La fiesta nacional

Al tiempo en que Pedro Sánchez transmitía al secretario general de Naciones Unidas «los extraordinarios avances que hemos hecho en estos poco más de cien días» y resaltaba que «el de España es el Gobierno de la ocedeé con más mujeres en el consejo de ministros», los desagües de las cloacas del Estado soltaban al otro lado del charco, o sea aquí, las confidencias cuando ejercía de fiscal nueve años atrás de la hoy titular de Justicia en las que tilda de «maricón» a su actual compañero de Interior y sintoniza con las gracietas del homenajeado Villarejo quien, a golpe de vaso de ron, asegura no gustarle las muñecas hinchables, a lo que la ministra tocada del ala repone por aquel entonces: «Me pasa lo mismo, a mí los tíos me gustan igual, tontitos nada… Ha venido un tío a la Audiencia monísimo, para qué lo vamos negar, parece George Clooney pero le pasa lo mismo, es una nenaza… Mira, te voy a decir una cosa, a mí que me den tribunal de hombres, de tías no quiero».

Pablo Iglesias debió olerse la tostada porque, en vísperas de este nuevo fregao, propuso un referéndum para decidir sobre los toros, conocedor posiblemente del ataque de cuernos que otro miembro del Ejecutivo iba a proporcionar al inquilino de la Moncloa allí donde más puede dolerle. Al ser preguntado en esa faena periodística el chamán de Galapagar sobre cómo ve la caza, dijo que a él no le gusta pero que «es una cosa compleja que no se puede prohibir así como así», lo que aprovechó para acusar al Gobierno de improvisar –en cambio él…– y de «sacar conejos de la chistera» en referencia a la reforma constitucional para suprimir aforamientos. Pues eso, que se ha abierto la veda.

El mesurado Iñaki Gabilondo pregunta  qué y a qué espera Sánchez para convocar elecciones, mientras los medios destacan que, en el premio ese al mejor de la temporada, Messi ha votado por primera vez a Cristiano. El bipartidismo que, en cuanto ve peligrar su supremacía, se da calorcito. Pero como en el hemiciclo pasó a mejor vida, no hay quien se prive del descabello.

El cuadro completo

Lo que se desprende del barómetro realizado para esta casa es que el elenco que tanto prometía cuando el buen mozo residente en la Moncloa lo presentó en sociedad, cien días después petándolo no es que esté precisamente. Se sabía, sobre todo en su partido, que Sánchez es un osado, pero la gestión política no se improvisa y hay semanas que, en lugar solo de uno, buena parte de la plantilla ministerial parece que fuese astronauta.

Veamos. La titular de Hacienda se mete en el berenjenal de suprimir el impuesto del 7% a la generación eléctrica – de forma temporal, encima– y ahora deberá poner vigilante a la tropa sobre las empresas para que la iniciativa ahorre al contribuyente en el recibo un euro y medio a lo sumo, después de que el colega de Cultura deba hacer lo propio con los exhibidores con idea de que la bajada del iva repercuta en los que todavía van al cine. Ya ven, ante la escasez de producciones notables todo recae en peliculitas, salvo si hablamos del peliculón del Valle de los Caídos donde una asonada en la reserva trae consigo apertura de expedientes a mandos militares que les va la marcha, promete días de gloria hasta que la operación consiga consumarse si es que lo logra y, por el camino, alcanza la virtud de devolvernos a Aznar a la actualidad, que es el que nos faltaba. El régimen de Arabia Saudí debe andar embelesado con el sesgo novedoso.

Si a esto unimos que el sin par Torra, al que el Gobierno ha tenido el gesto que le honra de tenderle la mano recibiendo sartenazos en agradecimiento, aprovecha la distracción permanente de las concentraciones callejeras para señalar a un buen porrón de magistrados tras filtrarse una colección de correos privados en la que éstos tildan al prucés de «golpe de Estado» y comparan la situación catalana con el «régimen nazi», pues ya tenemos el cuadro completo. Bueno, no, porque habría que repasar con detenimiento el trazo que traslada a la opinión pública la oposición y entonces es cuando uno se apiada del barómetro. Lo que habrá pasado el pobre.

