuevas secciones, hay que mojarse, más ediciones, intenso contacto con la sociedad, abrir foros, coleccionables, historia y tradiciones locales al por mayor, iniciativas editoriales de todos los colores… y un axioma que les sonará: por encima de todo, el interés de los lectores.

Tuvo ocasión de demostrarlo y lo demostró. La prueba de fuego llegó a manos de la manera de entender el poder de una autoridad –civil, en este caso– y el editor la superó de tal modo que, a resultas de aguantar el pulso, es posible que en ningún otro grupo de comunicación se disfrute de la independencia y libertad que en éste. Los profesionales entendieron lo que había en juego y, gracias a su convencimiento, solidificaron frente a peligros de esa naturaleza una cabecera en Alicante poco menos que indestructible. Siento orgullo, para qué voy a engañarles.

Pues eso, a las tres, las dos

Ya la tenemos liada parda con lo del cambio horario. Que si quieres arroz, Catalina. Y como aquí, cuando cogemos un temita por banda no nos andamos qué va con tonterías, tampoco habría que descartar que la diatriba llegase hasta el Constitucional. El que avisa, no es traidor.

Unánimemente, el parlamento balear ha votado una resolución para que el domingo a las tres no sean las dos. La propuesta, presentada por los econacionalistas, sostiene que la luz solar es «clave para nuestra salud y estado de ánimo» y otras instancias han advertido que las competencias para llevar a cabo dicha pretensión son del Estado y los husos y el

horario se hallan regulados por la normativa europea. La verdad es que ambos, España y Europa, están como para ponerse a hablar del tiempo más o menos. Eso sí, no hay un comité federal por medio para decidir si deja más franja de luz solar o se abstiene porque se sabría de antemano la respuesta: «A mi, plín; como Sevilla tiene un color especial…».

Pero, ojo, porque ignoro si los impulsores y defensores de la eliminación de esta medida conocen nuestra peculiar situación horaria, que acumula un desfase de dos horas puesto que Franco decidió sincronizarse con la Alemania de Hitler, ordenó atrasar una hora el reloj y esos 60 minutos no se recuperaron a diferencia de lo hecho por Gran Bretaña y Francia. No habría que descartar pues que, en medio de la refriega, alguien pusiera en danza la Ley de Memoria Histórica. Hay gente p ́a tó.

El caso es que, frente al ahorro energético esgrimido para esta yenca horaria, el sector turístico apoya la iniciativa balear al recalcar que no es de recibo arrebatarle sacudidas al bronceado. Y en el fiel de la balanza también se coloca el aumento de las ventas y, por tanto, la reducción del desempleo debido a la ocupación de todo el año; la reducción del consumo de electricidad y hasta que cuanta más luz tengamos, más se activa el deporte al aire libre. No, si al final va a ser de las pocas disputas en la que no estamos perdiendo el tiempo.

Ni nostalgia ni esto, joder

No soy nostálgico, que conste. No echo de menos estar por cumplir los veinte y andar otra vez con las inseguridades alborozadas invadiendo hasta las zonas más íntimas, de modo que quita, quita por Dios. Ahora bien, los que nacimos al debate político en plena reconstrucción por coger las riendas de nuestro destino una vez superado lo más duro del oscurantismo, lo tenemos jodido para hacernos un hueco en la dimensión actual. Aparte del ansia por tocar cuantos más palos mejor y de robustecernos intelectualmente para estar en condiciones de que ningún listillo nos comiese el coco, ¿se acuerdan de La clave? Cinefórum casero, con una peli de postín como preámbulo, para que invitados con cuajo, sólidamente formados debatieran hasta las tantas hacia dónde nos encaminábamos cuando cayera el Telón de Acero o qué medidas reconstituyentes necesitábamos a fin de convertirnos en una sociedad avanzada donde las desigualdes fueran menguando. Ponentes del pensamiento conservador y del otro que daban pistas y hacían pensar. Una exposición tipo Gómez Llorente, poco felipista, podía presagiar que el camino emprendido por la socialdemocracia no parecía el más instructivo, que era precisa una reflexión antes de que el revoltijo la dejase sin hueco, pero lo que no te provocaba era afán incendiario por asaltar la universidad e impedir que el protegido de Willy Brandt disertara en sus aulas. Pese a las profundas diferencias de criterio, no recuerdo bronca intempestiva entre los participantes. Los espacios herederos se basan precisamente en ella porque buena parte de los convocados son lo peor de cada casa, aprovechados que no tienen nada que mostrar salvo arrojo a espuertas, aunque no haya asociación de espectadores alguna que alerte del desvarío. Yo no sé si aquellos análisis reposados y productivos los he soñado porque, soñar, soñábamos, ¿pero alguien imagina a La clave introduciéndose hoy en el prime time del ente público que tenemos? De lo que le entra al Pirulí hay que llevarlo al urólogo.

En el salón de la fama

Al caerme de la cama, al meter la llave para regresar a casa, nos encontremos en el otoño tristón o en un domingo luminoso, es muy raro que en el salón no me encuentre sonando a Leonard Cohen que, la alegría de la huerta, precisamente no es que sea. Así que, como comprenderán, agradezco de corazón a la Academia que no le haya concedido el premio. No creo que hubiera podido resistirlo.

Sí, porque previamente ya me puse de los nervios en cuanto vi, no que estaba a punto de sacar un nuevo disco, que bendito a sus 82 tacos, sino que de camino al lanzamiento había confesado hallarse «preparado para morir». Si años atrás en Old ideas reflejaba «no tengo futuro, sé que mis días están contados, no es tan amable el presente, pensé que el pasado me sobreviría, pero la oscuridad era esto también», ¿qué nos esperaría ahora tras su fúnebre confesión? Como los excelsos creadores suelen ser ciclotímicos, el día de la presentación del trabajo coincidió con la concesión del famoso Nobel de Literatura y cambió el chip. Puso al colega por las nubes, rectificó los pasos prematuros que había dado hacia el camposanto y expresó su intención de «vivir para siempre». Eso lo tiene al alcance, al igual que otros ilustres del planeta creativo en el que habita. A pesar de los bajones, el músico canadiense aún comparte y se deja ver pero, como sabrán, la Academia sueca ha desistido en su intento de contactar con Dylan para comunicarle la distinción. Quien lo ha perseguido ha sido la secretaria que fue la que recomendó al comité del premio el Blonde on blonde del 66 para entender la poesía del autor y, una vez captada, la subieron a los altares. El antimarketing que despliega es la prueba fehaciente de la consistencia y el valor de su obra. Y también es llamativo cómo han celebrado los seguidores el Nobel cuando, desde medio siglo atrás, el trovador de Minnesota al que idolatran desdeña cualquier flujo procedente del exterior por lo que, en su honor, permítanme para epatar que añada solo una cosita: ¡Viva Leonard!