El ecosistema anda alterado

Atención. Este verano se han contabilizado cerca de ocho mil picaduras más de medusas que en el mismo periodo del año anterior. Algo habremos hecho.

Llama la atención la gran cantidad de incidencias registradas en Santa Pola, donde la única diferencia notable que se ha producido a primer golpe de vista es la presencia todavía del expresidente del Gobierno. Pese a la discreción exhibida, el ecosistema marino se ha visto alterado hasta el extremo de que Compromís ha presentado una iniciativa en la comisión de Medio Ambiente del Senado donde solicita examinar el impacto del cangrejo azul debido a su relevante incremento en la costa mediterránea. «Hasta hace bien poco –expone el grupo en la moción– no había supuesto un problema para las especies autóctonas. Por sus características biológicas y la consideración de variedad invasora, el callinectes sapidus está entre  las cien más agresivas y constituye una verdadera amenaza para el resto de ejemplares, entre los que se encuentran moluscos, tellinas, almejas, crías de sepia, peces, cangrejos y medusas». Hasta Paco Baile se ha mostrado alterado. El buque insignia del restaurante Peña Barcelonista debía estar dándole vueltas a qué podría pasar si Rajoy daba muestras de querer coger el testigo de Bernabéu en la zona, pero eso se ha descartado al constatarse que Mariano prefiere el chiringuito de registrador en la Castellana antes que tejer la red que dejó don Santiago frente a la silueta tabarquina. «El lopetegui que se lo haga otro», habrá pensado.

En su propuesta al Senado, la formación autóctona señala que «acabar con la amenaza que supone el cangrejo azul no es tarea fácil, ya que su reproducción es exponencial y, su adaptación al medio, muy rápida». Ni que lo digas. Casado, tan ligado a la comarca, expresó su deseo de encontrarse por Santa Pola con el ex, pero con el que en realidad se junta es con Aznar. Así no hay manera de tener en paz el ecosistema. Y aforamientos para escamas como las tuyas, no veas cuánto pican, Pablete.

Hechos de otra pasta

No hace falta coronar ningún máster como es debido para saber que, si quieres encarar una carrera política de fondo, tienes que estar hecho de otra pasta. Entre los innumerables casos a los que acudir, quedémonos con uno reciente que merece el cum laude sin necesidad de andar con revisiones. La ministra de Defensa paralizó la entrega de las bombas de precisión que estaba acordada sobre la mesa para enviar a Arabia Saudí porque iban a ser usadas contra Yemen y, tras movilizarse la tropa currelante de la bahía de Cádiz por comprometer tal decisión otro negocio con la monarquía absolutista –asiática, claro–, las 400 unidades están bien dispuestas ya camino de Riad por orden del Ejecutivo al que pertenece la propia Margarita Robles. No hacía falta más que tener, por Dios, un pelín de memoria histórica para andar sobreaviso y conocer que «con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones».

Pero el ardid no quedó ahí, sino que además lo han explicado. Y ha sido el responsable de Exteriores, enfundado en los auriculares de una emisora y con los pelillos alborotados cayéndole hasta sus levantadas cejas, quien lo hizo con aspecto de estar sobrevolando Saná, la capital yemení, después de haber dejado la pegatina del «No a la guerra» por supuesto a buen recaudo: «Sí, al final van a mandarse para honrar un contrato en el que no se ha detectado ninguna irregularidad. Esta clase de armamento es de precisión. Cuando indica guiada por láser – se refiere a la bomba– eso quiere decir que no produce efectos colaterales, en el sentido que impacta en el blanco que se quiere con una exactitud extraordinaria de menos de un metro y, por lo tanto, con ese tipo de armas no se pueden producir esos bombardeos deplegados por las menos sofisticadas, un poco lanzadas al azar que llevan a la clase de tragedias que todos hemos condenado». Es con lo que podemos encontrarnos por insistir en que muestren la tesis.

Trecho entre costuras

Se pongan como se pongan, dos de las voces catalanas más auténticas y genuinas en el trance actual, una procedente de Baix Llobregat, otra de Palafrugel, han crecido y se han hecho grandes de la mano de la guitarra española. Qué le vamos a hacer. Es así.

No solo eso. A sus 24 añitos, Rosalía puede asomarse a lo que quiera, al hip hop, al reggeatón, al soul, al pop, pero, aún sin antecedentes cercanos de ninguna clase, eligió desde bien pronto sumergirse de pleno en el flamenco. Y lo está petando. Los seguidores de sus vídeos son legión. Mezcla tradición con las corrientes más innovadoras. Seguro que los puristas del cante y de ideologías excluyentes se esmeran en desterrarla, pero ella huye de practicar clasismo entre géneros y ha logrado que los millennials se echen en brazos del legado construído desde La Niña de los Peines a Camarón. Esta catalana de tan buena onda no se queda ahí y quiere que el vestuario cuadre con el néctar de su producción. Para ello se ha arremolinado alrededor del diseñador Palomo Spain –cómo no– que la pondrá de Beyoncé para su próxima gira, aunque lo importante va por dentro como le soltó el tocaor Pepe Habichuela en el mayor elogio que alguien consagrado del oficio puede echarte: «Niña, cantas como una vieja». Parafraseando al maestro, lo antigua que es esta tierra nuestra, la de científicos, pensadores y creadores que ha dado al mundo, y las cosas que le hacemos.

La otra es Silvia Pérez Cruz, que bucea por el folk, el jazz, las habaneras, la copla naturalmente y lo que se le ponga por delante. Escucharla es llevártela en los tuétanos una buena temporada. Su timbre es libre, limpio, comprometido. Se pirró por Lola y se balancea entre Morente y Caetano Veloso. Tiene ángel, cuajo y una personalidad cautivadora. Como reconoce, va de acá para allá sin sentirse intrusa en ningún sitio ni constreñirse a un estilo porque lo que busca en la vida es sacar cuantas más ramas, mejor. Al contrario de quienes reducen todas sus miras a cortarlas en seco.

Un pelotazo de los otros

Como sabrán se halla en danza la posibilidad de jugar un partido de Primera de la competición doméstica en Miami a fin, según La Liga, «de tender puentes y crecer transmitiendo los valores del fútbol y de España en todo el mundo». Y para ello, entre el amplio ramillete de posibilidades existentes, el mandamás de la patronal balompédica, el tal Tebas, ha elegido exportar al otro lado del charco nada menos que el Girona-Barça, predestinado a convertirse en toda una Diada de exaltación del sentimiento independentista. A Trump le irá la marcha, pero a nosotros…

La forma de crecer aireando esos valores está tan escrupulosamente seleccionada que el ínclito responsable de plantearla en este caso ha admitido sobre la marcha que se requisará la simbología política en el estadio, repartiéndose 40.000 banderas españolas antes de interpretarse los himnos de Estados Unidos y de España. Lo que cabe preguntarse es para qué tiene que disputarse ningún choque a continuación si ya con el preámbulo tenemos el espectáculo asegurado.

A Kaepernick, estrella de la enefeele, se le ocurrió arrodillarse durante la interpretación de la marcha oficial estadounidense en protesta contra la injusticia racial y la violencia policial, cumple dos años en paro y, tras rescatarlo Nike para una imaginativa campaña, no pocos han optado por quemar sus zapatillas de marca y expandir la falla por las redes, después de que el poeta que habita la Casa Blanca dijera en su momento «¡saquen a ese hijo de puta de la cancha ahora mismo, está despedido!». Sin necesidad de exhumar los restos de Pierre de Coubertin, la que podría liarse en el Hard Rock Stadium como a una grada poco tabarniana le dé por pitar desaforadamente ambas interpretaciones musicales. Todo quisque acabaría con los ojos a cuadros, desde el telespectador yanki a GrandeMarlaska. Tebas, que procede de Fuerza Nueva, y Torra, que a saber de donde procede, se quedarían prendados en cambio por la conquista de América. Vamos, al lado de ellos, Colón, un aficionado.

Que al menos cambie la hora

No hay derecho a que Europa le dé más faena a alguien que, a la reforma laboral, no le ha tocado un pelo. Por Dios, plebe comunitaria, que Sánchez ha pasado de amenazar con el listín de amnistiados fiscales a echar el manto del socorro rojo sobre él e, igualmente, ha girado del impuesto a la banca, que blandió hecho un brazo de mar, a reflotar esa otra historia sobre transacciones financieras que figuraba en la agenda de De Guindos y que ahora pacta con Iglesias, el del hipotecario ajustadito, fabricando otro mejunje en comandita sobre la senda de déficit que incumple la Ley de Estabilidad y que pasa por neutralizar el Senado con argumentaciones que provocan sarpullido.

Pero ahí va el mozo. Acaba de sacar a pasear el 155 por si las moscas, un referéndum light y dos huevos duros, al tiempo que anuncia -«ya que este es un Gobierno ecologista»- un tributo al diésel que su propia ministra tacha de globo sonda. Tras habérsele colado la prostitución por la escuadra, advierte ipso facto que va a promover una ley de trata y contra la explotación sexual. No es que sea año olímpico aunque, por las marcas, como si lo fuera. Y cuando no da abasto rompiendo récords sale Juncker con lo de recomponer el mapa horario. Lo que apuntaba al principio: Bruselas, que siempre anda al quite.

Pese a que Borrell deslice que lo idóneo  quizá fuese asimilar nuestras manecillas a las lusas, el Gobierno optará por retrasarlas en octubre. Mejor. Al ritmo actual, no sería fácil prever el huso horario que podría caernos en suerte ni si los diferentes rincones patrios acabarían con el mismo. No debe olvidarse que, en el XIX, cuando los relojes de Barcelona marcaban las 12 del mediodía, en Madrid pasaban unos minutos de las 11,30. Más próximos que ahora, eso sí. Y dado que Galicia apuesta por el horario invernal y la franja mediterránea, con Baleares a la cabeza, por el de verano, cualquiera sabe qué propondrá la comisión de expertos que guiará los pasos de Sánchez. Salvo que los banqueros dispongan que aquí salga el sol por Antequera.

Sombras sobre un seductor

Woody Allen nunca fue absuelto de la acusación de haber abusado de Dylan, la hija adoptada con Mia Farrow. No resultó absuelto porque jamás se llegó a juicio al no existir cargos ni pruebas sólidas. Así de contundente sostuvo su alegato el escritor Daniel Gascón quien, frente a los ataques irradiados hacia el escuchimizado neoyorquino por el movimiento #MeToo y alentados por su hijo Ronan Farrow, enmarcó lo sucedido en el contexto del desgarro experimentado por la famosa pareja. Los acontecimientos se precipitaron cuando, en el arranque del 92, Mia descubrió que él tenía una relación con SoonYi, quien ni era hija ni hijastra de Woody puesto que la actriz la adoptó durante su idilio con el músico André Previn. Farrow –que por entonces contaba con 11 hijos, entre biológicos y adoptivos– no compartía estancia con el director de Manhattan por lo que mantener una relación paternal con la veinteañera Soon-Yi no es que la mantuviese y sí que se mantiene casado a día de hoy con ella. El verano del 92 Mia lo empleó en acusar a su ex de haber abusado de la cría. Tras seis meses de trabajo, un equipo hospitalario concluyó que no habían existido abusos, mientras Woody se sometió a la prueba del polígrafo y la denunciante se negó a ello. La investigación policial descartó pruebas incriminatorias creíbles y el juez encargado del caso de la custodia, que falló a favor de Farrow, dijo que nunca se podría saber qué había pasado desparramando la sombra de sospecha. La que sí señaló algo fue una de las niñeras que relató cómo, de cara al cumple de Dylan, Mia colgó este cartel en la puerta del baño: «Cuidado con el pederasta; ya se aprovechó de una hermana, ahora va a por la más pequeña». Aquellos polvos han traído estos lodos, tienen en el aire la financiación de lo nuevo de Woody y no es fácil de digerir para quienes han pasado toda una vida a lomos de sus ocurrencias desde que, con esa facha, pretendiera montárselo de Bogart en Sueños de un seductor. Historia por cierto que, pese a que un montón la señale como la que más a fondo lo retrata, no es una película suya.

Con el bigote aún sin afeitar

Este 25 de agosto se abrió en Colonia el salón de videojuegos Videscom y, solo echar a andar, se ha montado el pollo: por primera vez se ha puesto a la venta un artilugio que exhibe sin tapujos el periodo nazi. Hasta ahora, las distracciones sacadas al mercado debían optar por hacer un quite al Tercer Reich llamando al Führe Heiler y afeitándole el bigote sin llegar a concretar el nombre de los pueblos a los que exterminó dado que los organismos competentes velaban en teoría por las criaturas más tiernas. «Through the Darkest of Times», que es el invento que ha encendido la hoguera, propaga saludos nazis a granel y, al gran dictador, no lo trae achaplinado sino con su efigie al completo. No sería de extrañar que más de uno se pidiera un puente aéreo ya.

Aunque ciertos especialistas relativizan los efectos –«el jugador es inteligente, sabe diferenciar entre ficción y realidad y uno no se convierte en un nazi viendo esvásticas», interpelan–, miembros del gobierno y distintas voces esgrimen que «no se juega con esos símbolos perversos», que «los alemanes deben seguir siendo conscientes de su responsabilidad histórica» y que «el futuro precisa memoria». Frente a estos, los defensores llamémosle de la «normalización», argumenta que «los nazis convencidos murieron. Es una cuestión de generación: la sociedad se ha transformado y se sitúa lejos de una época a la que no quiere regresar».

Ni que decir tiene que Spain is different. En contraste con los admirados coleguitas de Alemania e Italia, el ínclito tuvo el detalle de mantenerse entre nosotros sus buenas temporadas, o sea hasta hace poco en comparación con los otros por lo que, el franquismo catapultado a mejor vida en el 78, fiambre no parece. No digo que no haya videojuegos al acecho, pero lo cierto es que la realidad aquí sigue superando de largo a la ficción. Y así, los restos de Franco son lucidos ante las visitas en el Valle de los Caídos; los de Moscardó y Milans, en el cripta del Alcázar de Toledo y, los de Queipo, en la Macarena…¡aaaaheeeé!

Guerra a los estereotipos

Si no ha oído hablar de ella y alguien le regala un libro de Chimamanda Ngozi Adichie es posible que, hasta que logre retener el nombre, ponga cara de extrañeza. Piense que es el mismo efecto que producirá en un costamarfileño enfrentarse a la firma de Antonio Muñoz Molina la primera vez que le salga al paso. Contra eso también combate, contra los estereotipos, esta narradora nigeriana con pasaporte estadounidense, entre cuyos continentes alterna vivencias. Buena parte del aterrizaje durante el viaje iniciático a Filadelfia a los diecinueve años, a fin de integrarse en la facultad de Comunicación y Políticas por la que fue becada, se lo pasó deshaciendo entuertos: que si no todos los negros vienen de la esclavitud; que si hablo así de bien inglés porque en mi país, al ser idioma oficial, se da de cojón de pato; que si África no es una unidad de destino en lo universal y que, a ver si nos situamos, todos sus habitantes no son pobres. Sin ir más lejos, Adichie se crió en Nsukka, en el seno de una familia de clase media cuyos padres trabajaban en el campus, por lo que, cuando mutó de hemisferio y empezaron a tratarla como un espécimen exótico, le cambiaron la vida al convertirse aquello en una fuente inagotable de inspiración, en la munición requerida por alguien que se había dado a la escritura desde la más tierna infancia. Ese choque es la base de Americanah, la obra que la consagró. Sus 600 páginas se beben. Al sobrepasar las veinte primeras se avergonzará del rictus de pazguato que le puso a quien se la regaló. El estilo sencillo, sugerente y endiabladamente dinámico lo envolverán. Eso y la enseñanza que arroja. Lo fácil que es ser mujer, negra e inmigrante cuando se tienen los conceptos claros y se utiliza el sentido común y lo difícil que resulta. No hay más que ver las contradicciones en las que cae al respecto nuestro gobierno progresista porque, del anterior, mejor no hablar. Y del resto de europeos, madre mía. Sin embargo, y tras implicarse por ese fin, la escritora se ha convertido en un referente. Es el poder, pero de las historias.